FLUENCIA TRANSCULTURAL

Textos por terminar

 

He pasado una buena parte de mi tiempo verbal confidencial hablando de lo que escribo y para qué escribo. He sentido como una especie de obligación de contarlo o justificarlo. No tengo la necesidad de hacerlo con respecto a porque respiro. Nadie me ha preguntado jamás porqué respiro o porqué sigo insistiendo en respirar, pero sí he recibido preguntas parecidas por lo que hace a escribir. Una y otra vez lo explico y me lo explico e inevitablemente se convierte en un tema -mi tema- con gente con la que he confiado. Me he propuesto no hablar más de ello. Solo yo sé el lugar de importancia que ocupa en mi esquema de vida. Escribo y punto. Eso sigue siendo una constante. Actualmente sé además cual es mi ritmo de creación y sus límites.

Sé que no paro de escribir pero al mismo tiempo no hago otra cosa que merodear. No estoy metido en ningún proyecto complejo de investigación. Hago crónica, epistolaria, novela, ensayo y de pronto me encuentro con cientos de títulos en mi haber. Hasta he llegado a pensar que  podrían llegar a ser más de 300 cuando haya digitalizado todo si es que eso llego a hacerlo alguna vez.[1]

No basta tener el criterio de dedicación diaria a escribir bajo la consigna de crear.  El tiempo ante el ordenador varía según la intensidad creativa. Nunca hay una correspondencia numérica estable entre tiempo de trabajo y producción real.  Depende del  tema, de la lucidez mental, y de la empatía del momento. Me sucede que deambulo por mis canteras de títulos de artículos encabezados y no acabo de situarme en ninguno porque me siento con los dedos torpes y la mente embotada, a veces incluso tengo la sensación de ser un impostor por atreverme a hablar de lo que tampoco conozco tanto  o quedo paralizado al presentir que ya me he extendido en ello en otros lugares. En esos momentos me siento como un vagabundo por mis documentos abiertos y aunque no me mueva de la butaca me siento perdido ante un desierto sin ningun trazo a seguir. De pronto, algo desencalla este impasse. Una frase escrita conecta con ideas de otras para escribir que están  ocultas en alguna  neurona perezosa y me pongo a andar. Cuando al fin, a través de un texto  apuntado pendiente por hacer, encuentro el feeling, siento que las palabras ya están ahí a punto de salir y ocupar la pantalla siendo yo simplemente una especie de canal. No me refiero a una canalización de un saber mistéricamente dictado, sino de un saber flotante que solo espera una performance gráfica adecuada.

He pasado por la experiencia de la máxima fluidez de escribir miles de palabras durante un dia o prácticamente de una tirada a otras veces en que construir unos pocos cientos me ha costado mucho si he elegido el formato poético para hacerlo. He decidido dedicar el resto de mi vida a terminar todo eso que he empezado aunque nadie me haya pedido que lo haga. Estoy buscando la cuadratura del círculo o el autotransporte por desmolecularización o cualquier otro objetivo de la física-ficción. Me puede más el deseo del rol en el que me he imbuido que el valor objetivo que se le pueda dar. Me bastaría terminar las novelas empezadas o el poco teatro que tengo para poner textos en circulación pero cuanto más escribo menos me interesa ser conocido por mis textos, o al menos serlo durante mi vida actual. No tengo la talla de ilustrísima, sigo prefiriendo el anonimato y el rincón de cualquier biblioteca donde cobijarme.

Sé de autores que han sido proscritos por lo que estaban escribiendo antes incluso de terminar sus libros o al terminarlos y recién editados antes de leerlo. La historia  del ostracismo (también hay una historia de lo que ocurre entre bastidores) está llena de gestos de envidiosos y resentidos y sobre todo de personalidades descubiertas in fraganti en ellas mismas y que no aceptan sus evidencias. Inexplicablemente uno si escribe es cuestionado en su inmediatez por el motivo de hacerlo. Hay algo de sospechoso en el escritor al declararse público como pensador. La condición de hablante no se la discutirá nadie, la de pensante sí. Los primeros en hacerlo  va a ser la gente mas próxima que ejerce una cierta autoridad sobre él/ella y que no quiere que “pierda el tiempo” en esas cosas en lugar de prepararse un futuro.  Es impugnación puede ser mas o menos episódica e ir cambiando de bocas cuando escribir no quede justificado por razones crematísticas. Incluso, en el colmo de las objeciones, puede llegar a serlo por gente  que habiendo hecho sus pruebas en el campo de las letras no comprenda  la necesidad de éstas a partir de un cierto volumen. Mucha gente ha escrito un relato o incluso a intentado una novela y sin embargo no ha conectado con la pasión escritora. Otra ha puesto final a sus sueños bohemios o ha puesto fin a su actividad creativa enviando sus  testimonios a la quema para doblegarse al rol de súbdito social que se espera de ella.

Mi experiencia psicológica con la vida creativa me ha llevado a pensar que la vida tiene sentido desde su recreación, por tanto sacándola de su sola fase de sensorialidad.  Algo muy difícil de transmitir a quien no ha sentido la llamada artística y prefiere ir sobre seguro por la llamada de la inversión en un proyecto materialista del tipo que sea. En el fondo implícito de la objeción a quien escribe está la de porque se atreve a pensar. Escribir es una metodología para hacerlo y una forma de archivar las ideas. ¿Pensar tú? Parece que te dicen ¿es que quieres emular a los filósofos y formar parte de los grandes nombres? Bueno, bueno, no hay que llevar las preguntas a la categoría fácil de la pretensión de ridiculizar y mucho menos contestar a todo leguleyo que quiere saberlo todo de ti.

Por extraño que aparezca el ser humano no es tan pensante como se dice que es. Una minoría de la humanidad a lo largo de los siglos ha dado muestra de que sí ha pensado, el resto se ha aprovechado de sus ocurrencias, invenciones e ideas para mejorar un poco la calidad de su vida. Todo el mundo pretende  dar indicaciones de cómo se tiene que comportar la gente incluidos los asintóticos en los que entra el campo de lo artístico generalmente minoritario, marginal y opuesto al resto de la curva normal. Oliver Wendell Holmes dijo que el joven conoce las reglas y el viejo las excepciones. Cada cual conoce las suyas por lo que hace a su vida y especialmente al proyecto creativo con el que –ante sí mismo- se ha comprometido.

Escribir o pensar por escrito lleva a suponer que quien lo hace ha de ser consecuente con lo que dice y ponerse a hacerlo. La elaboración escrita es una forma de concienciar cosas a distintos órdenes y registros. Al hacerlo uno comprende sus límites al mismo tiempo que puede comprender las condiciones para el fin de estos. El valor de la teoría tiene algo de profético en cuanto a anticipación a pesar de que sucumba a su inoperancia por el momento. Sea en el texto escrito o en el discurso oral al opinar uno se arriesga a tener que ponerse manos a la obra para que se lleve a cabo una de sus propuestas, si es el caso, para asegurar realmente que ha sido entendido.  Lo malo de hacer sugerencias inteligentes es que se le asigne a uno para que las lleve a cabo anónimo. No, no  volveré a pasar por militancias prácticas en las que perder el tiempo. La propuesta tiene un valor en si misma tarde lo que tarde la sociedad en recogerla y en llevarla a término, sea la de Mendel en relación a la genética o por lo que hace a los diseños con motores de agua o activados por baterías alimentadas por paneles solares.

El vínculo con la literatura ensayística o ficciosa es la de compromiso. Un predicado no solo dice que piensa y quien es quien lo ha enunciado sino que también permite inferir lo que se puede esperar de ese postulante. En el texto escrito, no en uno tan solo sino en su continuum productivo encontrando marcada una tendencia de pensamiento, hay un cierto ajuste de cuentas con la sociedad y con la historia a favor de una biografía que no quiere saldarse con los daños acumulados por estar ubicado en un tiempo histórico prematuro o envuelto por una mentalidad social de carencias. En ese ajuste de cuentas puede volcarse una cierta venganza sutil de la que no se sea totalmente consciente. Nada tan grave si la venganza es resituada en términos de dejar las cosas claras. Stendhal, que debió pasarlo bastante mal, dijo que desde el momento en que uno no puede esperar vengarse comienza a odiar.

En los textos por terminar espero encontrar claves que todavía no tengo en la elaboración teórica en la que estoy metido. Además de la crónica y de los análisis de lo personal seguiré investigando los límites humanos de la comunicación en el tipo de ser humano de entre siglos con el que he coexistido para, tal vez, tratar de arriesgar tesis conceptuales para remediar eso.

De todos los productos comunicativos el libro como objeto no deja de ser una parodia de la comunicación imposible. Un libro concentra una información o saber en forma de conserva para que este dispuesto en espera a quien quiera leerlo. El libro hace de intermediario entre un lector y un autor que tal vez en el contacto oral directo no se consentirían ni la escucha mutua ni el decir completo del autor. La comunicación oral, altamente controlada y protocolizada, falla; la escrita apuesta por una permanentización del mensaje en el futuro.

 



[1] En el momento de escribir estas líneas tengo 238 titulos,anque ,como siempre, casi todos siguen pendientes de rectificaciones. Tampoco me extrañaría llegar a los 370 si vivo lo suficiente para arreglar todos los que tengo en proceso.

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