FLUENCIA TRANSCULTURAL

El conocimiento: pásalo

 

El conocimiento y su modo de pasarlo.

Desde la época del teléfono, el de hilo y bacalita, el que estaba enganchado en la pared y no era inalámbrico; la idea del “pásalo” fue siendo instrumentada como forma de difusión. Cuanto más potenciada era una noticia que fuera correcta más se facilitaba la conciencia general. No había razón para sospechar que no todos los individuos facultados mentalmente  tenían porque estar dispuestos a aprender y hacerse correa de transmisión de aquella noticia recibida. Las actuales nuevas formas de hedonismo cultural están indicando que la selección del saber expresa ya una forma de saber y que no todos los ecos merecen ser reproducidos. Para quienes nos comprometimos con la creación y extensión de pequeñas y disminuidas ventanas culturales porque no había posibilidad de otra cosa en tiempos de rigideces institucionales y de oscurantismos ideológicos, heredamos una especie de hupervaloración de todo lo que era información útil o defensa de la denuncia social. Nos costaría tiempo entender que no todo lo que circula por pantallas y con grafías es indicativo de conocimiento.  David Hume,[1]tuvo aversión prematura por todo aquello que no fuera conocimiento lo que, en su caso.,  le llevó a no tener en gran estima la carrera de derecho para la que fue predeterminado por su familia. Efectivamente todo lo que pasa por texto escrito, tampoco como noticia, no lo es y todo lo que pasa por la escritura no es ni literatura ni tiene utilidad para la reflexión.

En una época de ecos y resonancias de toda clase de basuras informativas, la contra información y la calidad de la transmisión de los hechos lo está pasando mal. Para suerte de los marginales voluntariamente autoexcluidos de las patrañas de este mundo de filfas y operetas,  que no entramos en los entretenimientos pictográficos de una sociedad estética con superávit de implantes, ya no somos cuatro pringados que no tenemos otro remedio que aguantar la avalancha de insensateces sino que nos podemos encontrar por decenas de miles en otros ámbitos de cultura y de placeres intelectuales. Cuando llegas a la conclusión que la mayoría de ítems de entrada en tu vida (en tu buzón electrónico o en tu campo acústico) son unidades del gran basural llamado mundo, buscar a interlocutores válidos para la comunicación y para la complicidad con el conocimiento se parece a la antigua alegoría de ser agujas buscadas en un pajar. A fuerza de irnos buscando nos hemos ido encontrando y advirtiendo con reflexiones y criticas que aunque o somos todos los que estamos en las sintonías para un conocimiento en crecimiento sí estamos todos los que podemos para activarlo y aunque no andemos sobrados, a menudo lo que uno consigue pensar por su cuenta justifica a la humanidad para que otro millón sea incapaz de hacerlo.

El conocimiento pasa por el pensar y su transmisión pasa por la tecnología difusiva pero eso ya no es tan crucial. De siempre los mensajes más ordinarios son los que han llegado más lejos y el comercio se ha ocupado de idolatrar la vulgaridad. La creación de conocimiento es multifactorial y está repartida por las sedes de reflexión y los ámbitos que miman y cuidan el saber. El mundo está repartida en sus distintas esferas según los campos de intereses que tengan sus habitantes. La antigua interpretación de la sociedad en su división en clases sociales dejó de servir para entender las contradicciones mundanas. El mundo se divide según las tomas de posición ante la realidad de sus habitantes, En última instancia el conocimiento es el saber de orden objetivo al que se decide acceder o no. El más grotesco de los síntomas de los modelos democráticos es que han puesto en igualdad de condiciones y de derechos tanto a los ignorantes como a los sabios, como estos son minoría su sufrimiento está garantizado. La mayoría se nutre de titulares sensacionalistas y de antiguas bocinas dogmáticas. Todavía son muchos los que supeditan la comunicación o su tentativa a la imagen, la pregunta de la edad a la respuesta a un saludo.  Para la sensibilidad humana, la poca que va quedando, tiene categoría de crimen en contra de ella seguir encontrando humanos impostores que aunque llevan anatomías humanoides no tienen nada que ver con los valores humanistas reunidos en los últimos milenios. No nos engañemos: la evolución histórica de la especie como tal no existe. Hay quien evoluciona en sus laberintos y hay quien no evoluciona o mejor dicho quien decide emplear las cuatro reglas aprendidas para involucionar. De eso se infiere que personas de la antigüedad a miles de años vista estuvieron mucho mas evolucionadas que sus descendientes que siguen abundando en la actualidad. La impresión general es que hoy ya nadie tiene vergüenza en proclamar su no saber. Los espacios de relax o de flirteo son para tontear y demostrar el máximo de estulticia. Cuanto más ignorante sea uno más se identifica con el perfil promedio dominante. A rio revuelto ganancia de pescadores. En ese panorama de absortos de sensaciones (estéticas de mentiras y discursos caducos) el conocimiento o quien se haga su valedor lo tiene magro.

Hay que diferenciar entre tener un conocimiento y tener la necesidad de comunicarlo. Los esfuerzos por transmitir las lecciones de la historia van chocando con las paredes o los cerúmenes de quienes no se quieren enterar. De lo que se habla mayoritariamente es de aquello que  tiene poco interés para la exquisitez y para el saber. Es así que el conocimiento es no solo un caudal de saber sino un planteamiento de vida. Quien quiera conocer las leyes de la vida y la verdad del ser humano se colocará en la tesitura de encontrarlo. Quien no quiera conocer el árbol de la vida podrá seguir inyectándose petróleo en sus venas y hacer el panoli la temporada que arrastre su crisma por la tierra.

En principio el conocimiento divulgado va a favor de la liberación humana de sus lastres e ignorancias pero esa divulgación choca sistemáticamente con las chusmas no interesadas en el saber. En demasiados espacios las propuestas de seriedad o de indagación son ignoradas. Es observable el fenómeno de la vanidad de los que menos tienen que dar y enseñar a los demás.

Mientras el personal se sigue entreteniendo con sus fanfarrias, el conocimiento progresa en aquellos ámbitos que se especializan en hacerlo. No es extraño que el que sabe no pierda el tiempo en didácticas invertidas en el que no sabe, pero no porque no sepa sino porque decide continuar sin saber. Para fortuna de la observación quien vive de espaldas al conocimiento se detecta a corto plazo, a veces inmediatamente. La tesis de la divulgación sigue siendo importante (por eso escribimos y plataformamos argumentos) y es lo que va a reclutar nuevos pensantes a favor del saber con el que van a contribuir pero es más importante que cada cual en su aprendizaje no deje de seguir en su desiderátum a pesar de no ser entendido por el entorno. Esto ocasiona un incremento del decalage entre quien conecta con el conocimiento y quien no quiere conectar porque le aburre o le produce jaqueca.

Del conocimiento hay ideas distintas. No todo lo que entra en la cultura lo esencializa ni la sistemática del anecdotismo periodístico contribuye a su crecimiento. Puesto que sigue habiendo públicos para todo no hay problema. En u mismo espacio de palabra coexisten los argumentos del conocimiento y los trasncriptores de la mediocridad.  Lo que facilita o no la transmisión del saber es su recibo o no por parte de la sociedad, incluida su fracción más culta. La impresión es que la gente está menos interesada por la lectura, por la reflexión y por el debate prefiriendo seguir con fetichismos absolutos y cuadros maniacos supervivenciales.

Del otro ya no interesa que acuda a una cita manifestativa como carne de cañón o figura de protesta. En un momento dado el sistema de comunicaciones por hilo o por ondas puede reunir a un millón de personas en una cita dada para un tema dado, pero eso tampoco significa gran cosa si cada una de esas personas o se dedica a pensar sobre su vida y su destino. Del otro lo que interesa es que sea sede de pensamiento crítico, aval de lo más lucido de la humanidad.



[1] (Edimburgo 26 abril 1711-1776)

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