FLUENCIA TRANSCULTURAL

Conciencia y Actos.

La colisión entre conciencia y estilos de vida y consumos.

La conciencia no es algo que se pueda tratar independientemente del comportamiento de cada día. Al referirla en su formato abstracto no le quita cuestionarla -persona a persona- en su escenificación concreta. De la conciencia se hizo un paradigma único como si la conciencia pudiera ser una sola. Incluso hubo vanguardistas que se expresaron como puentes para la extensión de la conciencia de la sociedad en toda la sociedad.

Conciencia es conocimiento de los hechos, comprensión por tanto de los mecanismos que generan los estados de las cosas, entre ellos injusticias y desigualdades, y, también es,  actuar en consecuencia. La conciencia lleva -o debería llevar- a un estado permanente de crítica para preservar la libertad y cualificar la vida social.

No es así, de la conciencia se hacen interpretaciones distintas y no de todo conocimiento de los sucesos se desprenden las mismas conclusiones. El caudal de subjetivismos explica una diversidad tanto por lo que hace a interpretar lo social como lo individual. Ocurre, pues, que a niveles de conciencia alta no siempre les corresponde formas efectivas de lucha ni tampoco cambios personales de vida. A eso se le llama incoherencia.

Los comportamientos de la mayoría de las personas pasan por las contradicciones. Ya es un gran adelanto reconocerlas pero cuando concurre su reconocimiento no siempre lo acompaña el deseo de superarlas, tampoco concurre la posibilidad siempre de hacerlo. Predomina, en lugar de eso, la instrumentación de teorías y prácticas para vivir lo más confortablemente posible a pesar de toda la disonancia ideológica. Es difícil encontrar una sola persona que no la padezca. Pensar de un modo y actuar de otro es lo más común, no por una intencionalidad cínica en el decir a sabiendas de la imposibilidad del hacer sino por las limitaciones existenciales dadas por las coordenadas tiempo-espacio en las que se vive.

Algunos pensamos que hemos nacido en un mundo para el que no estábamos ni podríamos estar nunca identificados. O nacimos mucho antes de una época ideal (que estará por ver si nuestros congéneres la disfrutarán en los siglos futuros) o nacimos mucho después de épocas pretéritas, en las que muy probablemente la autenticidad era mayor y el trato entre semejantes era más humano (donde, en todo caso, las bacanales orgiastas romanas pudieran hacerlo pensar por su mayor liberalidad).

El deseo de una conciencia universal, solidaria y digna, con la libertad como primera institución de todas lleva a la colisión continua con las formas más concretas de vivir. Mientras los conspiradores por un mundo nuevo hablan de sus reivindicaciones atiborrados entre borrascas de humos, nicotinas y alcoholes; el observador duda que de esas palabras pueda salir algo realmente nuevo. Mientras las personas se organizan por un lado para reclamar el fin de las desigualdades acepta empleos no éticos para intoxicar a la sociedad con productos superfluos y dañinos. Mientras hay gente que habla de amor fraterno y de acabar con el capitalismo se enreda con sus depósitos bancarios en entidades sospechosas por sus apoyos al armamentismo.  Los combinados antitéticos son continuos. Tenemos portavoces del ecologismo que se desplazan generando grandes consumos de combustible intoxicando la atmósfera, apólogos de la libertad que prohíben a sus partners a que tengan contactos íntimos con otros, parlamentarios lúcidos que se saben atrapados en las encerronas palaciegas donde no se hace puñetero caso a sus propuestas, hablantes obsesivos de sexo que lo practican más bien poco, amigos que apuestan en contra de tu libertad relacional…Entre el creer y el actuar hay grandes distancias, las que hay entre el pensar y el hacer. Ese desajuste indica que la conciencia no se limita a una suma de conocimientos y datos verificados aportados por el análisis sino a una forma de ser que los integra y que actúa o tratar de actuar consecuentemente con ellos. En vez de eso, la conciencia sigue su ritmo mientras que el comportamiento sigue el suyo. La conexión no es tan corresponsiva como en principio se pudiera pensar.

Es tan constante la evidencia contradictoria entre el deseo y la posibilidad que se ha naturalizado el abismo existente entre el decir y el hacer. Al conformista se le descubre antes de que pasen 5 minutos de una conversación cuando te dice que si lo que hace (lo cual es algo reprobable y lo sabe) no lo hace él lo hará otro, puesto que es inevitable prefiere ser él el oportunista a que otro le arrebate la función para que se quede con los dividendos. Del otro se espera algo más, bastante más, que un saber extraordinario, y un despliegue de su conciencia por el conocimiento de todas las actualizaciones de los grandes problemas del mundo. Se espera que viva de acuerdo con ese conocimiento para formar parte de las soluciones de las cosas, y no de los problemas.

La ética empieza por la gestión del propio tiempo y energía no poniéndolos al servicio de actividades negativas o fraudulentas por mucho que el mejor postor esté detrás contratándolas. La multiaspectalidad del perfil del consumidor moderno requiere una auto vigilancia total para no ser cómplice del sistema con el que no está contento. Detrás de cada acto de producción y de cada acto de consumo se participa de cadenas y procesos con implicaciones internacionales. El poder del consumo pone el énfasis en esta poderosísima arma individual de no emplear el propio dinero para lo injusto: desde comprar carne envasada a comprar artículos del otro lado del planeta despreciando los del vecino. Ni siquiera las nuevas empresas etiquetadas como comercio justo están fuera de las observaciones críticas en contra de las prácticas neoliberalistas.

En una imaginaria lista de actividades laborales reprobables y de funciones productivas a eliminar no serían pocos los empleos o puestos de trabajo que se deberían recalificar con recalificaciones que conducirían a su supresión.  Por lo que hace a los actos sociales la cultura no ha filtrado las  formas de estrés y velocidades existenciales totalmente enfermas. Basta tener la mala suerte de encontrarte atrapado en un atasco de tráfico encerrado en tu coche para advertir el tipo de hilaridad a la que llega la gente dándole al claxon frenéticamente sin saber a lo que le está pintando. La sociedad enferma está más enferma de lo que se le reconoce. Su autoconcienciación -que queremos suponer que va siendo creciente- no lleva a resultados tan positivos a corto plazo ni se les prevé a medio ni largo plazo a pesar de que los compromisos intergubernamentales dedican más esfuerzos económicos para las curas por lo que hace a los impactos ecológicos lesivos.

El reto crucial tanto para la sociedad como para cada uno/a de nosotros/as  es implementar la ética en cada acto de vida, en cada detalle, en la forma de manejar el dinero y en la forma de relacionarnos con las cosas, en la forma de tratar a los demás, a los que queremos y a los que nos son indiferentes, a quienes están cerca y quienes están lejos, a los clientes y a los socios, a los amigos y a los enemigos. Hay un gran trabajo de reflexión práctico por hacer en cada acción, ya que cada acto de vida es un acto de significado, según actúas así eres interpretado, según lo que hagas así haces mover el mundo en una dirección u otra.

La conciencia no es la suma de los textos escritos o leídos (eso forma parte del proceso de intelección pero no lo que la demuestra) sino una línea de comportamiento, la que sabe  estar en el mundo, la autentificación de las relaciones, la lucha por acreditar la postura ética frente a los comportamientos vendidos que aceptan el ultraje y la injuria a cambio de los privilegios de la supervivencia.

No hay ninguna biografía que no tenga sus pifias y anécdotas para la vergüenza. Pero avergonzarse de lo que se hizo es un factor a favor de la conciencia de quien ha tenido tal sentimiento por su sensibilidad. Avanzar en conciencia significa estar en permanente conflicto con los demás que se oponen a ella o que no quieren actuar en consecuencia con ella. No falta la tesis de quien ve una equivalencia entre conciencia y sufrimiento. Olvida que tomar tal ecuación como una relación inmodificable no permite ver el sufrimiento como parte de la enseñanza y etapa transicional. La conciencia es el aliado integro para la felicidad, la ignorancia lo es para la alienación en la superficialidad.

El ser consciente no puede ignorar lo que sabe, no puede librarse de las conclusiones a las que ha llegado. Su conciencia es el resultado de haber desentrañado los secretos del mundo y en particular del sistema socioeconómico en el que vive, pero también de haberse transparentado ante sí mismo lo que es, en lo que se mueve, su trayectoria de futuro, el valor de sus compromisos. Dependiendo de su disposición espirita también conciencia su sentimiento de fusión con la totalidad, su interatomización con todo lo demás: lo que ha existido y lo que está por existir, lo material y lo inmaterial, lo visible y lo invisible, lo explicado y lo no explicado.  Concienciar pasa por indagar y por pensar, por enfrentar los datos con un método que los combine y esencialice. El placer del saber no es igualado a ningún otro, aunque Eric Hoffer ya filosofó la semejanza del placer producido por la excitación  entre manejar e ideas y el placer de la sensorialidad erótica.

He oído decir varias veces en medios intelectuales que la conciencia está más conexa al sufrimiento sentimental (por la impotencia que se experimenta frente a las necesidades de cambio que no se concretan) que la ignorancia ya que el ignorante piensa que vive en el mejor de los mundos posibles justificando todo el fárrago de errores que sigue arrastrando. No estoy de acuerdo, la conciencia da una amplitud y una visión existencial que no proporciona la no-conciencia. El tiempo de cada minuto y el valor de cada experiencia vienen multiplicados en el nivel de consciencia, algo que se priva quien carece de ella quedándose o pegándose en/a la forma de los estímulos que le van llegando.

Lo cierto es que a más conciencia mayor exigencia ética personal. Tener conciencia y no adoptar una conducta ética da lugar a monstruosidades y a monstruos psicopáticos capaces de las peores barbaridades. No hace falta alcanzar roles de gendarmería en la institución del mal para vivir severas colisiones entre lo que se sabe y de lo que se es consciente y lo que se actúa o hace por los estilos de vida y de consumo. Cuantas más acciones protagonice una persona contrarias a lo que piensa y en contra de la lógica y los valores humanos mayor disonancia, mal estar y patologías vivirá en su biografía y menor utilidad tendrá para los demás, así como para la historia y para la ciencia

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