FLUENCIA TRANSCULTURAL

Un contrato como destino.

 Un contrato como destino. JesRICART

En Vagas noticias de Klamm[1] de Sanchis Sinisterra  una solicitante de un empleo que se presenta en una oficina de personal de una gran empresa con un supercurrículo tan fantástico como increíble es puesta a prueba por un jefe de personal que la somete a determinadas pruebas evaluativas de carácter psicodramático para decir su seleccionabilidad. La chica causa buena impresión y hasta da casi por seguro que van a contratarla, por su parte los empleadores sabe que la política de contratación responde a una estrategia para deshacerse de personal sobrante ate situaciones de crisis para complacer a los accionistas. Los encargados de la selección obedecen órdenes del mando superior de la empresa. Klamm es el nombre de alguien de la jefatura jerárquica que no aparece en ningún momento y que está en una planta superior vigilándolo y controlándolo todo. La sensación de empresa es la de la indeterminación. Su definición organísmica mas considerada es la de aquella organización en la cual quienes mueven los hilos son los que están ausentes o que ni siquiera están. El encuentro entre una asalariada en paro y un profesional asalariado que ha de decidir si facilitarle el acceso a un puesto remunerado representa el encuentro de la mayoría de seres anónimos entre quienes tienen la posibilidad de facilitar el paso y quienes solicitan pasar. La microfísica del poder es la que permite que cada individuo social detente el suyo para vetar al otro o facilitarle la vida. Esa minúscula parte en su ejercicio no significa que a su turno el intermediario con una cuota de poder no sea un sumiso sometido a otro con una cuota mayor. Las estructuras jerárquicas (desde la empresa elemental al ejército más sofisticado) son organizadas en torno a  un reparto y una delegación de poderes en el que los intermediarios obedecen órdenes aunque no las comprendan a cambio de conservar sus pellejos y sus puestos de asalariados.

El esquema se puede transpolar a todos los niveles organizativos conocidos que conforman la sociedad estructurada, es decir el sistema económico-político con sus leyes de funcionamiento muy precisas al margen, y a veces en contra, de los códigos legales En una relación de un/a solicitante de un puesto con su performance para convencer que es la mejor opción, su capacidad para exagerar (es decir para mentir) y el que la tasa, la escruta, la investiga hay, de entrada, unas coordenadas difíciles para el feeling. En el ámbito de lo laboral y lo comercial es donde más en evidencia se pone la naturaleza transaccional de las relaciones humanas, aunque de hecho no hace más que sintomatizar esa verdad sin equívocos que se da en todos los demás tipos de relaciones. La seriedad de la transacción concreta es que se mueve con cálculos y  pautas no decididas por las partes. La cita profesional es para aparentar lo que no es ante alguien que lo que ofrece siempre está en función de su lugar en el mercado. Existen manuales de comportamiento para las entrevistas por parte del solicitante y también por parte del management, existen análisis psicológicos rigurosos que permiten interpretar la fiabilidad de cada quien a través de su gestualidad o comunicación no verbal. Un fisiognomista entrenado puede saber no solo cuando miente alguien sino más fácil cuando está inseguro con sus respuestas. Técnicamente sería imposible mentir a un polígrafo (aunque excepcionalmente otras respuestas interpretadas como mentiras por alteraciones fisionerviosas no lo sean) y profesionalmente tampoco a un experto en un campo de especialidad ante un solicitante que dice ser experto en él. Eso es un campo transaccional al más puro estilo de elegir al mejor postor u oferta. Otros campos transaccionales también pasan por la evaluación del otro como posible candidato a la accesibilidad a la sentimentalidad e intimidad.

Lo interesante de la psicología industrial para la psicología general de las relaciones es que en aquella nadie se engaña con respecto a priorizar conceptos como efectividad, capacidad, rentabilidad, formación de los sujetos por encima de su humanidad, ética, sensibilidad o crítica. Lo que interesa de un empleado no es tanto su capacidad de decisión como su capacidad de sumisión, aunque claro está, hay un tipo de cargos intermedios que son ofertados para perfiles que sean óptimos para tomar decisiones, saber trabajar en equipo y saber representar los estándares de la empresa. Sí, pero con las alas recortadas para otras cosas. No hay que olvidar nunca que en una empresa (grande o pequeña) la capacidad de intervención autónoma de los empleados termina justo en aquellas funciones directas reservadas para los que representan los intereses de fondo del organismo.

En la empresa capitalista y más concretamente en la sociedad anónima  el sentido de cada individuo contratada pasa por su funcionalidad. Los temibles reajustes periódicos de la fuerza de trabajo a los que tanto se enfrenta sin éxito el movimiento sindical son la expresión lógica y esencial de la evolución empresarial. Llamar a los empleados colaboradores no cambia esencialmente la cuestión. El empleado contratado que anda buscando un contrato con su destino o su puesto definitivo nunca deja de estar sometido bajo la espada damocliana que le puede cortar los hilos de su actividad en cuanto esta sobre a la empresa. Los directivos de empresa se distinguen por su absoluta habilidad en no sentimentalizar ni empatizar con sus subordinados sin en su fuerza para desprenderse de ellos cuando la política de empresa, es decir las órdenes de mando, lo exijan. No importa que ese individuo con una cuota de poder intermediario sea un palurdo o esté menos enterado de las cosas básicas de la vida o de la formación que su solicitante, como es en el caso de este libreto, lo que importa y así es valorado es su capacidad de cumplir órdenes y de aparentar un funcionamiento organizativo eficaz aunque detrás de su pantalla no haya nada consistente e incluso la empresa tenga bastante de fantasmática.

El mundo empresarial, el de las páginas salmón, el de las entrevistas de alto nivel con terminología de club selecto, no deja de ser otro submundo más en el que unos infelices se relacionan con otros para ver si su contacto va a ser repetido o va a ser archivado, es decir archivado en la papelera. La máquina oficinesca donde sucede el encuentro tiene un aparato que parece cobrar vida propia, chirría y enciende sus luces pidiendo que los currículos de los solicitantes pasen por sus dientes para triturarlos. El gesto del jefe de personal dando de comer ese bicho mecano eléctrico concentra la verdad de toda la historia. De lo que hubo no queda rastro. Cruel como la vida misma: una inmensa mayoría de situaciones que chupan tiempos por ambas partes no dan lugar a segundos contactos de ningún tipo. La sociedad del libre mercado ha llevado a la categoría de normal las formas más despersonalizados de trato humano no haciendo acuse de recibo ni siquiera muchas veces a la solicitudes. Eso podría ser excusado en situaciones de avalancha de solicitudes pero no en entrevistas cuyo balance del resultado puede ser informado en realidad al final de las mismas en lugar de dejar creer al infeliz del candidato que tiene un puesto casi conseguido.

El sistema es esto: la vaguedad de sus responsables, la sombra de sus amos. Los cargos intermedios tienen la coartada por su falta de ética en el hecho de pertenecer al ámbito de dominio de esos poderosos a los que se doblegan. Hacen como ese profesor académico que negó su corresponsabilidad de lo sucedido en Alemania tras su participación como miembro del partido Nazi (Heidegger por supuesto, un caso único de pensamiento brillante conciliado con una falta absoluta de visión histórica y de ética personal).



[1] Representación vista en la Sala Beckett de Barcelona en juio del 2009

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