FLUENCIA TRANSCULTURAL

La no-juiciosidad del juicio precipitado

La poca juiciosidad del juicio precipitado.

No es difícil cazar al hablante inválido para un habla substanciosa. Basta con prestar atención a la manera con que combina los datos y particularmente premisas y sus conclusiones. En cuanto  alguien emite un juicio precipitado (incluso enmascarándolo en forma de pregunta) el fracaso en haberlo elegido como interlocutor para la aventura intelectual –o la aventura relacional- es algo patente. Del hablar y de los hablares nunca faltan hablantes de todas las raleas y realezas que emitan sus opiniones. Si todo lo que se busca es un entretenimiento o distracción cualquier tema y cualquier ponente ya sirven. Si uno se muere de aburrimiento ante hablas estandarizadas y tópicos repetidos lo mejor que puede hacer es escapar hacia el territorio de la soledad a faltar de interlocutor sustituto que sea realmente un interlocutor. La constatación del aburrimiento refleja un déficit situacional pero tampoco es suficiente para tomar como el motivo definitivo para impugnar una opinión, falta que concurra la improcedencia de tal opinión. Al Pacino que declaró que ser actor es un sentimiento admitió que no se podía creer lo insufriblemente aburrido que era un rodaje de la época de sus inicios, algo que no impidió el resultado creativo y positivo de sus trabajos tras el montaje. El campo de la imagen tiene un valor multiinterpretativo mucho mayor que el campo lingüístico.

Las conversaciones sirven para muchas cosas pero a través de ellas no siempre se exponen ni se expanden los juicios correctamente. ¿Qué decir de una maliense ayudada puntualmente por un persona, amante de hacer favores y que la ayudó con su pequeña criatura, que tras recibirla le aseguró que lo hacía porque se sentía culpable? ¿qué decir de una universitaria de filosofía que al ser informada de una relación de pareja en la que uno de los dos tenía una minusvalía física severa, conjeturó que la otra estaba con aquella para lavar sus culpas? ¿Qué decir de una amiga postal en un país desarrollado que a las pocas semanas de no recibir noticias tuyas desde un país africano y con dificultades de conexión internáutica ya supone que no quieres tener ninguna relación? ¿qué decir de tantos contactos electrónicos que a partir de la demora de una respuesta ya han juzgado que el otro no existe? ¿cómo entender esos pronto-juicios entre un tipo de portavoces de la farándula política que ates de que les dé tiempo de toda investigación y consulta ya tienen esa pronto-respuesta para dictaminar una situación?

El sujeto humano tiene un problema consigo mismo cuando le puede la prisa y antepone cualquier afirmación con tal de no quedar callado. Al igual que dos gallos de pelea que se reparten el turno de picoteos en cuerpo ajeno, en las peleas verbales el disco automático de afirmaciones no pensadas (un insulto suele ser  la expresión vulgar y simple de una afirmación no pensada para un momento dado). Si los juegos verbales no carecen de inteligencia antes de pasar a las descalificaciones o a los contrajuicios automáticos resulta más prudente elegir el silencio, es decir la no-respuesta.

Embrionariamente el juicio ya está contenido en el enunciado ordinario. En las formas de descripción y relato ya están contenidos una cierta cantidad de pre-juicios siendo así que el juicio precipitado es más usual de lo que se estima. De hecho algunos de los juicios precipitados son los que sirven para solventar situaciones de peligro. Sospechar de quien  tiene la intención inminente de matar te pone en fuga o te permite eludir su sable. Sospechar por sistema de quien te recuerda al anterior contribuye a un enorme síntoma paranoico que te pone en fuga de todo, incluido de las experiencias magníficas y de las ventajas soberbias para tu vida. De ningún acto se puede decir que sea indispensable para todos los actuantes. Las variables de circunstancialidad, temporalización y  plantilla de reparto de otros intervinientes son las que permite juzgar correctamente cada momento. Esas variables son bastantes más de las que se estiman a primera vista.

El umbral de efectividad de un contacto comunicativo sobre un tema dado o consultado es el que se pone en función de una exploración exhaustiva de todos los factores en juego. El criterio de corrección lo da una metodología aprendida por la misma existencialidad. La falta del tiempo y el urgentismo cargan  la artillería de las simplezas y de las conclusiones infundamentadas. Evidentemente todo el mundo puede opinar pero las opiniones de mayor valor son las que tienen una solida argumentación y documentabilidad. La libertad de expresión puede dar alas a las memeces pero la crítica racionalista no y será su cometido desbancarlas. La eficacia no tiene un consenso sobre su significado. No en economía i en psicología relacional. La economía clásica ya estaba dividida entre quienes sostenía el crecimiento de capital por el crecimiento de consumo (la tesis de Keynes) y quienes creían lo contrario (obviamente engañados por los datos sensoriales) de que había más capital a menor consumo. La actualidad y con la enseñanza de sucesivas crisis sabemos que el umbral de efectividad existencial no guarda una relación directa con el incremento de bienes sino con su calidad y su gestión. En psicología relacional la diversidad de contactos proporciona multiplicidad de recursos pero no necesariamente una mayor profundidad en cada contacto. El objetivo relacional (tanto para los asuntos productivo-materiales como para el mantenimiento de la amistad) tampoco es siempre la conquista de la efectividad. El entretenimiento existencial contra el aburrimiento o los bloqueos ya es razón suficiente para mover ficha o tomar iniciativas. Lo mejor para cada momento biográfico no tiene porque pasar por ideas o conductas en sí mismas eficaces. Los dislates y los errores también ayudan a experiencias vitales significativas aunque eso no signifique se las tenga que buscar pero en cuanto se tropieza con ellas tampoco hay que tomarlas como una debacle. En su campo David Chipperfield, arquitecto inglés, demuestra que las posibilidades constructivas no se limitan al high tech, dice que “no siempre lo más eficaz es lo mejor para la vida”.

Me pregunto si la emisión de opiniones precipitadas y por tanto irrazonadas cuando no irracionales y por ellas mismas lesivas por juicios cerrados sin fundamento pueden ser útiles para la vida. Su eficacia para la comprensión, el conocimiento y la verdad es prácticamente nula y su valor para la vida al menos relacional es igualmente inútil. Las conductas tienden a buscar el máximo de eficacia posible pero a costa de pelearse contra las que tienden a reiterarse por inútiles y peligrosas que puedan ser, como la del conducto cuya prisa la antepone al ritmo del pedestre cruzando un paso cebra.

En las formas de conversar nos averiguamos lo que somos por encima de lo que decimos ser. No hace falta esperar unos años después para saber qué se hizo de aquel proyecto y su proponente, de aquel modo de vivir y su viviente, para sospechar por su propia estructura mental lo que va a dar de sí.

Muchas relaciones personales quedan severamente condicionadas en el primer o primeros sondeos recíprocos de opinión. Lo que lleva a la distancia en el contacto con los demás es la verificación de maneras personales del hacer e ideas concretar del pensar.

La coexistencia pacífica y una propuesta de vida armónica nos lleva a tratar de compartir experiencias (la conversación es uno de los formatos de experiencias más reiterado)integrando todas las variables diferenciales sin tener que contar con la unanimidad ni el consenso en lo crucial. Para la mayoría de contactos bastante el consenso, incluso sólo tácito, con lo cotidiano para poder compartir espacios, temas, reuniones y placeres, aunque en lo esencial no haya coincidencia. No existen ni existirán dos personas que se entiendan absolutamente en todo y coincidan en las mismas ideas por mucho que se muestren como almas gemelas.  Lo que sí podemos encontrar y por lo que podemos luchar es por la coexistencia creativa desde las personalidades diferenciadas. En ese proyecto, la poca juiciosidad de los juicios precipitados es una razón sobrada para excluir a sus postulantes nada ponderados de temas cruciales, a la vez como aliados activos en los que confiar para investigaciones científicas.

Tras auditar a muchas personas se pasa del criterio magnánimos democrático de todas las opiniones tienen el derecho a ser consideradas por un igual a un criterio mucho más selectivo excluyendo de ese umbral las insensateces, los antiargumentismos, los dogmatismos y los conclusionismos infundamentados.

Lo peor que se le puede decir a alguien es que no se le puede hacer caso por su incapacidad argumental y por su precipitación en las conclusiones, víctima de sus dificultades en pensar y ponderar las cosas. La vida relacional lleva a tratar con muchos hablantes que están en esa categoría pero que se les perdona por los vínculos sentimentales que se tiene con ellos, lo cual no significa que en la práctica se les haga caso. Si bien todo el mundo tiene derecho a la palabra por amparo constitucional y por las dinámicas conversacionales de las que se participan no a todo el mundo se le hace ni se le puede hacer el mismo caso. No hay ley ni sistema de habla que garantice esto, ni siquiera en los espacios congresuales en que los repartos de tiempo para el habla son equitativamente garantizados. Lo que acredita a un hablante es la consistencia de su decir, si no la tiene antes o después su habla no será más que tomada como ruido ambiental.

 

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