FLUENCIA TRANSCULTURAL

La fluidez Expresiva.

 

“¿Te acuerdas cuándo hablábamos de corrido?”  se preguntan dos ancianos con Alzheimer o con alguna neurodegeneración en curso. Posiblemente lo más  elegante de la criatura humana es su capacidad expresiva y lo más terrible es la pérdida de la facultad comunicativa. Perder la habilidad lingüística es incomparablemente más severo que perder otras funciones corporales. Para el humano el valor instrumental que tienen las palabras para hacer entender las cosas, su habilidad en ponerle nombre a cada hecho y circunstancia, a todo cuanto le rodea y hacer todo eso con un alto grado de elocuencia y coherencia es incalculable.  La condición humana se distingue de otras criaturas de la naturaleza por su capacidad en expresar no solo lo que sabe y lo que vive, sino también lo que experimenta y lo que siente. Se autohistoria y se describe pero también se proyecta y se autoafirma. Además puede inventar y fantasear, puede explorar por la vía lingüística universos increíbles.

La poesía y otros recursos literarios y artísticos   permiten hacer a escala creativa lo que  las relaciones protocolario-coexistenciales no permiten siempre hacer en un plano directo. Sabemos que todo lo hablable no es siempre todo lo decible. Las mentiras y las omisiones son tanto más concurrentes cuanto más miedo se tiene en el manejo preciso del lenguaje convirtiendo este es una pantomima para semiinformar o semicomunicar. Cuanta menos edad se tiene más posible es vivir  con principios de verdad integral cuanta más se tiene el planteamiento cambia tratando de mentir lo menos posible.  La fluidez expresiva viene determinada por tres vectores: el conocimiento del tema del que se habla, la libertad de opinión en abordarlo y los limitantes en forma de presencias antagónicas con el tema en cuestión.

En el encuentro teórico el quantum expresivo trataría de  estar igualado a la demanda de conocimiento  en ese tema pero eso no siempre ocurre así. La propuesta artística viene a actuar como un factor de compensación de lo que la realidad impone quedándose en un estado de  déficit permanente. Eso no significa que la movida artística suponga  un consuelo definitivo a sus protagonistas. Antes bien la supone a los límites generales de la vida ordinaria. La figura del bufón siempre vino a contrarrestar las penalidades de existencias mediocres y el valor del teatro sigue suponiendo poder llevar a escena temas cotidianos insoportables de los que reírnos en público cuya solución ni escarnecimiento es aceptada a nivel particular. Lo artístico es un conjunto de piruetas complementarias para las vidas exiguas. Incluso la propuesta artística ha terminado por ser la única conclusión posible tras digresiones filosóficas que describían panoramas difíciles de tratar. Se ha creído que el arte es la solución. Pasar a la escena o a la palabra escrita son formas de revivir vidas insuficientes para dotarlas de contenido en ese revival a falta de tenerlo en su primera versión.

El arte de la palabra había empezado supuestamente desde antes de su salto al soporte escrito. El cuentismo y las habilidades narrativas han sido potenciadores del imaginario. Un sujeto es incompleto sin su parte imaginaria. Cuanto más realista es un individuo menos real es para sí mismo si no acude al potencial de ambición y de deseo que proporciona el imaginario. El arte imaginativo incrementa el imaginario personal dando por resultado una persona más completa. La imaginación  enriquece al imaginario pero no lo sustituye. Uno es lo que son sus actos creativos. Billy Wilder sostuvo que uno es tan bueno como lo mejor que haya hecho en su vida.

Fluir con la palabra en cualquiera de sus contextos: desde el cuento oral a la novela histórica, desde la escena teatral al guión cinematográfico; desde –por tanto- el texto auditivo-visual al texto silencioso, depende siempre de la convicción de lo que se habla y de la libertad en el decir. Dentro de los factores limitantes a parte de una presencialidad antagónica y represiva también hay el limitante de la incomprensión. Cada discurso le toca adecuarse a quien va dirigido en función de su intelectividad e interés.

Escribir no supone ingresar en el Olimpo de los eruditos como tampoco en una especie de gran familia de correligionarios. Lo que define a  los escritores en su condición común de tales es que acuden a la grafía con significado para dar a conocer sus ideas o ingenios ficciosos. Lo que les iguala o separa son los contenidos de esos y no el recurso instrumental. El arte no es ni podrá ser nunca un lugar de unitarios. Es un campo de diversidades por definición. Para escribir hay que atreverse a significarse como individuo. De hecho eso viene de antes: el acto de habla personaliza mientras que nos actos conductuales están reglados por el grupo. Cuando el acto de habla es de forma escrita se crea un acto documental, algo que queda a posteriori del momento creativo de su autor. El texto sobrevive al autor. Por extensión, la obra artística sobrevive al artista. Escribir no coloca a cada escritor dentro de un universo santo. Otro asunto es que puntualmente participen de una efemérides de gremio, como lo han hecho los de habla catalana en la feria librera de Frankfurt 2007 y hagan una puesta coordinada en escena  de autores históricos del linaje literario que se ponen de acuerdo en representar. La escena descoloca algunos contenidos. El protocolo exige la sonrisa aunque sea forzada. Ramón J.Sender[1] dijo que “para escribir hace falta tener un sentido ascético fuerte y una fuerte determinación”. Efectivamente, a diferencia de otras proyecciones  creativo-artísticas, escribir exige soledad, concentración y un tempo productivo que se consigue a fuerza de pasarse horas ante un tema  desmenuzándolo y saboreándolo. A parte de las habilidades expresivas y el juego dinámico con las frases se necesita valor para poner el propio nombre junto a renombramientos de las cosa política o ideológicamente inconvenientes. Escribir no convierte al escritor en un mago del decir. Eso depende de que lugar ocupe en el campo de las ideas y los mensajes. Lo poético tampoco da patente de sensibilidad a quien la practica. He conocido gente que se ha acercado al campo de las letras que se mantienen en el perfeccionismo  estilístico sin que su interacción con los temas de los que se hacen eco les cambien como personas, los hagan más sensibles o más sabios o ni siquiera más valientes. Hay que tener el valor político y denunciativo de lo cual siempre que sea preciso, lo cual significa casi siempre. John Ford[2], en pleno apogeo del macartismo se opuso públicamente a Hollywood contra sus delirios inquisitoriales. El arte se autosignifica por su capacidad de declaración y compromiso públicos que va más allá de sus habilidades expresivas como antídoto de compensación a los déficits existenciales.

La comunicación no queda sólo en  un ejercicio didáctico, implica un compromiso con la realidad que al evidenciarla en sus verdades lleva inevitablemente a posicionarse en contra de lo que la destruye. Hay hablantes formidables que no dicen nada o historias muy bien contadas llenas de vulgaridades. La fluidez expresiva sin contenidos no pasa de ser una estética decorativa.



[1] en 1975 acaba de volver del exilio. autor de Crónica del alba.,Mr Witt en el Canton (Premio Nacional de Literatura en 1935) entró a trabajar para El sol.

[2] drtor.La diligencia (1939).El 1937 habia dado 1000 dolares al gobierno republicano español.

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