FLUENCIA TRANSCULTURAL

Catarsis y cura

Catarsis y Cura.

La discusión formalista sobre el modo de decir las cosas suele estar vinculada a una posición conservadora de la apariencia que coloca en un segundo plano lo más importante. En según qué ambientes aristocratizados era de mal gusto elevar el tono de voz y es conocida internacionalmente la postura flemática en la que se dicen las peores cosas sin perder la compostura del rictus cínico. De las múltiples observaciones de la vida cotidiana y de la empiria de los interactos con los demás, he desprendido una conclusión que para mí tiene categoría de axioma:quien prioriza la atención en la forma y no en el fondo es que quiere eludir la conexión con lo real impidiéndola implicitamente por la vía de la hipervaloración del semblante. Las interactuaciones que se llevan la mayor parte del tiempo hablando de la forma es que consciente o inconscientemente no desean llegar al fondo de la cuestión. Muchos procesos (también los judiciales ¡como no!) son abortados por cuestiones de forma, demorándolos o eternizádolos.

La catarsis no atiende tanto a la forma como a la pulsión expresiva y tampoco tanto a los protocolos del hablar como una necesidad inaguantable del decir. Teniendo en cuenta que el hablar se ha convertido en el arte del no decir, -algo absolutamente distante del arte de la conversación así como el de la oratoria que no perdían de vista la intencionalidad comunicativa- cuando hay una eclosión verbal todo lo que ha estado inhibido por autocensura o por deferencia al otro, cuando surge lo puede hacer abrupta y desconsideradamente.

En esa escena hay que preguntar ¿qué es lo más importante el decir a pesar de saltarse el protocolo y las llamadas buenas maneras o por deferencia a no herir con verdades irrefutables seguir tratando a los demás con algodones?. Las verdades se digan cuando se digan y en la modalidad que se emplee para decirlas dañan, pero si bien son un daño para quien las recibe parapetado en no quererlas saber puede ser un acto de liberación en quien, al fin, las saca de su escondite para con ellas poner en claro problemas incrustados.

Los conflictos de comunicación son de un tipo o de otro según el posicionamiento subjetivo que se adopte ante el mensaje y según si el hablante cree de sí mismo ser mensajero autentificado o simplemente protocolario ritualizado. Lo dominante en las sociedades hipócritas es la subordinación del sujeto a su rol (obligado o autoelegido) lo cual le da una perspectiva de evolución filosófica personal escasa.

El radiograma de un sujeto, así como de su constelación, gira en torno a un eje de unos cuantos núcleos conflictivos, tampoco tantos. Su vida entera pivota o ha quedado estructurado en torno a unos temas céntricos. Por años que pasen no significa que se resuelvan. Antes bien, en el lugar de la solución lo que la neurofoisiología de la supervivencia impone es un olvido, una amnesia voluntaria fragmentalizada de aquellas cosas que se borran del consciente que no eran soportables. Pero el hecho que un acto sea olvidado, otro puede ser la referencia de permanente recuerdo mientras se viva. Eso distribuye el arco de hablantes con los que se trata. Hay interlocutores que dejan de serlo, es decir que se les descarta como válidos (ni útiles ni interesantes) a partir de un cierto momento en que su posicion psicologica o sus ideas les llevaron a actitudes tan conservadoras, tirmoratas y falsas que ya no dieron lugar a la hipótesis de encuentros posteriores. Esto viene pasando tanto con personalidades muy vinculadas al ámbito de la cultura como otras que prefieren no leer nunca ni participar de discusiones intelectuales; ambas están tocadas por sus bioquímicas emocionales con respuestas asombrosas cuando prefieren no saber a exponerse que ese saber les ponga en evidencia sus mentiras. Flaubert ,que retrató con equivalente mordacidad la idiocia conservadora con la idiocia revolucionaria, afirmó que hubo hombres de ingenio que se volvían cretinos de golpe y tal cretinismo les duraba el resto de sus vidas. Es difícil encontrar un intelectual que no objete la degradación de otros que le tocó soportar en confrontaciones en su misma época. En todo ámbito de la palabra (instrumento crucial para la comunicación más precisa) nunca faltan figuras detractoras de los decires que hacen a veces de peso contrarrevolucionario a la innovación y otras de rompedoras de moldes proponiendo mentalidades de puertas abiertas para abrazar nuevas formas de contacto. Cuando el mensaje es ofensivo -aunque sea cierto- y se produce una reacción represiva, este hecho se convierte en un factor de regulación para moderar posteriores intervenciones. Posiblemente el interlocutor que no quiere escuchar la verdad acaba recibiendo posiciones superficiales en quienes lo tratan en su delicadeza quebradiza.

Ante lesiones graves -así tomadas por informaciones dadas- y sus sutorias, sigue habiendo distintas posturas teóricas y formas prácticas de encajar las. Situaciones Una sostiene que lo mejor es olvidar lo ocurrido y eso permitirá pasar al perdón. Otra posición sostiene que sin un análisis del suceso es difícil que el sujeto obtenga la plena consciencia del daño ocurrido o que ha ocasionado. Una biografía se llena de muchas cosas, también de afrentas, descuidos y desconsideraciones, con las que se va cargando y aceptando como un flujo de normalidad. Efectivamente la norma de comportamiento dominante en sociedad no es la sinceridad o el contacto honesto sino las elusiones, las evitaciones, los micro rechazos cuando no los marcro-rechazos. Las situaciones de abandono y de engaño, incluso en aquellas situaciones biográficas duras pero que permiten un margen de elección, son difíciles de aceptar. El caso de las madres -o padres- que se deshacen de sus hijos/as en una edad prematura por no poder ocuparse de ellas por razones económicas, o por ejercer la prostitución, dejan una satisfacción pendiente difícil de explicar. 50 o 60 años después de este acontecimiento si la relación materno-filial existe porque los protagonistas siguen vivos y siguen con sus contactos, el conflicto que generó no ha terminado aunque haya una relación de cordialidad o su simulacro funcional. Las relaciones materno-filiales piden una atención especial en el universo de todas las relaciones sentimentales. El amor de madre puede ser una falacia tanto como el amor de hijo. Hay, un vinculo sentimental, eso sí. Amor es una palabra demasiado maximizadora para darla por validada para todos los vínculos sentimentales. La obligación o débito que siente una persona por haber dado a luz y haber traído a otro ser al mundo presiona psíquicamente para generar culpa cuando impone una separación porque se desprende de su criatura durante su infancia (otro caso particular era el de las madres que abandonaban los bebés a las puertas de conventos nada mas nacer). Este mundo en el que se cultiva la apariencia va dejando la suciedad sentimental debajo del felpudo sin llegar a barrerla del todo. Terricabras refiere que la sociedad que se ha montado esta basada en la simpatía pero no en la profundidad.

La catarsis es una condición necesaria pero no suficiente para la cura, entendiendo la cura de una relación y de sus emociones enrarecidas. La catarsis es un decir voluptuoso en el que es secundario si aparecen los gritos (aunque lo recomendable es no hacerlo para poderlo decir todo con serenidad y seriedad) que permite poner en contacto con una verdad callada, a veces por décadas, al responsable de unas heridas. A menudo, a los ancianos se les disculpa de pasarlos por ese trato en deferencia a su avanzada edad, olvidando que el aparato psíquico que tenían una o dos generaciones antes cuando cometieron sus grandes errores en la tenencia y trato de sus hijos sigue siendo el mismo. La edad biológica no añade nada, absolutamente nada, a la evolución personal sino hay una voluntad ideológica en el cambio de valores y una honestidad en las formas de pensar. El paso del tiempo suma edad pero no saber si no se va con el registro despierto para su adquisición. En muchas relaciones con personajes confrontados que no entraron en el juego de verdades, si la relación ha de continuar por condicionantes ineludibles (si se trata pues de relaciones políticas o interesadas) lo que queda de ella es una leve sombra. Su substancialidad ha sido excluida. Eso lleva a tener un gran circulo de relaciones distantes -pero también sucede con algunas próximas- en las que todo va bien si no se aborda nada realmente importante. Ese circulo incluye parentela familiar y figuras significativas biográficamente pero a las que no se ha reescalado para un significante o una importancia mayor en su interiorización.

Si la catarsis directa no es posible (no poder decir lo que se siente ante quien produce ese sentir por ser una actitud temeraria) toca recurrir a la indirecta (diario terapéutico, letrapéutica, rol playing, desensibilización, alternativas sentimentales, intelectualización..). La cura pasa por esa proyección en un campo u otro o en los dos combinados en la medida que sea posible.

La violencia es una forma particular de catarsis con daños colaterales y el encadenamiento de su prolongación en terceros que requiere otra reflexión separada.


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