FLUENCIA TRANSCULTURAL

La lista de los deseos

 

 

Las llamadas al realismo nos recortan los deseos fantásticos y los sueños atrevidos. El no realista es poco menos que un loco al que no se concede el valor de la racionalidad. El futuro psicosocial de una persona queda decidido a partir de su posición personal en relación al criterio de realismo. Cuanto más capaz sea un sujeto de desembarazarse de la realidad que le prohíbe dar un paso más allá de si misma, más virtuoso será en el campo de sus ideales y más podrá prosperar como innovador y revolucionario, siendo transgresor inevitablemente y rupturista con las formas antiguas. La transgresión ya empieza con el deseo. Recomiendo el siguiente ejercicio de aula (validable para cualquier otro contexto y momento): escribir una lista de deseos con una consigna muy concreta, la de  no pensar en su posibilidad o imposibilidad. Liberado el sujeto de su mar de hipótesis y de consideraciones impregnadas por la cultura en la que vive se convierte en una especie de solicitante ante la lámpara del genio. (Te concederé 3 os, piénsalo bien antes de decirlos.) Muy bien. Para nuestro ejercicio no hay límite numérico, tan solo la pauta clara de expresar los que sean, de todo tipo y de todos los ámbitos. Puede haber deseos de orden personal por lo que hace al aspecto físico-corporal, los puede haber de orden social, los puede haber de orden sentimental,… Cualquiera que sea la lista resultante será divisible entre deseos de sujeto y deseos objetivos. Los unos para conseguir como atributos o propiedades dentro de uno mismo, los otros para conseguirlos como cualidades dentro del mundo. Tan pronto una persona tenga elaborada la lista de sus deseos podrá vivir con más consciencia de lo que es, en las siguientes instancias:

1. Sabrá de lo que carece, tratándose de algo importante, por el solo hecho de anunciarlo como deseo aquello de lo que no dispone.

2. Medirá su propia ambición cuanto más alejado esté el deseo de sus condiciones subjetivas.

3. También advertirá la mayor distancia que guarda del llamado sentido común con su atrevimiento

4. Le quedará claramente expuestas las cosas que le impiden una completud personal.

 

¿Qué hay que hacer, una  vez la lista esté terminada? Nada. Recordar que esta lista existe. Evidentemente puede ser memorizada. Se puede vivir con ella. Cuando en el futuro, un día u otro, uno advierte determinadas novedades en su realidad personal sabrá que un deseo de su lista se ha cumplido. Un deseo no es un objetivo. Este vertebra una agenda, condiciona para una actividad. El otro es un producto imaginario, una entelequia virtual pero que sin embargo está ahí. Un objetivo razonado por el que se trabaja  no es más que una realidad en espera por la que se puede dar garantías a priori. De un deseo imaginado no se puede decir que sea una realidad y ni siquiera que lo pueda ser algún día pero ocupa un espacio de registro real en la psicología de quien lo alberga. Quienes desean los imposibles terminan por conseguir hacer otras cosas posibles, quienes los descartan ni siquiera están dotados de convicciones y energías para alcanzar objetivos posibles. Esa sería también una de las diferencias entre el talante pesimista y el optimista. Yo, que tiro más bien para catastrofista, soy un firme defensor de ese criterio que descubre que el mecanismo de la consecución de las cosas para su deseo de realización por idealista o romántico que pueda parecer ese deseo. En el esquema de las invenciones y grandes innovaciones, la metodología de una técnica y la elaboración rigurosa viene despues de un insight intuicional. 

En la lista de los deseos los más complicados -pero también los que ennoblecen más- son aquellos que dependen de concursos ajenos, de colaboraciones de otras personas. He aquí los deseos sociales de un mundo mejor que no depende tanto del sujeto que lo desea como de todos sus habitantes puestos a desearlo comunitariamente. Sin embargo todos los deseos sin excepción dependen de variables ajenas a pesar de su división intrínseca entre los deseos de ser una persona determinada y los deseos de conseguir un mundo determinado. En la lista de deseos cabe todo, desde adquirir más dominios lingüísticos a contribuir en un legado cultural. En realidad el único que mide el alcance de un deseo y que sabe hasta donde se le está cumpliendo es el propio interesado.

Muchos objetivos que acaban siendo sólidos empezaron siendo meros deseos. La diferencia entre alguien que ve cumplir sus deseos y quien no los cumple nunca es que en el segundo caso ni siquiera se atreve a tenerlos. Al menos esa es una diferencia crucial. Los deseos por imposibles que sean forman parte del bagaje psíquico de la necesidad. Es una instancia a  la que no se puede renunciar aunque pueda colisionar con las instancias científicas de la formación racionalista y estricta. Es tan importante como el sueño o la ideación fantástica. De hecho semánticamente al deseo se le llama también sueño y la fantasía es la proveeduría de los deseos.

El hablante moderno está dotado de palabrería y de un extenso vocabulario para citar más situaciones intrapsíquicas y subjetivas de las que está dispuesto a aceptar que contiene. No podemos olvidar que nuestros discursos están inmersos en una compleja realidad de realidades en las que cada enunciado temático pugna por ser  el único valido dentro de una teoría  para ese tema. Francisco Rico[1], sostiene que desde la tv se puede destrozar el idioma que luego  es muy difícil recomponerlo. Tal vez ya hemos llegado tarde para recomposiciones. Nos toca hablar y decir nuestros pensamientos (y deseos) en un mundo en que la multivocabularidad  (a no confundir con la realidad políglota) mantiene a los hablantes en permanente confusión. Entenderse con los demás es un reto de envergadura, pero entenderse cada cual consigo mismo no lo es menos. Reconocerse como instancia de deseo y anunciarlo en forma de predicados es un paso crucial en esa dirección.

 

 

 



[1] académico y filologo,participó en Hablando claro, uno de los pocos programas de la televisión (década de los 80) dedicados al lenguaje

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