El tiempo de la vida

El tiempo de la vida y las edades del tiempo.

Hay quien ha calculado la edad de tiempo  o ha propuesto interesantes y desorbitantes estimaciones. Una enorme cantidad de ceros  deja la perspectiva de su futuro limitado a la sensación de ser algo próximo al infinito, impresión totalmente desacertada. El tiempo tiene la doble característica de ser finito si se aplica a la existenciabilidad de algo, de un proceso, y no finito (denominación más manejable que la de la infinitud incalculable) por si mismo. El tiempo como la característica de la transformación de los eventos y la modificación de las características de algo observado en unas mismas coordenadas no es un tema de relojes o de instrumentos de medición sino un tema de reflexión filosófica. Lo que mide el reloj es cada unidad integrativa de la que se compone el tiempo de acuerdo a una convención para interpretarlo; lo que no puede medir es su distinto ritmo según el lugar en el que se desarrolla y la época en la que se estudia. Eso introduce una idea crucial: la doble velocidad, en realidad la múltiple velocidad, de un mismo tiempo, entiéndase de un mismo proceso. Los 60 minutos de una hora albergan experiencias de contenido distintas en dos personas diferentes puestas a desarrollar una misma actividad y con todas las variables ajenas o extrañas controladas o neutralizadas. Esa unidad de tiempo referencial. El reloj de un sujeto va a medir el mismo tiempo que el del otro, pero el trato con el hacer va a ser de orden completamente distinto: mientras a uno le puede cundir una tarea a otro se le puede resistir. Mientras uno tiene los cinco sentidos puestos en lo que hace otro se puede sentir disperso. El tiempo de un evento también encierra las interferencias de otros eventos no presentes.

La caja de resonancia de cada individuo los cita instintual e indirectamente fuera de su planificación y de su voluntad. Si bien los calendarios, los relojes y los noticieros van recordando que hay una medición universal del tiempo, unitaria y consensuada para todos proporcionando así un referente crucial para que la gente se encuentre a la hora en la que ha quedado, las posiciones de sujeto, por sus propias velocidades biográficas, van a ser distintas. En definitiva, lo que dota de contenido el tiempo es lo que se hace con él y lo que se goza.

Dentro del consumismo más materialista el de hacer muchas actividades forma parte de un neo experimentalismo que ve en un hacer más un vivir más. Eso puede llevar a meter dentro de una misma unidad tiempo actividades en paralelo que no siempre se desarrollan con buen éxito. (toca ver las capacidades subjetivas de cada cual para hacer dos o mas cosas al mismo tiempo. Los hombres lo tenemos más crudo por nuestra proverbial fama de no saber hacer dos cosas al mismo tiempo). Hay tres consideraciones con respecto al tiempo como fragmento de tiempo: 1. La medición objetiva exactamente igual no importando quien y donde se tome. 2. Su percepción subjetiva.(hay horas del día que pasan o se sienten pasar más lentas que otras) 3. Los contenidos que incluyen. En cuanto a esto último se diría que cuanta más esencialidad contenga una hora, más tiempo es. Tiene que ver con el tiempo productivo. La misma hora en manos de alguien que sabe gestionar su tiempo produce resultados que son del todo nulos en manos de un inepto. El análisis de las condiciones laborales ilustra eso. A menudo por trabajo se sobreentiende el tiempo dedicado al trabajo. Desde el punto de vista de la dirección de una empresa, se valora no tanto el horario cumplido o puntualmente cumplido como lo que se haya hecho con el mismo y los resultados que haya arrojado.  Para la propia autodisciplina, uno sabe que una hora no es igual a otra y que en unas la creatividad ola rentabilidad del tiempo es mayor. Por otra parte las horas dentro de un organigrama de dia son repartidas entre diversidades intensidades: las de ocio o relax y reposo son las que potencian indirectamente las de la actividad productiva, las de sexualidad y placer son las que permiten reconducir la libido a otras proyecciones. El tiempo contiene distintos tiempos. Es así que hay días fabulosos y otros estériles, temporadas diletantes y otras más creativas. Hay momentos en que las condiciones objetivas de bochorno y limitativas, también las de enfermedad y agotamiento,  no dejan avanzar tanto como en otras. En resumen no se puede comparar una biografía a otra por el parámetro fundamental de tiempo. Es tan distorsionado para alguien que habita a finales de su segunda década o principios de la tercera pensar que quien le supera en 30 años está ya en la vejez o en la decrepitud como al revés, presuponer desde la atalaya de los 50 o de los 60 que la de los 20 es la de un trampolín desde el que lanzarse a todo. Detesto las expresiones del tipo: vosotros los viejos-nosotros los jóvenes o al revés nosotros los viejos-vosotros los jóvenes. Cuando tenía 16-18  años hablaba con gente anciana de 70 o más o no tanto de 40 o más olvidando su edad. Desde que estoy más allá de los 50 cumplidos hablo con la gente de 20 o menos años olvidando mi edad y mis barbas y mi aspecto de tipo envejeciendo. Son las opiniones externas quienes tienen que recordarme que ya tengo una cierta edad, como se suele decir en una expresión curiosa montada para no herir a nadie. Los tiempos biográficos no se pueden medir por la edad sino por los contenidos, exactamente igual que el tiempo que va de una hora a otra dentro de un mismo día, o de un día a otro dentro de un mismo mes.

El tiempo de la vida, la de cada cual, bien puede retitularse como el tiempo de la edad. Hay quien tiene mucha edad y apenas ha usado su tiempo para vivirla y quien tiene tiempo sobrado aunque su edad sea avanzada para hacer lo que todavía tiene en mente. Hay quien no tiene edad para usar su tiempo y no sabe lo que es. Hay quien no entiende –y por tanto no entenderá este artículo- la diferencia entre el tiempo para vivir y vivir  para alcanzar una cota de tiempo: una longevidad.

Uno de los déficits de las culturas es la de mantener lso grupos de edad en endogenias que no les ayudan a sus desarrollos. Todavía las relaciones interpersonales e intimas entre personas de distintas generaciones para practicar sexo o para hacer un proyecto de vida de pareja son mas interpretados por la sociedad inmediata (los familiares y el circulo habitual de relaciones). La sociedad inmediata es la que llama a orden a cada individuo que se sale del comportamiento estándar e investiga por su cuenta, entre otras cosas con las relaciones intergeneracionales. La transmisión del saber y una nueva cultura progresista avanzarían más si en cada época las relaciones intergeneracionales en todos los campos de la vida fueran mayores. Casi se puede decir que las relaciones de la gente de corta edad con la de las generaciones anteriores se limitan a las proporcionadas por el escenario familiar y luego con el profesorado o las relaciones laborales, pero raramente son con gente que pasen a pertenecer al universo de los afectos. En la antigua Grecia las relaciones intergeneracionales parece que estaban más resueltas sin que la sociedad se alarmara por las relaciones de amistad y de afecto entre un adulto y un joven. En la sociedad moderna basta ver a un hombre  o mujer mayores con alguien mas joven para que enseguida surjan comentarios a su alrededor sobre turismo sexual, gigolós y cosas parecidas. Algo de la estructura psíquica –y no solo de la cultura de la vigilancia- empuja al control de los demás en sus formas de intimidar con el otro.

En la filosofía general del tiempo no hay un solo sujeto vivo, que pueda concienciar su edad, claro está,  que no sepa que tenga la que  tenga, que siempre es transicional y perecedera.  No hay nada más estúpido que un niñato mofándose o criticando a alguien porque es un anciano. Al revés, es reprobable también para un anciano creer que por razones de edad puede otorgarse la gran autoridad de saber para si mismo y quitársela a alguien más joven.

El tiempo de una vida contiene distintas épocas, distintas edades. He ido creciendo y experimentando cada década, cada año viendo sus matices. Ni siquiera en la década de los 40 me había librado de de fantasmas y pseudo obligaciones mentales que arrastraba conmigo. Ha sido en la de los 50 que me siento más creativo, plenipotenciario, libre, excitante, apasionado que nunca. A más edad más amor a la vida a pesar de, supuestamente, tener más limitaciones físicas para ella (dolores articulares, disminución de la visión, erecciones menos intensas,…). La de los 20 se me pasó tras utopías olvidándome como sujeto, la de los 30 en viajes buscando fuera de mí lo que siempre tuve muy cerca de mi mismo. La de los 40 tuve que cerrar ciclos anteriores. No cambiaría aunque me regalaran un millón de dólares mi década actual por ninguna de las anteriores. No es una fanfarronada literaria. Es difícil que desde la visión de los 20 se pueda admitir que la atalaya de los 50 proporcione esa autosatisfacción con el uno mismo. Conjeturo que en la de los 60 se puede seguir experimentando también esa sensación de plenitud. (Informaré de lo que pasa en las siguientes a su debido momento.).

La noción que se tiene del tiempo como parámetro nodriza al que nos vinculamos en una de las dos coordenadas capitales de nuestras existencias incide directamente en la edad. Ante el discurso chantajista sobre el tiempo, que imprime estrés a los actos y prisas a los días, aconsejo contraponer afirmaciones radicales tales como que el tiempo no existe y los relojes y calendarios se han degradado a objetivos de rankings en lugar de seguir siendo tan solo instrumentos auxiliares de mediciones. No es que el tiempo no exista, sino que el modo de demostrarlo es recreándolo a la medida de cada cual.

Según el tipo de actividades y ritmos en los que vivo puedo hacerlo sin consultar relojes y desde luego sin llevar ninguno en mi mano. No me interesa tanto la hora en la que vivo (tampoco el día) como el momento en el que estoy. Hay otros indicadores del paso de las horas: el cansancio, el hambre, el momento de despertar, la fase de la luna, etc.

 El tiempo de una vida es distinto al de otra, porque cada vida tiene el suyo y sobre todo solo ella sabe de que contenidos la ha llenado y si la ha vivido al completo o se ha dejado derrotar por los déficits permanentes no resueltos. Las edades del tiempo personal también es una cuestión privada, Hay quien pasa por todas las fases del desarrollo hormonal-físico y sin embargo no termina nunca de crecer mentalmente o de madurar intelectualmente. Sea cual sea la edad de una persona, una persona es su discurso. Hay discursos vitalistas y otros deplorables sin que se corresponda con que unos sean los de lso juveniles y otros de los seniles. A menudo las personas más viejas han reconseguido personalidades más jóvenes y al revés, gente muy joven anticipa su decrepitud en el estado de ánimos.

 

 

 

 

 

 

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La transculturalidad es el conjunto de sinergias y fusiones que se van dando entre ideas y energías de distintas procedencias, culturas y cosmovisiones.

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