FLUENCIA TRANSCULTURAL

La poesía como enganche

 

 La literatura  conecta poderosamente con la pulsión imaginaria de cada persona. Lo que la realidad no concede puede ser hallado en la ficción.  Lo que la propia capacidad fantástica no permite inventar puede ser encontrado en las páginas fabuladoras de otra autoría atrevida. Pero si bien la literatura es una arte mayor que suma páginas a las páginas y hace de unos primeros trazos de personalidades unas historias completas, algo no tan fácil y que requiere una sistemática y una disciplina creante; a su lado conviven otras artes, no necesariamente menores, cuyos estilos permiten embarcar  a otros proyectistas originales en viajes imaginarios. La poética es uno de ellos. Y así como novelistas no hay tantos poetas hay muchos, no sé si demasiados, pero en tal cantidad que se tiene la impresión de vivir en tierra de poemas. En todo caso hay poetas que son un poema y poemas o sus formatos que no hacen a un poeta. Lo cierto es que no hay convocatoria a la que no acudan espontáneos con sus artes ni lectura que no proporcione el contacto con ideas y textos bien formados.

La literatura, en general, incluye todo lo que pasa por el arte escrito: desde la novela a la poesía y al teatro (además de otras muchas modalidades) aunque semánticamente se tienda a diferenciarlo.  Por eso, se habla de géneros o zonas de expresión. En cuanto a la prosa y la poesía hay una diferencia entre ambos campos. Mientras una novela puede ser aceptable como tal en tanto que las pautas en construirla han sido seguidas, un poema puede no ser aceptado como poesía por mucho que su forma externa lo simule. Hay libros publicados de poesía que introducen la justificación poética en sus contenidos, no exentos de la duda existencial y artística de ser o no poeta. Para nosotros, los que osamos llamarnos poetas vivos, o alguna vez lo hemos hecho, o así se nos llama, o alguna vez se nos ha llamado, nos encontramos con  duchas de palabras barruntadas de todos los signos, clases y procedencias, de varias ideologías también, de varias lenguas que,  cabalgando como jinetes aparentemente experimentados, las aceptamos en el heterograma de sensibilidades, admitiendo a unos y a otros, sean quiénes sean, digan lo que digan y sea como lo hagan,  a cambio  de sus entregas de sentimentalidades. El marchamo de poema autoriza a entrar a concurso lo que sea presuponiéndole un valor y un derecho a quien lo ha escrito. A la vez, sabemos que no todo es de recibo. No es posible admitirlo todo y la lectura hace selecciones en lo leído así como la escucha  lo hace en el campo sonoro de lo oído. Nadie escucha más allá de lo implícitamente admisible o convenido y una cierta cantidad de conversaciones orales a lo largo de la vida vienen a repetir otras hechas porque no fueron atendidas en su primera versión.

La poesía como tiene un formato corto y oscila entre la metáfora y el simbolismo, la cripticidad y la alegoría, hace de género seductivo para que la intente no pocas personas. Su evocación tiene un poder atractivo y algunos de sus versos han  alcanzado tanto eje gravitacional que han pasado a formar parte de la fraseología tópica.   Sí, la poesía lleva la charme  o es un banderín de enganche, en el que cabe todo atrevimiento, incluso  la de quien queda o debería quedar  al margen de ella. Pero ¿quien es quien para decir a otro lo que ha de escribir y cómo? El poeta en prácticas que quiera ganar un concurso de casal cultural tendrá que tener en cuenta de hacer una cosa sencilla, de fácil entendimiento, sonora y rítmicas. Los pareados y los cuartetos (o cuartetas) van a ser más apreciadas que las liras, los sonetos o el estilo libre. El oído público juzga las frases sencillas. Si cada verso es una afirmación clara que es respondido por el siguiente, no hay nada que temer, el oyente puede ocupar el lugar de entenderlo y el dicente puede darse por satisfecho con la tarea hecha. Hay otra perspectiva distinta, la del poema como cripta, o al menos como forma algorítmica en la que deducir el mensaje. Eso excluye a quien no desea poner tiempo, ratos o pensamiento para saber de qué va la cosa.

 Puesto que el poema o su semblante se hacen o suele hacerse con pocas palabras parece que siempre hay gente que se atreve a  lidiar desde el verso  y con el verso sin necesidad de concebir el libro acabado. Hay autores de poesía  que nunca han pretendido hacer o entrar en otros campos de expresión escrita, pero también hay experiencias de valoración poética o de explicación de la historia de un solo poema que va más allá del mismo en extensión explicativa. La poesía legítima da cuenta de tensiones y conflictos internos no resueltos o en stand by. Expresa un combate. Robert Browning  dijo que cuando la lucha de un hombre comienza dentro de sí, ese es un pronóstico de que vale algo. Suelo aconsejar o seguir como criterio desconfiar de quien metido en su apacibilidad  niega  y se niega todo conflicto interno.  Esa lucha está en la recta de la superación, en la pulsión artística, en el descubrimiento de las verdades, en la realización del deseo y en la recreación de la energía sentimental No es poca cosa. La elaboración poética no se limita a hacer un trabajo de aula o ha montar una conjunción estilística de palabras coleccionadas sacadas de programas que procuren sinónimos o terminaciones iguales de palabras. Hay una implicación de toda la estructura egoica. Claro que ésta no es una tesis que todo el mundo comparta. El poema bellísimo no es un certificado de garantía de la belleza, en términos éticos, de su autor/a. Pero el poema viste, enamora, da estatus, seduce. Basta un poema para centrar la atención y dar soporte a toda una conferencia.  Basta su lectura para que un público experimente la necesidad de pagarlo con su aplauso dándole el mismo trato que si fuera una canción.

Detrás de su momento puntual de performance, presentación pública y configuración formal hay toda una construcción en silencio y un tiempo de latencia o de gestación. El poema no tiene porque buscar la complacencia sino la circulación de un mensaje para quien sepa acogerlo y descifrarlo.

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