FLUENCIA TRANSCULTURAL

Estudio de la mirada

 

Para un estudio observacional de la mirada.

La mirada es un indicador de atención observacional. Observar la observación es fascinante. Al observar esa parte de la conducta manifiesta según la cual se infiere la intencionalidad se sabe del otro lo que el otro no dice por otros gestos. Lo estudia la etología y la psicología humana. La mirada no es de competencia exclusiva de las prerrogativas humanas. Forma parte de la vida natural y de todas las especies con ojos. La mirada de las mascotas es uno de sus atributos más apreciados. Con todo su repertorio de miradas  hablan distintos significados: esperan, piden, se lamentan, miman, comprenden (al menos lo parece).La mirada tan apreciada en los perros es difícil encontrarla en intensidad y constancia en las personas.

Mirar la mirada es extraordinariamente potente. Mirar la mirada consigue tomar  no pocas muestras de la no mirada. Distinguiremos la obtención de registros distintos entre mirar y ver. Ambas funciones son proporcionadas por los órganos de la visión. Estos son terminales de captación de los cromatismos y figuras panorámicas pero la visión no se limita a ser una función mecánica de órgano sino que se completa como resultante psíquica de los procesos mentales que computan los detalles adquiridos. Lo que el órgano proporciona como apuntes de una forma, el cerebro los completa como una forma entera. La mirada humana viene determinada por la dotación de sus órganos de visión perceptiva  que proporcionan un campo visual con una profundidad de alcance. Inevitablemente muchas cosas pasan por el campo visual, basta tener los ojos abiertos pero  no todas las cosas que pasa por ese campo son computadas con precisión. Aún peor muchas ni siquiera son recordadas un rato después. Es así que pasan los nombres de las placas en carretera de las ciudades que se atraviesa que no se recuerdan al minuto salvo las más importantes. Para recuperar sus nombres hay que acudir al mapa si los proporciona o al apunte gráfico. Es así que se ven muchas cosas, gentes, gestos para inmediatamente pasar a ser una amalgama de detalles.  Es paradójica la capacidad fisiológica para la mirada y la escasa rapidez de reflejos o la reducción atencional notoria. En ese mirar pero no ver residen no pocos problemas del ser humano y de sus relaciones. La inteligencia de una persona se mide por su capacidad de retención y de relación de los detalles que contempla. A mayor capacidad de detección y retención de detalles mas propiedades subjetivas para el análisis y para reducir la injusticia interpretativa. Si bien todos los animales con órganos de visión pueden mirar no todos saben ver lo que miran. Del animal humano empezó a sorprenderme su forma de ir por el mundo sin enterarse de los sucesos. Luego estudié la metodología observacional como disciplina en la facultad de psicología en la que demostraba que dos o más observadores, incluso entrenados, mirando lo mismo da cuenta de observaciones ligeramente diferentes. Eso que dio lugar a la psicología diferencial no solo demostraba que los objetos observados son distintos según la posición del observante sino algo más relevante que cada observante  hace observaciones diferentes según sus pre concepciones, entrenamiento, condiciones o apriorismos.

Durante mi descubrimiento del mundo, es decir del mundo de los demás ya advertí que el andante estándar se desplaza de un punto a otro con escasas dotes telescópicas llevando puestas una especie de orejeras de caballo para solo mirar enfrente y no distraerse con bifurcaciones, panoramas colaterales o interferencias ajenas. El andante urbano ha adquirido gran destreza en moverse en medio de las multitudes sorteando a cientos de personas por día sin tropezarse con ninguno y también, lo que es más extraordinario, sin ver a nadie. Es así que o se recuerda caras, a lo más algunos gestos o vestidos. Aunque la vida urbana es un espectáculo continuo ponerse a mirar fijamente a alguien esta mal visto. Si por azar dos miradas se cruzan ambas tienden a apartarse. Vengo practicado la mirada observacional desde siempre. Eso me hizo llegar a una conclusión terrible: la gente no quiere ver. Sale a la calle para no ver, salvo lo indispensable para no tropezar con un árbol o caerse por una alcantarilla. Ha decidido que lo menos importante de una calle poblada son los demás. Se detiene ante escaparates a los que dedica minutos o se pasa un buen rato ante un mapa del suburbano si atreverse a preguntar o aparta la mirada de su guía de turismo. El otro desconocido lo trata como nadie. Eso se explica por inhibiciones resultado de fetiches culturales (“no hables con ningún desconocido”, una orden, mala, sin duda, para niños, que retumba en la caja craneal del adulto) pero también por algo peor: la saturación del otro, sea quien sea, de cualquier otro, no importa su color, su cultura o su idioma.

Observación mientras escribo este texto en una cafetería-restaurant marroquí en la costa atlántica. Llega una furgo  de turistas extranjeros dando un tour por la zona. Entran en  tropel al salón. No dicen nada a nadie. Piden cocacolas o refrescos (es media mañana y la temperatura es baja). Los observo detenidamente y por repetido a varios de ellos. Ninguna mirada se fija en mí. No me ven. No existo. Mejor lo digo en plural: no nos ven, no existimos, tampoco miran los detalles del entorno salvo los refrescos que piden. No se trata de ninguna prepotencia de los hijos colonialistas. Es una forma de ser: visitar el mundo sin querer tratarlo solo para reproducir formas conductuales que hacen en la demarcación de sus barrios antes de tomar el avión. El estudio de la mirada del turista da para  varios volúmenes por ella sola. Las miradas son distintas según los tipos psicológicos de personalidad. La mirada fija suele ser interpretada en una mayoría de sitios como una mirada provocativa. La insistencia incluso puede ser tomada como un despecho o una agresividad. Basta llegar a un sitio y ser rodeado por gente que te mire sin decir nada esperando un regalo o simplemente examinando los detalles del recién llegado (experiencia que tantas veces se repite en el África negra) para que este se sienta incómodo. Esa incomodación tiene que ver con un sentimiento de desnudez. La observación de cualquiera, la sola observación atenta, proporciona muchos más elementos de su personalidad de lo que se cree en un principio. Su sospecha es lo que le inquieta. Un observador neutral atento puede saber mucho de alguien por su forma de andar y por su esquema corporal además de por su forma de vestir.

Puede argüirse que la mirada glauca, (mirar sin ver como si las pupilas estuvieran fuera de órbita) viene determinada por la saturación de los parámetros estimulares. No se puede fijar la mirada en detalle de todo lo que se ve y se opta por el campo de visión genérica sin posarla en nada en particular (salvo los escaparates y los artículos de venta). Solo que excepcionalmente dos miradas que se cruzan se posan la una en la otra por un rato sostenido para pasar a otros gestos con los labios, la nariz, el conjunto facial o las manos. La conducta humana no es más que la expresión de un sistema nervioso que la lleva. Su capacidad observacional remite al algoritmo operacional de su psique en la que interviene la fisioneurología pero también la ideología. Si la gente viaja y se mueve por el mundo pero sin embargo no mira para ver sino que mira para no tropezarse y poder decir que estuvo en tal o cual lugar es porque hay un conjunto de valores  (o anti valores) detrás  que la determinan en esa perspectiva. Desde el momento en que el sistema `perceptivo humano es mediocre (el estudio de la escucha de los sonidos y de los significantes así como de los otros sentidos, en especial los del paladar,  olfato y el tacto, también pueden arrojar conclusiones de apoyo a lo que pasa con la mirada, con el tocar y no sentir, el comer pero no degustar, el oler pero no distinguir). En esa mirada distante y despersonalizada hay algo del sentido de autoprotección o autodefensa innata. No ver realmente a nadie para que no se sienta invitado a lo que no se le quiere invitar, no ver realmente las situaciones para no asumir con plena consciencia su realidad intrínseca.

En el no ver se le corresponde también la ausencia de interpretación. El ver se corresponde con el detallismo: la percepción del os colores, de las formas, de las presencias. Si bien proporciona fundamentalmente colecciones de semblantes y de panoramas, su compendio es importante para examinar mas detalles. La facultad del oído tampoco garantiza la escucha exacta como la de la lectura la comprensión total de lo leído. El debate tras la lectura de un libro o de un texto, incluso corto, pone  de relieve la atención prestada. En el fórum de una película otro tanto sobre lo visto. En el paseo por una calle emblemática o principal de una ciudad también la experiencia que se ha obtenido y así sucesivamente.

Un mundo repersonalizado, donde la gente se tuviera en cuenta como personas posibles y ejercitara de tales habría mas dedicación atencional perceptiva, mas baños mutuos de imagen sin pasar por las calles y por la vida por encima de todo o queriendo mezclarse con los detalles ajenos, en sus formas y en sus propias miradas.

Cuando se pasa al habla, la forma de mirarse o no a los ojos, o si se desvía la mirada a los labios o a otros puntos, ya es un poderoso indicador de lo que se puede esperar del otro. En alguna ocasión he renunciado a seguir hablando con una persona porque distrae su mirada en otros puntos externos sin fijarla en la mia o se dejaba interrumpir por estímulos continuos. No es que alguien con la mirada fija sea garantía de una total atención pero suele serlo más que quien la tiene constantemente desviada. Si además es huidiza es que tiene bastante a esconder.

En el (auto)inventario de incompletudes del sujeto humano el de no ver y observar atentamente sus entornos y a los demás lo coloca en una posición indiferente ante su mundo y su época donde lo prioritario pasa por la consolidación de su egoísmo y de su interés. En paralelo y contradictoriamente puede hacer muchas conductas supuestas de interés humano (visitar museos o visitar memorándums o recorrer miles de kms sin detenerse en los detalles ajenos). Recomendaría un rescate de la mirada para ver y no solo para no tropezar con el otro, sino para tenerlo en cuenta como fuente de experiencia y de enunciados, por tanto de mirada atencional y de escucha, pero está muy claro que esa recomendación llega tarde en una especie animal en la que hace del autismo su mayor sentido de la autodefensa.

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