FLUENCIA TRANSCULTURAL

Meditaciones ante el fuego.

Meditaciones ante el fuego.

Una chimenea fue la evolución del fuego concentrado en un a parte de la casa. Debió ser el paso siguiente de la organización domestica tras los fuegos en las cuevas o de campo u hogares. Si el fuego de chimenea no existiera debería inventarse. Las casas de campo todavía tienen la gran suerte de disponer al menos de uno. Las grandes mansiones contaban con fuegos en cada habitación. Como posibilidad domestica para escalfar las estancias tiene sus discusiones. En el mejor de los casos deja una enorme cantidad de cenizas que recoger con el consiguiente trabajo de limpieza. Aún así el urbanita que va de fin de semana a una casa rural lo reclama, le recuerda la infancia o remotos avatares metidos en los recónditos de su memoria.

El fuego tiene una magia especial: el crepitar de la lecha y las llamas continuas propician la meditación sobre lo efímero de todo y la continua forma en movimiento aunque sea una forma condenada a extinguirse. La física dice que ese fenómeno de evidente destrucción no lo es mas que de transformación y que cada uno de los átomos en juego reaparecerá en otro objeto o cuerpo. Si es así el continuo juego de construcción-destrucción nen el que andamos metidos los humanos pero también la vida natural, solo que a escalas mas proporcionadas, no sería mas que una ficción. Nada puede desaparecer nunca del todo por el solo hecho de su indisolubilidad absoluta. Para la fidelidad a la continuidad, he aquí una: todo prevalece solo que de una forma tan distinta que se hace inidentificable en comparación a la forma anterior.

El fuego además de proporcionar calor en las noches tempranas a partir de otoño otorga la imagen de un movimiento continuo que conjunta la singularidad de cada llama. El crepitar de la leña es un ruido particular aunque cada madera quema de manera distinta según sus resinas, su corteza y su consistencia. Los inviernos que pasé viviendo como neorrural hubo periodos en que dedicaba una parte del día a preparar la leña para consumirla por la noche. La operación así calculada no resultaba muy económica. La justifiqué como parte del rito. Recuerdo las dos actividades: la de preparar la leña y verla consumirse como algo placentero. Se había dicho que el fuego de la chimenea era el televisor de los pobres. Ahora los mas pobres prefieren infectarse con programas fraudulentos que pasar buenos ratos de conversación o simplemente estar en silencio ante el fuego antes de irse a la cama.

Cuando tengo oportunidad de una chimenea encendida no me resisto a repetir la experiencia. Retozar ante un buen fuego echados en la alfombra junto a tu pareja o tumbados en el sofá en zigzag dedicados al masaje mutuo de pies y otros masajes es una de las razones por las cuales merece la pena haber nacido. La práctica se puede repetir cada noche. Mirar el fuego es incomparablemente más nutritivo que seguir la tele-basura. Es el acompañamiento visual y calórico ideal para el solitario falto de caricias pero también para quien las tiene aseguradas. Es el final del día, un momento para balances y reposos. Si se medita con honestidad uno reconoce que el día le pudo colmar pero las cosas pendientes serán muchas más que las hechas. La meditación tampoco es una agenda de planning, aunque la lista de las cosas concretas no parece de acechar. La meditación profunda es sobre el ser y la nada, es decir el ser abocada a su vaciedad. El fuego que calienta y llena de sombras fantasmagóricas la escena no para de recordar que todo es efímero y que el propio pensamiento también no lo es. ¿que decir de cualquiera de los objetivos cumplidos del día en el plano de lo material? Todavía es más extinguible.

Mi memoria sobre el fuego se pierde en mi niñez. Las llamas siempre me atrajeron poderosamente. Era la fascinación de su calor y esplendor lo que me atraía porque ambas cosas estaban basadas en un proceso de extinción, al menos en apariencia. Los troncos y ramas quemados convertidos en cenizas no podrían volver a ser quemados ni estas cenizas volver a ser encendidas aunque eso sí servirían para el compost o la huerta.

Toda combustión desprende anhídrido carbónico a la atmósfera y el fuego de chimenea no es una excepción pero no es una razón de peso para no encenderlo, en particular si se tiene en cuenta que en determinadas áreas boscosas los restos de los árboles caídos por temporales y las ramas muertas proporcionan material combustible suficiente para no tener que cortar expresamente arboles para convertirlos en leña. Eso si que no justifica ninguna meditación. Una casa bioclimática preparada en una zona de bosque tiene materias primas sobradas para su calentamiento y energetización. Una cocina de metal activada con leña puede proporcionar calor para toda ella y ademas tener permanentemente agua caliente. Como desventaja el fuego está encerrado y no se ve. Las chimeneas de metal con ventanas de cristal resistente al calor también encierra el fuego y disminuye el recibo directo del calor de las llamas pero al menos permite ser visto aunque tiene el inconveniente de la opacidad de los cristales por el humo pegado. Lo ideal es la chimenea clásica con buen tiro de aire y sin peligro a que rebufe el humo. Una gran chimenea también permite meter troncos de una cierta tallar sin andarse con remilgos para cortarla a medidas pequeñas.

La meditación ante ella lleva a pensar por lo pronto a la finitud de todo y a la funcionalidad de esa terminación. Desaparecer es dar paso a otras circunstancias.

Las grandes catástrofes han ido unidas al fuego. La cinematografía de terror y de acción no se puede abstener de usarlo incluso atribuyéndole propiedades que no tiene. La perspectiva de morir quemado es una de las mas atroces. Por eso el catolicismo y otras terribles doctrinas lo usaron para imponer su dominio sobre los infieles a los que llamaron endemoniados. El fuego es el elemento crucial para con los otros tres (tierra, aire y agua) hacer de la tierra y de los espacios vivos una maravilla. El fuego es la luz,,la radiación, el nutriente reina que permite la configuración de los demás. El sol, la estrella reina, no es más que una gran bola de fuego. La vida es fotoinducida. Sin la luz es difícil propulsarse para una vida sumida en la oscuridad aunque toda luz proyecta sombras.

Frente al mundo holocáustico que intenta disminuir al individuo, el sujeto se recrece desde su soledad. Meditar es un ajuste de cuentas con una realidad excesiva de superfluidades y sobrada de proteccionismos para rescatarse del fondo del vacío personal no porque la plenitud sea un objetivo posible ni siquiera sea reto sino porque justamente es el vacío que nadie te puede quitar.

Ante las llamas devorando materia que fuera viva no hay posibilidad de decrepitud mayor. Pero toso deja un resto y tras las ascuas también lo hay. Las cenizas son las partículas apropiadas que convenientemente humedecidas sirven para pintar la figura nigromante. En la escena más apasionada los amantes del sofá podrían saltar a la mañana siguiente sobre el lecho de las cenizas tibias para copular consigo mismo y con la tierra. El fuego es la insondable continuidad que conduce a la extinción de lo que quema y con ello de si mismo. Es la actividad que se propone sin continuidad. La llamarada se apaga y el meditador se desdibuja en la misma oscuridad a la que da a lugar. No ha podido amar al fuego más que como transición a la nocturnidad definitiva en la que se diluirá en sus sueños -o pesadillas-. De haber amado la perpetuación del calor y el tintineo de las llamas habría torcido su funambulismo meditacional. Nada se puede pretender como objetivo a alcanzar ni siquiera el horizonte (una manera de nombrar el espejismo). Derek Walcott dijo “haber amado el horizonte es insularidad,/ciega la visión, limita la experiencia”. Podría sumarme a su poema añadiendo que quedarse con la conclusión de una noche para pretender la misma limita el pensamiento y hace prisionera la elaboración de una premisa propuesta para doctrina.


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