FLUENCIA TRANSCULTURAL

El yo presunto.

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Los objetivos del yo presunto.

Cuanto más vives más cuenta te das que el yo es una completa fabulación. Lo adoptas como una cruzada. Haces como si cada vez que usas el yo fueras realmente tú quien lo esgrimieras. Te llegas a convencer de eso. Forma parte de tus falacias existenciales para seguir vivo. Acudes a él como  tu salvoconducto para atravesar situaciones, para acampar en corazones ajenos, para constituirte en referente para los demás y para ti mismo. Pero tu yo es una investidura cuando no una coraza, un parapeto de circunstancias que toma la voz ante preguntas que te emplazan y que no esperan dubitación. O estás o no estás, o vienes o no vienes, o trabajas o no trabajas, o respondes a tu nombre o eres otra identidad, o blanco o negro. Ya me gustaría dimitir de tal disertación y defender un yo robusto, inalterable, caracterial, permanente en el tiempo y en el espacio, una especie de yo-espíritu inalterable por encima de las formas que adoptara y del recorrido por la materia biológica que hiciera. Sin un yo definido no se puede ir a ninguna parte. No puedes triunfar, no puedes aparentar ser un ser. Un yo es tanto como tener rostro  o tener un cuerpo, sin esas dos cosas no te puedes plantear ir por el mundo.  Los necesitas tanto porque son formas procedimentales para el desplazamiento y la identificación como porque los demás están acostumbrados a tratar con figuras humanas  y no con entelequias, espíritus, supuestos o energías invisibles. Ni siquiera están acostumbrados a tratar con agentes de disertaciones, ensayistas entregados, disertativos por libre o filósofos  de paso. Un yo es la prolongación de un nombre y los datos que lleva asociados junto a un curriculum de haceres que también esgrime  ideas.

 Las dudas sobre su versatilidad  empiezan cuando se sabe que un yo no es un continuo estable. Depende,  claro, del grado de neuroticidad de cada cual y de su inseguridad, pero un yo, el más fuerte,  tiene variables, tantas, que puede irse modificando y dando entrada a elementos antiyoicos. Un yo deviene escisíparo tan pronto quiere aclararse en lo que es. El mismo yo puede estar afirmando y negando una tesis según realidades circunstanciales distintas. Si eso queda confirmado pone en un aprieto la auto-arrogancia de las personalidades que se creen muy estables. En ese contexto se produce un panorama laberíntico cuando el yo queda demostrado como no  tan estable   lo cual lleva a asegurar que no   van a serlo sus objetivos. De hecho, los objetivos de una persona pensados o gradualmente elegidos para su existencia  crean un simulacro de estabilidad que suplanta la falta de ella al yo con sus variaciones.

 Lo primero que se plantea una persona ante su interioridad  es la presunción de su yo. A diferencia de las conductas que hace que sí puede catalogarlas, listarlas o evaluarlas, el yo, pone en discusión qué parte de él ha cometido tales actos. Es así que los objetivos personales solo son los de un yo presunto al que presupones que recoge la totalidad  de tu persona pero que hace poco más de ser un intermediario entre tú y la escena, entre tu identidad y el mundo, entre tu interioridad y tu externalidad.  Nadie está tan cerca de ti como tu mismo y la ocupación de los otros en tu universo sentimental siempre quedan fueran del núcleo más profundamente íntimo. Al desconocimiento de los de afuera hay que añadir el auto desconocimiento. El sujeto humano prefiere cargar con sus roles y su alistamiento dentro de la epopeya del ser humano que no meterse en una auto indagación de la que no es tan sencillo salir. Los grandes conceptos que tuvieron el encargo de configurar los parámetros y los principios de lo que somos tienen sus detracciones. Si bien usamos, en supuestos consensuados, el  concepto de raza y el de condición humana como algo que sabemos a lo que nos estamos refiriendo hay otros que admiten distintas versiones tales como el de humanismo o el de persona. Por lo que hace al yo y al no-yo es decir el tú, es una de las primeras diferencias evolutivas a las que se llega. La diferenciación física entre el propio cuerpo y el resto de la materialidad del universo es comparativamente más sencilla que la diferenciación entre lo genuino del yo y todo aquello que lo coloniza por la entrada de la puerta de atrás –de su inconsciente-y que lo utiliza como eco o reproductor de valores que inicialmente le eran ajenos pero a los que admite rendirse. Consideradas estas premisas toda lista de objetivos recoge el encargo de estabilizar el yo que la confecciona.

Dentro de mis objetivos puedo decir que siguen estando los de recorrer el mundo, mezclarme por los rincones de los países y ampliar mis horizontes de conocimiento directo de los lugares.  Puedo añadir que quiero escuchar los sonidos distintos de los significados, intercambiar palabras y saludos con desconocidos y dejarme llevar pro los viajes. Todo eso más que una lista de objetivos se parece a una disposición de criterios. Un criterio a diferencia de un objetivo es una manera conceptual para librarse de éste como una decisión a priori y permitirse libremente ir adoptar el que sea necesario en cada momento y lugar. Puedo decir que en lo concreto quiero manuscribir otro libro de poemas durante un año seguido o sacar rendimiento a los ordenadores que tengo. Esto me mantiene en el campo del criterio. Decidir objetivos del tipo: ganar más dinero, tener propiedades, recorrer 60mil kms en un año, dar conferencias o preparar una investigación me colocan, tener una cierta cantidad de orgasmos por año o ganar una plaza de concurso en una universidad  me mete de lleno en un yo que no es el mío. Un objetivo es un reto y un reto es una palabra que choca con el resto de mi vocabulario. Un reto ¿para qué? ¿Para demostrar qué ante quien?  En lugar de entrar en un mundo de competencias, cuyas coordenadas sí son las de tener objetivos profesionales y comerciales concretos por un lado y objetivos de conquista, prefiero hacer posible vivir en un mundo, al menos el mío, en el que sea posible vivir sin rivalismos dejándose llevar por las experiencias gozosas de la vida. Todo apunta a que el goce queda colocado al final de todo lo demás. “Primero el deber y después el placer”  rezaba la bandera de una moral. Otro tipo de filosofía práctica colocó el libertinaje en primer lugar y los deberes sociales en segundo. El sistema lo tiene montado todo de otra manera: por el hecho nacer, es decir, de ser nacido, de ser naciente, de ser emplazado a vivir, se adquiere un vínculo contractual con el entorno. La sociedad invierte en el neonato y éste tiene que devolver socialmente todo aquello que ha ido recibiendo. Antes de que se dé  cuenta está alistado al  gran ejército de los que van tras las múltiples zanahorias que están en el horizonte de la olimpíada más extraordinaria de su siglo. Progresivamente lo que pretende como objetivos chocará con su naturaleza como persona si aquellos no tienen nada que ver con sus verdaderos deseos en la vida. Muchos de los retos y objetivos vienen impregnados con la cultura misma y con la herencia ideológica de los antecesores. Se expresan en una larga lista de cosas que hay que hacer, que hay que tener, que son indispensables. Antes de que el individuo se de cuenta su yo es un rol de encargos impuestos por su entorno inmediato, es decir, por los que más le quieren. Cada vez que alguien próximo le dice “tienes que hacer…” tal o cual cosa debe reflexionar seriamente si tal deferencia o cariño no es para collarlo más al engranaje de las conductas impuestas.

A partir de eso, la elaboración de objetivos tiene que tener en cuenta siempre si se remiten a unas formas de débito psicológico con las que el sujeto admite sumisamente cargar, a menudo sin darse cuenta,  o si son la adquisición consciente de deseos autorealizativos. Hay objetivos que se consiguen y convierten a su conquistador en un triunfador despersonalizándolo y  la falta de ellos por tanto que no se pretenden conseguir que dejan una filosofía vital del criterio que personalizan el comportamiento aunque no esté socialmente reconocido ni  pueda contar con medallas al final de su recorrido.

Cuando el yo presunto se lanza  tras unos objetivos de préstamo y vuelca su energía en ellos sin considerar reautentificarse como persona lo más probable es que dé el visto bueno a su manipulación permanente y haga de la vida un proceso exclusivamente numérico desconectado de los valores fundamentales del vivir. Se hace cómplice de lo que no quiere. Subordina la solidaridad y la cooperación a favor de la rivalidad y el egoísmo. No solo eso, admite la amputación de su idiosincrasia a favor de un yo operativo, eficaz para sus propósitos.

“Ante la vida actual no se puede salir al mundo sin estar preparado” argumentan a los papás antes sus hijos estudiantes para que no caigan en la desidia y trabajen fuerte en la escuela. Las mejores intenciones nos preparan para hacer vidas impositivas. De otra parte una vida humana dejada su libre arbitrio es posible que no se desarrolle en toda su potencialidad.

Es en la edad adulta tras una biografía llena de cosas que el sujeto se puede replantear sus por qué y sus cómo y resituar su sentido existencial tal vez para empezar a hacer lo que siempre se negó por un razón u otra hacer antes.

 

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