FLUENCIA TRANSCULTURAL

Taquisverbia

Taquisvérbicos.De la oratoria  y elocuecia a la palabrería insulsa.

En una película que ensambla como cortos el trabajo de taxistas durante la madrugada en distintas ciudades del mundo, recoge a un cura al que trata de obispo desde el primer momento y que insiste en confesarse. El pasajero no se encuentra muy bien y su tímida protesta porque o es la forma apropiada no disuade al  chofer, que no puede ser otro que Roberto Benigni, un prosaorálico imparable que no para de sacar patatas calientes de su saca de pecados. De pronto se da cuenta que se ha quedado solo hablando, mira por el retrovisor y teme que el pasajero haya muerto, algo que efectivamente confirma después. El chofer no para de repetir: lo he matado, lo he matado. Al taxista no le queda la menor duda que su verborragia irrefrenable ha sido la causante del desenlace. Estaciona el coche para sentar el cadáver en un banco de una plazoleta donde lo deja recostado y con sus gafas de sol puestas para disimularlo. Luego se va. Los hablantes rápidos no dan respiro, ni siquiera para respirar, ese es el caso. No sé si hay casuística real de un hecho de este tipo pero su ideación permite suponerlo. Tal vez sufrir un infarto por una escucha forzada cuando todo lo que se desea es calma no quede noticiado pero sí que se muere por peleas verbales, en las que no intervienen las manos ni ningua arma agresiva. La tensión en las polémicas ha propiciado ataques cardiacos. El que habla todavía tiene la posibilidad de vehicular lo que desea decir pero el que calla tiene que aguantar el chubasco del otro aguantándolo a la intemperie. La estrategia es oír y no escuchar pero eso no siempre se sabe hacer.

De cuando en cuando, el taquisvérbico (aquel que habla palabras a mayor velocidad de lo que las piensa) es el tipo de persona que te pasa la mano por la cara  y decide pronto y rápido quien eres y lo qué haces en la vida con su ojo de matadora. Gracias a su comportamiento verborrágico imparable el observador tiene la oportunidad de que la verbalización es ya una forma de poder entre hablantes y oyentes. Antes del lenguaje articulado se supone que las onomatopeyas y los sonidos cargados de furia eran lo suficientemente imponentes como para paralizar la acción del otro. La cultura verbal ha suavizado eso pero básicamente el monopolizador de la palabra verbal lo que hace con ese rol es colonizar o invadir el espacio sonoro con su discurso. No está de más preguntar como primera pregunta si el otro que está de oyente tiene tiempo o ganas para recibir todo el saco de patatas calientes con que el hablante compulsivo tiene ganas de repartir. Esa pregunta previa, respetuosa y correctamente protocolizada facilitará que la demanda de atención sea correspondida con una atención activa, con una escucha real.  He podido observar que las personas taquisvérbicas que llegan a escena y dicen muchas cosas, a veces con pseudobalbuceos y faltas de vocalización, consiguen que una buena  parte del auditorio retenga menos información.  A menudo he podido comprobar que de aquel que habla sin parar en una velada no te acuerdas apenas nada de lo qué dijo y en cambio de aquella otra persona que solo abrió la boca para decir una cosa y sólo una sí la recuerdas.

Hablar es bonito si eso facilita la comunicación, por tanto si permite la combinación de voces sin que se solapen. Cuando alguien habla tan rápido que no da tiempo con sus pausas para que el otro oyente pueda hacer de hablante suceden dos cosas; una que no averigüe nunca si realmente es escuchado y/o comprendido; dos, se pierde la oportunidad de enriquecerse con lo que el otro diga. Admitamos que hay personas que solo viven para su espejo y para sí mismas con una inconmensurable egolatría y lo que menos les interesa es aprender, tampoco enseñar, pero sí y mucho imponerse.

Los sujetos áfonos o con la voz debilitada están obligados a aprender estrategidas de supervivencia en unas coordenadas sonoras en las que se habla alto, demasiado alto, propiciando los alto hablantes por una cultura que sigue teniendo más de primitiva y poco de sofisticada.

Los espectáculos de las jaulas de grillos siguen siendo bochornosos. La calidez de la entrevista (entrevistador más invitado) permite una conversación en profundidad sobre el tema convocado, algo que los arcos de gentes citadas con cachés de pago para pelear sin reparar en gastos de saliva ni gritos  no lo hayan entendido todavía, Asistimos a un fenómeno de eclosión de la estupidez humana. La comedia de la raza sigue cursando igual de mal como en los peores tiempos solo que ahora como todo es mucho mas agigantado el error multiplicado por millones de plagios del mismo se convierte en  la tasa común de normalidad. Los más avispados saben que la guerra social se extiende al campo digital y por añadidura al imaginario. Todo el mundo anda construyéndose un personaje (o dos, o varios) sin el menor sonrojo y quienes se revelan con lo que realmente son, declaran a gritos sus burradas aceptando incluso con orgullo que sus cascos no dan para más. Asistimos a un nuevo fenómeno de la incultura, que no de la subcultura, que es la inculta en su fase tecno. Así como en grandes megápolis como la londinense hace décadas un pobre en la bancarrota absoluta tenía que ser lo suficientemente rico como para pagar si viaje en metro hasta el aeropuerto donde pasar la noche, ahora nos encontramos que un pobre cultural, empobrecido de palabras pero también de conceptos puede declarar sin el menor rubor que odia la poesía porque no la comprende o no la entiende o pe una paciencia que no tiene y a la vez reconoce que le falta romanticismo en su vida sin advertir que las razones que alega a su odio se le vuelven en contra de si mismo ya que un sujeto que odia lo que no comprende es potencialmente un cero a la izquierda porque ese odio lo puede extender a cualquier parámetro que le resulte intelectualmente inalcanzable. La cuestión observacional es el desparpajo con que se declara la poca cultura pero se oculta con abocamientos verbales a chorro de lo que sea y multitemáticos sin dar tiempo para hablar de todo tal como va viniendo y con calma.

Lo mas llamativo de todo es ese orgullo propio de descerebrados  por formar parte de una incultura creciente pero eso si tecnologizada al máximo. Hay otro orgullo impagable y no superado por nada, el de ser libre. Es el orgullo de una libertad que permite enfrentar al de la auto negación a ser y a aprender y a superarse diciendo a los candidatos a la ignorancia a perpetuidad en las filas en las que están y a lo que se arriesgan. El problema es que el resto de la población sufre y seguirá sufriendo por aquella otra parte más dada a su supervivencia fósil y poco más.

El mundo no se divide entre los que saben y los que no saben sino entre los que aprenden y los que no aprenden, los que quieren aprender y los que no quieren aprender. Detrás un proceso intelectual y en general creativo hay miles de horas y muchos años de duro trabajo de perseverancia en la indagación de la vida. Rosa Montero tiene razón al decir que el artista se parece más al perseverante picapedrero que no al iluminado. Si no trabajas cada día, si no insistes, si no te hurgas, rebuscas y recreas  entonces no es posible que crees.

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