FLUENCIA TRANSCULTURAL

Evento y Noticia

Evento y Noticia. JesRICART

No leo periódicos o tiendo a leerlos menos. Teniendo en cuenta que en una época los leía a diario y más de uno, debo haber sufrido una involución formativa  (prefiero llamarlo des-expectación). Fui aprendiendo que ningún evento tiene realmente la categoría de noticia urgente  que necesite ser consumida tras ser publicada. Casi todas pueden esperar. A veces se me han acumulado periódicos que no terminé de leer al comprarlos y años después de su fecha de edición, antes de lanzarlos a la basura de reciclaje de papel (para que sigan con ese interminable procesos de volver a hacer pasta y soportes para otras grafías y otras noticias) los leo, verificando que  el mundo no ha cambiado en absoluto.

A fuerza de experimentar con las llamadas noticias he aprendido que una noticia es algo que se va trasladando de momento y lugar pero que viene a repetir versiones de unos mismos eventos que no cambian. Por otra parte ir a comprar el periódico, intercambiar dos palabras con el quiosquero y dedicar parte del sábado o domingo por la mañana al ritual de su lectura es sumergirse en un espectáculo. Ese mundo que no cambia y que insiste en sus epidemias, guerras, torturas, violaciones, malos tratos y mentiras proporciona caldo suficiente para pasar un rato entretenido tomando el vermú e irritándose contra los autores de los delitos, creando la sensación que con eso los culpables son los otros y uno tiene el ticket para ir al cielo de los justos. De todas las secciones periodísticas la que siempre me atrapó mas fue la de las cartas al director  (ahora correo del lector) pues era/es  lo que proporciona/ba una especie de sondeo espontáneo de la verdadera opinión pública de un país (extralimitando y enriqueciendo la opinión de los profesionales de redacciones). En la del País Semanal del 24 de mayo 2009 son interesantes las correcciones que los lectores hacen a esos profesionales cuyas veteranías no filtran errores de lenguaje y de información: A.Perez-Reverte, J.J.Millás, J.Marías. Me pregunto porque el periodismo profesional se reparte el plantel de las firmas conocidas de forma fija y no catapulta las verdaderas opiniones públicas, las de los sin nombre celebérrimo. La variedad favorecería el placer de la lectura y por supuesto el enriquecimiento de la literatura[1].

Se diría que el encumbramiento nominal de unos pocos va en detrimento del enorme potencial de la opinión pública extensiva, es decir de la legítima opinión pública. El periodismo nunca tuvo muy claro que era eso de la opinión público, el poder del estado tampoco. Se habló del poder de la presa pero al poco tiempo se descubrió que cada plataforma periodística tiene su plantilla, su línea, sus contratos privados y su forma de tratar con la verdad (y con la mentira). Desde la posición individual profesional del reportero, el corresponsal, el investigador se creó que lo que no hacia la mayoría silenciosa lo hacia él con su arte y capacidad de representación en nombre de todos. El periodista ponía las preguntas y hacia la indagación de aquello que la sociedad esperaba.  Como hipótesis no estaba nada mal. Ahora las cosas han cambiado, la gente no se chupa el dedo, ha aprendido a escribir, se expresa impecablemente, tiene capacidad de crítica y reconviene respetuosa y prudentemente los gazapos publicados de otros por muy notoria que sea la firma de éstos. En resumen la opinión pública existe pero los periódicos clásicos, los de la prensa escrita, siguen apostando por unos nombres de plantilla fija. Concurren dos fenómenos el de redactores a perpetuidad pagados por sus opiniones e informaciones y el de lectores a perpetuidad que compran los soportes para leerlas o seguirlas. Es posible que a unos ya les vaya bien esos contratados perpetuos y a los otros la posición lectoral-formativa y solo a los menos nos preocupe insistir en un entrecruzamiento de ambos para dar con un tercero: el del lector escritor del que poder gozar el nuevo estilo que tenga a bien proponer o el dato que ha pasado por alto a los más veteranos.

El oficio de escribir no es tan fácil por mucho que atrape al oficiante. Cada sílaba es una gota destilada que no siempre completa la botella. Pero la actitud de leer tampoco es tan fácil por mucho que atrape al lector, dejándose llevar por el proceso mental que propone un texto. Pensar es compensar y escribir es una forma de hacerlo poniéndose en el lugar de la lectura. Si todo lo que pretende la autoría de un texto es llenar un espacio físico dado, una página de semanario con recuadro para la foto o el dibujo incluido, con ideas más o menos ocurrentes es posible que el primer perjudicado sea el autor al saberse limitado y el segundo la propia literatura, incluida la periodística, al quedar cercada en un perímetro de mercado. La lectura en marcha no puede olvidar que lo que está leyendo está condicionado por las coordenadas tempo-espaciales a las que se rinde un redactor contratado. Mientras lee puede ocurrírsele una forma paralela de tratar el mismo tema y proponer una extensión del texto, una complementación a parte de una corrección de detalles y un aporte a sus insuficiencias. En definitiva el lector completa al escritor. Si eso es así, el lector debería tener un espacio más extenso que el  par de páginas escasas para sus opiniones cuya invitación para que sean dadas suele ser hecha pero que el periodo siempre se reserva la potestad de publicarlas o recortarlas por sus misteriosas razones técnicas.

Generalmente se pide y se esperan opiniones sobre la noticia prepublicaa o que tengan relación con la actualidad. El público es un gran coyunturalita, consumidor de momentos, pegado a las escenas de rabiosa actualidad cuanto más recalcitrantes y espectaculares mejor. Los periódicos han ido sufriendo una deriva desde sus posiciones iníciales de órganos de información veraz, al menos como principio e intención, a plataformas divulgativas de casuística, enredos, peleas, accidentes y dramas. La paz no vende ejemplares, los conflictos sí. Un mismo periódico puede estar publicando un artículo que lo honra denunciando la prostitución obligada o trata de esclavas como El País ha publicado recientemente y al mismo tiempo y en el mismo número publicar u tipo de anuncios de servicios sexuales que alimentan  los negocios de los proxenetas esclavistas. Desde el momento en que el periodismo es negocio e incide en una determinada línea de valoración hipoteca en parte la libertad expresiva de sus redactores.  No todo es tan monolítico y un mismo ejemplar puede ser plataforma de una pluralidad e incluso de una controversia pero en tanto que la política editorial se debe a un clientelismo la libertad de palabra es más que relativa.

El trabajo más duro del periodismo es el de presentar a diario el último titular, la última referencia que salpica la realidad para que todoas, lectores, escritores, observadores, analistas, echemos la dentellada y sigamos retroalimentado la fábula de que esto de estar al día significa tener cultura. Debe ser tan aburrido ir a cubrir con la pera o la cámara o el micro del móvil lo que dice el último tarambana del último affaire como tener que ir a soportar una carrera de motos o de galgos cuando no te gusta ni lo uno ni lo otro para poder entregar la reseña antes del cierre de redacción. Los comentaristas son los afortunados. Basta con leer lo que otros han publicado de las secciones de noticias para hacer un refrito y buscarles los tres pies al gato. El comentarista olvida que no entra dentro de los bastiones de lo reactivo frente a lo estimulario. ¿De qué vamos a hablar hoy? ¡As, sí! De Trillo, el impresentable, justificando lo injustificable y apoyado a un tal Navarro condenado judicialmente por darse prisas y o identificar la mitad de los cadáveres del vuelo militar estrellado en Turkia. Sí, alguien tiene que hacer este trabajo, recordar que hay gente del poder y que tiene la jeta de  presentarse en público para justificar las actuaciones no éticas. Pero la mayor investigación no es la noticia del momento, esto o lo es, si no la perpetuación de una misma clase de eventos. Gestores y ex gestores del poder que siguen mintiendo sin que nada, en este sistema dado, les pare los pies, es decir no se haga eco de lo que sale por sus bocas.



[1] Hasta aquí, fragmento enviado al semanario elPais Semanal.

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