FLUENCIA TRANSCULTURAL

El seductor literario

He afirmado y vuelvo a afirmar que las palabras son actos y ahora añado que los actos mas cruciales son aquellos que pasan por las palabras y que aclaran la intencionalidad de un hacer. No he caído en la trampa expositiva de contraponer los hechos a las palabras en ese tono que suele hacerse de que los unos son decisivos y los otros andan transportadas por los vientos como briznas de hierba. Al repasar los acontecimientos biográficos propios y ajenos lo que resulta llamativo de las coyunturas es los significantes que las caracterizó, lo que se dijo, el mensaje que transmitió. Hay frases que expresan toda una época histórica o/y toda una vida. Hay frases tan poderosas que son los emblemas de naciones enteras. La doble pregunta a hacerle a las palabras es a través de que agente verbal son dichos y en qué contextos son declaradas: el lugar y el quién. La misma clase de mensaje vehiculado por una persona u otra tiene impactos diferentes lo cual demuestra que el mismo texto viene con una categoría u otra según el hablante que lo comunica. Lo que lo hace importante, que es su contenido, queda deslucido en algunos seguimientos por quien lo dice. Al hablar el hablante se convierte en actor de su acto escénico. La verbalización en si misma es ya un acto verbal. Y ese acto según lo que diga, cómo se diga y a quién se diga está poblado de significaciones mucho mas allá del significado estricto de las frases expuestas. Hablantes orales negados para la escena y la dialéctica persuasiva en la dicción pueden ser los mas elocuentes genios literarios. Y al revés: verboextravertidos que crean las delicias de un auditorio en directo rayan el analfabetismo en la expresión escrita. En sus pruebas en un campo u otro cada hablante aprende pronto en qué destaca más. La ventaja de la comunicación escrita es que el comunicante presencial ocupa un lugar secundario, incluso oculto. He leído muchos libros y textos de autores de los que no supe nunca su imagen o cuando la vi años después no me llamo la atención por atractiva o por bella, tomándola solo como referencial a su discurso con el que había contactado. La sola imagen no es suficiente para intuir los atractivos intelectuales que encierra una persona. La mas fantástica de las bellezas puede ser la hablante más torpe y al revés: el mas negado en las cosas prácticas de la vida y el que mas torpezas comete en su vida social puede ser el más ilustrado. El genio tiene fama de ser un tipo problemático. Se le va el oremus de lo elemental mientras está pensando en los temas más cruciales de la existencialidad. Algunas actividades manuales permiten ser atendidas en paralelo, las intelectuales no, o es más difícil de hacerlo. Las dificultades en el hablar (no las fisiológicas sino las de inhibición personal y las restricciones sociales) llevan al recurso de la escritura. Si no me hubiera convertido en escritor no sería quien soy, no me habría constituido en lo que soy. Al decidir escribir me concedí una segunda oportunidad en la vida, una segunda oportunidad permanentemente reabierta como una segunda biografía en paralelo. Prácticamente nadie de quien me conoce en vivo y me trata solo como personaje secundario en las escenas sociales en las que participo (una parte de ellas un tanto a la fuerza o por convencionalismos) aceptaría que soy el que digo ser por escrito o me descartaría como autor válido para aquello de lo que escribo. No soy nadie y lo que soy (lo poco o mucho que sea) lo soy desde una latitud asocial.

Gradualmente, fui pasando mis textos socioideológicos de una etapa a una literatura más personalista, si bien nunca he renunciado a aquellos y desde el principio escribí textos y diarios sobre mí como objeto cercano para mi propia investigación en la vida. Al principio, me tomé el criterio de escribir como el de una forma instrumental para persuadir o convencer por las tesis en las que creía y argumentaba hasta donde sabía y podía; posteriormente fui viviendo el hecho de que escribir es una forma de vida, no es un trabajo de asalariado, no es el del antiguo escribano, es una elección de protagonizar la creatividad dándole la vuelta a todo, al mundo y al propio yo. Resulta que mientras se escribe un ose pone a salvo de las inclemencias ajenas y de las trampas del vivir. Escribir es tomar distancia de los hechos para vivir de ellos desde el puesto de un observatorio por no decir desde la huida del tránsfuga. No, no es una palabra que haya que tomar por lesiva por mucho que la evasión ha sido tradicionalmente mal vista. No se puede enfrentar todo y menos aquello que tras varios enfrentamientos sigue tan inamovible como siempre. En situaciones extremas, escribir es revivir la vida con arreglo a un parámetro paradisíaco con la que se pueda disfrutar. La literatura auxilia al ser humano de bastantes de sus males. Le permite capturar hechos representándolos de tal modo que los rehace con una interpretación diferente. Escribir es vivir las cosas como a uno le gustaría que fueran. Solo los artistas tienen el privilegio de saber que no es cierto que de realidades no haya más que una. Sin olvidar a los científicos que tambien saben de paso que la ciencia es otra variedad del arte y que no hay prodigio artístico mayor que conocer los entresijos de la materia en sus formas macro y microscópicas.

De todas las artes en paralelo y con antecedentes en la historia de los humanos sublimes gestos, la que se dedica a las letras y a la invención escrita es la que tiene más de ocultista y propone los mayores viajes fantásticos. La palabra es el instrumento más ligero con el que se hacen las aventuras más potentes. La seducción literaria es una redundancia para describir la proyección artística de la palabra oral o escrita. Werner Herzog al referir su propio libro Conquista de lo inútil recogiendo los diarios que hizo durante el rodaje de Fitzcarraldo dijo que escribía mejor de lo que filmaba y que esos textos sobrevivirían a todas sus películas. Sea cual sea la actividad que se haga en la vida,incluida la actividad artística, el texto es el que más precisa la voluntad expresiva y en consecuencia el sentimiento y el deseo. Suelo decir que lo más significativo que deja un ser humano tras su provisionalidad existencial en el planetarium de los vivos es su texto. Unos dejamos millones de palabras escritas de ese texto vital, otros, tal vez más afortunados, dejan las que caben en una pagina de libreta reunidas desde el recuerdo de su oralidad prestado por otros que se la oyeron. Por encima de triunfos empresariales, acaudalamientos e imágenes, el texto es lo que mas distingue y significa a cada persona.

En las aproximaciones por vía escrita a la intimidad de las que he participado, el deseo del ideal y las ansias de conquista se mezclan con la valoración del hecho en si de una relación naciente. La vida social me ha enseñado que nada es tan estable ni consistente como para dar por segura ninguna promesa o compromiso. He dejado de pedir compromiso e implicación en nadie, tampoco lo espero ni cuento con que suceda. Abogo por la coincidencia. Navego en el río de la vida. La mejor forma de quedar con alguien es no quedando. No forzar a ningún acuerdo, he aquí la clave para vivir en concordia. Rehuyo de las reglas lo cual no me permite desequilibrar situaciones. Ese fundamento conceptual influye poderosamente en la manera de escribir. Si bien la literatura es el universo de las proposiciones, redactarla en términos de contractualidad es de mal gusto. El seductor literario corre el riesgo de ser mal interpretado. Allí donde le habla a la vida, allí donde escribe un poema para una determinada estética, allí dónde invita a ser auxiliado por musas y meigas cada depositaria de palabras las toma por unipersonalizadas copando todo su campo de proyección. Sucede que, con el poema que se escribe a una persona lo recibe otra que le impacta en otra intensidad y al hacerlo lo universaliza.

He sido calificado de seductor literario y objetado por mi gramática de la seducción por el espejismo que genera y los desengaños con los que se encuentran posibles seducidas, al averiguar que no estoy dispuesto a ir mas allá de las palabras ante anatomías que no me ponen y biografías que son una milonga. Lo siento, soy palabras. Lo siento, soy humo, estoy hecho de viento, no creo en mayor acción que en el decir y me consta que el decir no puede llevar al cumplimiento de todo lo deseado. La incumplibilidad coyuntural del deseo no impide que sea expresado. Confidenciarle a otro ese deseo no significa que pase siempre por el cuerpo depositario que encaja su confidencia. El seductor literario seduce con el texto lo que no seduce con su propio cuerpo. Se me ha dicho que enamoro por mi intelecto no por mi epidermis. Cualquiera tiene mas atractivos físicos que yo y a nadie envidio por eso. El seductor literario no elige la seducción como estrategia de conquista, todo su ser es ya seducción y su habla contiene el carisma que seduce. No puede dejar de ser lo que es a no ser que se aniquilara. Si el hablar en si mismo contiene en algo el mentir, la literatura de la seducción inevitable construye un paraíso escapando del mundo destruido. Las palabras son el pasaje a lo eterno mientras que la realidad recuerda la mortalidad.

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