FLUENCIA TRANSCULTURAL

En la condición del acreedor

En la condición de ser  acreedor.   

Nunca creí que la vida me regalara la experiencia de ser acreedor al recibir el compromiso de pagos no satisfechos. Se suponía que era lo bastante inteligente para no caer en la trampa de serlo. Me equivoqué y mucho, parece que sigo equivocándome porque cada año o cada dos años aumento la lista con algún otro nombre de alguien que no satisface su deuda. La experiencia en cuestión no es propiamente un regalo de recibo agradable sino una imposición a la fuerza por ser sometido a la morosidad del otro. No deja de ser una particular relación humana en la que se da una vuelta de tuerca más a las profundidades ruines de la psicología del personal.

 Seguramente cada una de las cantidades que dejé de cobrar no son de suficiente peso como para perder tiempo en pesquisas o en insistencias o mucho menos en denuncias pero sí de suficiente envergadura como para aprender del mundo comercial y por añadidura del mundo todo en el que los más espabilados  pueden darte el sablazo en cuanto menos lo esperes.  Seguramente todo parte de la presunción de palabra a cumplir y de la responsabilidad del otro al que le entregas tu confianza. Hay gente que deja de pagar lo que dijo que pagaría sea por un servicio o trabajo que le has hecho o por una cantidad dada para que resuelvan un mal momento y nunca más se supo ni de la cantidad en si ni de esa persona que presa por su vergüenza –cabe suponer- no es capaz de dar la cara y prefiere vender tu relación por una, generalmente, exigua cantidad económica. 

Una vieja leyenda hispana aconseja no prestar ya que es una fuente de líos y que arriesga a perder dos cosas: tanto lo prestado como la persona a quien se lo prestas. Es el néctar de una literatura social que dice mucho de la psicología generalizada según la cual no poca gente antepone el interés material al de la relación humana.

Potencialmente cualquier persona puede ser un acreedor impagado desde el momento en que contrae una relación de tipo comercial, también personal, con otra y no cobra aquello que ha sido pactado o lo pactado no ha quedado suficientemente claro como para que el uno se ampare en el umbral de confusión para no pagar al otro lo que le debe. En el mejor de los casos documentar un pacto contractual reduciría el margen de confusión aclarando las responsabilidades vinculantes de cada parte pero no garantizaría absolutamente la evitación de problemas si de una o ambas partes concurre una disposición al aprovechamiento fraudulento o manipulación de la otra. Esa complejidad conceptual no lo es tanto en la casuística concreta.  Dejé de cobrar clases particulares o sesiones psicoterapéuticas por la sencilla razón de que dejó de venir la otra persona y no satisfizo su deuda. Como digo eso son cantidades de poca monta pero que una vez, ya hace años. Las sumé y calculé  que podría vivir varios meses, casi un año, con su devolución.  Una relación comercial simple y clara  puede convertir a dos personas una en un deudor que no dejará de serlo y otra en un acreedor que tampoco dejará de serlo. El interregno entre ambos, la no coincidencia y la falta de tiempo para perseguir al incumplidor dejan un residual consolidado de reserva, es decir, de desconfianza por si no queda claro, para posteriores transacciones. Puestas así las cosas, la disposición posterior para dar confianza queda dañada. Está claro que no tienen que pagar justos por pecadores y que al principio una persona incumplidora es solo una, a la siguiente solo son 2 y a la otra son 3, pero cuando la historia se repite para un número mayor (docenas o cientos) y sobre todo se comprueba que está presente en distintas  latitudes, culturas, lenguas y calendarios se acaba infiriendo que es mejor prevenir situaciones a priori. Con el tiempo y con una caña de pescar anécdotas el más lerdo acaba espabilándose. Después de hacer el primo en algunas ocasiones opté por no caer en trampas del mismo tipo que anteriores veces. Hubo un punto de inflexión que demostró eso. Un amigo del oeste africano  me pidió una pequeña cantidad que le resultaba urgente para tomar un avión. Frente a mi extrañeza que pidiera ese dinero a tanta distancia me dijo que tenía a quien pedírselo en sus relaciones africanas pero que tal cosa estaba mal vista. Me quedé de piedra. No le envié lo pedido a pesar de estar dispuesto a hacerlo en un primer momento. De haberlo hecho lo más probable es que no la hubiera devuelto. En mi vida he dejado pequeñas cantidades a personas junto al número de mi cuenta bancaria para que las devolviera en cuanto pudiera. Muchos no lo hicieron. Comprendo que en situaciones difíciles uno necesite endeudarse para enfrentar un problema urgente (yo también me acogí a préstamos de gente conocida en algún momento) pero no deja de ser un indicador de una falta de cálculo y de previsiones.

En una época en que callejeaba más y era menos habitante doméstico salir a pasear por el cetro urbano me ponía en contacto con gente que pedía dinero. De tarde en tarde sigo encontrándome gente que me aborda en la calle para pedírmelo. Observo la situación de estos limosneros profesionales que van bien vestidos con ropa de marca que yo no uso y que fuman durante su tramite solicitante. A veces les comento la paradoja de pedir dinero con una argucia (el consabido no tener nada para comer) cuando lo que gastan en tabaco (por no citar otros consumos más caros) les daría de sobras para vivir. La mayoría de solicitados que no lo dan dicen no tenerlo. Si los limosneros les mienten sobre sus necesidades estos bien pueden mentirles sobre el hecho de que sí lo tienen pero no están dispuestos a dárselo. Raramente un limosnero es un tipo de necesidad real. Es alguien que se ha profesionalizado en eso. Los organismos de asistencia social no permiten actualmente e los países ricos que nadie muera de hambre, lo que es mas pagan además de la comida sus alojamientos. No consideraré si es por razones de solidaridad humana o por razones de estética urbana para que los más miserables no se vayan cayendo por las calles y se queden para ser destripados por los perros o para descomponerse, el caso es que hay un sistema que neutraliza los efectos más dramáticos de la indigencia.

Ese leve paseo referencial a ese mundo guarda una conexión con los préstamos directos o las deudas generadas por servicios no pagados (o no cumplidos). Una vez hice una lista de mis deudores y me maravilló su extensión. Personalmente prefiero donar, dar o regalar a prestar. El préstamo genera una deuda en reserva que incomoda a distintos grados a quien la tiene y a quien lo ha convertido en parte acreedora. Algunas veces, pocas, dediqué un email o una nota de correo para reclamar lo que se me debía, sin obtener respuesta, por supuesto. La psique humana tiene un gran arco de registros que puede camuflar sus perversiones y justificarlas. En un tiempo en que  creía en la gente, es decir, en su palabra dada, creía que la amistad y la cordialidad son suficientes para ayudar a alguien si lo necesita, lo que no sospechaba es que la gente fuera capaz de vender el afecto y desresponsabilizarse del compromiso por menos de 30 monedas.

La cultura se ha ido desarrollando con anécdotas sobre compromisos rotos. La cordialidad se abre paso contando que el otro (el amigo, el pariente, el vecino…) pueden fallar en un momento dado y de hecho falla. Eso pasa en todos los ámbitos. Ir a vivir a una zona residencial con casas de medio millón de euros no garantiza una seguridad con el vecino de la cerca medianera de al lado que por poco que pueda se escaqueará de pagar su cincuenta por ciento de esta cerca. Esto también es una deuda aunque la forma de préstamo directo haya sido pagando unilateralmente una instalación que es necesaria para las dos partes y pagable por ambas.

Se podría decir que solo estudiando el tipo de deudas que uno no cobra o que otro genera en su haber en números rojos se puede estimar su personalidad y prever lo que esperar de esa persona. Como que hay que dar un margen de confiabilidad no se puede ser tan estricto de entrada y contar con la buena voluntad de los demás (¿buena, qué?). La nueva cultura de la desconfianza mutua ya no permite colocarse en posición de pedir ni en la de prestar por lo que hace a cantidades económicas salvo quienes se dediquen a eso profesionalmente como inversores/especuladores.  Las transacciones materiales son a otro nivel concediendo la hospitalidad, pagando las invitaciones o regalado cosas.

En casa tenemos tres cajones inferiores,  de una de las estanterías de teca,  siempre llenos con cosas para dar. Son cosas que hemos comprado de nuestros viajes para regalar o cosas que nos sobran y que pesamos que pueden irles bien a algunos conocidos. No quiero hacer una apología del regalo (de hecho estoy en contra del regalo de efemérides, opto por el espontáneo) pero lo cito como una práctica de donación dentro de una homeostasis de repartos y desprendimiento de lo que sobra. En cambio reacciono muy mal ante ayudas económicas que se nos piden o damos a parentela y conocidos que luego no devuelven. Simplemente no devuelven. Suponen que nosotros somos ricos a perpetuidad y ellos son pobres también a perpetuidad.  La pregunta es ¿Por qué hay personas que se acostumbran toda la vida a pedir y otras que no saben superar su costumbre de dar? A veces el prestar hace un flaco servicio a quien pide ya que no  se esfuerza en superar su situación. Las pautas civiles frente a la indigencia es la de no aceptar sus demandas de limosna porque consolida el fenómeno en el que han caído. En cuanto al amigo jeta, al conocido que se pasa de la raya, al utilitarista que te ve con cara de tonto que aprovecha la segunda frase por no decir la primera en pedirte que le pagues la minuta de su día por el solo hecho de verte  hay que tener un no preparado con razonamientos para su irrupción.

En la condición de ser acreedor se aprende que lo mejor es no aumentar las posibilidades para incrementar la cuota de deudas impagadas. Claro que cada vez que alguien te pide algo te puede coger desprevenido, especialmente si lo hace alguien que sabes que tiene dinero y tan solo pretende aprovecharse de ti.

En mi experiencia biográfica he aprendido que se puede compartir el dinero, en su totalidad, con muy poca gente. En mi caso particular solo ha sido con mi compañera convivencial, ni siquiera con mi amante y con relaciones de intimidad importantes o con los hijos.  Esto no es una curiosidad banal: la familia que es una unidad empresarial y por tanto económica que administra sus recursos económicos y patrimoniales no de una forma autogestionaria sino privativa según las cuotas de poder que tienen sus distintos miembros en el organigrama compartido.

Si bien me han devuelto dinero prestado en algunas ocasiones, las menos, he olvidado y perdonado otras deudas con el criterio apuntado de no volver a prestar salvo a personas muy concretas y seguras. Por de pronto informar acerca de la cantidad de dinero del que se dispone es un tremendo error ya que el confidente puede aprovecharse de esa información para solicitarte un préstamo. Sé de casos que gente con dinero líquido pero sin propiedad alguna ha prestado cantidades que no le han sido devueltas por otras personas sin dinero líquido pero con propiedades importantes. El más pobre tanto en el momento del préstamo como años después es el de quien no tiene propiedad pero quien la tiene no tiene el menor sentido de vergüenza al o devolver al deuda contraída.

Vivimos en un mundo de desconfianzas mutuas en las que hay detalles que es mejor no comentar. Por eso de lo que se gana y de lo que se tiene como reversa económica no son los temas tocados fuera del ámbito privado mas intimo.

Preferiría que nadie me debiera nada así como prefiero no deber nadie a nada. Prefiero no pedir para no entrar en esa impredecible dinámica de obligaciones mutuas contraídas por favores concedidos. Eso lo llevo al extremo de objetos como libros. Había perdido tantos libros prestados que tuve que jurarme a mi mismo no volver a prestar ninguno mas, sin embargo sigo regalándolos.

Lo grave de ser acreedor de alguien que se sabe tu deudor, es que este se lleva para sus adentros una especie de rabia al conocer que su conducta no es perdonable. Se inventará cualquier cosa con tal de justificar su treta y su opinión adversa, pero en su interior no olvidará que se ha comportado como un sujeto sin honor y ruin. Como eso es muy generalizado en el mundo no pasa nada, los malos son los que pasan inadvertidos.

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