FLUENCIA TRANSCULTURAL

Hablar o no hablar.

Hablar o no hablar: ésta es la cuestión. El sujeto condicionado por el significante

El dilema hamletiano del ser o no ser tantas veces referido oculta un dilema mucho mas profano y simple: el de hablar o no hablar en las situaciones en las que el hablante se ve envuelto. Hablar significa crear el espacio sonoro de entendibilidad que permita un decir. No todo lo hablado sirve para decir algo ni todos los hablantes hablan con el propósito de entenderse o de conseguir unos resultados comunicacionales. A diferencia del escribir en que se elabora una posición de sujeto ante si mismo el hablar necesita de un interlocutor presente que a menudo falla como tal. Peter Handke desde la atalaya del escritor consumado dice que cuando se renuncia a escribir se renuncia a todo. No se puede comentar algo parecido por lo que se refiere a la renuncia del habla. Renunciar a ello no sólo no significa para nada perderlo todo sino que puede significar lo contrario, ganar mucho: paz, armonía interior, equidistancia de lo inútil, sosiego. Cuadro anecdótico: se reúne con nosotros a la entrada de un cine otos dos conocidos, uno de ellos es un sujeto atribulado que siempre carga bolsas de plástico con sus misterios, minibocatas, telas y colecciones de objetos inservibles; el otro, un tipo con sombrero de blanco impoluto, braga de lana tapándose la boca que nos suelta un speech sobre su condición de avatar o dios reencarnado en un mundo al que viene a salvar. Pronto y rápido interpreta los detalles concurrentes en el espacio. Habla y habla, enseguida en cuenta un mensaje del más allá en el título de la película que vamos a ver: Invictus, la de Eastwood. La palabra contiene la palabra Vic, una ciudad con la que tiene relación ese afortunado elegido por los dioses, y el pronombre tú, que por supuesto se refiere a él. Mas contento que unas pascuas habla y habla. Los que estábamos sentados hablando con sosiego de otro tema nos quedamos sin ninguna motivación para cambiar de tema ni hacerle caso al paranoico. Hablar o no hablar, ésta es la cuestión y si te pones a hablar de qué y para qué. Muchas de las conversaciones a las que el campo acústico te vincula un tanto por casualidad no tienen mayor interés que el del inventario de la anecdótica. Una vez coleccionados los retratos-tipo a uno, por científico y observador que sea, no le quedan tantas ganas de seguir tomando muestras de lo mismo. Muchas hablas que se convierten en contiendas verbales para hacer valer cada razonamiento particular pierden todo valor de excitación a pesar de su espectacularidad cuando es más de lo mismo y reproducen situaciones repetidas y repetidamente deplorables. Un rasgo de la sabiduría es distinguir lo principal de lo secundario, dice Catherine Rambert, esencializando lo que se dice tan pronto te ves enmarañado en conversaciones y disputas en las que se mezcla todo. De lo que se aprende en la multitud de interacciones verbales con los demás es a detectar lo superfluo de lo útil. Ese criterio que en principio se aplica al habla se extiende al hablante. El sujeto verbal tiene mas o menos valor según su decir, el valor de su referencialidad, la consistencia de su argumento y la versatilidad de su información. En cuanto se decide que habla por hablar y para ocupar el espacio sonoro, es decir para que su yo lo protagonice aunque sea sin la menor lógica ni naturalidad, lo más sensato es no tomarlo en cuenta. El problema es que a un hablante que no se le atiende cuando habla es que se le está excluyendo de la comunicación dado que no demuestra una habilidad comunicativa.

Hay muchos errores en las formas de habla. Ahí donde se ve a dos hablantes hablando es posible que la escucha no sea asociada y se comparta una performance obligada por el rito. ¿y si escuchamos a los demas en lugar de acabar sus frases? pregunta Rambert. No siempre se puede aceptar la escucha hasta el final de todos los temas. La fenomenología demuestra como la gente llega tarde y se levanta antes para irse de multitud de actos públicos, de foros y espacios congresuales. También como se escapa de las conversaciones aprovechando para largarse cuando al otro que ha estado aguantado su rollo pacientemente toma su turno de palabra. El vocabulario y la gramática son instrumentos todavía demasiado defectuosos como para seguir sosteniendo una antigua tesis pía, a saber que hablando la gente se entiende. Durante una etapa de formación más otra de pasión militante el hablante cree en el poder la palabra y en la fuerza de su persuasión para demostrar que la razón es solo una y una la conclusión. En cuanto aprende que cada locura tiene su argumentística el hablar pasa en segundo termino frente al decir y este decir no siempre encuentra un auditorio público-oral para ser dicho. Por eso se intentan otros recursos comunicativos como el de los lenguajes artísticos y entre ellos el lenguaje escrito. Wiliam James se felicitó porque su generación había descubierto que con el cambio de las actitudes mentales se podía cambiar la vida. Algunas generaciones después toca recoger el hecho pandémico de que esa lección haya sido olvidada. La voluntad organizada está en franca crisis para la dirección autogestionaria del futuro. Impera el sentimiento de resignación y los panoramas inerciales en un mundo autodestructivo. Al mismo tiempo nunca ha habido tantos recursos de todo tipo para la autoconcienciación y por tanto para el auto reconocimiento de la fuerza intelectual. Conocemos el poder de la palabra que aunque limitado, como todos, podria rehacer el mundo resignificándolo todo y consiguiendo que las interpretaciones desde la verdad fueran las dominantes.

En los actos de habla cada hablante está condicionado por sus significantes particulares, aquellos que la tradición y su entorno le han inoculado como esenciales. La cortesía no basta para la comunicación ni cualquier habla le basta a un hablante para tener un lugar ganado en el espacio de la escucha. Cuanto mas repite el hablante en posiciones no argumentísticas, dogmáticas en exceso e imposicionistas más probabilidades tiene a la larga de ser excluido de la escucha por la via de su propia autodesacreditación. Esto pasa tanto en la galería de los dictums públicos con resonancia mediática como en los salones particulares con opiniones personales. Aquí se repasa el país como lo haría un consejo de ministros o un comité central de partido y según la información y capacidad analítica de cada cual puede decir cosas muy interesantes o frases patéticas.

Una traducción altruista del humanismo nos había llevado a prestar escucha a todo. Esto fue posible mientras las posiciones racionalistas eran lo expresado al menos desde la voluntad y dejó de serlo en cuanto el habla se genera a si misma dentro del caos estimulativo fuera de toda intencionalidad de crear tesis. En cuanto el hablante pierde todo derecho a su consideración y deja de prestársele escucha se convierte en un papanatas de relleno en el espacio relacional. El primer dilema de hablar o no hablar que la rebeldía lleva a optar por no silenciar los sentimientos y las críticas la sabiduría lleva a optar por discriminar donde y con quien hacerlo eligiendo el silencio oral como otra forma de autoafirmación. Hay muchas conversaciones que vienen dadas, en ambientes progratas, que no salen del circulo verbal del marujianismo. Hay temas repetidos sobre relaciones sentimentales y de intimidad, sostenibles unas cuatas veces para pasar a ser totalmente aborrecibles cuando no salen de su cerco vicioso.

El sujeto verbal personalista se distingue por sus temas -obsesivos- de habla en los que se instala tomándolos por el nicho de su fetidez expresiva si no alcanza a salir de lo concreto para volar hacia otras envergaduras conceptuales. El poder, limitado ,de la palabra (todos los poderes están limitados) debería cuando menos permitir la autogestión del hablante de sus recursos intelectuales y de los recursos que son aportados en la conversación misma por otros para co-elaborar un saber distinto al de partida. El habla manipulada y los hablantes tan condicionados no pueden contar ni con un lenguaje perfecto ni con una precisión lingüística impecable. Nos valemos del instrumento verbal para autoafirmarnos pero a la vez los límites impuestos al decir reduce a los hablantes a poco más que mimos protocolarios.

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