FLUENCIA TRANSCULTURAL

Gente Pública

Entre la Gente  Pública y la Gente Cercana.

Dividir a toda la gente de la que se tiene referencia o se ha tenido algún tipo de contacto durante la vida entre distintos grupos puede dar lugar a algún criterio injusto. Una opción funcional para salir del paso consiste en distribuirla en dos clases de categorías generales:  una, la gente relacionada que puede recoger cientos o miles de nombres, los de aquellas personas con las que te vas  encontrando durante distintos momentos sin discernir  si son más o menos conocidos públicamente y aquella otra en que su cuota de reprografía, publicidad, escenificación es tal que pertenece a esa galería de los elegidos o de la suerte, por llamarlo de alguna manera,  en la que pueden vivir de su imagen o de su nombre con mayor o menor acierto y con más o menos éxitos profesionales o creativos pero con la que, además, no se tiene contacto directo aunque se haya podido tener ocasionalmente.  Es conocido y tópico el fenómeno de los/las fans que se asocian y se pirran por un autógrafo o por un saludo en directo de sus ídolos. Ese tipo de contacto no convierte a todos los que lo esperan como el maná sea en una u en otra  efemérides como una relación aunque tal escena pueda nutrir su imaginario por una temporada.

La gente pública es aquella que por su nombre, campo de actividad, linaje intelectual o artístico ha entrado en el circuito de la divulgación notoria de lo que hace, de quienes son, de sus itinerarios biográficos, de sus proezas, de sus bellezas. Con una insignificante porción de ellos he tenido contactos directos dada mi vocación de asistencia a los espacios culturales lo cual puede inducir que los ponga dentro de la lista de Gente Relacionada . Eso solo quiere decir lo que dice su denominación. Puesto que no  cabe considerar que el concepto de amistad sea válido para definir relaciones estrechas de las que no lo son, es mejor  optar por incluir en la lista de la pública la que pertenece a un mundo de referencias distantes con las que uno no tiene, y probablemente no tendrá, contacto personal aunque haya podido haber contacto verbal, mientras que a la lista de gente relacionada cabe la que se ha tenido la coincidencia de compartir uno o varios eventos en torno a uno o varios temas de convergencia.  La gente relacionada incluye a gente del pasado con la que te has dejado de tratar así como la pública incluye gente extinta que se ha quedado en el pasado.

La gente pública forma parte del panorama de consumo informativo de quien desee estar al corriente de ella, mientras que la gente relacionada pertenece al panorama privado con una información circulante que no trasciende el marco de una escala reducida. Desde la posición del trato parece incompatible la una con la otra. La condición de pertenencia a la galería de la celebridad obliga a unos comportamientos. La figura del famoso para mantenerse como tal, tiene que hacer una serie de concesiones: formar parte del candelero y de la expectancia, conceder entrevistas, acudir a programas mediáticos, publicar, autopromocionarse, hacer declaraciones que se constituyen en titulares de prensa, estar conectada a los estrenos, protagonizar algún escándalo o inserciones en la escena repotenciada, mantener un look y posicionarse en una clase de discurso.

 Hay un común denominador gremial no importando tanto si se ha ganado el tour de Francia o se ha protagonizado la película más taquillera del año. Se desea el premio, el reconocimiento, el éxito y, por supuesto, mantener un alto caché. Hay producciones cinematográficas con presupuestos millonarios en los que la cara famosa gana más dinero que el propio director. Detrás de eso hay una industria muy calculadora que promociona y vende figuras humanas con un marketing parecido a como lo hace otra con sus productos envasados para alimentar, embellecer o curar. A fuerza de potenciar nombres y rostros desde el anonimato se acaba creyendo en la genialidad de los divos y en la vulgaridad del resto de los mortales. Pero el famosose mantiene en el punto de mira de los objetivos reactualizándose, estando al día de si mismo, maqueándose, no parando. Todo ese tiene un coste en pérdida de goce. Algo parecido ocurre en el aparato psíquicode aquel que está máspreocupado por su belleza y su condicion de admirable que por su interaccion con el placer real. Antonio Buero Vallejo[1],  entrevistado por Joaquín Soler Serrano,  se permitió una frase dignísima “la pereza es el mas bello de todos los vicios”. Su itinerario lo han convertido en una referencia ineludbiel del teatro. Durante 27 años de creación teatral estrenó 20 obras teatrales. Durante la guerra civil español  habia sido detenido  condenado a muerte. La pereza, vagar, no hacer nada, eso incluyetambien apartarse de la responsabilidad del trabajo, de la cita con el otro social, del acto público.

 

 

 

La gente pública tiene un atributo específico y distintivo: el de su reproducibilidad para consumo más o menos masivo. Esa reproducibilidad se da en tres campos:  el del nombre, el  de la imagen y la noticia sobre lo que dice o hace. Es esta noticia o el tipo de noticia que permite que la persona famosa se filtre de ella lo que hace que el público se acerque o se aleje. Una curiosidad de las excrecencias colaterales de la cultura  mediática es que un tipo de gente pública tiene un seguimiento asegurado sea lo que sea lo que hagan. Eso explica que haya gente conocida que venda sus prevacías, los reportajes de sus hijos, de sus ceremonias matrimoniales, o que se preste a tener paparazzis revoloteándoles y cortándoles el paso y el aliento. Si las vende es porque hay quien las compra y quienes las compra es porque es un agente  intermediario que venden los productos por capítulos  de esas historietas a un público ávido de intimidades ajenas a falta de tener, seguramente, unas intimidades propias que les complazcan.

La gente pública es una mercancía circulante de amplia referencialidad. Comparte una señal excepcional: ser conocida por miles, cientos de miles o millones de personas.  Ese factor común de hecho no homogeneiza a esa vasta fauna. Un tipo famoso no tiene mas identificación con otro que también lo sea que la que pueda tener uno no famoso con otro no famoso y de estos con aquellos o al revés. Una figura reprógrafa que por casualidad acaba en la conversación de sobremesa en tu casa o con quien tienes una coincidencia puntual es alguien que puede ser perfectamente ordinario en el sentido no lesivo de la palabra. Lo que puede tener de interés el individuo público es que puede ser alguien con acceso privilegiado a determinadas informaciones, lo cual puede servir de puente en un momento dado para saber cosas que no se suelen conocer, si tal persona forma parte de la farándula política o de los centros de poder o investigación. En cuanto a su agenda ultra rebosada tal vez no tenga mayor interés. Las vidas ajetreadas no dejan de ser poses aunque, honestamente, cabe reconocer que la tienen tanto más ajetreada quien más solicitados lo estén por su carisma, su inserción en el mundo de las relaciones, su físico o su oficio público.

Para saber los detalles psicológicos de la figura pública, reconvertida de persona más o menos genial en personaje de consumo más o menos estandarizado, habría que pasar por tal experiencia. Reflexionarla estando al margen tiene más de teoricista que de documental; no por eso deja de tener interés reflexionar sobre los avatares de la fama en un doble sentido: en quien la padece en cuerpo propio que ve herida su sensibilidad por persecuciones mediáticas o bulos y en quien tiene que soportar aquel sector de las  figuras faranduleras plataformadas por los medios absolutamente deleznables e insoportables.   A fuerza de ser repetido un recién incorporado a la galería de famosos puede llegar a ser más conocido por sus detalles de lo que se conoce el vecino con quien se comparte pared con pared por decenas de años. Esa es la paradoja más curiosa. La gente pública puede cumplir una función de acompañamiento, incluso emocional, a personas solitarias que la interiorizan como colchón para sus propios avatares existenciales. Instintivamente la persona pública ha tenido éxito ahí donde la persona anónima no lo ha alcanzado.

Claro que la categoría entre pública y no pública es grosera. Así como dentro de los círculos cercanos de relación hay personas con las que se está más unido que con otras, también en cuanto a la pública hay una gran variedad de subcategorías dadas por  las razones de serlo. En realidad el denominativo genérico de pública es una trampa. Una persona puntualmente puede constituir una referencia pública en un momento dado de su vida y dejar de serlo inmediatamente después y pasar al olvido. También sucede que hay personas que tienen temporadas de fama por acceder a platós televisivos y después desaparecen o son desaparecidos de esa escena sea porque no interesan como productos de consumo o porque han aprendido a deshacerse de la función de mercancía con que se les trataba. Es más exacto hablar de la condición de pertenencia a una referencialidad útil, es decir a una base de datos a la que acudir. La filmografía de un director, la bibliografía de un autor o las escaladas de un montañero darán datos para hablar con conocimiento de causa de ellos y para reactualizar un interés por los temas que les interesaron. Ese compuesto recursivo de técnica informativa no evita llevar la reflexión a una cierta necesidad de la referencia pública como la de una especie de consuelo familiar. Dar con caras conocidas hace que nos sintamos acompañados. Es un juego mental.

La condición de célebre convierte al sujeto público en alguien más dado al mundo de afuera que al mundo privado, más al ellos que al . Los partners de líderes, artistas y famosos tienen el privilegio de vivir la verdad de aquellos objetos de consumo amplio. Saben las verdades a las que la gente no accede. Saben en definitiva la verdad de los límites de cada persona por codiciada que esté dada la mercantilización de su figura. No hace falta ser muy conocido/a para empezar a experimentar esta disociación entre el ritmo de las exigencias de las atenciones privadas que se da en este campo de la gente cercana y la absorción que supone el ritmo de las exigencias de la imagen. Dentro de la farándula artística y mediática hay al menos dos clases  de famosos. Los que saben mantener a distancia un tipo de cuervos ávidos de espiarlos a cada rato y los que se prestan a ellos como carnaza. Una gran parte de estos terminan por cansarse de su propio rol si antes el mismo universo mediático no se cansa de ellos. Sorprende que haya un tipo de caras que se van repitiendo por años y más años sin que sean barridas por originalidades alternativas. También sorprende a veces que personas supervaliosas se den a conocer a cuentagotas. Salvador Espriu, un hombre cuya vida transcurrió en la soledad y el silencio se declaraba como un hombre muy desvalido. Su fama no lo sacó de su meditación existencial y de su territorio privada o, si se prefiere, de su agujero. Esa fama por cierto como anécdota curiosa empezó con un primer libro de 110 ejemplares, cuyo padre editó,  del que no vendió ni un solo ejemplar. El reconocimiento posterior del peso de su figura en las letras catalanas no sustituiría el valor de ese gesto de apoyo de una persona tan cercana como su padre confiando en él. Espriu y Pla, según Espriu mismo, empezaron otra época del uso del catalán.

La lucidez creativa es una arma de doble filo. De un lado genera una ultra realidad exquisita en el campo artístico-simbólico, de otra coloca al sujeto creativo en esa instancia de consumo público. El peligro de eso es evidente. No pocos famosos sucumben a las vanidades generadas por su nuevo estatuto de nombre-cara de consumo amplio. Montserrat Roig dijo algo muy significativo de Joan Fuster (Sueca 1922-1992)que se podria trasaladar a una slecta troupe gente muy comocida que no deja consumir como productos multiseriados de estanerias, “lúcido ante su mundo, suficientemente escpético por no dejarse sobornar por las pamplinas dela vanidad de ser un personaje  ”.

Lo más público en el sentido de lo más consumido suele coincidir con un bajo nivel de calidad mientras que lo menos público en el sentido de lo más selecto y menos mayoritariamente consumido lo tiene con un alto nivel de interés. No es una fórmula que se pueda dogmatizar pero suele coincidir. No hay que extraer de ello que todo lo minoritario sea alternativo y tenga todos los honores de la crítica mientras que lo masivo sea deplorable. Cada caso pide una valoración específica. Cada persona conocida es desde luego distinta pero eso ya le viene dado por su condición de persona, sea o no-reprógrafa. Puede suceder que según sea su perfil distintivo original la fama intervenga complicándolo. Hay famas insoportables cuyas primeras víctimas son los famosos. Hay gente muy conocida que puede pasar completamente desapercibida y otra al cargo de programas de alta audiencia que no pueden salir a la calle sin ser molestada. Inevitablemente la sociedad adopta un trato familiar con aquellas imágenes que consume habitualmente. Así el famoso puesto en la vía pública no puede esperar actuar como cualquier otro desconocido sino que tiene que soportar miradas y comentarios. Si desea eludirlos tiene que esconderse. La vida célebre no debe ser tan fácil de llevar en particular en sociedades mediáticas que chupan más imágenes que palabras, más flashes que contenidos, más envoltorios que razones.

Un estudio de la fama debería seguir los protocolos científicos rudimentarios de cualquier otro estudio. Tomar muestras de personajes públicos y estudiarlos en las variables elegidas, en particular en los impactos en sus estructuras de personalidad desde que se convirtieron en objetos solicitados. Como en todo, la fama tiene grados y depende de la clase de condición pública en la que se reside y los motivos que llevaron a ella el segmento de público con el que se va a tratar. Es completamente diferente el trato que se le proporciona al político que va callejeando con o sin escolta, al jazzman,  al científico, al escritor, al cantante de pop o a la supermodelo. Podríamos decir que cada tipo de fama se reparte el público de manera distinta. Por supuesto hay sectores de este que son completamente desconocedores de otras partes de abanicos de famosos y dentro de estos no tienen porque cruzarse nunca unas partes con otras. En definitiva, la división tópica de lo famoso y lo expectante tampoco nos sirve tanto. En la vida de cada día tampoco trasladamos los diálogos a rajatabla sacados de las películas o copiamos la manera de relacionarse que tienen los artistas.

Una paleta de idiotas que ejercen de gente pública a costa precisamente de famosos y súper famosos mueven más bien al sentimiento de vergüenza ajena y se les puede reconocer incluso las caras pero no saber sus nombres ni por supuesto optar ni siquiera por mirarlos, por su indeseabilidad, en el supuesto de coincidir con ellos en algún escenario colectivo.

La celebridad no es pues siempre sinónima de éxito. Desde hace ya una década larga un tipo de insolencia desde las imágenes en las que personajes de la cantera de los trepas se pelean brutalmente los unos con los otros a sueldo de las exigencias de guión de los programas en los que salen, viene a demostrar que dentro de las caras conocidas hay unas que pueden ser miradas y otras no pasarían de tener un interés para la diana de los dardos, solo faltarían dos condiciones: jugar a los dardos y perder el tiempo buscando una foto de un careto deplorable.

La gran diferencia entre la gente de los círculos cercanos de la mayoría y la gente de la farándula pública es que una buena parte de las conversaciones de aquella es sobre la vida y milagros de lo que hace esto. No hay bidireccionalidad en eso. El sujeto anónimo siempre tiene la desventaja de no ser conocido por el que es público. Pero la supuesta ventaja de este, de ser conocido por todos, se torna en desventaja cuando al pasar de boca en boca, no en el sentido erótico precisamente de esa expresión, es tergiversado a la medida de cada consumo verbal. Evidentemente el famoso padece de una indefensión severa ya que no puede ir controlando cada frase que se noticia de él/ella o desmintiendo  las falsedades o deformaciones informativas. Parece ser una constante la de los  famosos con  motivos de queja por ser malinterpretados. Por su lado los intérpretes tampoco representan un gremio homogéneo que se consultan las cosas antes de interpretar. Cada divulgador lo hace tratando de explotar el boom de una noticia o un tema a costa del sujeto público que lo proporciona.

Afortunadamente, dentro del campo de lo público hay muchos nombres que son muy desconocidos o que son incluso conocidos a su pesar, por haber publicado resultados de investigaciones o literaturas llamativas. Posiblemente se trata de los más preciados pero esa es una apreciación subjetiva. Y es que la fama es en si misma injusta antes que nada para las mismas personas célebres que lo son más o menos por elementos aleatorios que concurran en el momento y en sus entornos concretos. Siempre sometidos a los caprichos de las masas en la adopción de unos iconos u otros  que las protejan para sus naufragios existenciales.

La gente cercana es la que comparte la realidad de verdad, la gente pública por su condición de distancia no pasa de ser una referencia utilizable para reinterpretar la realidad advirtiendo a veces algunos ejemplos de los que tomar nota y otras, en el caso de los antimodelos a los que no seguir, no nombrar y no escuchar. No hay que olvidar que el sujeto público por su condición es una fuente nutricional distorsionada para el imaginario ajeno de tal modo que en la psicología del fan o del seguidor se crea un constructo que no tiene nada que ver con la verdad de ese icono admirado. Cuando al fin se da el encuentro entre el uno y el otro también sobreviene un inevitable  desencuentro por la decepción que comporta. La mejor manera de estar en la condición de sujeto público es conseguir el máximo de discreción de su vida privada y el máximo de selección en aquello de lo que se haga portador.

Dado el ascenso de las plataformas de divulgación, mas canales de televisión, mas radio participativa, mas entrevistas en la calle, mas blogs en internet, es cuestión de tiempo que todo el mundo termine por tener al menos su día de celebridad. Eso ya estaba anunciado. Se puede tener una hora de fama y una vida entera de anonimato, lo terrible es  lo contrario. Cuando en el futuro al fin se  aprecie a cada persona por sus valores y no por su imagen mediática veremos que hacen las industrias mercantilistas para seguir vendiendo rostros familiares.


[1] biblo->historia de una escalera (1947) el tragaluz (1967)   El sueño de la razón (1969)

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