FLUENCIA TRANSCULTURAL

Organización del Despacho.

El despacho -entiéndase también el estudio- es el lugar de trabajo de planning y también de dedicación intelectual. Puede ser el lugar de creación elaborativa o el de gestión. Sirve para recibir visitas y para prepararlas, el lugar donde se hacen y reciben llamada. E él suele haber como elementos indispensables  una mesa y  una butaca, desde hace un par de décadas al menos un ordenador, unas estanterías con archivadores físicos, dosieres, libros y memorándums. El despacho puede estar ubicado en el primer piso de una nave dentro de un polígono industrial, en un edificio de espacios alquilados para menesteres administrativos, puede estar en un apartamento utilizado exclusivamente para este menester  o puede estar en una parte de la casa o de la propia vivienda. Ir al despacho es la denominación que se sigue empleando quienes su trabajo es de oficina desmarcándose de quienes ocupan los puestos de trabajo en la factoría o en el taller. Irónicamente hay quien ha llamado al bar habitual al que va a tomar copas o cervezas la oficina. He visto en alguna parte algún pub o bar de bebidas con este nombre. Quien trabaja en un despacho o se pasa al meso cinco días por semana encerrado  bastantes horas por día en un uno puede contar las ventajas y los horrores del mismo. Los trabajadores de taller que bregan con máquinas ruidosas  haciendo operaciones sucias no ocultaron algún tipo de desprecio a los empleados de cuello blanco que ocupaban las oficinas, estos tenían asientos aquellos trabajaban de pie,  Los sindicalistas tenían problemas en diferenciar a que clase social pertenecían unos y a la que pertenecían otros. Cuando los obreros manuales ganaban lo mismo o más que los de oficias las dudas quedaron despejadas. Se decía que el trabajo influye en  la conciencia  social del empleado.  Lo cierto es que en la época industrial sea cual sea el empleo que se tenga todos están concatenados dependiendo la eficacia mutua de los resultados de cada uno.

Pero el despacho es algo que también está fuera del orbe asalariado. En todos los sitios en los que he vivido siempre hubo un espacio dedicado a escritorio, a despacho o  gaviete de trabajo  donde leer, estudiar, escribir  o realizar tareas relacionadas con la creación. Tener un espacio dedicado a estas funciones es importante pero tampoco es indispensable la ubicación física concreta. Cuando he estado de paso residiendo en un domicilio que no es el mío o que su superficie no permite tener una habitación-despacho, el salón puede permitir convertir una mesa en escritorio. Si la mesa es también la de la comida no quita ubicar la función de lo otro. He comido muchas veces en la mitad de una mesa que durante la mesa y después del ágape ha servido para el ordenador, las grabaciones, las lecturas o el despliegue de papeles. Lo ideal es tener un espacio para el trabajo intelectual pero de no tenerlo sigue siendo más importante tener claro el cumplimiento con la función pudiendo reciclar cualquier lugar para todo.

Es muy importante la organización de los recursos y de la inmediatez ambiental (la doméstica y la de despacho) ya que afecta directamente a la eficacia y a la rentabilidad de la energía. Es odioso ponerse a trabajar en algo, escribir un artículo  o tratar de concentrarse en un retroelaborativo sin  tener ordenados los  papeles, el archivo o  careciendo de lo elemental. La utilidad de un espacio viene dada  por su organización. Cada detalle cuenta y en particular encontrar cada cosa en el momento en que se la necesita: desde una cita subrayada en un libro la nota de un email apuntada a la consulta de una  noticia de un periódico o revista. Es distinta la configuración de un despacho dedicado a gestión a otro dedicado a creación elaborativa. La mayoría de los despachos se vertebra e toro a las tareas digestión y planificación. De ello se desprende órdenes y directivas que se transmite a través del teléfono, el fax o las personas que desfilan por él. Un despacho en el que escribir es substancialmente distinto. La mesa se puede llenar de libros y apuntes en  lugar  de pósits de citas o que apunten números de teléfono.

Un despacho en sentido estricto es u tablero de mandos que tiene entradas y salidas y  un digestor. El digestor es el sujeto que elabora. Sus entradas pueden ser las bandejas físicas en las que depositar  imputs; una para revistas, periódicos, folletos e infos de todo tipo, otra para las pequeñas notas, apuntes, recados y avisos. El valor de esas bandejas es el de la fluidez  continua. Su totalidad debe(ría) estar vehiculada a la papelera del suelo tras revisar sus contenidos, aprovechar lo necesario, entresacar los datos concretos o leer en su extensión total o no cada cosa. Antiguamente me ocupaba mucho tiempo hacer recortes de prensa o guardar incluso la  colección entera de una revista en cajas-proyecto a las que ya no acudía casi nunca para repasar. Todavía conservo una buena parte de ellas pero tienen más valor de reliquia museística o materiales testimoniales de época que no valor informativo  o intelectivo. Actualmente mi criterio es otro, creo que el mejor destino que se le puede dar a una revista o a u periódico (la inmensa mayoría de ellos que están en circulación) es leerlos e su fecha de edición, extraerles lo útil tomando notas digitalizadas si es preciso y luego botarlo para que la materia prima del papel sea reciclada lo ates posible. Guardarlos para otros asuntos sine die que no se llegan a concretar es una forma de ocupar un volumen superfluo en las paredes. Otra cuestión son los libros pero no me extrañará que se llegue a una conclusión parecida a no muy largo plazo aunque en lugar de botarlos a la basura se puede poner en circulación o donarlos a bibliotecas que repotencien su uso de una forma más extensiva que lo que lo pueda hacer nunca una biblioteca particular.

Hay una tercera bandeja en el escritorio que puede hacer de expedición. Seria o es el lugar donde poner textos terminados, documentos ensobrados, cds grabados, que tienen el destino particularizado de entregárselos a alguien. Puesto que muchas cosas son enviadas por correo electrónico este espacio físico de envío se hace superfluo. En una época en que hacía pasar los textos originales por el soporte papel en forma de revista de divulgación eso era fundamental. Dediqué un espacio precioso de mi tiempo en detrimento del tiempo creativo a ese propagandismo. Aquello terminó pero todavía encuentro restos de ejemplares que quedaron arrinconados para cumplir ese rol. Actualmente ya no pongo  textos inéditos en soporte de papel aunque si pongo creaciones originales en cds. Al darlos o regalarlos experimento una cierta impostura al presentir que condiciono  a quien le doy el regalo para que sea oído o escuchado.  Bueno eso siempre fue así. Es lo mismo que cuando regalaba un audio de jazz o un foulard. Esperas que a quien se lo das lo escuche o se lo ponga y te comente algo.

Me paso la mayor parte de mi vida en un despacho, el que sea y donde sea (redefiniéndolo como cualquier lugar que permita el trabajo de agenda o el trabajo creativo). Todo lo que se necesita es el ensimismamiento y las condiciones para la concentración poniéndose a salvo de ruidos y de interferencias, también de socios o amistades que irrumpen con su demanda de atención. Lo ideal es tener un gabinete con un don’ t disturb colgado en la puerta y  ajustarse  más o menos a un  horario diario intocable. No es tan importante el horario dedicado como la función cumplida. Ir al despacho es solo un ritual para cumplir con lo de cada día: escribir, gestionar, planificar o preparar.  El digestor en el despacho suele ser la agenda, el ordenador o la computación cerebral del sujeto. Externamente lo que hace o deja de hacer es un misterio para el observador que no acierta a entender su pasión creativa o ejecutiva. Simplemente verá una invariabilidad en el gesto comportamental. No deja de ser una paradoja para el sujeto de escritorio viajar por el mundo o incorporar las experiencias de él desde la exigüidad de su espacio volumétrico. El despacho es al planning lo que la realidad es a la eclosión de variables que son destiladas desde el ejercicio de intelección que se haga desde aquél. Simbólicamente el despacho es la pequeña urna o el batiscafo desde el que bucear por los rincones mundanos o por aquellos que ocupan el iteres como sector de dedicación. Reactualizar los criterios clásicos de tener un espacio para cada objeto y cada objeto con su función clara y fácilmente localizable en el momento en que se necesita es la mayor garantía para la rentabilidad profesional. El despacho ideal es el que tiene una mesa diáfana sin nada encima, salvo la foto de los seres queridos y una platita que ponga el color verde y una flor, pero esa es una imagen poco representativa de un trabajo de verdad que requiere la consulta continua de textos y documentos. Inevitablemente el trabajo pasa por el trasiego de datos. Sea cual sea la intensidad productiva de un día al final la mesa ha de quedar en condiciones para poder seguir trabajado al día siguiente o incluso poderla compartir o prestar a quien la necesite sin temor a que altere su organización si todo está correctamente colocado. El caos de los objetos, en el sentido del desorden a una cuota que supera al desordenado no le facilita la vida y lo frustra cada vez que necesita algo y no puede encontrarlo. El criterio de un tipo de orden u otro termina por ser una máxima inviolable.

 

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