FLUENCIA TRANSCULTURAL

Para Lectores.

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A fuerza de ver cuestionados mis textos por su longitud y densidad, además de por su grado de conceptualización,  he auto observado mi defensa ante este tipo de objeciones. Puesto que para mí escribir es tanto como respirar o vivir infiero en cada cuestionamiento, generalmente  rutinario y estandarizado,  casi un ataque a mi  modo de pensar. Si el modo de hablar indica el modo del ser, el modo de escribir indica  específicamente el modo de pensar.

 Ante uno de esos comentarios dije espontáneamente: escribo para lectores, tal vez apelando a una figura mitológica ya extinta, la de la persona con ojos y tiempo para zambullirse en un texto admitiendo entrar en su juego dialéctico, ensayístico e imaginario. Con tal respuesta le estaba contestando a quien me hizo la consabida  objeción que él no era un lector o no deseaba serlo y por tanto no conectaba con mi disertatividad. Cuando emplazo a una sola pregunta, -a  quien hace esa clase de objeción- la de qué es lo que no ha entendido no suelo obtener detalles advirtiendo que no ha entendido nada porque no ha leído lo que objeta auto descartándose ante la envergadura de hacerlo. El homo-videns alcanza todas las facetas culturales, también las de la lectura. Las lecturas modernas predominantes son diagonalizadas, saltan entre titulares y desean obtener el máximo de información con la menor cantidad de texto. Si es preciso infieren el resto de la noticia sin terminarla de leer por entero. Lo hacemos todos, yo incluido. Hubo un tiempo dorado de las letras en que todo texto circulante merecía al menos una lectura (los más sublimes, varias). Era el tiempo en que textos mal impresos eran perseguidos para gozarlos en sus secretos. El perfil de lectura dominante necesita estímulos visuales. No bastan aquellas páginas litografiadas con dibujos que de tarde en tarde se mezclaban entre las de solo letra, sino que cada una ha de llevar fotos o botones para conectar con videos. Se ha acostumbrado al público a leer por encima alrededor de fotos. La cantidad de texto se ha sacrificado por la promoción de fotos. Es decir se ha convertido a los lectores en coleccionistas de cromos en un revival infantil de cuando los intercambiaban. De su lado el texto es redactado para decir las características esenciales de un evento dejando su análisis para un despues sine die o para coordenadas doctas. El loco que escribe se enfrenta a un limitante incuestionable: la falta de tiempo ajeno o algo peor, criterios de distribución del tiempo según los cuales el tiempo para la lectura es uno de los más excluidos. Es por eso que otros espacios de comunicación como radio o televisión han ganado preferencias. La pantalla no es que sea la alternativa a las vías formativas gráficas pero sí es lo más conectado. La escena de alguien abutacado  pasando sus veladas leyendo junto a una lámpara es considerablemente museística. Estar ante la pantalla del ordenador sin tocar frenéticamente el mouse para saltar por el mundo con una docena de clics y residuar en un artículo largo o un libro leyéndolo con tesón es también inusual. Eso solo perjudica al no-usuario de textos. Finalmente, quien menos lee menos sabe, quien menos lee menos comprende el discurso ajeno. No leer, lo mismo que no escuchar, es no enterarse de lo que dice el otro hablante y presuponerlo por la vía fácil y -generalmente- injusta.

Desde el lado de la escritura los escritores se autocensuran para dar a leer temas rápidos y fáciles cargando las tintas en las noticias más espectaculares y contribuyendo –a su pesar o inconscientemente- a resonancias mediáticas que tergiversan la realidad. El programa el Camaleón televisado hace unos años demostró lo sencillo que es, con imágenes de archivo contextualmente manipuladas- hacer creer sobre un acontecimiento político del todo inexistente (en aquel caso un golpe de estado en la URSS). Las imágenes, esas imágenes, a las que tanto tributo se rinde tampoco son unívocas. Depende del texto que las acompañe si se interpretarán con un significado u otro.

Es verdad que determinado tipo de texto pide la atención hasta el final para encontrar su clave críptica y conectar con su intencionalidad expresiva. No siempre hay una tesis desarrollada que descubrir ni los ases elaborativos son expresados desde el principio. Hay que admitir que se puede empezar a escribir algo teniendo tan solo su título o la tesitura de un interrogatorio y no saber como terminará hasta un rato después de haberlo pensado. Analógicamente hay conversaciones que empiezan y no se sabe como terminarán a no ser que se sigan relatos historiados estancos con un guion muy estudiado y conocido.

Partiendo del principio de que todo no es para todos y los consumidores se distribuyen en función de sus apetencias eso también se extiende al campo de la cultura en general y a las lecturas en particular. Hay textos que por su configuración y temática preseleccionan a sus lectores en un fenómeno que se auto revierte. Hay lectores que buscan un tipo de textos en los que residen tranquilamente pasando del estrés de la mirada en diagonal a la relajación de la lectura en horizontal línea a línea y secuencial palabra a palabra.

 

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