FLUENCIA TRANSCULTURAL

Libertad de protesta.

libertad de protesta y la protesta que la restringejesusricart@hotmail.com

Dentro de las libertades democráticas está incuestionablemente la de protesta. Esta se ejerce con distintos derechos (por lo  general con paros y huelgas en el trabajo y manifestaciones públicas en la calle, también con ocupaciones todo ello acompañado de cartelismos y eslóganes) que vienen formado parte del crecimiento maduro de una sociedad. La madurez social es la que admite las actitudes diferentes tratadas civilizadamente. Es así que los protestatarios por un tema a cambio de reconocérsele su protesta tendrán que admitir el derecho a otra, a su debido turno, con la que no se identifiquen en lo más mínimo.

La protesta ha  ido evolucionando -en los países que la permiten- hacia formas de espectáculo social que cumplen más una función de testimonio identitario que no de presión efectiva. Sí, sí, es verdad que grandes protestas han hecho dimitir gobiernos o jefazos políticos o los han hecho tambalear, también ha conseguido la readmisión de despedidos o la liberación de detenidos. Puntualmente las protestas más radicales han desencadenado tomas de poder y cuadros revolucionarios catapultado tomas de poder para reorientaciones históricas. Es posible que en el imaginario socio evolucionista se siga creyendo en que a base de sumar protestas la sociedad se va concienciando y participando de ellas hasta que un día una huelga nacional acabe con formas caducas de existencia social. Esto son palabras más que el sueño de la utopía. En primer lugar hay que distinguir entre los distintos de protestas y categorizar exactamente tanto lo caduco como lo nuevo por nacer.

Los movimientos de contestación social tienen más claro en contra de lo qué están que no a favor de lo que quieren conseguir. Las luchas reivindicativas siguen siendo fundamentalmente reactivas. Las preocupaciones –desde el estudiantado- por el plan Bolonia o por las pérdidas de puestos de trabajo –desde los asalariados- por la crisis financiera, son fundamentalmente reactivas. Lo que distingue una lucha de vanguardia de una reactiva es que aquella mantiene una regularidad de la reivindicación por un modelo alternativo a construir mientras que ésta cae en un berreo ante la paternidad estatal por no hacer lo que se cree que debiera. El principal problema que tiene la lucha reactiva es que si bien nace contra un estado contra quien se pelea es con sus lacayos, los cuales cambiarían de ideología y de bando en el supuesto de que este movimiento los sobornara con dobles  salarios y más pagas extras. Un contrasentido, desde luego, pero todo un gag.

La protesta en si misma tiene toda la lógica. El solo hecho de pensar es ya una forma de protestar si revisa postulados tomados por intocables y los desbanca. La más radical de las protestas no es la que ocupa una sede emblemática de una ciudad o se enfrenta con adoquines o cócteles molotov a la policía sino la que organiza una estrategia para la victoria y consolidar otras formas de hacer la vida. En no pocas luchas se pierde de vista lo que las original para seguir combatiendo por sus efectos, generalmente los represaliados o asesinados en las represalias. Cada vez que la  policía antidisturbios carga brutalmente contra manifestantes que se van de nada se estropea algo más en el panorama de la confiabilidad social. Cada vez que alguien golpea a alguien, sea en el caso de un uniforme con el que ejerce el abuso de autoridad, sea un humano contra otro es que está fallando algo más que la paciencia, es la capacidad de dialogo la que está rota y el raciocinio lo que está en crisis. No es nada nuevo, sabemos que llevado el ser humano a una situación extrema se comporta como lo que nunca ha dejado de ser, una fiera.

La valoración política de la función de la protesta reivindicativa no se puede separar de lo que lleva dentro. Tampoco se puede confundir el grito y la pelea con el  supuesto de un planteamiento maduro. El derecho a la protesta es indispensable para no permitir que la sociedad se duerma en sus imposiciones y en la mentira del discurso único de ellas, pero por otro lado los actos de protesta callejera  pueden imponer situaciones no consensuadas por otros. Si es difícil que llueva al gusto de todos también lo es que las formas de protestar lo sean. La protesta impone situaciones que son encadenadas a imperativos de otras fuerzas para socavarlas. Son lamentables los incides periódicos a lo largo de décadas que se van repitiendo con situaciones parecidas de peleas con daños más o menos severos e irreversibles. La lucha anticapitalista no es pelearse con el tipo uniformado y perder la energía con él, a fin de cuenta un asalariado que vende su comportamiento a quien se lo paga, sino la creación de formas alternativas de vida extraoficial (cooperativismo profesional, vida neo-rural, banca ética, educación, consumos de calidad, manufacturas éticas, supresión de los bienes herenciales…). Eso pasa por construir otros espacios y seguir otros criterios de adaptación y supervivencia más que por estar continuamente declarando el “no estoy de acuerdo”.

Ya hace tiempo que ha sido afirmadlo que no cuenten con nosotros para seguir estropeando este mundo, poblándolo de crecimientos productivos anti ecológicos y de capitales de ambición, pero por otra parte no se ve que nadie cree redes sociales en nuevos territorios en los que ejemplificar un mundo alternativo, probablemente porque ese “nosotros” no es tan compacto, ni unitario, ni seguro. Sí hay un nosotros univoco en la protesta: el de no querer imposiciones que nos une, pero no para construir propuestas. El salto de la protesta a la propuesta no es tan claro. Es más fácil pactar lo primero que lo segundo. La falta de su estrategia hace que las protestas se extingan por dos razones: por la represión que se recibe tan pronto use formas ilegales (el desalojo brutal  de los estudiantes del claustro universitario barcelonés después de 4 meses preanunciado por el rector si había violencia) y por la propia inconsistencia de la lucha que reivindica algo que espera le sea dado en lugar de instaurarlo, perspectiva nada segura si el grado de compromiso solo piensa en términos político-coyunturales y los psicológico-sociales para un diseño de relaciones de futuro más autenticas.

La libertad de protesta tiene por efecto colateral no previsto un fenómeno contrario el de impedir el ejercicio de la libertad de quien no la subscribe. Algo tan simple como lo ocupación de la calle obliga a un itinerario distinto a quien no participa de ello. Los clásicos cortes de carreteras o de transportes públicos en horas punta evidenciaban un malestar pero creaban otro, el de los usuarios que llegaban tarde a sus distintas citas sin ser los responsables directos del malestar anterior.

La protesta no empieza ni acaba en los actos de reivindicación por formas sonoras y contundentes. Lo que hace la pancarta y el grito coreado es trasladar el texto expuesto moderada y discretamente en una prosa, en una revista, en un panfleto. La frase reivindicativa no incorpora mas teoría o argumentación por el hecho de ser coreada como eslogan de lo que hace al ser escrita como artículo. Lo mejor que puede hacer cada cual que cree en un ideario de vida, de relaciones, de sociedad, de saber, es aplicarlo en su ámbito en la medida de sus posibilidades subjetivas. Es importante la contestación social y anecdótica la experiencia de la pelea pero lo que cambia las cosas es también adoptar formas de vida personales consecuentes y trabajar por un mundo mejor por la vía de ser un individuo mejor.

Muchas de las manifestaciones alas que asiste una ciudad moderna es una secuencialidad de grandes individualismos colectivizados; es decir, cada sector, a su turno, protesta por su tema sectorial, siendo ignorado por los otros que a su vez lo serán cuando ejerzan su protesta. Lo que pretende una protesta masiva es presionar por la fuerza a los magnatarios que tienen los resortes para dar las órdenes. No siempre lo consiguen.  Hay tipos que llegan al poder pidiéndoles la dimisión y no lo abandonan hasta 50 años después sin que un solo año no haya protestas exigiendo que se vaya. Esos actos de constatación son tomados como lloriqueos escénicos.

 

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