FLUENCIA TRANSCULTURAL

Contra-Especialismos

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El contra-especialista.

¡Qué grande es ser yo!  Especialistas en mí, ¡absteneros!

Frase que rebosa orgullo. Un canto a la autoafirmación personal. El grito rebelde del sujeto que está harto de ser tratado como el consumidor final de una cadena de producción. Es una demanda explícita a todo el conjunto de gremios que, desde distintas proposiciones, a que le dejen en paz. Rezuma un cierto eco de un slogan del Corte Inglés que se autoproclamaba estar especializado en sus clientes de hecho o potenciales con su “especialistas en ti”. ¡No! ¡Horror! ¡Basta de especialistas! En particular de aquellos que con sus especialidades nos llevan a terrenos indeseables y a prácticas insufribles. El slogan es evidentemente individualista. Hace prevalecer el yo al otro. Hay una justificación para eso. Se refiere a esa parte de los demás que se dedican de una manera u otra a la manipulación. No hay que sobreentenderle más de lo que dice  y no significa una oposición a quien tiene dominios sobre temas. En la compleja y cuantiosa vida moderna se hace inevitable la presencia y concurrencia de los expertos en cosas. A ellos acudimos una y otra vez para resolver asuntos para los que solos nos vemos completamente incompetentes: desde las reparaciones mecánicas del automóvil en coches cuyos motores son más difíciles de entender o reajustes de soft en nuestros ordenadores a intervenciones en nuestros cuerpos o mentes por médicos y terapeutas. La sociedad multidivisionaria ha hecho aparecer multitud de figuras expertas en sus campos de dedicación. La especialidad es pre-capitalista y anterior a los procesos industriales más modernizados. Viene determinada no solo por las determinantes objetivas de las necesidades de un territorio sino también por las disposiciones subjetivas a hacer un tipo de cosas y no otras.

De una premisa tan natural como ésta se ha llegado a extralimitaciones insoportables cuando el especialista no admite ninguna objeción a su campo de dominio. No solo eso, sino que no admite la autodefensa ante sus injerencias en tu vida. Si bien hay un tipo de especialidades quedan fuera del alance comprensivo de la mayoría que no pertenece  a la profesión de ellas, hay otras que se han distanciado de lo que eran en sus orígenes como recursos autogestionarios. En ese segundo campo está el de la moda. El establecimiento que organiza tu modo de vestir hace  mucho más que ser un almacén o proveeduría de prendas para tu armario, decide que es lo que necesitas y cual es tu personalidad, decide lo que tienes que demostrar y cómo, decide cual ha de ser tu look y donde exhibirlo.  La cosa no pasaría de ser una broma tonta si no fuera realmente porque hay un clientelismo de ese tipo de oferta. Con el look, la estética, el peinado y la forma de vestir se venden atributos de personalidad que supuestamente se adquieren por los módicos precios de los artículos de escaparate. Del mismo modo que las casas automovilísticas venden un poder o tratar de identificar un tipo de poder con la compra de un coche, las de modas venden una personalidad a cambio de comprar una forma de vestir. En realidad el estilo personal no se compra en ninguna tienda por cara que sea. Tampoco se adquiere el origen de clase automáticamente por ser nuevo rico o por ser expropiador de propiedad privadas abandonadas. La sociedad consumista promete fundamentalmente sensaciones y exige la compra de los productos-premisa que hagan de abracadabras para conseguirlas. Es difícil encontrar un solo consumista que no esté atrapado por una u otra de las, muchas telarañas que le hacen creer que lo que más le conviene es lo que dicen los slogans publicitarios. Es así que el perfil del consumidor es del terminal de una cadena de producción para asumir aquello que produce, sea lo que sea. Será acondicionado para cumplir con el rol de tragar alimentos que no necesita, vestir ropa que tampoco necesita, comprar coches de los que puede prescindir e hipotecarse de por vida con una vivienda para la que hay otras alternativas que no son de compra. En definitiva el consumidor es un sujeto manipulable y manipulado por un ejército de expertos en mover los hilos de las marionetas. Con la excusa de la protección, la expertocracia no para de sugerir que la gente se haga chequeos, que pase por el mecánico, que se haga mamografías y ecografías, que se someta a analíticas, que se atiborre de pastillas, que pase periódicamente por los establecimientos organizados para producirle una supuesta felicidad por la vía de la seguridad. Por su parte los especialistas de vocación y sueldo en lugar de facilitar la socialización de su conocimiento lo guardan celosamente para que no se disponga del mismo y se faciliten así las cosas. La postura contra-especialista no significa que abogue para que todo el mundo pueda hacerlo todo pero sí para que todo el mundo sepa discernir en manos de quien se pone y no confundir papanatas o impostores con conocedores a fondo del tema en el que se han especializado.

El canto a la individualidad del eslogan comentado tiene una mayor proyección social de la que a primera vista se aprecia. Todas las personas podemos hacer acto de fe con nosotras mismas, una a una. Esa independencia deliberada al otro es un preventivo para sacarse de en medio a todo aquel que se erige como organizador de tu vida, tanto desde la esfera comercial como desde la esfera personal. Es terrible llegar a la conclusión  que consejeros, tutores, maestros o líderes interesados en los demás en el fondo quieren instrumentarlos para que les obedezcan. La sutilidad en hacerlo no quita el motivo real de sus propósitos dejando la autonomía personal de sus protegidos en entredicho. Cualquiera que se desprenda con el rol de tu mejor amigo para que cumplas con sus pronósticos es para ponerlo en análisis preventivo. Cuanta más necesidad tiene alguien de ser obedecido en sus indicaciones o en sus órdenes más autocrítico le toca ser a cada sujeto propenso a alienarse con las pautas imperativas recibidas. Las sugestiones publicitarias para dejarse llevar poniéndose en manos de expertos, de marcas o de estilos decididos por otros pretenden finalmente poner a sus influidos en el lugar de los súbditos, que en terminología de marketing se denomina como fieles de marca. Frente a tanta manipulación estratégica solo cabe la autoafirmación y autodefensa. Por encima de los decorados una personalidad vence a las mentiras recordando sencillamente en que momento está de su vida y qué trampas le son presentadas con inducciones a tales o cuales consumos.

Es así que el canto a la propia condición individual como sede del honor es la lucha contra los intencionales en hacerte suyo bajo el pretexto de la socialización del tipo que sea, de una ideología o su contraria, siempre que insista en una homogeneización de tu vida a la de los demás. Es necesaria una dosis de valor para vestir, moverse, interrelacionarse de acuerdo a lo que uno es y no de acuerdo a lo que la industria de la etiqueta pretende que seas. Es un valor a crear más que a demostrar o a suponerlo. Sin él un individuo se va haciendo fantoche sin darse cuenta perdiendo gradualmente su individualidad (en su justa dosis de individualismo) a cambio de diluirse en la entelequia de una masa antropomórfica.

 

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