FLUENCIA TRANSCULTURAL

Grandes y pequeños errores

(Mis) grandes y pequeños errores.  JesRICART

A diferencia de la opinión generalizada que he escuchado renovarse en toda clase de personas y lugares, yo tengo –reconozco tener- un buen fajo de errores, de los pequeños y de los grandes de los que arrepentirme. Ante la declaración grandilocuente de alguien: o me arrepiento de nada, este alguien deja –para mí- de ser un interlocutor válido y alguien a quien darle tiempo de escucha.  Tantos que de no haberlos cometido mi vida habría sido otra completamente distinta, A diferencia de esa otra opinión solida y robusta yo no diré que no me arrepiento de nada de lo que hice y  que de repetírseme las idénticas circunstancias yo también repetiría mi posición. No lo diré, ni puedo decirlo De mi vida tengo cosas de las que enorgullecerme pero  otras por las que todavía puedo sentir vergüenza al recordarlas.

Creo que a la vida se viene a aprender ¿para qué? para saber vivir. Una aporía que me deja sin fuelle y sin estación terminal a la vista. ¿A dónde va una vida? Si lo respondo por lo que hace a la misma diré que  justo a donde he llegado. O sea, a ninguna parte. Pero no es la clave de la fatalidad la que recarga mi cartucho gramatical para este tema de autoanálisis o al menos no quiero que sea el fatalismo lo que se desprenda de su exposición, todo lo contrario, creo ser un alumno aventajado de la ironía y cargo mis artillerías con el sarcasmo. El humor y la risotada con la propia sombra (también con la imagen de espejo) es todo lo que queda después de circunloquios y metafísicas. No sé, en estos momentos de alto descrédito pero no absoluto, si es  una cuestión de tiempo que el ser humano termine sus millones de años como especie predadora sobre el planeta sin dejar rastro  salvo por sus calamidades pero sí sé que cada individuo es responsable de sus actos individuales. Ninguno puede justificarlos en modo alguno aduciendo atenuantes o presiones externas. Detrás de cada bala disparada o mina estallada lo que hay es alguien que la disparó o la puso. Esa es la primera instancia de responsabilidad. El que diera la orden es otra. Del doble error de ese cromo de esquirlas el error es el del soldado que dispara y del tipo que acepta serlo para obedecer órdenes sin cuestionarlos. En segundo término y muy en segundo término está el error del que las da. Al hablar de error nos estamos refiriendo a lo que se equivoca, a lo que está equivocado, a lo que necesita rectificación. La suma de pequeños errores es el sustrato de grandes males que afectan a dosis distintas a quien los comete y a los demás que no tienen nada que ver con el asunto. A diario las noticias nos informan del índice de  victimidad por errores. El horno no está para celebrarlo con cohetes de fiesta y confeti. Distintas voces autorizadas han conectado la existencia del mal que se puede interpretar como la consecuencia de muchos errores concatenados con la ausencia de intervención para evitarlo. Quien no castiga el mal, ordena que se haga dijo son posibilidad de error Leonardo Da Vinci. Para que el mal triunfe, basta con que los hombres de bien no hagan nada apoyó Edmund Burke. Es conocida también la idea en esta línea de Einstein: El mundo no está en peligro por las malas personas sino por aquellas que permiten la maldad. Para Publio Terencio cuando se puede evitar un mal es necedad aceptarlo.  No hay posibilidad de equívoco. El mal ha sido cuestionado siempre, lo que no se ha explicitado tanto es el mal del error concreto, o el potencial de mal que encierra la equivocación o suma de equivocaciones hasta la saciedad. No es que haya engaño, para Chateaubriand los bosques preceden a los pueblos, y los desiertos los siguen y con la elegancia de esa simple constatación confirma la sensibilidad ecologista. Detrás de los errores hay mal factores, si cuesta tanto reconocerlos es porque es tanto como reconocer vidas perdidas o elecciones equivocadas con resultados de grandes desastres. El número de malhechores no autoriza el crimen dijo Charles Dickens. Conviene recordarlo en tiempo que las actuaciones erróneas parecen dominar grosso modo a las acertadas. Como que cada mal factor en la dosis que lo sea ampara su comportamiento por la abundancia de problemáticas en su entorno la categoría de lo incorrecto tiene todos los estándares de la normalidad.





Vuelvo a lo particular: el error es consubstancial al ser humano pero no afirmaré que lo sea como algo congénito. La idea ciceroniana del error reconoce una fase segunda de sin razón al persistir en él. A fuerza de inventariar errores sabemos que todos los hacemos y con esto una leve mueca infantil insinúa la demanda de disculpa. Hay errores  o actitudes que no se perdonan. Perdonarlos iría a favor de su exculpación y propagación. La ciencia penal, que tampoco es una ciencia, no ha resuelto el fracaso de la alternativa de la rehabilitación de los penados, es decir de los socialmente castigados y políticamente perdonados. De los pequeños y los grandes errores se levanta la pirámide de una jerararquía societaria de mutuas disculpas. De los míos puedo dar fe: hice toda una carrera universitaria sin apenas objetar nada durante 4 años  en la didáctica y los contenidos de las clases in situ sumándome a las huestes de los que toman apuntes y callan. Acepté hacer un servicio militar obligatorio en el que hice una jura de bandera obligada para evitarme el arresto sin declararme objetor para vestir el uniforme y empuñar armas. Admití que continuará el embarazo no planeado de una mujer de la que me enamoré a pesar de estar en contra de la paternidad en una edad que teníamos otros proyectos en la vida. Regresé al hogar paterno después de haberlo abandonado en la adolescencia mintiéndome al creer que era un refugio familiar. Admití continuar viviendo en uno de los países de mentalidad más atrasada de Europa en una época que podía haber  buscado otras experiencias en otras latitudes. Admití trabajos laborales sin concurrir las condiciones de seguridad ni estar justamente pagados.

Todo eso fueron grandes errores que me cambiaron la biografía totalmente. Estoy  seguro que la vida no está predeterminada  a priori pero en cambio lo va estando en la medida en que uno va metiéndose en trampas por cobardía a su independencia o por creer las mentiras que más le influyan.  Me he dicho que todos los errores dependen de uno anterior: el de haber nacido. Pero ese es un error compartido, el que lo comete al nacer no pudo hacer otra cosa ya que le obligaron a ello. Desde el momento en que se forma parte de un mundo equivocado es difícil vivir instalado en la pureza. El encadenamiento de equivocaciones en el que se va a meter es de tal naturaleza que perderá la cuenta.

Los pequeños errores tiene por marco el tipo de vida que se lleva. Sigo cometiéndolos con una cierta frecuencia. Cada vez que entro en un local de consumo condicionado por la persona acompañante suelo arrepentirme (precios altos y calidad pésima). Aumentaré un grado más las rarezas que me caracterizan y declararé no entrar a locales públicos al azar, optaré por fuentes si tengo sed o por llevar mi propia botella de agua en el bolso dorsal.  Sigo comiendo más de lo que necesito cuando las exquisiteces de una cocina bien preparada hacen que me olvide que soy algo más que un estomago con piernas y un paladar sobornable. Dejo participar en las reparaciones domésticas del edificio que comparto tras decidir que es demasiado tiempo el perdido en un vecindario que no se lo merece. A veces acepto ir a conferencias, presentaciones o actos escénicos de los que no me he informado suficientemente y compruebo que he ido a perder el tiempo como un tonto pasivo.

De los grandes errores puedo dar fe de haber pasado a la fuerza por una escolarización en colegios de curas (un total de 7 años) dejado a merced de proselitistas sin escrúpulos y maestros acientíficos más preocupados en conseguir alumnos obedientes que personas formadas. También fue un gran error llegar a la descubierta y placeres de la vida sexual compartida a una edad tardía. Pasaron diez años antes de que salta de mis auto caricias a las heterocaricias.

De los pequeños errores todavía puedo informar que eludo críticas personalizadas para eludir sus consecuencias reactivas que vengan a complicar las relaciones aunque prevalezca una declaración en la verdad.

En conjunto debo estar volviéndome más acomodaticio de lo que supuse. Un sentido del honor pasa por el reconocimiento de lo que se es y se hizo pero también y sobre todo, de lo que no se será nunca y no se hará.

Sigo viviendo pero sin vivir en mí, es decir sin vivir en aquel tipo de sujeto yo había diseñado desde el ideal de mi fantasticidad, diseñado para las hazañas de la rebeldía y la misión de cambiar las equivocaciones por las certezas. ¿Si apenas consigo depurarme en mis deseos de sujeto etéreo cómo esperar de mí una función misionera a la que renuncié en el momento oportuno? Pero esa elección también puede ser un gran error. La retirada de los rings de batalla es darse por derrotado. Uno puede elegir entre la violencia recibida por los demás o su propia violencia consigo mismo al auto prohibirse ser quien podía  ser o estaba llamado por sí mismo a serlo. Gandhi define la violencia como el miedo a los ideales de los demás. De mis grandes y pequeños errores queda un tipo irrelevante en una tarde gris de septiembre preguntándose si a alguien le puede interesar el balance de sus equivocaciones particulares en un tiempo en que la cifra del paro y la falta de gestiones para la enseñanza de la/s crisis lleva al escándalo, a la ansiedad por la incerteza y a un temor creciente ante el futuro.

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