FLUENCIA TRANSCULTURAL

En el lugar del huésped

En el lugar del huésped

En La anfitriona se describe  el retrato de una persona ligada a su feudo organizándolo todo: desde lo que se va a comer a lo que se va hablar, ejerciendo su poder de mando para gestionar las conductas de sus invitados y la relación que vayan a  tener entre ellas. Uno de los huéspedes convertido en personaje de la resistencia al dominio sutil en el campo de la gentileza enmascarada, a la postre autor del relato, se rebela graciosamente al no darle la mano a esa anfitriona a su grito de ¡chócala! por coincidir en un dato curricular menor.

Si el ejercicio del rol de anfitrión responde a otros muchos detalles y no solo al de la apertura de puertas para compartir la propia casa con el visitante, el de visitante no es menos complejo emplazado a adaptarse a las implícitas leyes que rigen en un espacio ajeno  en el que está de paso o ha sido llevado  un tanto condicionado.

En casa ajena toca hacer lo que está pautado en su ambiente. No hay ninguna casa, castillo, chabola, choza o carpa que tenga a la puerta la hoja de instrucciones de uso. La excepción son las habitaciones hoteleras o los bungalows, en los otros casos se infieren y en todo caso el dueño o el usuario habitual ya están ahí para ir explicando cada cosa. El buen estar recomienda que tanto quien invita como quien es invitado se sientan cómodos mutuamente y que cada cual tenga su espacio sin perder la noción en ningún momento de quien es quien. Para que el invitado no se sienta como un convidado de piedra haciendo de relleno ocupando un lugar en la mesa o en las estancias pero sin que se le haga el menor caso el anfitrión tiene que procurar  que la estancia le agrade. Como que no hay situaciones relacionales puras y en lugar de ser un trato de uno a uno la situación numérica dada es más de dos (una pareja que invita a otra, una familia que comparte el week end o las vacaciones con otra) la nueva constelación configurada apunta pronto a decir quién es quién y cuál es la danza de roles que coexiste.

Ocupar el lugar del huésped no tiene mas recomendación que el de dejarse llevar por las circunstancias. Es distinto estar invitado a una cena en una casa a estarlo varios días. Mientras el protocolo de una sola comida es bastante pronosticable con un número limitado de variables, la convivencia de varios días va a presentar tiempos muertos e individuados en los que cada cual  va a hacer sus cosas. Cuando voy a casa ajena trato de seguir con mis constantes diarias (seguir con mi dieta, un rato de ordenador diario, otro de lectura  o mi tabla de gym,) para reducir al mínimo mi pérdida de hábitos. No es fácil ya que las invitaciones a la gula ante los manjares o el cambio de horarios son factores de trastorno.

Renuncio a tipificar un prototipo de huésped. La condición de invitado varía según cada visitante y la gente visitada,  el comportamiento también es distinto si va solo o acompañado. La ventaja de compartir una visita con otros visitantes es que la atención anfitriona queda repartida y la carga de excesiva atención a uno solo queda repartida entre otros. El huésped que va a casa ajena tiene una serie de débitos no escritos que contrae desde el momento en que acepta protagonizar esa visita. Cuando alguien va a cena o es invitado a comer lleva el vino o los postres como presentes y exquisiteces para dalas e degustación o darlas a probar por primera vez. Trata de agasajar a sus invitadores con experiencias gustativas de las que están desconectados o que no han probado nunca. Si va para varios días se acomoda a las circunstancias de la casa de recibo. Donde se ven más las coincidencias y las diferencias es durante las conversaciones en las comidas. Es la cancha de juegos de sondeos y declaraciones. Como que no es un espacio neutro si no la casa de alguien las opiniones propias hay que llevarlas más lejos o más cerca según el peligro de confrontación que se sospeche. No está de más  preguntar a priori (al contrario, es muy recomendable) a dónde se va exactamente y qué clase de gente se va a conocer. Esto permite calcular qué temas será mejor no seguir si se sospechan posiciones opuestas sobre cuestiones a visceralizar.

Las arenas para la discusión política es mejor dejarlas en otra parte. La cuestión es que el huésped por su sola condición no es el amor del lugar que visita o en el que ha sido invitado. Su supervivencia como tal depende de la alianza empática funcional para esas coordenadas.  Se puede ser invitado sin ser amigo ni siquiera conocido por ir de paquete de otra persona que sí es amiga y conocida. El arte de la aproximación de cada cual solventará las diferencias o sospechas de las mismas. Una cierta cantidad de visitas (posiblemente la mayoría) no se repiten nunca más. Otras tienen una continuidad que permiten desarrollar una relación de cordialidad o amistad. El feeling de coincidencias no depende solo del tiempo dedicado a convivencialidad sino a la forma de transmitir la información de lo personal. Yo, .que sigo sin dedicarme demasiado a la oralidad verbal- sigo flipando con los pequeños egoísmos cotidianos de quienes están dispuestos a llevarte con sus temas informativos y no lo están en actuar cortésmente en su turno de escucha. No me gusta elevar el tono de voz para imponer la mía o hacer un solapamiento con mi voz a la de otro si insiste en seguir hablando en vez de escuchar con lo cual soy yo el que callo. Lo hacía en la adolescencia y lo sigo haciendo en la madurez. Lo he hecho toda la vida. He aprendido que contra los que necesitan hablar y hablar no se puede hacer otra cosa. Lo  mejor para este tipo de personas es hacerse acompañar por  alguien durante la visita con educación y paciencia suficiente para aguantar rollos ajenos.

Existe un tipo de verborreros/as que una vez ubicados son inofensivos si se les deja de escuchar. Por lo general, alguien que habla mucho al segundo día repite parte de lo que dijo el día anterior. Consecuentemente aunque te pierdas algo de su producción verbal en una vez la recuperas a la siguiente.

Hay visitas que se sostiene por razones no personales: el cambio de aires y de ambiente son suficientes como motivaciones poderosas para ir a una casa ajena. Pretexta un viaje corto o medio o largo y  por supuesto siempre está el interés de descubar a alguien en su mundo privado del que aprender cosas que no aprendiste en otras situaciones. La idea de cómo es el otro queda bastante esbozada en el primer encuentro, los días o veces siguientes suelen confirmar esa visión inicial. Las relaciones sociales son el arte de sostener relaciones ajenas que conocidas por otras vías no serian aceptadas o consideradas. En el lugar del huésped toca mantener una cierta deferencia y galantería. El anfitrión da más señales de su personalidad y de cómo es que el huésped, ya que aquel pone la casa  y todo lo que representa (un test proyectivo, con las fotos colgadas en la pared, la decoración, el mobiliario, la organización doméstica, los cacharros de cocina, lo que hay dentro de la vitrina, la licorera, el mueble especial con los libros heredaros de la familia, el tipo de relación con la/s teles y el/los ordenador/es que en conjunto indican el tipo de vida. El anfitrión cuando recibe a su visitante le hace de guía turístico por la casa enseñándole las dependencias. Esa primera incursión da mucha más información del anfitrión del que este sospecha estar dando. Las fotos y sobre todos los cuadros con pinturas originales de los antepasados de la familia así como los títulos y otros documentos gráficos enmarcados ayudará a completar el perfil. En los dos roles, el de visitante es más el de observador y el de visitado es más el observado. Hay gente que no acepta visitas por esta razón. Recuerdo de mi casa paterna que a pesar de tener siempre una habitación para huéspedes en todos los años que viví en ella solo vino una persona (mi abuela9 una vez por año un par de noches opacas más, nunca jamás fui tuve amiguitos que vinieran a casa y no recuerdo más de una vez de haber pasado una noche e casa ajena salvo en una ocasión en la de mi primo a 50 metros de la casa anterior y ni siquiera estoy seguro de que este dato fuera verdadero.

En la  forma de invitar y ser invitado tiene mucho que ver la tradición biográfica personal de cada cual, el tipo de familia en la que se ha tenido la suerte o disuerte de hacer, la ideología de los padres, su cultura y su propio cuadro de relacionabilidad. De mi infancia recuerdo que  lo que se me decía era que el mundo era lo extraño y duro que empezaba de puertas para fuera yo  experimenté las extrañezas mucho más cerca de mi mismidad, de mi cuerpo, para fuera. De alguna manera eso me marco para pasar por inadvertido y por no darme por interesado por muchas situaciones en las que me veía mezclado. Podría subscribir lo que afirma Elio Vittorini[1], “veía unos cuantos amigos por una hora, dos horas, estando con ellas sin decir una sola palabra” si no fuera porque pinta a su personaje como un tipo disminuido de si mismo incapaz de comunicación en todos los ámbitos. El caso del huésped degradado a convidado de piedra es que el tema en el que no acierta a participar o en el que no tiene cabida no le quita que sí tenga un papel en otros temas. De hecho su falta de performance en un habito lo puede contrarrestar en su participación en activo en otro. Eso no significa que haya una recurrencia del rol sea cual sea el ámbito. O hay que olvidar que un huéspedes o tiene oportunidad de ser también anfitrión con lo cual tiene la experiencia interiorizada de ambos roles. Se supone que el huésped que se siente fuera de lugar en el ámbito al que se ha sido llevado como tal tratará de no repetir lo mismo pero al revés en cuanto tenga invitados en su casa. Reconozco haberme sentido disgustado como anfitrión cuando he tenido huéspedes en casa que han hecho el mutis, que se han pasado más horas en la cama que con los demás o que no han mostrado interés por los temas que le he hablado pero también reconozco que en mi condición de invitado puedo hacer exactamente lo mismo o peor aún si el ámbito al que voy o soy llevado no me cuadra totalmente.

De hecho no hay ningún ambiente tan perfecto que pueda complacer en su totalidad al visitante. Eso tampoco es lo que se busca, basta que cuadre con la perspectiva mínima de una estancia agradable. Un encuentro puntual no tiene porque ser el comienzo de una gran historia, basta con que sea una historia que empieza y termina en sí misma como suficientemente divertida o agradable. Mis experiencias como visitante/huésped por varias casas de todas las condiciones y varias clases sociales ha formado parte de las exploraciones de campo (todas las coordenadas de relación humana son campos de exploración) de las que he aprendido mucho de los demás, de las psicologías en juego y de mi mismo, de mis inhibiciones y participaciones. Al segundo día de estar en un lugar doy muestras de que me puedo pasar más tiempo hablándole a un ordenador que a una persona si es que las condiciones para la comunicación con esta no son  correctas, no hace falta que sean excepcionalmente brillantes, basta que sean educadas. En cuato detecto  una persona interesada en hablar mucho y e escuchar poco un servoatuomatismo me pone en guardia para pasar de ella salvo los mínimos. La frase más genial de la cinematografía que vi cuando era niño era: “discúlpenme, tengo jaqueca”, o alguna parecida para excusar la presencia en la sobremesa y escapar a la habitación asignada. Creo que este tipo de frases son totalmente vigentes y hay que adecuarlas a situaciones actuales. El huésped siempre tiene la posibilidad de escapar a su habitación a siestear o a dormir o a hacer lo que le apetezca, pero eso es a determinadas horas.  Ahí se puede reunir con su pareja o con su libro de lectura o de notas si es que la convivencia no es lo suficientemente complaciente.

Como somos seres civilizados los protocolos para el agasajo está bien establecidos. El interés en que el huésped se quede atendido es un interés del anfitrión. Por el lado del huésped tiene que medir si va a pasar una velada o unos días si renunciar a sí mismo o va a tener que seguir ritos que no le apetezcan. Sin duda hay costumbres propias que no se puede imponer en casa ajena. Aunque soy nudista practicante uso el slip en la piscina de unos amigos que no les gusta el cuerpo desnudo ni siquiera el propio ni cuando esta solos. Aunque no soy fumador comparto la convivencia puntual con alguien que fuma en la mesa mientras estás desayunando. La vida se llena de pequeñas curiosidades pobladas de concesiones.

Si el huésped se siente fatal o incómodo por detalles de desatención  siempre puede optar por acortar el tiempo de estancia con cualquier pretexto. La sociedad moderna proporciona un extenso vocabulario para la discretividad de los sentimientos reales. El huésped que no esté seguro de sentirse cómodo al sitio que va por lo que hace a la comunicación verbal lo mejor es que vaya acompañado de otra persona que haga de persona-esponja de toda lo vertido de información o cháchara que vaya a recibir. Sin duda parte de  lo que se diga va a ser muy interesante pero no todos estamos dispuesto a hacer de filtros de toneladas de palabras. Quien no esté dispuesto pude pedirle a la persona esponja que le haga el resumen de lo interesante. Del lado del anfitrión que tiene espacio o recursos infrautilizados y que le gusta recibir visitas para tener público que le preste atención toca reconocerle tal necesidad. No deja de ser una transacción: una estancia a cambio de una confidencialidad. Suena a muy utilitarista. Sí, lo es, las relaciones humanas son más utilitaristas de lo que se reconocen. Es un detalle muy curioso que la misma palabra utilitarista se la considere peyorativa como una forma para no mencionarla y así de paso no reconocer las intenciones utilitaristas de no pocos contactos. El hecho de tener a un depositario de cháchara advenedizo o incondicional ya es una forma de utilitarismo elemental.

En las constelaciones los gestos y acciones de inclusión y escapada son continuos. Por lo que me toca sigo siendo un reservado por lo que hace a mis sentimientos y los entrego o confidencio a quien creo que es alguien que escucha. Un fenómeno cultural, muy extendió y muy latino por cierto, es el de la no-escucha. Existen grandes volúmenes de transacciones de palabras pero el que las da no siempre está dispuesto a recibirlas o auditarlas de otros. Esa no-escucha es un síntoma de infra-culturalidad que, afirmo, guarda una conexión con el trastorno atencional tan detectado en las escuelas y que está detrás del fracaso de los métodos de enseñanza actuales.

La atención es relativa, requiere el arousal y la percepción activa, también se supedita a la selectividad y el campo de interés. Hay temas en los que, sencillamente, no se entra por aburrimiento y eso no es patológico. Hay gente que habla de muchas cosas y s muy descriptiva y profundiza en muy pocas y al revés: hay gente que habla poco pero lo poco que dice es muy relevante y merece la pena no perdérselo. Lo esencial de la condición de huésped es lo que le es dado comunicar y lo que está dispuesto a comunicar de sí mismo y de su currículo, también lo que está dispuesto a recibir de su anfitrión. Puede avisar a priori de cómo es y cuáles son sus hábitos para evitar confusiones o roces posteriores, también para ayudar a interpretar las conductas por lo que son y no por lo que se suponen. Desde siempre he tenido un mundo particular al que retirarme (los libros que leía o los que escribía) y siempre ha quedado más o menos clara visualmente esa preferencia por esa soledad con el texto (que tampoco es tal ya que quien escribe no para de estar con figuras mentales que le rondan o convoca) que la verbalidad con hablantes del entorno que no complacen tanto. Expuesta la situación así ha sido, para mi propia extrañeza, un porcentaje minoritario de personas las que se han interesado por aquello que me dedicaba a escribir mientras ellas estaban de palique. Lo han integrado escénicamente como mi rareza (de la que tampoco reniego). Lo más curioso para quien no es muy dado a las letras escritas es que no trate de indagar como alguien puede preferirlas a las orales. Eso tampoco es tan exacto. El arte de la conversación oral puede superar a la literatura escrita pero para eso hay que dar con artistas del habla considerados y educados, que sepan hablar sí, pero también escuchar.

Como criterio supervivencial  -y no lo presento como modelo- e cuanto detecto que alguien no escucha, es decir no está dotado psíquicamente para la escucha sostenida, a no ser de que sea un cliente de pago que presenta este síntoma para corregirlo, lo abandono a su suerte y de paso me separo de todo posible apadrinamiento de su déficit. El huésped, en su posición de observador, puede medir si tiene que aguantar  y hasta donde su lugar secundario en un espacio o puede pasarse de la ralla y en qué cosas y en qué términos.  Si cada persona es un mundo, cada casa es una galaxia en la que cada detalle de la convivencialidad cuenta para acomodar posiciones. Es necesario tiempo y muchas charlas para destilar las suculencias de cada quién. El huésped  va viendo  lo que da de sí la relación y si concurre o no relación empática y para qué.

En las culturas más individualistas (la catalana, entre ellas) abrir las puertas al de afuera  va en detrimento de la comunicación general pero también a favor de la supuesta seguridad particular. Se dice que una vez se abren las puertas es para toda la vida. (una exageración). El huésped tácitamente contrae una deuda para que la visita que ha hecho se la devuelvan pero las condiciones varían, las inercias en la casa de cada cual son distintas, y las posibilidades de espacio y materiales también. Eso está detrás de la desigualdad de las experiencias, hay quien es más dado a ser anfitrión y menos huésped y al revés: hay  quien practica mucho como visitante y poco como visitado. He tenido visitantes en casa a los que nunca visitaré en la suya porque la relación ha pasado a otro registro y  he sido visitante de personas que no me visitarán nunca. Entiendo que son posiciones de sujeto que se adoptan según circunstancias y caracteres. El mejor anfitrión es el que deja que el huésped se sienta como en su casa y el mejor huésped es el que no trata de modificar las interioridades de la vida de nadie pudiendo librarse de los ratos abusivos de cháchara o de exigencia de atención escapando al espacio particular en el que uno ha sido alojado (el dormitorio). Al huésped que se siente invitado-acompañante puede compartir ratos de charla con los demás y devolverse a sus particulares o encontrar algún aliado del ambiente para hacer lo que le guste, una conversación fuera del campo de las dominantes o una partida de algún juego exótico.

El huésped para sobrevivir puede acudir  a distintas estrategias: llegar proveído de una cierta cantidad de historietas para contrarrestar su falta d carisma u ofrecerse a hacer una de las comidas con una receta exótica. Es una situación de grupo el juego verbal da, en principio, opciones a todos para participar. Otro asunto es que la inapetencia lleve a la retirada cautelar. Personalmente me cuesta mucho sostener la atención de los demás durante toda una convivencia. Invariablemente me refugio en mis dedicaciones personales (viajando llevando mi oficina conmigo) lo cual me convierte en un tipo raro. No tardo mucho en poner en evidencia mi rareza. Mis anfitriones podrían ponerse de acuerdo que estuve en sus casas compartiendo ratos de cháchara  (los mínimos) con mis propios ratos recluidos en mis meditaciones elaborativas.  Cuando hay una disposición para la entente la peculiaridad de cada cual queda integrada en la capacidad de aceptación reciproca.

 



[1] En Conversa a Sicilia. Eds 62 i la Caixa Barcelona 1990

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