FLUENCIA TRANSCULTURAL

Turno de palabra.

 

Me consta que hay mucha literatura sobre el terror escénico y distintas propuestas de fórmulas para vencerlo y convencer en público. No he manejado tal literatura aunque sí leí el libro de Vallejo Nájera sobre sus experiencias ante auditorios y oí hablar de Dale Carnegie. Cuando veo uno de estos títulos nunca sucumbo a ellos. Pienso que el tiempo que voy a dedicar en su lectura puede ser más provechoso si lo empleo en preparar una intervención verbal en la próxima conferencia a la que acuda.  Por encima de lo que pueda contar cualquier experto, real o ficticio, sobre comunicación humana, me consta que cada persona tiene un determinado poder potencial con su palabra, depende de que se atreva a usarla o no  y si aquel es compartido o no. Por encima de maestros y listos del tema, que sin duda los hay  -que como digo he optado por no seguir a ninguno- cada persona tiene un valor en sí misma y en tanto que receptor de unos contenidos se hace crítico o elaborativo por tanto devolutivo o aportativo. La única diferencia que hay entre un conferenciante y cada una de las personas que lo siguen en un auditorio más o menos numeroso y ese mismo conferenciante en una entrevista privada con otra persona, es el espacio numérico. El número es un factor más condicionante. El escenario a veces puede mas que el fluido verbal entre comunicantes.

El secreto, si así se puede decir para la eliminación de la tensión verbal es centrarse con lo que se quiere decir y hacer caso omiso a las características de la masividad del sitio o de la efemérides.

A menudo he sido  el primero en que hago una intervención verbal en un momento en que ofrecen el micro o dan la palabra a la sala, y lo hago después de unos instantes de espera al comprobar que nadie se decide, así pues al tomar una primera palabra también cumplo la función de encadenar una discusión posterior haciendo que otros se animen a hablar.

La tensión escénica produce una serie de problemas: sequedad bucal, respiración agitada, aceleración cardiaca, distorsión sonora y hasta leves convulsiones. Por si fuera poco puede alterar la coherencia del discurso y la pérdida momentánea del sentido lógico de lo que se quería decir. Pasar por esta experiencia es terrible ya que puede ocasionar quedarse completamente en blanco, es decir olvidar lo que se quería decir. Esta amnesia puntual, que no deja de ser tal por transitoria y puntual que sea deja en muy mal lugar a quien pasa por ello que lo retrata de tonto, o así lo creerá, cuando en realidad solo pasa por un chock comunicativo.

Recuerdo que alguien que tomó la palabra en una sala universitaria en Pedralbes, cuando se la concedieron admitió ante cientos de personas que había olvidado por completo lo que iba a decir y que tan pronto recuperara la memoria de ello ya retomaría su turno, como así fue. Un rato después interrumpió diciendo que ya se acordaba de lo que quería decir y lo dijo. También recuerdo que en alguna ronda de intervenciones en las cuales estaba sumada la mía al llegar mi turno, había olvidado el motivo por el cual había levantado mi mano y al tener que hablar improvisar otra clase de intervención completamente distinta.

Afortunadamente en las intervenciones verbales siempre hay de dos clases: una que podemos decir que son protocolarias y otras de contenido. El debate avanzada con estas ultimas pero acudir a las primeras, las del tipo elogioso o metodológico siempre son reforzantes y animatorias, sin que aclaren realmente la posición del que interviene. Un exceso de la parte protocolaria encalla las situaciones, bloquea la fluidez y puede crear un malestar frente a quien está malgastando el tiempo por andarse por las ramas.

Después de haber recorrido numerosos espacios públicos de uso de la palabra se puede calibrar  el perfil de la asistencia y hacer estimaciones del perfil de los ponentes. La experiencia de haber pasado tanto por el rol de oidor anónimo como el de conferenciante permite tener dos miradas distintas de un salón de actos de este tipo. El conferenciante tiene una ventaja sobre el oyente. Aquel es la figura programada,  tematizada y esperada. Por tanto, poco o mucho va a tener una atención garantizada por una cierta cantidad de tiempo. Este es uno mas que puede mantenerse durante todo el rato en la incógnita. Lo interesante de cada tema expuesto es el rato de coloquio que coloca cuestiones inicialmente no contempladas o insuficientemente habladas. El  escuchante-incógnita es quien pone el corolario del acto cuando recoge y debate el tema o el nudo central del tema expuesto. La mayoría de intervenciones que suelen escucharse en conferencias públicas son preguntas. De hecho, muchos presentadores todavía dan el paso de la palabra a la sala, convocando a la pregunta abierta, no al comentario, la reflexión o la crítica. La cultura hispánica actual todavía está amarrada por el enunciado atolondrado del ruegos y preguntas para el último episodio de reuniones con la palabra. Comparativamente es mucho más fácil plantear una pregunta corta que hacer una discusión temática. De elegir este segundo camino el interviniente puede ser tomado por un asaltante, un negativo, un obstaculizador o un impertinente. Mientras ese va desarrollando su punto de vista en un extremo de la sala, por lo bajini otro  espectador, por la razón que sea, puede hacer comentarios de aburrimiento y malestar. Pude observar este fenómeno en una ocasión en un forum cinematográfico con el cliente que estaba sentado a mi lado que no escuchaba ni me dejaba escuchar. Hay gente indispuesta a determinadas intervenciones. Quiere terminar pronto y rápido y va a los lugares no para saber sino para recordar que ha estado en ellos. No se puede hacer nada. Es así. Si bien no existen en principio normas precisas, -a no ser que se dicten ex profeso- del tiempo en que un interviniente de la sala pueda emplear, si este se pasa de la ralla la indisposición de los demás se extenderá concluyendo en un rumoreo creciente. De hecho, técnicamente un tema no queda agotado con una exposición por docta que sea del titular del mismo. Las opiniones de ese tema expuestas personalizadamente en un tú a tú generan casi siempre respuesta, sin embargo en el espacio público no incentivan respuestas en la mayoría de los asistentes. Por deferencia unas veces y por inseguridad en la mayoría de ellas, el público calla o juzga que no es protocolario intervenir. Las conferencias no suelen durar más de una hora y el tiempo dedicado a su debate no suele ser más de media. A veces hay goteo –retirada- de gente que se cansa o se ha equivocado desde el primer momento de su exposición. En otras ocasiones a partir de un cierto momento todo el mundo muestra señales de cansancio. Las necesidades fisiológicas ponen el punto final enmascarando un deber cumplido que no es tal.

En un espacio cultural o en un foro de la palabra, sea el que sea, conviene establecer  La diferencia entre discusión critica y objeciones negativas. Sin duda hay gente que interviene para sabotear un acto sin cuestionar realmente su contenido. Es preciso intelectualizar cada intervención para evaluarla en su justa medida. He pasado por todas las situaciones: desde ser objetado como conferenciante. En la SNVB,  por alguien del público que después de más de una hora de estar hablando me dijo que usaba un lenguaje que él no entendía ejemplificando para eso que usaba palabras incomprensibles como “interacciones”, tras lo cual se levantó y se fue, a ser objetado por hacer una intervención verbal distinta a la esperable. En Duoda[1]  en el Centre Cívic el convent de St Agustín en Barcelona, en el curso de una jornada feminista, planteé un punto de vista que todavía no había salido a las dos personas que habían hablado. Mi intervención no fue mas larga que otras, pero alguien de la primera fila, una gruesa mujer, se impacientó enseguida diciendo en voz alta a las ponentes que me cortaran (¿tal vez porque fue la unica intervención masculina en aquel espacio?) Lo cierto es que me dijeron que tenían que ir a comer y que abreviara. Se empleó toda la mañana para celebrar dos conferencias con demora al empezar cada una y una pausa larga entre las dos para descansos neuronales ante tanto esfuerzo. Esos otros detalles organizativos o mejor dicho infraorganizativos, hacen pensar que en muchos encuentros con la palabra en realidad de darle valor a los conceptos o informaciones que ahí se vayan a decir se les concede al evento en sí como acto publicitario.

Si bien es cierto que la conferencia, tanto si es aislada como dentro de un evento congresual, tiene la imagen de quintaesenciar la cultura y lo que se sabe de determinadas cosas. No siempre es así. Hay actores-actrices que dan conferencias lo mismo que otros-otras representan famosos personajes de la literatura universal. Disfruto tanto en el teatro profesional con textos y tramas inteligentes como con las conferencias bien montadas. No puedo decir que siempre. Suelo quedarme hasta el final de un acto u otro, aunque puntualmente he abandonado la sala despavorido por  tanta falta de calidad. Cuando me he identificado con un tema conferenciado y por falta de tiempo la discusión no se ha agotado algunas veces me acercaba hasta el ponente para completar un comentario. Dejé de hacerlo al advertir que por lo general estaban cansados y no estaban para continuar con la conversación o no tenían interés en mi punto de vista.

En una ocasión ante el tema de la paz y el seguimiento de uno de sus opuestos clásicos: la tecnología de guerra, es uno de los campos más fáciles de debatir, habida cuenta de la cantidad de informaicón que tiene la sociedad sobre destrucción bélica y sobre violencia de todo tipo. Vicenç Fisas en FNAC[2], a propósito de la presentación de la traducción del libro sobre tráfico de armas de Lora. Le objeté la categoría light de su  campaña por el control de tráfico de las armas como una propuesta que quedaba muy por debajo de las aspiraciones de la sociedad,  en un momento en que no hay todavía ningun grupo parlamentario que proponga una moción de ley para la suspensión de la fabricación y venta de armamento. Su respuesta fue que su campaña era razonable y que seguían un proceso aceptable por las fuerzas dominantes y que plantear propuestas de supresión del armamento en lugar de control era una idealización o una utopía. Puesto que hubo otras intervenciones de objeción en la misma línea Fisas comentó algo curioso: que podiamso organizar nuestra propia campaña más radical.  A Lora le discutí  un dato que manejó en su exposición  acerca de la Cruz Roja Internacional que hablaba de que el 50% de la mortandad bélica era de civiles lo que desmentí a juzgar por las noticias que llegan de una mortandad superior de civiles a los profesionales de la guerra que tienen más medios materiales y entrenamiento para esquivar la metralla.

En un tiempo en que semanalmente recorría salones de conferencias se me ocurrió que valdría la pena hacer un dossier de interacciones en ellas. Daría lugar a un dossier y un libro con la doble vertiente de la anécdota y del resumen de contenido. Me pareció una línea de trabajo interesante. Puesto que en las aulas y salas de conferencias siempre tomo notas, no me iba a resultar difícil componer el libro. Partí de la idea que los conferenciantes con nombres famosos al igual que cualesquiera nombres de marca atraían un interés. No desarrollé este proyecto porque mi ritmo asistencial a las conferencias fue decreciendo. A menudo salía un tanto frustrado de ellas por sus excesos de generalidades. Sigue pareciéndome una buena idea. No hay nada como repasar lo que has escuchado tras una conferencia para advertir la cantidad de interrogantes que se generan y de ideas nuevas para elaborar que se plantean.

Cuando doy una conferencia espero una devolución crítica al final. El aplauso ritualizado y las intervenciones únicamente elogiosas son sospechosos. Si un conferenciante no suscita un debate y por consiguiente una discrepancia, la controversia en su salsa más verdadera, tienes motivos de preocupación: o no ha sido comprendido, o es temido y por eso no es discutido, o es aburrido y se opta por no demorar mas tiempo en la cuestión. Cuando voy a una conferencia el speech suscita reflexiones y comentarios por consiguiente me meto en la segunda parte con la pasión de descubrir  más. Me resulta intolerable dejar a un conferenciante con un final silencioso a su exposición, es como si alguien te viene a hablar y no le haces ningún acuse de recibo. Esa es una de las razones por las cuales intervengo en primer lugar cuando la inhibición predominante silencia al público. Cuando Muñoz Molina y sus acompañantes a la mesa, después de hacer su exposición en una sala abarrotadas por sus lectores o seguidores, se levantaron para irse tras invitar a la conversación y no seguirla nadie  lo retuve alegando que no íbamos a desaprovechar aquello ocasión de tenerlo en directo para no comentarle nada y le hice una pregunta acerca del imaginario y el real en el caso del novelista.

De todos los conferenciantes a los que se pueden llegar escuchar, poco o mucho se saca algo en claro, se aprende alguna cosa. Incluso de aquellos que utilizan la tarima de una manera oportunista para promocionar sus empresas. Hay formas verbales que son recuperables y otras que son desechables, lo mismo que hay datos ciertos que permiten su transportación y otros equivocados que hay que vetarlos.

La tensión escénica ante el turno de palabra es tanto más grave cuanto menos seguro se está de lo que se va a decir. Tener la certeza de un pensamiento relaja el cuerpo y recoloca las señales de alarma en una posición más acomodada.

Cuando al fin desde un rincón de una sala de público, a veces atiborrada, uno decide hablar secrera una comunicación especial entre este interviniente y el conferenciante. Sus dos miradas se mantienen. Raramente el interviniente se pone a mirar a su alrededor a no ser que integre en su intervencion algun otro comentario surgido de la misma sala. Parte de su intervención puede representar sentires, parciales o generales, y en todo caso puede poner al descubierto fallas expositivas del conferenciante, detalle que pondrá en evidencia de una manera elegante para no dejar en ridículo al ponente si ha dado motivos para ello.

Una conferencia interesante genera reacciones interesantes. En alguna ocasión he recibido el elogio máximo que una intervención puede recibir después de una charla, la de alcanzar un contenido excepcional gracias a ella, cosa no lograda en ninguna de las anteriores. Algo parecido me dijo un historiador localista Miquel Sánchez en una conferencia con escasa asistencia de público en una sala de una biblioteca.

La tensión queda resuelta con el entrenamiento y la reincidencia en prácticas de intervención así como con la responsabilidad de asumir la investigación y exposición de temas. Las palabras correctamente organizadas en un acto o en otro cumplen la función mágica de luchar contra la ignorancia y curar la sentimentalidad en espera de reparación cuando el texto arroja nuevas verdades.



[1] abril o mayo del 2004

[2] Barcelona,Triangle, mayo 2004

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