FLUENCIA TRANSCULTURAL

Ante la ignorancia

 Ante la ignorancia[1].

Nadie (ningún humano) nace sabio ni con todos los conocimientos en su haber, tampoco tiene la suerte de que sus procreadores lo sean o los tengan. Tiene una vida por delante para paliar ese déficit, Unos 3/ 4 de siglo después, o desde antes, la gente se pone a morir y cada cual concluye lo poco o mucho que aprendió. Hay de todo: quienes hacen de su vida un recorrido por la ignorancia y quienes lo han hecho por el estudio, la reflexión, la destilación de sus experiencias  y el saber. La verdad es que andamos escasos de sabios. O inferimos que una vida es un plazo demasiado breve para saberlo o que aún siendo suficiente la mayoría opta por divorciarse del conocimiento. Propongo la segunda idea. Si es así, el homo sapiens es la especie humana que menos individuos inteligentes produce.

 Cuando necesitamos enmarcar los orígenes de la mayoría de temas filosóficos seguimos acudiendo a una antigüedad lejana. Hace más de dos mil años ya se pensaron las cuestiones cruciales de las tesituras humanas, la de la ignorancia también. Podemos tratar de añadir algo más al respecto que no se limite a los estándares que recojan los deseos por combatirla y reducirla. De la ignorancia lo inmediato que hay que decir es que cada cual es responsable directo de la suya, lo mismo, sea dicho de paso, que de su higiene corporal o de ingerir su alimento. Nadie puede comer o evacuar por nadie. Tampoco puede aprender por nadie en el sentido de substituirle el aprendizaje que le toca hacer. Ante quien no quiere aprender toda la sociedad fracasa. Ante el caso individual del desconocedor el problema pasa a ser de todos. Basta que haya un solo individuo en la ciudad que no sepa interpretar las señales de tráfico, que no sepa comportarse en público, que no sepa manejar su auto, que no sepa beber, que no sepa hablar, que no entienda, que   no  haya aprendido los protocolos del respeto para que el resto de los ciudadanos estén en peligro. Uno o muchos van a topar con aquel fichaje y se va a encontrar con problemas. Esa suposición es un tanto benigna ya que parte de la idea de un no saber cómo (des)atributo del ignorante confeso cuando para todo lo dicho lo que predomina es un no querer. Lo diré pronto y rápido no aprende a vivir quien no quiere aprender. No aumenta sus conocimientos y saberes quien se niega en redondo a hacerlo. No hay ser más involuto que el que no quiere evolucionar. Algo de eso nos dejó un legado remoto: no hay más ciego que el que no quiere ver. Esa tesis no por ser tan popularizada fue más eficaz y es que las huestes de la ignorancia pueden aprender frases hechas pero no se enteran de la dimensión de sus contenidos.

La ignorancia no es un hecho consubstancial a la vida ni a la sociedad, es propio de la mediocridad de la que hacen ostentación los individuos  que confunden sus limitaciones de partida con sus características a perpetuidad.  Como otros déficits existenciales lo peor de la ignorancia es no ser concienciada por el ignorante. Es así que se puede pasar la vida con 4 verbos escasos un par de cientos de palabras y la reincidencia en hábitos existenciales que no lo van a sacar nunca del arroyo en el que vive como una ameba sin demasiadas ambiciones de superación. Desde los albores de la especie siempre hubo individuos indispuestos a aprender de las cosas y que convirtieron los acontecimientos en motivos de temor corriendo a esconderse ante los rayos o la llegada de la noche. Para contrarrestarlos siempre hubo tipos que se extasiaron ante el espectáculo de la naturaleza, sus transformaciones y colores, tomaron notas y aprendieron de ellas. Lo único que explica el nacimiento de la ciencia es la capacidad de observación primero y la de entendimiento después, de unos individuos que se preguntaron los por qué de las cosas. Fueron una minoría, pero gracias a esta minoría hoy disponemos de ordenadores, bibliotecas o teléfonos. Por esta minoría que se fue perpetuando e insistiendo a través de los siglos, hoy una mayoría se puede valer de sus hallazgos. La actualidad sigue siendo así; ante fenómenos que no entienden las huestes ignorantes siguen corriendo para esconderse bajo el felpudo o se parapetan con frases hechas o con insultos. Un articulo largo pero sencillo cortocircuita sus escasas entendederas, pero otras pautas aún más simples (las señales de tráfico antedichas o la lectura de los índices económicos) tampoco sabe interpretarlas, o solo eso, hacen de su no conocimiento un elogio a la estulticia, algo de lo que Erasmo ya nos previno.   Ya no importa si han tenido muchos o pocos años de escolarización, si han ido a una  escuela de pago o a otra de “caganers”[2], que se decía en catalán, refiriendo a la escuela primaria en la que no se pagaba. Tampoco es tan significativo si han terminado una licenciatura universitaria o han pasado por un programa de intercambio de cursos en el extranjero; o no lo es, desde que la masificación de títulos universitarios no es garantía de una extensión de la capacidad intelectual elevando el índice medio de intelectualidad de la población. El prototipo del ignorante es el que se hace a sí mismo, el que se empeña en seguir siendo un zoquete toda la vida sin aceptar las oportunidades que le son ofrecidas para aprender lo básico. Es quien se niega a estar abierto a la información, mucho más a relacionar críticamente los datos de los que dispone. Es el que se queda a dos velas ante conceptos manejados por otros, es el que se aburre en una conferencia o toma un asiento cercano a la puerta para escapar tan pronto el humo asoma por sus oídos.

El perfil del ignorante es el que lleva a conmiseración. En el fondo se siente agredido por no entender ni jota, por calentarse los cascos a la lectura de la tercera frase que le supera, el que sabe que lo escrito no es para su mentalidad, que su capacidad es débil y no puede interpretar los ímputs que recibe. El ignorante, digámoslo ya, es un deficiente intelectual, que o tiene la menor justificación de ser a no ser que tenga por substracción su debilidad mental.

La frontera entre debilidad intelectual y debilidad mental es conceptuada  correctamente pero imperfectamente definida. El débil intelectual es quien no usa su voluntad para dejarlo de ser, el débil mental es quien su substrato neuronal no está en forma como para permitirle intelectualizar la vida. Hay síndromes neurodeficitarios con más voluntad y más interés por la vida que otros que teniendo masas encefálicas en principio impolutas su comportamiento indica que son cerebros planos. Por esa expresión “cerebros planos” nos referimos a los que no piensan. Toma la imagen plástico del so encefalogramas planos. A diferencia de otro órgano corporal con problemas (un miembro amputado por ejemplo) el individuo humano con cerebro plano tiene algunas capacidades resueltas: puede conducir, llevar una máquina en su fábrica, manejar incluso el ordenador, chatear, pasar exámenes, cumplir un horario de oficina, seducir, comer y otros muchos detalles cotidianos aparentando ser un humano completo sin serlo en tanto su capacidad de interpretación de la existencia es nula o cercana a cero. En el ámbito del déficit sensorial y motor se dice que el concepto de minusvalía que se ha empleado abundantemente para una minoría de personas con problemas de locomoción, ha sido un empleo equívoco, ya que la más mayoritaria de las minusvalías (la intelectual) no es socialmente reconocida. Esa minusvalía, insisto, depende más de la voluntad, es decir de la no voluntad del sujeto afectado por superarla, que de causas exógenas como sí concurren en el caso de la polio o de parálisis cerebrales, espinas bífidas  o esclerosis múltiples.

Si el ignorante es un minusválido en la práctica hay que tratarlo en consecuencia, explicarle mejor las cosas, ayudarle con atenciones especiales, también reeducándolo, reforzándolo. Todo este sería el método si no fuera porque el ignorante lo es a rabiar por convicción y proclama. Lo es no porque tuviera las fuentes de información cerradas o porque se pasara toda la vida encerrado en una gruta (por cierto hay pastores rurales  y eremitas  aislados que tienen más saber y han desarrollado mas su inteligencia que urbanitas sobre estimulados que siguen clavados en sus agujeros metafóricos de no querer aprender) si no porque no acepta la enseñanza ajena, no aprende nunca un método de análisis y vive la vida lo más mecánicamente posible.  Tiene suficiente con vegetar y dejarse estimular por las cuatro tonterías espectaculares de cada día. A fuerza de tontear es más tonto que nadie y su cabeza poco a poco se va configurando como el balón que contiene aire (al menos un balón contiene aire, hay  descerebrados que no contienen nada) y que solo sirve para recibir patadas. La etiqueta nos obliga y no vamos a usar las cabezas de los ignorantes para los juegos de pelota (no porque no se lo merecieran sino porque olerían mal y su esfericidad tampoco es la adecuada) pero sí nos toca considerarlos en su función lastre en la sociedad que nos toca compartir con su abundante presencia.

Un ignorante es un enemigo social, un enemigo público declarado. En tanto prefiere no enterarse de nada, obliga, indirectamente, a que otros trabajen para él, le saquen las castañas del fuego, se preocupen por la planificación y por los análisis. Es un contra-evolucionista por definición. Su frecuencia pone en aprietos la teoría del humanismo incondicional y desalienta al filántropo más abnegado, es el arma secreta de los grandes poderes para desmotivar las militancias revolucionarias.  Es cierto que la mayoría de ignorantes acaban aceptando sus roles sociales de subalternos, de supervivientes y punto, de acríticos y de tullidos fácticos. Son los impostores que siempre hubo por no saber lo que por ética y obligaciones prácticas es exigible saber en cada momento. En la cotidianeidad presencial el ignorante trata de esconderse. En seguida queda expuesto como tal en los primeros minutos de conversación sobre temas de la llamada cultura general. El problema en los protocolos sociales es para que no se queden fuera de debate (pobrecitos) es no hacerles sentir mal. La vida diaria nos pone continuamente en contacto con ellos y lo peor de un ignorante es que ignora el daño o el prejuicio que ocasiona a los demás. Su tasa de comprensión es baja, no solo para lo científico o lo conceptual, también para asuntos concretos, incluso los relacionados con su propio oficio del que supuesta es especialista.

Quien quiere aprender aprende, parta de la situación que parta, sea cual sea su estatus social y sus medios. Ya ha sido calculado que todo el mundo puede formarse en más de una carrera universitaria solo utilizando los tiempos muertos de sus desplazamientos en buses/trenes. Si no lo hace es porque no quiere. Si no se lee es porque no se quiere no porque no se pueda. Ese no querer está en la base del drama existencial. La comedia humana se recrecenta cuando al amparo del anonimato el psicoperfil del ignorante es el de celebrar su ignorancia como lo mejor que le haya podido ocurrir, cuanto menos consciente es con más derechos a la brutalidad se siente, cuanto menos sabe más desprecia a quienes saben. Históricamente los incendiarios de bibliotecas y de libros eran esos pobres palurdos que se sentían afectados por no entender nada del saber tomándolo como un ultraje contra sus limitaciones. Su lema siempre ha sido “lo que no entiendo no existe”. A lo cual añadían “…y si insiste en existir yo acabaré con ello a la fuerza”. El ignorante no es pues solo el tontito, que también, que no se entera de la gramática, ni traduce el valor de las palabras, si tiene paciencia para seguir una historia que le cuentan, sino también el protofacha lesivo que puede ocasionar daños serios a una cultura y al patrimonio de una comunidad. Hay que acabar con su figura. Voto por tal conclusión contundente ¿cómo?

Durante siglos las propuestas educacionales han parecido las más inteligentes para enseñar al que no sabe. Tales propuestas no contaron que el que no sabe se convertiría en una figura instituida y pontificada en que ya la iría bien no saber. Aquellas propuestas no contaron con la involución de la raza humana, entiéndase de su capacidad intelectual. La especie humana, debido a su crecimiento demográfico, ve mucho mas aumentada su población infra intelectualizada que no la intelectualizada. Las nuevas culturas lejos de ser exquisitas pasan por los videojuegos y por la insistencia en argumentos de violencia. No es nada extraño que los cerebros planos sean multitud (un instrumento estadístico del futuro demostrará que es la mayoría). Las instancias de especulación de industrias de explotación interesadas e esclavos sumisos estarán de suerte porque estos ignorantes se limitaran a vender sus idas por dinero y nunca les discutirán su esclavitud. Para la ciencia ficción, esas huestes de ignorantes del ahora serán las huestes de soma del mañana, es decir que nacerán sin inteligencia pero con corpulencias preparados para el trabajo. Sería (sería)  la sociedad al fin perfecta: la activida por fuerza de trabajo absolutamente mecánica de las no-personas, es decir de los no preparados para el discurso racional, trabajando para que vivieran a sus anchas la sociedad selecta viviendo en el total hedonismo. Hummmm, la escena es suculenta, ni Assimov llegó con su imaginación a tanto. Antiguamente la sociedad griega del pensamiento ya tenía el sector de la producción al cargo de los esclavos y la filosofía al cargo de unas élites que sabían vivir bien. Ambas imágenes no nos sirven para la actualidad no por un principismo ético mal entendido (la crisis conceptual del humanismo es de si ha de defender incondicionalmente a todos los humanos incluyendo a los antihumanos) sino porque algo de la tesis anterior (el individuo como único responsable ante su ignorancia) está contradicho por los múltiples factores externos que lo condicionan. A fin de cuentas el individuo más deficitario intelectualmente puede acudir a la escusa de ser rencoroso ante una sociedad en la que ha nacido que lo ha condicionado totalmente para ser un ignorante. En efecto, incluso en los tiempos modernos que tanto elogio se ha hecho del libro y que tantas veces se presenta el estado paternalista como facilitador del saber popular, la ignorancia sigue siendo el principal aliado de las castas dominantes que han hecho creer al populacho desde que aquellos eran dioses encarnados a que estos tenían que obedecerlos en todo. La ignorancia es la que sigue siendo responsable de la sumisión de los unos a los otros en sus versiones modernas, la ignorancia está detrás del hacinamiento y las patologías en muchas partes del mundo, la ignorancia es la responsable de no saberse alimentar, de tener hábitos patologizantes o de no saber analizar el mundo. Lo que ocurre es quela ignorancia no se encuentra en estado puro metida en una probeta, la ignorancia se manifiesta ay vehiculiza a través de los ignorantes, de las masas ignorantes, cabe decir, con las que compartimos edificios, carreteras, playas, locales de música, autobuses, aceras. Aparentemente todo el mundo parece que sabe a dónde va y lo que es. Hagamos la siguiente prueba de campo: pregunta directa a los transeúntes que opinan de la ignorancia. Segunda pregunta: hasta donde creen que llega la segunda. Hipótesis: la mayoría situa(rá) la ignorancia como algo ajeno a su persona.

Estrictamente la ignorancia es un fenómeno universal. Nadie lo sabe todo, somos sujetos atómicos, el renacentista ha desaparecida hace siglos. El orgullo de la especialidad de cada especialista ha ido en contra de su humanismo particular aparte de sabotear el humanismo de todos. Esa atomicidad reversiona continuamente el mito platoniano de la caverna. Pero no es de esta ignorancia de lo que está por conocer de lo que hay queja, sino de la ignorancia deliberada de lo conocido que convierte a los ignorantes en pesos pesados que impiden el progreso de los demás.

En términos cotidiano cuando un paseante tiene la mala suerte de pisar un excremento en la acera no pierde el tiempo discutiéndose con el producto. Si la mala suerte le lleva a tropezarse con un ignórate no puede dedicar su tiempo a ilustrarlo en particular si el ignorante hace elogio de su ignorancia, se le deja, es un subproducto con el que no tiene nada que ver.  ¿Eso es desprecio? Sí, es desprecio. Nos elogiamos y valoramos los unos a los otros por nuestros valores, quien no los tienes se le puede reciclar o abandonar en el charco dada su pasión de seguir haciendo de ameba.

Esa actitud no es más que autodefensiva, la inteligencia se tiene que auto defender de la imbecilidad, y la sabiduría prescinde de lo que se diga desde el desconocimiento. Dentro de las faltas humanas una muy crónica es la de de  ras tafari en su sentido denominacional originario ( head creator), admitámoslo: hay individuos que se nos parecen que nunca saldrán de su burbuja sensorial, nunca crecerán, nunca aceptarán entender la historia ni el mudo en el que están. Sin embargo ocuparán espacio, comerán, circularán y tendrán los mismos derechos que los demás (la democracia ya ha sido definida como el sistema de decisiones donde las justas e inteligentes en minoría se sacrifican por la injustas y estúpidas de la mayoría). Pero el ignorante convencido, el que le va bien serlo y continuará siéndolo, no es un cero absoluto, puede hacer unas cuantas cosas que sean útiles, puede tener unos chistes en su caudal que hagan reír, incluso pueden tener un cierto atractivo visual o sex apple. Mira, hagamos el amor pero no digas ni una palabra porque corremos el riesgo de que me deslibidinices y echemos al traste el polvo. El ignorante no significa que no pueda ser reconducido para un conjunto de hábitos sociales correctamente: parar su auto ante un paso cebra en el que están cruzando los peatones o usar el camarín del ascensor sin fumar dentro ni pintarrajear cruces gamadas, otro asunto es si puede servir algo más que para cumplir con los mínimos. Profesores y estudiantes avanzados de la vida vienen fracasando desde siempre con inútiles que no quieren enterarse de las cosas. No es extraño que en cada aula una experiencia prematura de la profesión educativa es la de dividir su atención (aunque eso sea mal de reconocer) entre quienes se interesan por la dinámica de clase y quienes van a ocupar fraudulentamente un asiento que otros podrían rentabilizar mejor. Ante el análisis y suma y sigue de los ignorantes, el analista está obligado a preguntarse si el movimiento reivindicativo a favor de una educación pública, gratuita y de calidad para todos acertó en sus objetivos. Unas décadas después de esa conquista nos encontramos que a la masificación universitaria no se le corresponde con un incremento de los niveles de inteligencia individual, tampoco los de conciencia social. El tema no se va a resolver con propuestas elitistas pero hay algo constatado: aprende, crece, progresa quien se dedica a eso y por el contrario desaprende, involuciona, se estanca y se auto inutiliza quien no está por la labor.

Puesto que la ignorancia en forma de sus representantes la encontramos continuamente en todas partes cuando hacen sus comentarios, por inadecuados que sean, cumplen con una función de tanda de enganche en el que  meter la cuchara.  El que dice una estupidez evidente mueve a una reacción de signo contrario para neutralizarla, pero eso genera una pérdida de tiempo considerable que va en contra de lo principal del evento: la tesis contra la que el estúpido se enfureció por no entenderla. Las colas de comentarios de los artículos se retroalimentan entre ellos separándose sin darse cuenta del núcleo o núcleos temáticos presentadas en un exposición, también pasa en foros de oralidad. El criterio observacional mas practico para evaluar la rentabilidad de un acto cultural es el índice de deriva acerca del tema planteado. Si los oyentes de una conferencia se convierten en un racimo desparramado asambleizando el acto por subpuntos secundarios en lugar de cuestionar las ideas principales planteadas además de hacerle un feo al conferenciante se lo hacen a sí mismos demostrándose no estar al nivel de la comprensión de lo conceptualmente propuesto, prefiriendo ejercitar la glotis con temas menores. Al ignorante ya se le tiene a caldo, no hace falta seguir perdiendo el tiempo con sus comentarios. Lo mismo que cualquier excremento pegado en la suela del zapato, cuanto antes se deshaga de él antes dejará de oler mal.

Alberto Manguel exagera al decir que todos los actos humanos son violetos y todas sus artes contradicen esa violencia. Dice que en el XXI se escenificara algo así como la última lucha moral universalista. Pero su exageración no lo es en absoluto aplicada a su idea  a esos actos de la ignorancia en la que con las neuronas mal agrupadas bajo el ala, hay quien tira la piedra sin decir quién es ni argumentar nada (el nick lo ampara en toda su irrespetuosidad) y, lo que es peor, cree que todo lo que no entiende no existe. Eso es una protoactiu para la violencia. La ignorancia ha sido históricamente la cuna de muchos desastres. Antes de la responsabilidad de un ejército tratando de exterminar a los judíos las masas alemanas votaron al partido inapropiado que llegó a urdir eso. Seguimos en las mismas, hay países en los que se vive que parte de sus ciudadanos experimentamos vergüenza por la pervivencia de paisanos en hábitos preconstitucionales y subculturas que alimentan espectáculos de la crueldad. Cada vez que uno se encuentra con un estúpido tiene dos opciones o quitarse de en medio o quitarlo de en medio, como el tierra trágame todavía no es operativo lo mejor que se puede hacer es eludir al ignorante. El problema es que la libertad de elección no da para tanto y si bien se puede hacer desaparecer al inútil cuyos comentarios no tienen la menor utilidad se corre el riesgo de sustituirlo por otro. Jean Genet dijo en una ocasión que la dificultad del autor es una cortesía con el lector. Entiendo por esto que es una forma de descartar lectores que no son aptos para su literatura y centrarse en otros que sí lo son, los cuales a su vez quedan a salvo de aquellos otros.

Todo lo que puede hacer la cultura (entendida como el saber crítico, no la que pretende avalar toda tradición) es hacer proposiciones para aumentar. A priori se puede apostar en que hay personajes que nunca las seguirán ni querrán seguirlas, no pasa nada mientras no molesten, se esté quietecitos y no saboteen. Alain[3] publicó más de 5000 propos o charlas sobre los acontecimientos. Es un buen modelo de trabajo aunque su recibo fuera desigual y no siempre rentable. Toda propuesta ha de correr con ese doble riesgo: la incomprensión  y su consiguiente rechazo, pero basta que alguien la tome como su antorcha para que haya merecido la pena. Es por esta vía que la ignorancia va/irá perdiendo terreno aunque estoy de acuerdo en que el tiempo futuro no es ilimitado para este hacer y es posible que si en el siglo en curso la raza no mejora en lo que es, es posible que triunfe la ignorancia absoluta para los siguientes. 

Ante la ignorancia  no cabe ignorarla. Su presencia es tan aplastante que impregna cada actualidad de toda ella. No existe más alterativa que la de individuo a individuo que trabaje por vencerla dentro de sí mismo. Como eso es demasiado duro por los deficientes intelectuales cabe protegerse de sus negligencias para que circunscriban el daño a sí mismos tratando de eludirlo. Hablándolo fríamente la sociedad entera podría prescindir de sus huestes ignorantes sin pestañear, el resto superviviente seria más feliz. Pero eso no se puede articular de ningún manera y toda propuesta de pureza de la raza encierra un totalitarismo criminal. Nos queda aceptar la coexistencia lo más pacifica posible con los ignorantes lo cual lleva a una paradoja ya que para asegurar esa armonía no se puede hacer mucho más que ignorarlos, deshacerse de ellos, tenerlos en el panorama paisajístico y no contar con ellos para nada. Eso lleva a que la sociedad vaya a distintas velocidades y mientras hay gente que está habitando el tercer milenio con una filosofía de superación otra sigue anclada en comportamientos obsoletos.

No, no hay una solución práctica salvo el de ignorar en lo concreto al ignorante  por inútil y por experimentar vergüenza al tener contacto con su figura, pero lo que no se puede ignorar  es la ignorancia creciente como la peor de las pandemias sociales.



[1] inserto e inemdiatamente desalojado por la web en/de http://foros.emagister.com/mensaje-ante_la_ignoranci-12903-879333-1-3233812.htm

[2] Literalmente: cagadores. Los que se defecaba encima por no ir al cole en condiciones higienicas suficientes .

[3] Pseudónimo de Emile Auguste Chartier (1868-1951),que  rehuyó honores pero fue un trajador  ifatigalbe.profesor de filosofía que influyó en S.Weil.

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