FLUENCIA TRANSCULTURAL

Sólo Texto.

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La alta estimulación de los sentidos por los inputs  audiovisuales ha ido arrinconado el poder del texto disertativo. En el Medioevo, cuando la cultura letrada no tenía la competencia de otros soportes comunicativos, los libros eran legajos de letras apretadas. Lentamente la caligrafía artística introducía notas de color entre densas escrituras. Con la imprenta se incorporaría la ilustración y desde entonces el espacio gráfico para comunicar ha ideo experimentando una sucesiva perdida de terreno el texto único para conjuntarlo con las imágenes que lo acompañen. La defensa de la imagen es tal que a  veces pasa que el texto deja de ocupar el lugar prioritario  para ser un agregado a lo fotográfico. Hay revistas donde las imágenes y sus tonos de color son tales que solapan la nitidez de las palabras del artículo con el que comparten páginas. (Escribo para una de ellas). El texto escrito sufre una desvaloración creciente frente al apogeo de los productos visuales o acústicos de más fácil consumo. Lo cual coloca a los consumidores en la categoría de la superficialidad. Al mismo tiempo el alma esencial del encuentro humano sigue pasando por el texto, en tanto que palabra hablada. En las conversaciones, debates, coloquios y todo tipo de escenarios hablados (la gente sigue reuniéndose para platicar) y en tales encuentros quien sabe más suele ser quien se ha documentado más. No me refiero a quien habla más sino a quien, diciendo mucho o poco, lo que dice tiene más sentido o más riqueza argumental. La paradoja de los no-lectores de textos es que tarde o temprano necesitan nutrirse y escuchar a quien no ha perdido la conexión con los sí-lectores de aquellos. Eso se puede comprobar con facilidad y, todo hay que lo, se siguen editando periódicos y libros; además,  las bibliotecas no dejan de tener visitantes dedicados a lecturas de sus fondos bibliográficos. La morfología de los periódicos ha ido variando saltando de enormes página-sabana de letras apelmazadas a formatos más pequeños con más zonas dedicadas al gran titular y a la foto. El lector de periódicos y revistas también ha ido variando: de ser un devoto de varias horas seguidas a su lectura a un ojeador. La prensa gratuita cuyo tamaño la hace simplificadora de necesidad viene consolidando el desarrollo de ese ciclo en que interesa el consumo de noticias cortas y con relativa rapidez para ser comentados in situ o al poco rato. La sociedad de la información convierte a su ciudadanía en propagadora de la simpleza. El texto sobrevive como puede y los libros de ensayo siguen editándose, aún para minorías. Posiblemente las fórmulas si no mágicas estupendas para conocer las claves de la felicidad están publicadas pero forman parte del submundo de las ideas en las que la mayoría prefiere no bucear. El psiquismo humano dominante prefiere inventarse hechos que estudiarlos, decidir resultados de experiencias antes de hacerlas, aplicar calificativos a personas aún sin tratarlas, colocarse en contra o a favor de las opiniones de alguien sin averiguarlas y descartar un texto por su longitud en lugar de por su contenido. Quienes escribimos textos y además nos permitimos hacer de la elaboración una espontaneidad disertativa bien lo sabemos. Por otra parte no todos los textos son interesantes ni merece la pena ser leídos. El escritor probablemente es más estricto que nadie en este punto no dando la oportunidad a un articulo ajeno para su lectura tan pronto se va de tema o lleva la atención hacia generalidades o a habitar indefinidamente en le reino de la estereotipia. Hay textos de autor de extensión fija por razones de espacio del soporte y por la cantidad de palabras –o centimetraje cuadrado- pactado cuyo solo formato  una semana y la siguiente, y así sucesivamente, por años en el mismo semanario me pone sobre aviso. La convicción de tener un público fiel o que hace un seguimiento de los artículos semanales puede alterar el posicionamiento de autor. Lo he experimentado con Maruja Torres en EPS, cuya vivacidad articulista es envidiable, no diré lo mismo como novelista, pero cuya originalidad elaborativa es incomparablemente menor. Entiendo que cuando un autor establece un débito con su lector de una forma tácita termina por dirigirse a ese apartándose de una metodología creativa. De alguna manera el escritor debe prescindir de su lector si quiere mantener su libertad creativa. De otro modo termina por ser el escriba al mejor postor (siempre hay un editor que interpreta las necesidades del mercado de la lectura y dice sobre lo qué escribir o cómo titularlo). El hecho de tener una sección asegurada de comentarios puede llevar a la diletancia y al merodeo si lo que vende de un autor es ya más su nombre de marco que no su decir  renovado. Confieso que hay artículos de articulistas afamados a quienes aprecio de los que no puedo pasar de los primeros párrafos dados unos contenidos que me meten en una gramática inoperante. Otras veces no paso de la frase remarcada que hace el periódico que se supone que es de las más esenciales contenidas en el texto. Tengo mis dudas que quien hace estos resaltados se lo haya leído entero porque a veces son disuasorios antes que determinantes para seguir y terminar con la lectura propuesta. He pasado por esa experiencia con los artículos de última página del mismo magazine de El país Semanal con Julian Marías.

El solo texto lucha contra el cansancio de entrada del lector anónimo que ante mil o dos mil palabras por delante le sobreviene el desasosiego cuando no una crisis de embotamiento repentino. Sabiéndolo, los grandes autores de hoy, a juzgar por el consumo de masas que se hace de ellos, son los productores de eslóganes, entiéndase de titulares. El libro es para los exploradores de literaturas que no pierden el tiempo en debates descafeinados televisados o en tertulias interminables que se empantanan todavía en Sócrates y Platón desconectándose deliberadamente de la enseñanza socrática aplicada para el presente. El libro, en su fase actual a punto de reliquia museística, es, por definición, sólo texto. Los editores conscientes de que la sola letra era más difícil de colocar pasaron al ataque con la ilustración. Esta lo encarece y lo desvirtúa parcialmente. Su función complementaria deja de ser tal cuando se convierte en el motivo central del soporte relegando el texto a una grafía en la que no se entra en detalle. No todo el mundo tiene tiempo o capacidad  personal para entrar en una disertación. De hecho, este criterio lo adopta quien tiene una fuerte resolución para la formación autodidacta. El llamamiento a la lectura des de el solo texto necesita una buena dosis de entusiasmo tanto pro parte de quien lo escribe como de quien lo lee. La vida diaria se llena de prácticas rutinarias y de conversaciones estandarizadas entre las que no se encuentra un rato para dedicarlo a la lectura. Dejarse vencer por el mecanicismo cotidiano y  no tener el criterio diario de tener un tiempo reservado para la lectura es el principio del fin de la potencialidad intelectual de un sujeto. La lectura de texto a la larga puede ocasionar efectos colaterales indeseables como la presbicia y la necesidad de usar gafas pero sus goces bien pueden compensar ese y otros déficits. Leer es uno de los recursos de la vida que permite vivir intelectivamente lo que no se tiene a mano físicamente. Las razones que apoyan hacerlo son múltiples pero la desidia para no hacerlo acaba venciendo. Cualquier prefiere darse a conocer aún antes detener una formación básica previa con su micro video o con su corto cinematográfico. No importa si el guion que emplee sea una ordinariez absoluta (“nunca creí que sería capaz de hacerme eso, yo no te lo hubiera hecho” le dice el cowboy a su chica cuando la encuentra  espatarrada en la cama dejándose acariciar por otro hombre) o no haya ningún mensaje potencial útil. Con tal de divulgar el careto todo lo demás no cuenta.

Las tecnologías de la imagen no paran de envolvernos  y el tiempo para las lecturas, mucho más para los apuntes y las reflexiones, es escaso. El servo automatismo existencial va acabando con ellas. Afortunadamente una parte de la población, los autoelegidos (si se me permite esta irónica denominación) valoran la cultura de las profundidades, la analiticidad dato a dato, la letra pequeña de los eventos, la confidencialidad de la teoría y en definitiva los secretos de la sociedad y de la vida. En mi vida relacional e intelectual me he llevado sorpresas curiosísimas: la de profesores universitarios que no leen o no conocen autores clave; la de maestros de escuela que, esgrimiendo su síndrome de saturación, no quieren saber ya nada más de ningún tema, la de prologuistas que te recomiendan que en un libro de poemas (la poesía suele ocupar la menor cantidad de espacio contenido en la página de una libro) acompañes cada título con una foto, la de estudiantes solo preocupados por lo que entra en examen o la de lectores –incluso- únicamente de narrativa acorazados en contra de todo lo ensayístico. Hay lo que hay y es científico reconocerlo tal cual es.

Ese reconocimiento de las dificultades que experimenta el solo texto no impedirá que siga prevaleciendo en determinados circuitos lo mismo que la  palabra oral discursiva. La palabra desarrollada seguirá siendo la depositaria más precisa de las verdades últimas intrínsecas del ser humano mientras sobreviva como especie. Se hace difícil pensar que la telepatía funcional pueda superarla en especificidad y precisión aunque esta se potencie y sea útil para mensajes básicos.

Mientras haya temas que desarrollar y cosas que pensar el texto seguirá siendo una necesidad intelectual insubstituible. Tratar de amenizarlo con videos o fotos fijas o bandas musicales en el fondo es un chantaje que se hace a los sentidos del receptor  para que admita entrar y decir atención a la lectura con todas sus consecuencias. Personalmente me siento algo estúpido cada vez que subo una foto para acompañarlo de uno de mis artículos –criterio que he incorporado reciente y que trataré de sistematizar-. Sin duda un texto acompañado de una foto queda vialmente mas identificado, antes el título bastaba para personalizarlo. Lo cierto es que tardo un precioso tiempo en la inserción de una foto que lo quito del sol o texto. El detalle ejemplifica una especie de rendición ante la imagen. Si lo hablado siempre estuvo contextuado en el look del hablante, lo escrito también es juzgado por las imágenes que lleva. Un error, evidentemente pero  sus victimas conscientes seguiremos insistiendo con la decisión del mensaje puro.

La polémica acerca del valor superior o inferior de la imagen no está cerrada del todo.

Hay posiciones a su favor y posiciones en contra. Desde la psicolingüística es pensable que unas pocas palabras pueden multiplicar imágenes mentales mientras que desde la documentación gráfica se pensará que una imagen es suficiente por sí misma y hace superfluas las palabras. No tengo prisa por dominar los recursos que me permitan instalar videos en el you tube a los que enlazar desde los textos. Hacerlos trasladando speechs breves  al video tampoco suplantará la necesidad del solo texto. Otro asunto es que este se tenga que buscar en lupa en los lugares más marginados y gozar en secreto.

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