FLUENCIA TRANSCULTURAL

Fracaso de la Unilateralidad

El fracaso de la Unilateralidad. Futura crisis del voluntariado social. Nyakatarire (Niger) 5 febrero 2008

He tenido y sigo teniendo por criterio estar voluntariamente dispuesto a los actos de solidaridad como parte estable de mi conducta personal. He creído y creo que si está dentro de tus posibilidades ayudar, no tienes que dejar de hacerlo. Este santo predicado entra en conflicto consigo mismo cuando la concreción de ayudas puede generar desayudas o agravios potenciales.  La calle me ha ido enseñando que la solidaridad sistemática genera efectos perversos y que no siempre obedece a razones altruistas. He tenido que reconocer que vivo un conflicto entre mi deseo de ayuda y las consecuencias adversas que ésta puede llegar a producir. En la catedral de Burgos leí un panfleto distribuido por la administración que alentaba severamente a no dar dádivas a los indigentes de calles ya que esto estropeaba un programa organizado de ayuda social. Muchas calderillas limosneras pueden ser empleadas para otros asuntos fuera de lo supervivencial o incluso generar una cadena de explotación de capos que ponen a sus hijos o mujeres a pedir como fuentes de ingresos. Posiblemente se puede transpolar esta idea a otras muchas situaciones en las que el ciudadano de buena posición económica  afligido por la pobreza que ve a su paso se siente empujado a ayudar sin pensar por un rato en las consecuencias adversas de su ayuda.  Hay un paralelismo entre la ayuda personalizada y un tanto espontánea que alguien con mi criterio practica; con la ayuda, un tanto regular con criterios mas organizativos, desde el potencial de asociaciones para la cooperación impulsan. En ambos casos el principio que preside los comportamientos es el de la unilateralidad. El que puede da lo que tiene o lo que le sobra a quien pone la mano: sea la de un menesteroso que se refugia en un pasillo del metro de una gran ciudad, o sea a una aldea entera de gente malnutrida y mal vestida en el Sahel nigeriano. En ambos casos el sujeto de economía resuelta sabe o sospecha que indirectamente su tren de vida se lo está debiendo a un mundo catastrófico donde la mitad de la población lo sigue pasando bastante mal. Con este razonamiento referencial bastaría que desde la otra mitad nos  desprendiéramos de una parte de nuestros recursos para que la humanidad entera resolviera su fatalidad. No tan rápido. No es así de sencillo. La relación interactiva con los recursos, es decir, pasando por un coste en trabajo y energia empleados para su obtención garantiza en parte la conservación de estos recursos, mucho más, comparativamente,  si los recursos son entregados sin intercambio alguno. Espontáneamente la calle es una cantera de lecciones en las que se aprende entre otras cosas que los objetos regalados suelen ser menos apreciados que los que se paga por ellos o los que presupone un trabajo conseguir. Una perversidad comercial de signo opuesta basada en esto es el de incrementar exageradamente precios para hacer creer que son mas buenos por ser más caros. No entraremos en esa clase de manipulación de los credos populares.

En las pautas educativas infantiles se insiste también en esta interacción. La misma naturaleza ha aleccionado antes a todos los seres vivos en cuanto a ella demostrando que es con la sinergia de procesos que unos entes pueden desarrollarse y seguir adelante. El indigente crónico, sea el residente de una bolsa de cuarto mundo excluido de los estatutos mayoritarios en su ciudad o el de un pueblo entero determinado para la indigencia, se acostumbra a la cita con el sustento sin hacer nada a cambio. En realidad sí hace algo: justificar con su presencia que otros organicen la empresa caritativa o solidaria. Es fácil distinguir entre los indigentes que lo son por sus condiciones físicas incapacitantes a los que lo son por sus elecciones preparando la mejor estrategia para vivir de aportaciones de otros. La producción de anécdotas de gente de todas las edades y fuerzas dispuesta a recibir ayuda pero no a hacer una contraprestación es continua. A pesar de ello el voluntariado no deja de ser creciente. En no pocas situaciones el voluntario hace el trabajo de su ayudado: él pinta la cerca, le levanta la escuela, le perfora el pozo o le trae la comida, el medicamento y la ropa. Y al hacerlo no se da cuenta que hace un flaco favor a su auxiliado que se perpetua en la postura de recibir y no en la de actuar. Si para algo sirve un voluntario puesto, llegado, trasladado o enviado, en un lugar remoto no es para hacer con sus manos de afuera lo que otros pueden hacer con las manos que tienen sino en dar pautas de aprendizaje para ganar en autonomía. Ponerle a alguien  el plato en la mesa es una ayuda puntual, enseñarle como conseguirlo siempre es una ayuda permanente. Evidentemente hay multitud de razones por las que ayudar y también por las que dejarse ayudar. Es por eso que la discusión no pasa tanto por cuestionar programas concretos de intervención en las ayudas contra el hambre y la enfermedad sino en cuestionar la postura  de la dependencia que generan. La solidaridad internacional hace involuntariamente lo que las grandes empresas que tratan con transgénicos y con el control  de semillas han hecho antes: impedir que la gente sea autárquica y viva de sus propios recursos. El criterio del negocio permanente es tener consumidores que dependan de tus ofrecimientos tras generarles su necesidad. Es así que ni siquiera en el primer mundo somos capaces de garantizar el confort si las empresas que nos suministran la luz eléctrica en nuestros domicilios privados en lugar de buscar tecno soluciones alternativas que no dependan de las grandes industrias. Si la ayuda sectorial no crea soluciones, antes bien puede producir problemas potenciales mayores por ese acostumbramiento a la negligencia crónica, es porque descansa en algo propio del primer mundo: la arrogancia de su intervención unilateral. Los USA generaron una deuda importante, cuando menos moral, a Europa con el plan Marshall y siguen haciéndolo con su incidencia en todas partes del mundo que se les deja para interferir en la soberanía ajena. La unilateralidad genera un flujo de entradas en un solo sentido terminando por cerrar las vías para flujos de salida.

Tan pronto el ejercicio de la unilateralidad sea cuestionado desde la posición individual de cientos de miles o millones de voluntarios la crisis del voluntariado será dada. Comparativamente es mejor tener a millones de jóvenes preocupados por ayudar al tercer mundo que en doparse con drogas insanas o matarse en las carreteras probando la máxima  velocidad de sus coches o chiflándose por la liga futbolística. Todas esas comparaciones no quita que la idea solidaria sea poco más que un justificativo para sus viajes o su interés por el mundo ajeno sin realmente desear cambiar el propio.

En los compromisos institucionales entre estados: La UE invirtiendo en la carretera asfaltada entre Níger y Burkina por ejemplo, cabe pensar en la exigencia de contraprestaciones no necesariamente económicas. Quien entrega una ayuda puede exigir formar parte de la fiscalización de sus resultados y pactar una contrapartida: cambios de actitudes burocráticas por ejemplo y minimizar la discriminación del visitante blanco, algo  absolutamente grotesco en muchas partes de África.

La futura crisis del voluntariado social se resiste porque la gente en masa que lo compone  necesita creer en algunas causas para justificar sus vacías existencias o pagar las deudas heredadas de las salvajadas de sus antepasados colonialistas. A falta de revoluciones europeas y del vacio enfermizo del hombre blanco se cree que el potencial está en otras partes. Basta que surja una revolución poética, la del zapatismo reactualizado, para que una pequeña multitud inquieta y sensible, en lugar de poner sus visitas en el Machu Pichu o en Nepal las pongan en Palenque. La alternativa al intervencionismo unilateral sea de los grandes o pequeños grupos, de los mecanismos gubernamentales o no gubernamentales, de individuos asociados o no, es la de enseñar dinámicas de intercambio, es decir, procesos de colaboración mutua. La significación al completo de cooperación y desarrollo pasa por la colaboración como protagonistas de los más interesados en su desarrollo y la inversión en este de la energia potencial que se mantiene en stand by en la diversa amalgama de la ociosidad.

 

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