FLUENCIA TRANSCULTURAL

El discurso ausente

De la presencialidad interrupta al discurso ausente. JesRICART

Un largo lamento desde la poesía y el romance recuerdan la partida, la pérdida de contacto, la idea o la persona lejana. La ausencia o presencia de alguien se refieren a sus formas físicas y a su contacto directo o a su falta. El discurso ausente se refiere a un fenómeno distinto que no tiene nada que ver con la escena formal, se refiere a la falta de contenido. El discurso ausente es el que no concurre a pesar de estarse hablando de otras cosas o de mantener un cierto estado comunicacional. Las cartas de un padre ausente venían a suplir su falta como figura  de proximidad y la no posibilidad de contacto directo por las distancias o las dificultades de planes para concretar convivencias o citas. Al iniciarlas no creí que un libro formado con  ellas supliera una relación pero sí que recogerían las emociones derivadas y lo que se vivía de lejos lo que no se podía vivir de cerca. Tampoco creí que un día llevaran a un cierto auto encierro sucumbiendo a los límites impuestos por la forma dominante que configuraba un no decir y continuaran siendo escritas pero no ya para ser enviadas. Fue en una época en que optar por el callar no era tanto una opción como una determinación influida por una deñada explicita de destinatarios y compañías verbales. El silencio no suele ser impuesto en modelos culturales progresistas o al menos no lo es como tal. En su lugar se suele pedir unas determinadas formas de habla tan encorsetadas y tan faltas de contenido que es mejor optar por callar. Escribir y no enviar un texto a la persona por el que ha sido escrita cumple –dentro de las producciones gramaticales- una función escénica que el pensamiento reprimido no ‘permite. Pensar lleva implícito el repensar lo que se puede decir de lo pesado. En todo discurso verbal existe algo de lo pensado que queda en la subvocalidad por estimar su inconveniencia o su impacto lesivo tanto como por temer a  su rebote. Los vericuetos comunicativos están llenos de subterfugios con los que se trata de decir cosas sin que sean dichas del todo, dejando una parte a los equívocos o jugando con las palabras para crear sensaciones distintos a lo largo de lo que se va diciendo o tratando de decir. El correo a lo largo de muchos años, el de toda una vida o casi, da tiempo para tentar distintas situaciones, referir propuestas que o se hicieron, sugerir otras que no se harán, relatar anécdotas y juegos de la vida. El escritor de cartas pone por escrito lo que habitualmente piensa pero no lo dice en su totalidad por no ser lo adecuado para un momento presencial, Si además escribe cartas que decide no enviar  se encuentra con la salsa de su propia escena sabiendo que lo que piensa tiene veto. El veto más duro de todos es el que se impone uno a sí mismo. Las cartas censuradas que entraban o salían de las cárceles con los reos o iban y venían de países tras el telón de acero no eran más graves -en términos psicológicos- en comparación a la autocensura estricta que una persona tiene que hacer para no herir la sensibilidad de alguien muy querido como es su propio hijo. El otro como destinatario confidencial puede cumplir la función de excitar una intencionalidad confidencial pero  también la de frenar la entrega de la confidencia. Se podría teorizar que cualquier otra forma existente (inerte o activa, vegetal o animal, en movimiento o quieta) comparte del parámetro estimulario que excita la reflexión pero también forma parte del parámetro disuasorio para no sincerársela. Desde que existe la sensibilidad los poetas han hecho de los parajes, los colores y las olas pretextos con los que hacer de sus sentimientos expeditos propuestas de recreación. Nada de todo eso se ha enterado del estar y del sentir de quienes han escrito sobre ello. Los humanos serian los únicos receptores de la naturaleza para interesarse en la misma igualdad de registro intelectual lo que dicen sus congéneres. Hablamos porque suponemos que nos entendemos, un humano habla a otro esperando que le entienda. Los discursos se levantan y pivotan en torno a este supuesto cuya confirmación no está tan demostrada como nos gustaría. Pero el discurso no solo se compone de declaraciones intencionales y de esfuerzos verbales para la transmisión de mensajes precisos, también queda expuesto desde el silencio, la evasión la elusión y la no correspondencia. El discurso no corresponsivo es su ausencia, por tanto la pérdida de fuerza de las hipótesis que sostengan la continuidad, el encuentro o la entente.

El concepto de discurso más generalizado es el del sostenimiento de opiniones expresadas con palabras, hay quien lo reduce a una exposición verbal, sea la que sea o una charla. Hablar no significa siempre estar diciendo algo o saber lo que se dice, con lo cual el discurso no queda garantizado por el solo hecho de hablar. La necesidad psicológica de tener por referente estable la palabra es tan alta que los sonidos verbales así como las grafías tienen que convertirse en eso: articulaciones fónicas o icónicas con carga de sentido. Un sonido sin significado no es considerado como una palabra[1] y al revés raramente es admitido ese sonido que no tiene designada una palabra que lo haga compresible. La mayor cantidad de encuentros verbales son los dedicados al intercambio de información y descripción de noticias y situaciones. Dentro del intercambio de información también está el de la transmisión de lo que se siente y de lo que se piensa. Los sentimientos suelen ser domesticados por las formas de pensar para decirlos, cuando se atreven con el lujo libertario de expresarse tal cual son severamente castigados hasta el punto de que se puede producir y de hecho se produce una interrupción del discurso para siempre si el interlocutor receptivo no se siente cómodo con ese sentir expresado. Esa consecuencia tiene tanta amplitud que todo el proceso anterior de intercambio de otras informaciones, incluidos otros sentimientos, puede quedar completamente congelado. Los discursos y su intercambio forman parte de los procesos de existencialidad y sigue en su continuidad aunque los interlocutores vayan variándolo- Lo   que más importa de un discurso válido es su continuidad y no tanto la presunción de fiabilidad del depositario transicional. En cierta medida todos los interlocutores somos limitados y no estamos dispuestos a aguantarlo todo de los demás, somos, en consecuencia, transicionales. La discusión es los motivos por los cuales se renuncia a un discurso ajeno si por su falsación o por su inconveniencia. En el mudo cotidiano, el de las ordinarieces, los ciudadanos iniciados y espabilados en el teatro de la mentira social, no están dispuestos a vivir sus vidas desde la transparencia. Renunciando a este criterio son capaces de aceptar toda clase de sumisiones siempre que un palio de cuidados ideológicos intensivos los proteja de los análisis y de sus resultados, las críticas. Tomar distancia de las fuentes de enunciado es una forma de sobrevivir en el engaño. El discurso continuará, tal vez cambie de manos porque los protagonistas que estaban construyendo una relación de cooperación y sinceridad mutua dejan de serlo para devenir antagonistas implícitos aunque no se hayan estrenado en ese nuevo rol. Si la relación con alguien muy querido no puede ser desde la sinceridad total ¿hay algo tan poderoso que la pueda reactivar para participar sólo de efemérides superficiosas?

“Cuanto más horripilante resulta el mundo más abstracto es el arte, un mundo en paz da un arte realista” dijo Paul Klee. No creo que su tesis quedara en forma hecho o que un arte más realista se haya correspondido con el mundo desarrollado después de él. Como presunción estuvo bien, como facticidad segura, no. Algo parecido se puede decir en cuanto al discurso posible en relación a los interlocutores presentes. Cuanta más blindada sea la interlocución más complejo y conceptual se hace el lenguaje y para que haya un lenguaje absolutamente transparente y directo sería necesario un mundo transparente con habitantes sinceros y sin temor. Puesto que el mundo habitado pierde puntos en el campo de lo concreto sincero. El lenguaje resultante tiende a ser encriptado y distante. Por supuesto, en el lugar de los discursos activos basados en la maximización de la transparencia mutua cabe el de las carantoñas mutuas, se sientan o no. La técnica es sencilla: basta sonreír mucho y decir una cierta cantidad de piropos al otro por minuto. Lo de menos es sentirlos, forma parte de las técnicas seductivas.  Pero este no es el tema, el tema es el discurso basado en la sinceridad si es posible o no. El precio de un discurso crítico es la interrupción del contacto, por tanto la desaparición del mismo hecho físico de la interlocución. No deja de ser un modo de poner un fin a un proceso que no haya terminado pero que desaloja un tiempo  para otros que sigan abiertos. El hecho de que se interrumpa una presencialidad o una relación comunicativa y eso genere una ausencia del discurso personalizado tampoco significa la liquidación del discurso mismo. El texto prosigue en otros espacios de contacto, desde otras miradas y panorámicas aunque nada pueda substituir la perdida  de la persona querida con la que quedo congelado el discurso mantenido.

No poder hablar de unos temas con las personas que los desencadenaron tampoco significa tenerlos que silenciar, el texto busca donde ser dicho y la extroversión busca la diana de recibo que pueda entenderla.



[1] Laura M.Mirón Conciencia sin Fronteras num 5  1998

 

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