FLUENCIA TRANSCULTURAL

Ante el momento F. F de fin.

Ante el momento F. (F de fin).

Prevención ante las propias  exequias.

Es difícil citar otra ceremonia que no sea la de la despedida mortuoria en la que el protagonista principal sea el que menos decida los pormenores de la situación. Los que somos futuros cadáveres y nadie -hasta donde sé y estoy puesto por lo que hace a pócimas para la eterna juventud- absolutamente nadie pude evitar ser un fiambre un día u otro, no puede dejar de pesar en la cuestión aunque crea que le queda lejos. No tiene nada que temer, la industria de la carne humana no es legal y la probabilidad de ser parte del bocado de perros callejeros y hombres lobo es remota. La cuestión principal es que el protagonista de la efemérides, de cuerpo presente en el templo de turno, convenientemente maqueado por el tanatoarte, es el menos consultado para que la ceremonia se organice de acuerdo con sus deseos. Claro que la viuda o viudo u otros seres cercanos que se acercaran al féretro semiabierto para preguntarle al infrascrito mantenido a temperatura ambiente, ¿Qué te parece cariño, te ha gustado el evento? seria tomado como excesivo. Aunque el maestro de ceremonias hable de ángeles y pergeñe el perfil del muerto, por ateo que fuera, no está bien visto en sociedad que nadie vaya a hablar con el alma del muerto que se supone que seguirá en el acontecimiento para controlar quienes han venido o no a su entierro. El papel otorgado para los allegados es el de vestir de negro y el de lagrimear que buena falta le hace a los ojos para su lubricidad. Las lágrimas tienen un sabor combinado de dulce y salado y testiguan las dulzuras y amarguras de la vida. Llorar de vez en cuando no está tan mal. Para quien no sabe hacerlo existía la posibilidad de  las plañideras contratadas para tales ocasiones en una época en que los familiares directos ya no les quedaban lágrimas que soltar por el muerto esfumado que no movía a tales pasiones. Reivindico la reactualización de ese oficio. Una oficina de contratación podría ir a las salas de cinematógrafos con temas muy tiernos para ver quiénes del público van a soltar lagrimitas. El atrezo de vestidos de negro y matillas compondrían el resto. En el acontecimiento de despedida del cadáver,  el grupo de plañideras (también plañideros por eso de la igualdad de sexos, es decir de oportunidades de los sexos a ejecutar las mismas tareas) ocuparían su rincón, lo mismo que el coro ocuparía el suyo, los monaguillos y el de la casulla el altar y, público y curiosos en general la platea.

Aun definido en otras ocasiones la efemérides mortuoria como el acto social más real de todos, ante el que bautizos, bodas, despedidas de solteros y todo lo demás no pasan de la filfa de la falsación, toca redefinir con seriedad que todos los actos sociales forman parte de la sociedad del espectáculo, Ir a un entierro es una forma de relacionarse con quienes no se ve desde hace tiempo. También sirve para pasar el rato y reactualizarse con respecto al rito.

Se ha demostrado que el muerto por el que se mueven un pequeño montón de personas interesadas en su situación: desde el que lo viste al sepulturero, desde el ceremonioso al familiar que le pone la inscripción en una corona de flores, es no solo el más muerto de todos sino el que se le ningunea a la descarada. No se tiene en cuenta sus creencias o lo que fue y dijo en vida. Lo urgente es acondicionarlo por el rol que ha de cumplir. El muerto es la única figura humana que sigue cumpliendo un rol social a pesar de sus intereses y valores contrarios. Al menos cuando se está en vida el viviente puede oponerse con firmeza a las interpretaciones ajenas de lo que es o a los mandatos de amos que le exigen que cumpla aquello con lo que no está de acuerdo. Pero como muerto solo le puede esperar que le trasieguen a conveniencia de los profesionales de turno.

El alma flotante en el templo, en el supuesto de que exista y si existe le apetezca quedarse para la hipocratada parroquiana, podrá hacer balance de quien ha venido y quien no a su último adiós. Podrá hacer un inventario de los que  están reunidos, a los que trató y le trataron en vida, aunque maldita falta le haga. Las cosas mundanas son del mundo y las de los muertos ya no están para los trotes callejeros y los enfrentamientos por todo en una sociedad repleta de injusticias. Mientras esa alma bosteza ante el rito que se le concede al cuerpo que  acaba de abandonar, el personal que lo sobrevive tiene un pretexto para verse las caras, escaparse de la misa si no son eclesiásticos o mirar lo bien que quedan las señoras vestidas de luto. Si el alma es un alma que se precie a si misma  dejará pronto y rápido la situación para volar por el cosmos o reencarnarse en la punta de una sequoya para tener mejores vistas. Lo más probable es que esta alma no salga del cuerpo porque no la tiene ni la tuvo nunca y el cadáver con sus sentidos machacados, inerme e indefenso ante el rito haya iniciado su proceso de descomposición aunque la mueca sonriente contrarreste el rigor mortis.

Después de las oraciones correspondientes, el séquito de acompañamiento, el panteón o nicho que le esperen, cada cual se devolverá a sus asuntos y el muerto si ha preferido la compañía de los gusanos a la incineración se quedará en la más absoluta oscuridad. La vida seguirá fuera de su sarcófago o emparedamiento aunque bien mirado también dentro (los gusanos se pondrán las botas y es famoso el memorándum de que los cabellos y las uñas siguen creciendo). Esa vida postmortem es evidente sin necesidad de infierno al que ir ni alma que tenga que preguntar cómo se llega. El detalle no puede pasar desapercibido ya que la filosofía que cuestiona la finitud puede impugnar que esta exista desde el momento en que todo se transforma.

Expuesto hasta aquí un panorama más o menos estándar el vivo que sabe que le espera la función de muerto, muerto social por añadidura para las fauces de curas y parroquianos que decidan darle la ultima botadura, puede reflexionar hasta donde dispuesto a hacer de comparsa de lo que preparen para su cuerpo según la tradición y la capacidad de manipulación que a bien o mal tengan hacer los supervivientes con sus restos.

Deseo confidenciar los resultados de mi reflexión al respecto. A la vista de tanto hipócrita suelto en el mudo y tanta discontinuidad relacional, tantos intereses creados y tanta mentira circulante, me he declarado desadepto a tal adiós último. Reconozco que por algún tiempo tuve curiosidad por organizar mis propias exequias, una especie  de guión adjunto al testamento señalando exactamente lo que quería, Elegí una música para mí, la de Saint james nurserie,  la exclusión de toda perorata religiosa de la religión que fuera, mucho más de la católica, uno de los peores sectarismos de la historia internacional, un amigo con un clarinete tal vez y un refrigerio para los asistentes. Tal vez una contaduría de historias y anécdotas y punto. El decorado lo tuve interiorizado pero me faltaba llenarlo de caras. La verdad es que cuanta más gente voy conociendo y más voy profundizando con ella menos me apetecería que viniera a ese adiós último, en el supuesto de que me sobreviviera. Obviamente de todas las personas que uno conoce un vida, unas fallecen antes y otras después, o sea que indudablemente alguien de quien conozco me sobrevivirá´, especialmente desde que prefiero conocer gente de menos edad que la que yo tengo.  A esa falta de caras con la que rellenar la escena le tengo que añadir que no es una invitación agradable la de sacar a cualquiera de su vida diaria para que venga a meditar un rato mientras te facturan para el otro barrio. Especialmente si son familiares con los que no tienes nada que ver o personas con las que hace tiempo que no te tratas. Me gustaría proponer entre paréntesis un estudio sociológicos de la efemérides de los fallecimientos para ver quienes componen su asistencia, cuáles van para invertir en relaciones para que a su debida hora cuenten con presencias ajenas o porque otras razones van. Mientras este estudio se lo plantea alguno tesinando para su doctorado yo he empezado a sospechar que de todas las efemérides sociales en las que uno se ve envuelto, generalmente a la fuerza (el bautizado lo es sin consultarlo, pero el casado también esta forzado a serlo, el invitado va por condicionamientos sociales). Lo único verdadero en  un entierro es el muerto que va a ser enterrado/incinerado, es el único que se ajusta a la perfección a su papel, el único que no miente a nadie. No importa que fuera un gran mentiroso en vida, e la muerte la verdad más suprema lo engulle sin contemplaciones.

Si estando e vida uno se las ve y desea para hacer prevalecer el propio criterio sin conseguirlo, sufriendo por injurias y manipulaciones de sus circunstancias a conveniencia de toreros de todas clases, de muerto la perspectiva segurizante es mucho menor. Puesto que no soy nadie importante, un nombre desconocido en los anuarios, he considerado que nadie, salvo la/s persona/s más inmediatas (eso excluye a la mayoría de los familiares y de contactos sociales reunidos), le afectará mi desenlace fatal. Me anticipo a este pidiendo a mi compañera que en caso de ingreso hospitalario de urgencias por algo grave no lo comunique a nadie de mi heterogéneo y curioso mundo relacionario. Tampoco que avise a nadie por mi fallecimiento cuando suceda. Eso significa cargarle el muerto a esta persona y no repartir su pena y sus gestiones con otros. Ya somos adultos para gestionar la muerte de alguien como eso: una pequeña colección de trámites.

Pero como tampoco quiero cargar el muerto, cuando yo sea ese muerto, a la persona con la que comparta cama e intimidad biográfica hasta este día, recuerdo que tengo pendiente hacer la donación de mi cadáver a una universidad médica (el hospital clínico en Barcelona) para que se ocupen de todo: trocearlo y meterlo en una piscina de conservación para que los estudiantes aprendan como tratar los vivos con los despojos que dejan los muertes. Pueden jugar a wáter polo si lo prefieren. Lamentablemente parece que esa opción es contraria a la de donación de los órganos (cosa que he hecho con mis riñones, corazón y ojos) para reimplantarlos en otros cuerpos que quieran seguir experimentando la vida en el mundo de los vivos. Debe ser un problema de coordinación entre ambos intereses. Tengo pendiente averiguarlo. Al parecer de la donación de órganos dejan el resto del cuerpo para la/s personas allegadas para que se ocupen del resto y en el primer caso no, porque no hay efemérides última que se haga ni cadáver haciendo su actuación estelar de tal en ese encuentro para la retirada.

El que da su cadáver a la ciencia o como material didáctico para la enseñanza de la anatomía humana no es que se auto desprecie a sí mismo, sino que conciencia la cruda realidad de aquello en lo que se va a convertir (polvo y cenizas). En lo que no cree es en la necesidad del acto efemérico que lo despida. Ya sabemos que es muy bonita la escena de los más allegados leyendo un poema y una voz que diga devolved a la tierra lo que es de la tierra, pero no lo es menos el acto solitario de los conocidos repartidos que al enterarse de tu muerte te evoquen un rato o te lean –en mi caso al menos por todo lo que vengo escribiendo- repensándote. Al menos tendrán que reconocer la discreción de la partida sin prestarse a la ceremonia de bombos y platillas, esquelas y demás parafernalia al uso. Ya sé que la cultura humana tiene sus albores al detectar la deferencia por los muertos enterrándolos a veces con sus utensilios y con determinadas formas respetuosas. Tras la vida no necesitare mi cuerpo, todo lo que puedo desear es que la tierra me digiera sin estragos. Mi falta de presencia no supondrá ninguna crisis de ausencia. Sería capaz de resucitar para demostrar que ese sentimiento no vendría a cuento. Si paso en vida desapercibido no veo que de muerto tenga que tener una atención especial salvo para las mortisecciones y el wáter polo.

Con la donación postmortem el futuro cadáver quita muchos problemas de en medio: no es necesario avisar a nadie salvo al porteador de cadáveres para su conservación y su reciclaje para la pedagogía o ambivalentemente para rescatar sus materiales que puedan servir protésicamente a otros vivos. No es necesaria ninguna ceremonia. Creo que es un momento F del más alto romanticismo en especial para quien no cree en la sociedad y en sus mentiras de toda clase. Los demás problemas como buscar un féretro de cartón alternativo para no pagar las burradas de precios de las funerarias, discutirse con el párroco para que no monopolice el acto; desaparecen.

Hablar del tema de la muerte siempre genera una reapertura de la herida. Todoas tenemos muertos en nuestras vidas a los que recordar y morir no siempre es una tarea fácil. Hay muertes injustas y supervivientes que no consiguen superarlas nunca del todo. Sé, me consta y he sentido muchas muertes ajenas, también de quienes no he tenido el menor trato personal. Sin embargo soy un sentimental cuya sentimentalidad no me impide tomar distancia irónica de todo  el fenómeno de la mortalidad que no tiene porque  tomarse como un drama irreversible.

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