FLUENCIA TRANSCULTURAL

El espectador y la imagen.

El texto solo sigue teniendo tan poco futuro ahora como antes pero sigue persistiendo. La cultura de la imagen visual viene teniendo más futuro que el texto del libro o de la revista. El espectador es la condición receptiva dominante y la condición lectora, la relegada. Aquella exige un menor esfuerzo mientras que ésta pide una actividad mental interactiva. Leer es una invitación a pensar, bastante  mayor que ver. Se podría tratar de establecer la  respuesta reactiva del pensamiento en función de las vías elegidas de entrada sensorial de los datos del Afuera. Un argumento fílmico viene a complacer una demanda de un tipo de comportamiento de los héroes de la pantalla absolutamente irreal, un argumento de texto viene a complacer una demanda racionalista. Claro que, este también se extiende a la literatura fantástica con lo cual la exigencia de racionalidad puede ser tenue o marginal y aquella se extiende al genero de la indagación, el documental o la entrevista, cuyos formatos piden un máximo de atención analítica.

Centrémonos en el perfil dominante de espectador: el de imágenes. Las empresas de  periódicos y revistas saben bien que la colocación del texto está proporcionado a la colocación del espacio ilustrado, y que son distribuidos unos sectores y otros en las páginas de acuerdo con estudios sobre lo que más llama el interés. Depende de la política de cada rotativo o plataforma gráfica el texto se pone nada más como relleno a lo fotográfico o este como demostrativo de aquel. Por lo general en las revistas ilustradas pesa más la foto que la palabra y en los periódicos es al revés.

Por lo que hace a las imágenes móviles en la pantalla centrar la atención en el movimiento o en la forma comporta poco o mucho una desatención al texto. Esto ya sucede en las interacciones directas y presenciales. Cuando el interés embobado del que escuchase centra más en la gestuaslística de las manos, el movimiento de la boca o el acento el resultado finales que el mensaje comunicado se ha entendido bastante menos de lo que podía haberse entendido. Es algo bastante desagradable  tener que repetir las cosas porque el otro –oyéndolas- no las ha escuchado al colocar su  atención diseminada en distintos puntos de la presencia del hablante. Newcomb siguiendo el modelo cognoscitivo del equilibro  fundamentado en Heider (1974) asegurar  la tendencia del individuo a mantener un estado de equilibrio cognitivo. Ciertamente, de eso depende su supervivencia. La conducta mejor adaptada es la que está al corriente de todas las variables y no se deja atrapar por ninguna posible trampa del entorno. Esto también se comprueba en el reino animal. En el sub-reino humano la tendencia adaptativa no lo controla todo y tiende a distraerse con elementos secundarios en circunstancias no vitales. Eso significa que una buena parte de mensajes quedan sin retener y bastantes detalles en el trastero del inconsciente. Por eso, una segunda visión de una historia escenificada, o de una entrevista, también de una lectura, pero también de conversaciones en vivo y en directo sobre el mismo tema proporcionará más elementos de comprensión. Tanto, que a veces, la primera tanda de observación de algo da poco más que la confirmación del interés por ese algo al que se volverá más adelante. Es muy interesante hacer la experiencia de ver o re-visionar por segundas o terceras veces películas que poblaron nuestras infancias de las que conservamos tenues huellas para traducirlas con más realismo al código con el que opera la mente del adulto.

Cada propuesta visual es estimulativa para un tipo de disposición. Cada película o director o autor tiene su sector de público. Tanto es así que hablar de público en singular es una estafa.  Por una misma sala de proyecciones pueden pasar distintas clases de públicos según lo que se proyecte y por su parte cada espectador puede ser más o menos goloso de las imágenes. Lo que para unos es arte de imagen para otros puede ser una basura insoportable.

Sabemos que el espectador no se hace en los palcos o plateas sino que su condición ya le viene dada por su naturaleza observadora. En la época en que no había cinematógrafos y apenas era posible acudir  de tanto en tanto de conciertos y la asistencia a teatros ambulantes, la conversación en sí misma constituía el principal de los espectáculos y los conversadores sus espectadores y actores a la vez. Una charla era –lo sigue siendo- el espacio escénico en el que se congregaban en el doble papel los actores y los espectadores. Son muy conocidas las leyendas de grandes relatadores que cautivaban con su palabra y sus evocaciones la atención de todos. En la época en que las unidades familiares o grupales se organizaban en torno a los fuegos durante la noche no había otra cosa que la conversación. El mismo sonido humano de ella podía ser motivo suficiente para congregar una expectancia. Osgood, con Tannenbaum, habló de la teoría de la congruencia. La generalización de la semántica procede  por semejanzas de sonido y no por otros factores, tales como semejanza física o identidad en los propósitos. La voz sigue siendo un gran atractivo para experimentar protección, consuelo y comprensión, aunque esta ultima no siempre quede demostrada. Cumple una función de sosiego. La imagen sin ella es recibida de manera distinta. Por lo general las filmaciones con silencio verbal incrementan la cuota de perplejidad en el público. Esto ya pasa en situaciones fuera de las salas de espectáculos. La imagen de una persona por interesante que sea –por su belleza o su carisma- es del todo incompleta sino se auto acompaña con el discurso verbal. El famoso eslogan de que una imagen vale más que mil palabras es una total falacia pero que su pervivencia sigue demostrando una cosa: una noción sesgada dominante acerca de lo que es la una y lo que son las otras.

Desde que la imagen se ha industrializado y una buena parte de la  palabra diferida (la de los programas televisados fundamentalmente, la de los documentales en soporte de videos, el cine y la escena teatral) viene con ella. Cuando la imagen tiene un mayor peso que la palabra suceden dos efectos: Uno, que no se investiga un hecho acudiendo directamente a las fuentes documentales escritas que hayan dejado, dando por buena la interpretación de ellas trasladadas al soporte de imagen y dos, un acostumbramiento creciente al discurso escénico por encima del escrito. Eso, que es creciente, hace que el espectador consuma más imágenes en lugar de texto reduciendo progresivamente su capacidad intelectiva afectando a su autonomía en la convicción sobre los sucesos o temas de los que hable. El espectador puede ver incrementada su negligencia cuando en el lugar de un argumento pone sinopsis o fotogramas, lo que no quita que el recurso a éstos pueda ser muy didáctico para ejemplificar razones que quieran aducirse.

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