FLUENCIA TRANSCULTURAL

De la perversión del lenguaje.

 

De la perversión del leguaje y las complicaciones comunicativas.

El elogio y  la defensa de la radicalidad, en los términos que J, Antonio Martín Pallín opina[1], ha sido  una constante en la praxis y la teoría por llegar al fondo de las cosas y acercar la sociedad a la conquista de sus soluciones. Lo radical es la operación analítica por la cual se autentifican los hechos. La radicalidad es aquél tipo de práctica que no admite concesiones ante las estrategias ideológicas de engaño. No tiene nada que ver con los griteríos en los salones de las palabras ni  con las pedradas contra los contrarios. Tampoco con la inflexibilidad o la intolerancia. Sin embargo, por obra y gracia de la perversión lingüística, la idea general que se tiene del radical es la de que es una persona violenta e impositiva.   De hecho, la postura radical es la que jamás admite concesiones a cambio de renunciar  a lo que sabe y a los datos de la realidad de los que dispone. Es la que no acepta trampas ni  busca los negocios de las alianzas para callar o reubicar sus elaboraciones en función de los dictados de la conveniencia política.

Tras una larga historia de intoxicaciones lingüísticas el discurso que se abre paso con su verdad analítica y su radicalidad expresiva choca con la necesidad imperativa de encontrar nuevos vocabularios. El idioma es un organismo vivo en crecimiento en el que nuevas células (nuevas palabras) vienen a reemplazar las que ya cumplieron su función y son desechadas.  Así como la ciencia biológica no para de aportar léxico enriquecido con el que nombrar sus descubrimientos, las ciencias sociales y la filología, en cambio, arrastran un agotamiento de las palabras por la vía de su tergiversación. Desde que un hablante es usuario del lenguaje empieza a bregar con esa experiencia subjetiva de la fatiga de las palabras. Si bien es cierto que la polisemia crece de tal manera que las consecuencias confusionistas por cada palabra crecen con exageración no es a ella a donde  hay que buscar la causa del conflicto con las palabras. Las hay  que ya no podemos usar porqué su abuso y desnaturalización van en contra de su significado de partida, y además,  del que las emplea, al no conseguir hacer entender su mensaje. Utilizar palabras como socialismo, comunismo, revolución,  rebeldía, consejismo, izquierda, hippy, bohemia, artista...  pueden dañar la imagen de su usuario o contribuir a que sea malinterpretado aunque sus definiciones de diccionario sean perfectamente aceptables por quien esté o siga en la lucha social por cambiar las miserias del capitalismo.  Eso también sucede en otro campo semántico de lo cotidiano. Palabras superutilizadas como trabajo, justicia, conciencia, verdad, información, diversión, amor, solidaridad, inversión...  tienen valores de traducción distintos a sus significados primigenios.  Es así que al especulador se le llama inversor; al turista político, voluntario de una ONG; al robo, plusvalía y a la invasión militar, guerra de defensa preventiva.  También hay un impresionante caudal de palabras del día a día que  ocultan otras intenciones fuera de lo que  la palabra, por definición,  en sí misma dice.

Eso lleva a una situación compleja en la que el sujeto hablante es una mezcla constituida por sentidos contrarios de las palabras que lo llenan según quien y cómo las emplee. Lo cual, hace que una parte importante de una conversación o de una exposición suela estar dedicada a la interpretación de lo que se quiere decir en la otra parte. El lenguaje ,que es el atributo más representativo del ser humano, tiene fallas tan considerables que demasiadas veces llevan a  poner en duda aquel adagio que hizo fortuna y que ahora está en crisis y decía que “hablando se  entiende la gente”.

La cuestión es que en la  circulación lingüística a través de los diálogos, manejos y usos de sonidos verbales se van añadiendo un plus de significados o colecciones de adjetivos que originariamente no les pertenecían. Se ha atribuido al periodismo  y a la mediática la responsabilidad de la expansión de vocablos intencionalmente manipulados.  Algo debemos estar haciendo muy mal  a lo largo de la Historia para tener que continuar dedicando tanto tiempo a desmentidos y aclaraciones.  Cuando veo a alguien que describe  situaciones con palabras inflacionadas o cuando les da un valor de armas arrojadizas me pregunto cual es mi culpa por tener que merecer el castigo de ese alguien que viene a confundir una situación o a crear enfrentamientos artificiales y a sabotear nuestra felicidad o tratar de contaminarnos con su desgracia. Sin duda, no hemos hecho lo suficiente y los agentes y factores de la educación no han actuado con suficiente rigor como para tener que soportar  esos resultados. Confucio recomendaba que cuando vieras a un hombre bueno había que tratar de imitarlo y si dabas con uno malo te tocaba examinarte a ti mismo.  El confusionista es la expresión encarnada del síndrome de una época cultural y el confusionismo algo que cala mucho más allá de las sedes que tienen por empresa la mentira sistemática. 

Trasladándolo a los discursos hablados, ya no vivimos en los  tiempos  en los que la oratoria era una arte y saber hablar era tomado como uno de los grandes saberes.  Hoy, ese saber es repudiado. A quien habla se le quita del turno del hablar con artimañas y de todo lo que un hablante dice se entresaca aquello que permite adivinarlo como un amigo o como un enemigo. Las formas verbales están impregnadas de la culturización que las dinamiza y la cultura se mueve al son de los intereses político-económicos  de cada época.

En honor a la verdad, toca reconocer que la disposición a pervertir el lenguaje, es decir a utilizar palabras con un sentido  deliberadamente opuesto a su significado originario y etimológico, también forma parte de las tendencias espontáneas de las formas comunicativas ordinarias. Se recurre a vericuetos y sondeos estilísticos para   crear aproximaciones o preparar encuentros interpersonales, también  a sutilidades e insinuaciones para eludirlos cuando no convienen. El lenguaje es un combinado de voces o sonidos, grafías y signos, donde el habla –o el texto- no siempre pretende un decir, y en su lugar impone un entretenimiento, una diletancia o, incluso, una confusión deliberada.

Apelar a la radicalidad es tanto como admitir intentar las respuestas a las últimas preguntas de cada tema. Es desvelar los datos ocultos. Es señalar con sus nombres y sus imágenes a los responsables de los actos nefastos y de los  crímenes. Es reivindicar la nominación de cada cosa para su aceptabilidad o  su rechazo.

Aplicada  como método de reflexión al  tema que nos ocupa, el uso perverso del lenguaje (o su tendencia a la pervertibilidad si fuera algo inevitable) nos vamos encontrando con un montón de eufemismos que son la manera cortés de denominar los engaños. Los actos más execrables del ser humano como los homicidios son atenuados con denominaciones light como daños colaterales o fuego amigo, como si las muertes fueran menos muertes. Lo cierto es que el agente de la destrucción (el que dispara, el que mata, el que contamina, el que bombardea) subjetiviza menos su función malévola si en lugar de ser tratado como un asesino por la sociedad lo es como alguien que tiene las medallas del patriota y por error táctico ha disparado a un objetivo civil o ha vertido al río un producto tóxico ¿No es eso a algo parecido cuando el destructor va atiborrado de alcohol o de drogas para no ser del todo consciente el daño que va a producir? Las palabras no son inocentes. La distinción cultural de un hablante pasa por la precisión con que las usa. No aceptar aquellas que ya llevan preinscrita una función apriorística de juicio es radicalizar la conversación y descolocar una posición contaminada ideológicamente. Si bien el lenguaje necesita renovarse reactulizándose con nuevas entradas y deshaciéndose de las antiguas que han perdido su valor originario, no lo es menos que hablar de la fatiga de la palabra sería una denominación eufemística más dentro de este caos de expresión, lo mismo que lo es hablar de la fatiga de los materiales, que ahora está en boga en el campo de la arquitectura y de la construcción inmobiliaria. ¿También llegarán  a hablar de la fatiga de las piedras y la fatiga del planeta? El problema no son las palabras sino el miedo que se tiene de ellas.  Theilard de Chardin dijoNosotros mismos somos nuestro peor enemigo. Nada puede destruir a la Humanidad, excepto la Humanidad misma.” Nos conviene no perder de vista esto. Hay demasiadas actitudes sueltas que no quieren favorecer la concordia y están permanentemente interesadas en sabotear la paz y el progreso.

Los seres humanos llevamos ya  miles de años hablando sin llegar a conclusiones consensuadas de lo que es la vida y de lo que debe de ser el mundo. Nos hemos metido en el siglo XXI con sellos marcados por el imperialismo que nos devuelve al oscurantismo medieval de cruzadas y polaridades de buenos-malos. Eso ha extendido la paranoia colectiva según la cual la gente teme al terrorismo (es decir, a un terrorismo sesgado) sin analizar el terror de los que urden ataques preventivos y siguen con las torturas en los centros de custodia (otro eufemismo para designar comisarías de tortura).

Si tomamos los  códigos legislados  y normativas  escritas para regular el comportamiento humano que tratan de regular o sancionar también las relaciones verbales y la caracterización de las que son lesivas para el honor y la integridad, vemos que  convierten a sus intérpretes (jueces incluidos, cabe compartir con el autor del articulo mencionado, en su calidad de miembro del Tribunal Superior) en serviles de textos y no en administradores de justicia; responsabilidad que, entiendo, queda diluída, habida cuenta de que el parámetro de la justicia se hace impractible en una sociedad con unas desigualdades tan extremas.

En la farándula general de las palabras ya no es tan claro que todo el mundo tenga derecho a expresar lo que sienta o lo que quiera. Antes tendrá que pasar por la autoselección de lo que es correcto (correcto es lo que se ajusta a verdad) y de no hacerlo por su cuenta, alguien tendrá que ponerle límites o bozales a sus bocas de llamaradas y odios. Esa perspectiva, nos dejarían sin la mayor parte de los actores de los escenarios de poder y prohibiría inmediatamente la continuidad de partidos que llevan muy mal su lugar en la oposición saboteando todo cuanto hace el ejecutivo de gobierno.

La lucha más compleja  con el otro pasa por la verbalidad y nos queda seguir acudiendo a ella para que se pongan de manifiesto las contradicciones y triquiñuelas de unos y las coherencias de otros, para que sean estas las que vayan teniendo éxito en las relaciones humanas y puedan ocupar el papel de ser la garantía de un futuro mejor de aquél otro al  que las predicciones están apuntando.

Entre tanto nos toca continuar sufriendo  las complicaciones comunicativas de la perversión del los instrumentos de significado y reconocer que no siempre es posible el acuerdo ni el consenso y cuando, aparentemente lo es, cabe siempre la presunción de que una cláusula escondida venga a deshacer lo pactado. En el lenguaje político se habla continuamente de ajustarse a los pactos que son el producto de las estrategias de alianzas. Al mismo tiempo, no hay profesional de la política que no sepa que todo acuerdo es  efímero frente a otro que proporcione más dividendos de poder. Por encima de la seguridad en el otro nos refugiamos en la autoconfianza personal como fuente de firmeza. Sí, nos queda  la confianza personal  de uno consigo mismo, que según  Ralph Waldo Emerson  es la primera condición para el secreto del éxito. Pero no abramos el cava todavía, la lucha por autentificar las palabras es decir el sentido de las cosas es tan vieja como la historia misma y más lejana que el futuro que  podamos prever.

Por delante, no hay otro remedio,  sigue, habrá de seguir, el proceso de recreación lingüística y de popularización de nuevas palabras que  permitan la expresión liberada de antiguos cuños y fanatismos, vinculando a los hablantes a mayores dosis de verdad y quitándoles de la artificiosidad y engaños ampulosos. Eso no evitará que no falten los intereses que no les guste eso, acudiendo a confundir  sus valores reales para tratar de que no prospere la verdad.

 



[1] El País, Opinión 26 sept 2006 transcirto en  http://alojamientos.us.es/foros/read.php?f=23&i=476&t=204#reply_476 donde lo he leído.

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