FLUENCIA TRANSCULTURAL

Lecciones de la muerte.

Lecciones de la muerte (la de los demás).

Las lecciones del morir siempre son las que pasan por la muerte de los demás. Obvio. De la muerte propia el muriente no puede hacer uso de su aprendizaje. Un esoterismo ha querido encontrar en la reencarnación la continuidad del alma transmigrante y un caudal de identidad y saber trasegados a través de los siglos de cuerpo en cuerpo. Eso hubiera estado muy bien porque al nacer el individuo humano nacería sabio con una sabiduría acumulada a lo largo de sus vidas anteriores. No es así, el individuo humano nace con un máximo de indefensión y un máximo de interés en la exploración. Lo primero está en la base de la inseguridad y la ansiedad y lo segundo en la base de la inquietud y el descubrimiento. Luego al morir, deje o no un alma, en el supuesto de que esta vuelva a cometer la torpeza de seguir aferrada a la materialidad y a la tierra renacerá con la misma indefensión y falta de saber. Por su parte,  un humanismo filo-teosófico ha terminado hablando de un dios en singular, en mayúscula y en masculino; principio y fin de todo lo sabido y por tanto de la fusión de todas las almas en nómina. Si la lección es para alguien es para el que se queda no para el que se va ¿pero cómo el muriente puede decir lo que siente al viviente? Las experiencias más íntimas y personales son intransferibles y difícilmente comunicables. Cada cual tiene que tener su propia experiencia para saber de lo que se habla. Se puede hablar todo lo que se quiera de las experiencias pero cada hablante tiene que haber experimentado las suyas, de otro modo no sabrá de lo que habla. De muchas cosas preguntadas solo cabe decir: experiméntalo, hazlo por ti mismo. Eso desplaza todo eslogan que pide la credulidad o la fe en lo declarado. Parece que Calígula le preguntó  momentos antes de morir tras haberse cortado las venas a uno de la corte que se sentía. Ni siquiera en ese momento sagrado su voluntad de separarse de los vivos fue respetada y el tirano ni tuvo el menor respeto lo cual ya formaba parte de su conducta. Pero ni el muriente puede decir lo que significa realmente morir ni el observador puede atestiguar nada que no sea un relatorio de síntomas concretos.

Quien conoce su cuerpo sabe o debería saber cuándo va a morir. Quien es consciente de los riesgos sabe o debería saber cuando está en situaciones de peligro real en que la muerte deja de ser la hipótesis de un acto indeterminado para convertirse en uno que ve aumentadas sus probabilidades de suceso. Hay acontecimientos luctuosos a diario y en el mundo entero que son crónicas de muertes anunciadas. Las conductas de riesgo, que viven sin tomar medidas de seguridad, son más proclives al accidente, a la muerte prematura, a la muerte violenta. Por el contrario las conductas previsoras y organizadas que toman sus medidas de seguridad lo son menos. No es cierto eso que se decía que la muerte está al acecho y que os puede pillar en cualquier momento porque se desarma una pieza de una cornisa en el centro de la ciudad o porque se nos cae el edificio encima.  La práctica totalidad de los accidentes mortales son previsibles y los estudios de comportamiento demuestran que pueden ser reducidos desde las educaciones posturales, las de desplazamiento, las de conducción y las de contactos de riesgos. Se puede hablar de unos umbrales de relativa seguridad existencial y de márgenes de peligrosidad en un gradiente creciente. Según se viva una vida, la muerte es algo que puede ser más o menos buscado semiconscientemente.  Se haga lo que se haga siempre hay que contar con reveses inesperados que surjan por parte de factores peligro ligados al otro desconocido. Así como en la carretera no se puede descartar que alguien salte de su carril y venga en dirección opuesta por el del sentido de marcha de uno o se abalance encima, en el resto de las escenas existenciales siempre puede darse el caso de que algo o alguien choque frontalmente contra ti negándote el paso y a continuar en vida.

La vida contante es un margen de probabilidad entre la energía que se tiene y las limitaciones naturales mientras no haya interrupciones que la impidan. Sigue siendo demasiada gente la que sigue muriendo por razones artificiales y factores lesivos con muertes totalmente evitables. No se suele volver del otro lado de la muerte para explicar el significado del morir, aunque los estudios que se han hecho de muertes clínicas y retornos a la vida después de minutos de desconexión material refieren la placidez y un más allá. Lo que no está demostrado es que este más allá tenga algo que ver con la eternidad. Puede ser un dossier de imágenes latentes capturadas por el sistema nervioso.

Según uno va pasando su itinerario personal en la vida lo va llenando de referencias con las que nunca tendrá un contacto directo. La farándula es una proveeduría de esos referentes a los que se conoce por sus trabajos  artísticos o filantrópicos de los que ha habido un beneficio indirecto. Haberles dado entrada en el propio campo informativo es en parte como si formaran parte de la familia contemporánea. En la medida en que va pasando el tiempo, las noticias de sus muertes se reciben con un sentimiento de pérdida. Se comunica  públicamente su edad de fallecimiento  y suele hacerse también por lo que hace a la causa a la vez que se proporciona una reseña de su obra y biografía.

Según se va viviendo son más y más los nombres conocidos, sea de relaciones particulares directas o de referencias de personalidades célebres de los que se  van dando noticias de sus muertes. Si se vive lo suficiente son muchas las personas que mueren antes que uno. Sus muertes son una invitación implícita a reflexionar sobre la finitud.

El extraordinario potencial de  la mediática y del consumo de noticias ha llevado incluso a vender exclusivas de procesos agónicos pero para chasco de todos la muerte no es algo comunicable. Lo es el proceso previo que conduce a ella, la decrepitud, la pérdida de sentidos, el dolor, el trato con el cuerpo decadente, la convicción de desaparecer, el temor ante el después,…pero lo que no es transmitible en primera persona es ese acto del fallecer, la parada cardio respiratoria, la línea plana en el medidor de las constantes.

Hemos especulado mucho sobre la muerte. Llega a ser un tema recurrente sin tener porque ser obsesivo. Morir o no morir es el dilema complementario al de ser o no ser. No ser ya es una forma de morir en vida aunque se siga respirando, comiendo o andando. A diferencia del análisis clínico la concepción filosófica de la muerte es distinta. Hay muertos en vida y vivos que para lo que hacen o van a hacer más les valdría estar muertos o que no hubieran nacido. Dejémonos de remilgos no todo el mundo es un candidato idóneo para la vida, muchos vivientes vienen a estropear las vidas ajenas. Lamentablemente no hay modo de hacer predicciones a priori sobre esto.

La experiencia del morir es tan incomunicable como la del nacer. Para cuando el muerto es muerto ya no puede comunicarlo, ya no es, no puede ni tiene nada que decir. Su alma, si la tiene, estará en otros negocios. Por su lado, mientras los de los reality Shaw no exploten esa cantera, nadie va a preguntarle al neonato lo que siente al nacer y no se le recibe con un aro floreado hawaiano. Son experiencias demasiado intensas como para andar perdiendo minutos para satisfacer la curiosidad concurrente. El común denominador entre el que nace y el que muere en edad avanzada es el cambio de estado sin saber lo que le espera. Eso promueve una cierta ansiedad en el adulto, dependiendo de cómo haya sido sus tratos intelectuales con la metafísica y su evolución espirirtualística. El salto de un estado a otro, el del viviente al del muerto también es el que va de un estado de conciencia a la –sabemos mientras no esté demostrado lo contrario- a un estado de no conciencia. El cambio de estados no es explicado aunque tenga infinitud de especulaciones. Hay otros saltos de estado que no son tan fáciles de explicar. Los observadores de la clínica del sueño pueden establecer exactamente en qué momento un sujeto observado pasa de la vigilia al sueño y de este al sueño profundo, pero el propio sujeto sigue sin poder informar sobre eso. Uno sabe que se acuesta y conoce si le cuesta poco o mucho dormirse, así como si se despierta durante la noche, pero no se sabe exactamente en qué momento y que pasa en el salto de la vigilia a la inconsciencia total. Puede informar de cómo se acurruca, de la postura que más le gusta, de la hora en que se acuesta, de si se duerme inmediatamente después de hacer el amor o no. Pero el cambio concreto de estado en tanto que concurre una pérdida de conocimiento no puede ser informado. En cuanto al observador podrá informar de ese cambio de estado por la presentación de unos ritmos distintos en la respiración y en la frecuencia cardiaca.

Si entre el vivir y el morir hay un cambio de estado –para la consciencia- parecido al que va de la vigilia al sueño no hay porque preocuparse, irse a dormir cuando se está muy cansado es una de actividades, precisamente no actuando, más placenteras. Se ha informado que uno se pasa la tercera parte de su vida de durmiente.  Durmiente es también una palabra de despecho empleada para las personalidades inconscientes que se pasan la vida sin enterarse de gran cosa.

La gran lección de la muerte que cabe inferir es que libra al muerto de continuar viviendo, mezclándose con experiencias que ya le sobran, con gente a la que ya no aguanta, con la dependencia de los energetizantes materiales y ligado a la rueda supervivencial como si darle vueltas a una rueda de molino se tratara.

Los muertos nos llevan una gran ventaja con respecto a los que seguimos vivos. Tienen una acción adelantada y, lo que es más importante, no tienen ningún compromiso para continuar citándose con la materia y con los humanos. Admiro a los murientes que asumen su desenlace sin el patetismo de muchos hospitalarios de ucis/uvis que tienen ataques de miedo y regresiones infantiles no parando de llamar a las enfermeras dando espectáculos deplorables además de incordiar con esa papeleta. Me gustaría morir junto a alguien que amara o amara o con quienes experimentara, como recurso de última hora, un flujo de cariño y simpatía, cogiéndole la mano y notando la presión de la suya sobre la mía. Para nada me gustaría morir despanzurrado en la carretera porque un asesino al volante me tomara por su diana de aquel día o de un balazo o una esquirla de metralla. Me gustaría morir sereno y tranquilo y con la posibilidad de despedirme y no atiborrado de morfina para que no me enterara de la situación.

Si hay una elección a aprender ante el desenlace de la muerte es  la de la dignidad. La de aceptar el retorno a la tierra como el desagregado inminente en el que un cadáver en descomposición o incinerado se convierte. La vida es muy divertida, una invitación a la lujuria de los placeres y un proceso intelectual envidiable hacia metas comprensivas. Tan pronto los dividendos en lo uno y en lo otro ya no son los que eran y la fuerza corporal se va agotando el paso siguiente a dar toca razonablemente que sea el último. Daniel Penac dice que el humor permite ejercitar una forma superior de dignidad humana. Es una idea operativa que también se puede aplicar a la situación que nos ocupa. Todo el bombo y platillo que se aplica a los muertos ya en sus féretros tanatorialmete dejados a punto no está exento de curiosidades que rayan el ridículo. Las medallas al mérito por morir están llenas de falseamientos de los detalles. El responso para el muerto que no tiene nada que ver con el real de lo que hiciera en vida es para pasarlo por consulta (censura) previa. Un muriente con días de agonía suficientes debería contratar un bufón para que le acompañara en sus exequias y prohibir terminantemente que se aprovecharan los vivos –a menudo demasiado vivos- para reclutarlo para una causa u otra. Como el muerto sabe que tiene poco que decir en tal estado, si además se supo obediente de tradiciones y reglamentos cuando estaba vivo, no tiene tantas opciones.

Las efemérides para las despedidas de los muertos deberían ser invitaciones con listas cerradas y no convocatorias a la iglesia con esquelas en las que se puede colar cualquiera. Pongámonos en el lugar del alma flotante junto al cadáver viendo como acudían al evento enemigos, traidores incluso sus `propios asesinos `para disimular arrepentimientos que no sentían.

Lo interesante del muerto, lo mismo que del neonato, es que tiene garantizado su nombre para alguna clase de registro. En un canal pasan en el horario nocturno los nombres de los muertos de cada día de los servicios funerarios. No son pocos. Nombres y dos apellidos para que no haya confusión. Nada más, y nada menos.  Es la lista de los impresentes. Un par de segundos de gloria de su nombre publicado por televisión. Es la lista de los que aquella noche no tienen necesidad de saltar de la vigilia al sueño porque han saltado de la temporalidad al sueño perpetuo.

 

 

 

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