FLUENCIA TRANSCULTURAL

Vivir sin voz

 

De la pérdida irreversible de sentidos se ha comparado el del oído al de la vista diciendo que el primero es mucho más aislante y terrible que el segundo. Hay baremos que califican los gradientes de discapacidad. Incluso hay unos cálculos de tasas de compensación de acuerdo con el valor otorgado a las funciones perdidas.

Cada déficit severo tiene su  impacto irreparable para toda una biografía. Hay quien es postrado en una silla de ruedas de por vida porque un niñato  lo atropelló como un viandante en un paso cebra y además no tuvo nunca conciencia del daño que produjo ni siquiera tras ser sentenciado por ello. Hay quien ha perdido el sentido del gusto por traumatismos craneoencefálicos por accidentes.

El sujeto deficitario, con la minusvalía de la que se trate constatada, después de reaprender a vivir en su nuevo estado también aprende  a concienciar que no hay persona sin una clase u otra de déficit. No saber transmitir sentimientos o no saber comunicarse son expresiones comunes deficitarias que no por estar estandarizadas en el llamado mundo de los válidos, por oposición al de los inválidos,  dejan de ser limitantes.

Hay quien ha perdido el sentido del oído tras un periodo de tiempo de acumulación de informaciones sonoras y ha podido sobrevivir comunicativamente con el resto de habla que mantuvo en memoria y la capacidad de lectura de los labios. La pérdida de un sentido lleva a potenciar otro. Parece que eso se puede transpolar a otros déficits sensoriales.

Se pueden tener los cinco sentidos clásicos funcionales y seguir operando como entradas de ímputs de lo que ocurre en el mundo y tener dañadas funciones tan cruciales como la de la voz que dificulta la comunicación y que es el primer recurso para la llamada de atención, la declaración de estados físicos (hambre, sueño, frío) y paulatinamente la expresión de informaciones, deseos y sentimientos.

En el espacio grupal, mucho más en el binomial, la voz es crucial, tanto que quien no la tiene es tendencial e inadvertidamente marginado con un proceso de exclusión no deliberado pero real. Se puede tener voz pero no una acústica suficiente  al nivel decibélico de los demás siendo eso, también,  un déficit considerable.  Hay países e los que se grita más que en otros (España, uno de ellos).  En los actos de habla, la interlocución pasa –o debería pasar- por los turnos respetuosos de habla. Cuando eso o es así prefiero aguardara a los silencios para intervenir que ver como mi voz débil es solapada por otra más fuerza, a la que si dudarlo le doy prioridad.

Para quien tiene una voz deficitaria  uno se posiciona más en la escucha. Mi experiencia con los problemas de la mía me ha llevado a consolidarme en la observación. Aparentemente solo tengo una voz susurrante o átona, pero la verdad es que mis voz es más que disminuida. Nunca durante toda mi vida  he hablado tanto o he cantado o he  hecho de profesor o  he ejercido algún otro de los oficios en los que sobrevienen patologías fónicas  como para sufrir tanto con la mía. Atribuyo el origen de éste déficit a la amigdalotomización (una intervención quirúrgica  a la que fui sometido en la infancia y que me castró para siempre pero que de la que al menos sobreviví después de tener una infección en el postoperatorio), lo cierto es que tengo más de un episodio de laringitis con afonías o con dolor al tragar. No tiene que suceder nada especial para sufrir esto, basta un grito reactivo puntual ante una amenaza, un beso de lengua con alguien que padezca su propia afección bucal o sostener una conferencia por más de  una hora. De hecho puedo recitar unas pocas poesías o leer en voz alta un texto  que dure más de un cuarto de hora para tener problemas. Incluso pasando la noche puedo despertar con la garganta muy resecada (en un tiempo usé u humidificador en el dormitorio). Supe que no podía soportar el ambiente enrarecido una noche que dormí compartiendo una habitación en la que la otra persona se la pasó despierta fumando. Amanecí enfermo y lo estuve por una semana. Los cuidados con mi garganta me llevan a tomar precauciones no solo negándome a entrar en espacios con humo sino también a respirar el mismo espacio que otra persona que tose o estornuda de una forma reiterada.

Mi déficit de voz coincide con mi personalidad austera y sin necesidad de vocerío o de monopolización del habla. Es un déficit que puedo llevar bien y que me hace consciente de la superfluidad de muchas conversaciones o producciones orales innecesarias. Es cierto que las personas tienden a hablar de sus síntomas por lo que de ventajas puedan tener. Lo cierto es que vivo bastante reconciliado con el mío. El texto escrito compensa de alguna manera la falta de intervención verbal. Por otra parte, ésta es una danza de superposiciones y encadenamientos de formas expresivas que a menudo son impuestas sin que gusten a todas las partes. De las personas más verborrágicas son las que se retiene menos información pero sí el cuadro general de su manera de ser. Una curiosidad de ellas es que no están entrenadas para la escucha, cuando les toca hacerlo no comprenden o no atienden a lo que se les dice. La voz  forma parte del espectáculo cotidiana, no tenerla o no usarla (por déficits puntuales o crónicos) excluye al afectado de la escena a no ser que protagonice  ruidos y llamadas de atención con caras muy expresivas como Karpo  Marx con su bocina. El mudo puede vivir sin hablar y no sentirse tan retirado si aquello que percibe tampoco es de una magnitud tal que tenga el sentimiento de perderse grades cosas o noticias. Lo que se dice, en su mayor parte, es la blabla de rellenos, las anécdotas de paso.

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