FLUENCIA TRANSCULTURAL

Peleas domésticas.

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La pelea doméstica denomina la expresión del conflicto verbal de una pareja o unos convivientes que comparten un espacio común. La experiencia de confrontación de pareceres en temas de la vida ordinaria es lo más connatural al mismo hecho de la relación. Cuanta más intensa es la convivencia a full time más posibilidades concurren para la diferenciación de estilos y maneras. Un asunto es quererse y otro muy distinto parecerse en todo. En la medida en que la convivencia es más cuantitativa los espacios personales de cada uno se reducen. En la relación consolidada del día  a día los convivientes reparten su tiempo en otros muchos lugares fuera del espacio convivencial. Eso da una oportunidad para la distancia y el descanso mutuo.  La misma relación durante un viaje tiende a hacer  desaparecer los espacios individuales para intensificar el contacto llevándolo en ocasiones a la asfixia. Eso puede crear estados emocionales deplorables y productos verbales  con efectos lesivos y faltas de respeto. Ante el reconocimiento de una tensión creciente y de un estallido inminente lo más razonable es la moderación. Eso significa contenerse, por tanto auto reprimirse, por tanto dejar en un estado de espera unos contenidos que es mejor silenciar. La pelea doméstica cumple un servicio catártico y sirve para flexibilizar la adaptación adaptándose cada parte mutuamente  pero también destapa la caja de los truenos personales y puede revelar las partes menos agradables de la personalidad de cada cual. Si el matrimonio, en tanto que institución, institucionaliza también un campo de conflicto, la casa compartida (más específicamente el apartamento como lugar donde apartarse de la sociedad) puede llegar a representar físicamente el escenario de la desavenencia.

El espacio doméstico organiza y coordina un conjunto de sub-espacios los cuales tienen de un lado una función específica que la tradición arquitectural asigna  y de otro se revisten de un carácter simbólico. La cocina: lugar de preparativos para la comida; el cuarto de baño como reservado para la higiene; el dormitorio lugar de descanso; el patio lugar de contacto con el exterior, el vestíbulo como espacio de espera y distribuidor, el salón lugar de relax y conversaciones, reuniones o visitas o el balcón /terraza lugar de vistas. Los estilos domésticos son múltiples y la historia del cobijo humano demuestra que la diferenciación de los  sub-espacios se ha ido dando según la cultura ha ido cambiando  pasando de la choza o el micro lugar al sentido de casa con suelo propio y la división de su interioridad determinada por los componentes de la familia. La modernidad y las nuevas familias mono parentales además de las personas que eligen vivir solas vuelve a instaurar el espacio privado de mínimos suficientes en lugar de la gran casa cuya infraestructura y mantenimiento exigen una dedicación y coste superiores. La ubicación geográfica donde se vive y el tipo de casa que se tiene son indicados incuestionables de estatus social. Los famosos se van a vivir a no sé que lugar de Beverly Hills y los linajes obreros siguen hipotecándose por pisos minúsculos donde la expansión personal es discutible. Por ahora no hay noticias  acerca de que para dormir la gente tenga que estirar y sacar  sus piernas por las ventanas (aunque los japoneses ya ofrecen hoteles con  nichos-cama para transeúntes para pasar una noche) pero lo cierto es que la noción de apartamento dentro del bloque de pisos ha ido desde el principio en contra de la noción de casa y de hogar en el sentido clásico de la palabra.  Estrictamente al  referirnos a casa cuando estamos hablando del apartamento en el que vivimos cometemos una imprudencia definicional. Expresamos el deseo de un concepto cuando la realidad es que su denominación específica lo traiciona. La casa era el lugar anclado en el suelo con techo propio y un cierto espacio alrededor. La casa adosada acabó con eso pero mantenía al menos un espacio interior ajardinado. La falta de espacio también acabó con eso. Luego llegaron los niveles, uno sobre otro, habitados por vecinos que a la larga terminarían por tener la denominación de desconocidos. El espacio doméstico de privacía ha variado a lo largo de los tiempos en función del propio espacio general a compartir en un asentamiento o en una ciudad. El hacinamiento humano ya  existía antes del capitalismo más feroz y una de las paradojas de la modernidad con la minusculización de la vida humana es que en un mismo bloque de viviendas cientos de personas pueden estar siguiendo hábitos parecidos o estandarizados cada cual en su cubículo.  Las ventanas indiscretas de todos ellos darían cuenta de las diferentes personalidades con el común denominador de los límites tanto del mismo espacio como la de la expresión comunicativa.

La pelea doméstica está directamente conectada al territorio. Desde el momento en que el hábitat es un territorio compartido, la negociación para hacerlo practicable entre dos o más (en principio la noción de familia implicaba al menos uno más, como resultado del apareamiento) es absolutamente necesaria. La pelea sitúa la verdad entre ellos de los convivientes, compañeros o cónyuges. Es lo que permite –si de ella se desprenden las lecciones oportunas- una relación resituada, descargada  de demonios, con margen suficiente para enfrentar a los demonios internos. Es mejor darse permiso para una pelea que callarlo todo y  dar por supuesta un consenso y una felicidad totalmente falsos. Pero las lecciones de las peleas no llevan siempre a conclusiones vinculantes. Cuando un año tras otro se repiten inercias antes discutidas y cuando las diferencias personales son tales que el amor inicial se resiente habrá que reconocer que tras una de esas peleas se ponga fin a una relación incluso de muchos años. ¿Por qué los convivientes siguen unidos una década y otra a pesar de haberse reconocido en muchas de sus discusiones que son completamente distintos y que no van a cambiar aunque se quieren? ¿Es el amor lo que explica esa continuidad convivencial o la falta de alternativa a ella? Una separación suele cursar con un coste psíquico –también económico- considerable además de emplazar a una reorganización de lo personal en el sentido más material además del más emocional. Además, está la cultura que aun sigue castigando de alguna manera la os divorciados sin justificaciones públicamente suficientes. Esa misma cultura no entiende que una persona a lo largo de su vida tenga muchas relaciones bipersonales o muchos compromisos matrimoniales. Ese ha sido un asunto del que ha chupado mucho la prensa manchada de rosa que ha venido tirando del filón de los famosos. Ellos se lo pueden –o podían- permitir, la mayoría de gente no. Una pareja es, (más bien, era) para toda la vida y a lo sumo cabía una segunda alternativa para rehacer –se decía- la vida personal. Las neo-generaciones no cambian al menos el concepto. Si eres mía/mío no eres ni puedes ser de otro/otra. El amor sigue montándose sobre un principio de posesión mutua. Así no se llega muy lejos, antes bien a los preparativos de los conflictos de rivalidad. Pero al menso en la actualidad la gente se atreve a disolver su relación convivencial si no les funciona. De hecho la convivencia fijada como proyecto a no compartir con otros es lo que está en cuestión. A su lado el concepto clásico de familia sigue fracasando. Ya estaba anunciado. Las familias que fallan y los nuevos diseños de familia que tratan de ponerse a salvo de su tradición, más clásica no dejan de fallar. Lo privado termina por explotar. No es ya una cuestión elemental de celotipias, una parte de los problemas relacionales tienen que ver con la transformación de la convivencia en algo duro de llevar.  En el cuarto de baño  propio o de la casa de los amigos que visitas se pueden colgar las pautas explicadas por Bucay en como debe funcionar el amor y decirte: ¡mira qué bien, esta pareja lo tiene muy claro! y al poco tiempo enterarte que se ha separado para siempre. No hay fórmulas ni recetas mágicas para la relación, Ni siquiera la observación externa puede tomar cartas en el asunto y presumir de hacer una intervención terapéutica adecuada. El conflicto es inherente a la relación humana y la pelea doméstica es una de las múltiples formas con que se expresa. Establecidas y aclaradas las posiciones solo queda encontrar la estrategia relajadas suficientemente útil para vivir los años o décadas que quedan sin tratar de cambiar al otro. Esto suena bien pero en la práctica la reacción crítica ante una conducta que no gusta no surge como cruzada pedagógica sino como sinceridad emocional. La dulzura o la delicadeza obligan muchas veces a callar aun no aceptando la escena en la que se está de convidado de piedra. Pero luego la tensión que no es escenificada se vuelve contra las propias vísceras y el intelecto. Es el momento psíquico en que la energia se distribuye entre el decir con el riesgo de incrementar elementos para la confrontación o callar e incrementarlos para la autolesión. Las parejas supervivientes de sus propias tensiones aprenden más a escuchar y callar que no a intervenir y manifestarse. Hay parejas para toda la vida (el amor es una cosa distinta), parejas que incluso se nutren del recuerdo de sus viejos tiempos, parejas que se conocen al detalle lo que son, y que han dejado de cuestionarse la cosas, les basta con el aprendizaje de saber aguantarse. Aguantar es un verbo distinto a sostener y muy distinto al de comprender o querer. Un estudio estadístico interesante de parejas convivenciales, hetero y monosexuales, sería el de establecer dentro de una escala de valores sobre la continuidad relacional  el que, específicamente, pesa más. La concordia o la entente vienen a sustituir el amor o la pasión, las caricias ligeras al sexo intenso, los temas fragmentarios a las conversaciones en profundidad, y las zonas tabúes de habla a los deseos de la comprensión universal. Seguramente los gérmenes de diferencias personales  en una relación existen al principio de ello sino en el primer mes si en el primer año. 20 o 30 años después confirman las sospechas o hipótesis que se tenían veinte o treinta años antes. Las razones de separación que esgrimen parejas que llevan muchos años juntas es que se han cansado de vivir lo mismo sin excitantes existenciales que vengan a sacarles del atolladero. En cuanto a los motivos concretos para optar por terminar con la convivencialidad pueden perfectamente haber estado en la mente de quien toma la iniciativa durante toda la singladura de la relación. Posiblemente el amor como proceso psicoquímico etéreo lleva tiempo desaparecido y su sustituto ha sido el de la ternura, la sensibilidad y el amparo binomial. Ese mismo estudio propuesto averiguaría el porcentaje de personas emparejadas que viven juntas por terror a regresar a la soledad  además de las que siguen unidas  -como cualquier otra empresa asociada- por necesidades instrumentales.

La pelea doméstica ordinaria queda lejos de todo esto pero si se desarrolla en unos términos verbales duros y va más allá de las diferencias propiamente convivenciales con respecto al reparto de tareas o mantenimiento de la casa entrando en las cuestiones ideológicas de un lado y tratos relacionales con terceros puede ir minando la propia relación. Es difícil que esta se rompa por abusos internos cuando uno trabaja más que el otro en la organización interna  pero no lo es tanto que se rompa por injerencias externas de una u otra familia política. La supervivencia de una pareja es tanto más segura cuanto menos permite injerencias externas (de amigos bien intencionados o de familiares protectores) y más se basa en su verdad y su autoanálisis para llegar a las conclusiones convenientes y reparaciones emocionales necesarias. El amor es la energia primera a la que se acude ya que lo cura todo. De eso tampoco se puede hacer una leyenda fundamentalista. El amor es crucial pero no lo es todo. El amor no puede justificar actos no éticos en la persona querida. El amor, finalmente, enfrenta al enamorado con sus propios principios y conciencia de la vida.

Las peleas domésticas en realidad mantienen en estado micro diferencias que están entre bastidores. No se pueden coartar pero tampoco es demasiado gratificante convertirlas en actos repetidos. Su reiteración hace sospechar que tras las diferencias de comportamiento por un asunto concreto, generalmente de orden menor, se esconde una incompatibilidad mayor, que a antes o despues puede ser causante de una nueva separación. El dolo de tal perspectiva la lleva a ser demorada todo lo que puede. El desamor todavía es un concepto que se presiente como algo trágico. En realidad una nueva cultura de la libertad debería indicar -para que desde una edad prepuberal estuviera claro- que la sentimentalidad, como todo en la naturaleza-, es diversa y plural y que la lógica de las relaciones personales lleva no a uno sino a múltiples acuerdos binomiales e, incluso, no a un solo espacio convivencial sino a más de uno. La familia ha fracaso como concepto y como espacio estanco que impide la evolución de sus partes. Si bien es necesaria en la época del crecimiento se convierte en un lugar de control en la edad de la expansión.  La familia como reproductora de valores caducos (entre ellos el sexismo y el machismo) es entre otros una de las causales de la violencia de género en la edad adulta de sus hijos. Su fracaso es tal que la razón fundamental por la que se sigue defendiendo es porque es  una empresa funcional y de control. El estado delega en los padres el control de los hijos. Una visión diametralmente opuesta en la preparación para la vida adulta, en lugar de contemplar la perspectiva de una asociación para siempre  podría contemplar el acuerdo eventual o la disociación permanente como medidas profilácticas a favor de la libertad personal y del yo soberano. Cuando el  amor plural  -como criterio sentimental relacional -empiece a ser dominante la humanidad se evitará una enorme cantidad de problemas derivados de formas colisionantes de ocupación del territorio, siendo que este se extiende a la topografía corporal del partner.

Hay una parte de peleas domésticas que se organizan en torno a detalles convivenciales y materiales pero que expresan en el fondo una disintonía con los conceptos y manera de ser del otro. Algunas de las discusiones por algo concreto en realidad no tienen nada que ver con el tema y son un pretexto para descargar una furia generada por otros asuntos y en otros momentos.

El armisticio termina por ser necesario y las partes de una pareja necesitan funcionar en paz si quieren funcionar tanto entre ellos como en todo lo demás. No se puede ir a la jungla del mundo (o a la guerra del todos contra todos del leviatán) con  otra guerra en casa cuyo frente se reabre cada dos por tres. Cada contrincante debe medir hasta donde llevar sus palabras en su pelea. La discusión de salón o dormitorio deja lejos el cajón de los cuchillos y a salvo la integridad física de los (enamorados aún) que se discuten. (Aquella se mantiene dentro de la civilidad ésta es injustificable. Solo llega al lenguaje de la violencia quien no tiene inteligencia para el lenguaje verbal). Pero en esa medición puede estar jugándose su castración si deja de decir sus verdades aceptando la imposición dominante de las del otro. Son las peleas y lo que se dice uno de los escenarios que más pone a prueba lo esencial de una historia de pareja. Cuando se banaliza tal fenómeno arguyendo que todas las parejas se discuten se olvida que la ética personal de cada uno cuando más se pone a prueba es en estos momentos y que determinadas posturas que rugen pueden llegar a ser imperdonables para siempre. La pelea, pues, es inevitable pero aun manteniéndola dentro de la suavidad de voz y el sosiego comunicativo tiene el potencial escandaloso de antagonización si pone en evidencia que dos seres completamente distintos decidieron un día ponerse a vivir juntos porque se querían sin sospechar lo muy distintos que eran.

 

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