FLUENCIA TRANSCULTURAL

Propiedades de objeto y sus atribuciones

Las propiedades del objeto y sus atribuciones por el sujeto.JesRICART Badalona/Can Ruti 9noviembre2010

Berkeley con su simple observación sobre el sabor de la fruta cuestionó la objetividad como una realidad totalmente independiente del observante (en este caso, del degustante). ¿Dónde está el sabor en la manzana o en el paladar? La variedad de apreciaciones en el sabor no se extiende por un igual a todas las bocas. Saborear es una de las atribuciones del sentido del gusto pero el sabor concreto de algo no queda demostrado hasta que no es probado. Ese objeto gustoso tiene propiedades químicas que lo hacen que lo sea pero que no constituyen el gusto mismo. ¿Esto pasa con todos los objetos o solamente con los que implican la sensibilidad de su usuario? Sigámoslo: un nuevo diseño dentro de la aparatología que tanto nos deslumbra a los tecnoutilitaristas sale al mercado con un conjunto de prestaciones. Aceptado que cada objeto no se limita a ser su apariencia sino lo que contiene -sobre todo, lo que contiene- siendo este contenido de una amplitud tal que depende de la habilidad de su usuario el alcance de su uso crea la paradoja siguiente: un objeto no es todo lo que es mientras no sea empleado en su totalidad. La definición de objeto retrotrae a una imagen estática del mismo: un microondas , un placa con una señal, una silla de ruedas, una puerta, un jarro, un jersey, un iPOD, un cenicero,... dentro de -una vez más- una lista interminable de enumerables. Por pocos vocablos que contenga esta lista aleatoria pronto se advierte que cada objeto mencionado tomado al azar es un continente de otros objetos (las bisagras y cerraduras de la puerta, el cenicero vacio o recargado de esas pavas malolientes, las ruedas y el cojón de la silla, la agenda, la cámara o la frecuencia modulada del iPOD...). Cuanto más sencillo sea un objeto y cuanto más singularizada sea su función el objeto presentado queda reducido a si mismo. Pero esto tampoco es tan exacto: el jarrón que está pensado como florero es una vasija o un continente en espera si queda limitado a sí mismo. ¿Es el mismo objeto el jarrón que contiene las flores que sin contenerlas? De una interminable colección de objetos simples (llamarlos elementales sería un error porque nos llevaría a la tabla de elementos periódicos o se confundiría con estos) no hay uno solo que no sirva además de para lo que fue concebido para otras funciones. El vaso que habitualmente se usa puede terminar sus días como cazoleta para el aguarrás donde dejar el pincel de pintura, las antiguas camisas se reciclan como fragmentos de telas diversas para montar un pachwork, los libros alineados en la estantería sirven como alzapiés a falta de otro recurso más sensato, el platito del café sirve de cenicero (una guarrada más añadida a la del hecho de fumar en la mesa de comida). De cada cosa enlistada o pensable (incluso desde la imaginación de lo que todavía no existe o está por fabricar pero que sí puede ser fantaseado) se puede afirmar que hay que diferenciar entre los atributos que la definen como tal: sus características y prestaciones, sus cualidades y las atribuciones que el sujeto le pueda sacar. Hay algo del objeto que no está en el objeto mismo sino en el sujeto a partir de que establece una interacción con aquél. La dificultad de esta discusión se extiende a partir de la complicación de las variedades de atribuciones por un lado (determinadas por las variables de sujeto, tanto porque uno no siempre es el mismo en su condición de usuario, como porque no hay una persona idéntica a otro). La observación de Berkeley desbanca el principio inamovible de lo que es cada cosa como si se tratara de algo absolutamente independiente de su evaluador. Lo que hace que un objeto sea el que es y no otro es porque el conjunto de sus propiedades (p1, p2, p3,...pn) no se repite con las de otro. La velocidad y potencia que desarrolla un automóvil a motor no es la misma que se desarrolla en una bicicleta, aunque ambos son instrumentos para la movilidad. La gama de objetos distintivos es lo que puebla el mundo de decorados diferentes. Sin embargo, si el análisis se extiende a los componentes orgánicos de cada objeto se entra en un campo de equivalencias. A nivel atómico y de ondas todos los objetos comparten registros muy parecidos. Para no confundirnos -con el ambicioso campo semántico- al llamar a todo lo pensable y nombrable como objeto, hay que diferenciar de alguna manera el objeto que cumple una función de uso (la realidad doméstica y cotidiana nos rodea con miles de ellos) del que cumple una función intelectiva (las palabras, los sueños, los conceptos,...). Al diferenciarlos nos encontramos que en ambos tipos además de sus atributos de contenido ni alcanzan la totalidad de su funcionalidad hasta que reciben las atribuciones de uso. La experiencia personal lo demuestra a cada momento. Salvo las cosas más ordinarias y simplificadas cuya función se confirma cada vez que son empleadas, como la taza de té, las otras más complejas y más propias de una sociedad tecnológicamente sofisticada, pueden ser utilizadas fragmentariamente de una manera sistemática. Hay aparatos que se les da por obsoletos y se desechan sin haberles usado todas sus prestaciones. ¿Qué decir de un receptor de radio simple? La radio es un objeto de objetos. El receptor es un instrumento de audición de un conjunto de emisoras a las que se llega fácilmente con el dial y cada una de estas con un conjunto de programas y cada uno de estos con un perfil referencial que aborda distintos temas. ¿Cuántos objetos hay aquí? El receptor, cada emisora, cada programa, cada tema...Un radioyente puede usar su receptor y jamás sintonizar la emisora de Radio Amistad o la COPE. ¿Qué significa eso? ¿Qué clase de atribución se le da al receptor? sin duda es selectiva. ¿Pero es lo mismo emisoras sintonizables   que  atributos? Mientras la capacidad de sintonía del receptor es un atributo, la emisora es un objeto alcanzado por aquella condición. Todo eso se hace sumamente ilimitado a partir del concepto universal de objeto. Si la idea objeto universaliza todo cuanto tratamos el propio sujeto y la noción que tenemos del mismo se diluye en aquella universalidad.

Para poder delimitar la verdad de algo, cualquier tipo de fenómeno, cosa tridimensional o evento dado, habrá que enumerar las propiedades o características de ese algo. Puesto que quien se pone a hacer esto es el sujeto que le asigna esas atribuciones tal como las percibe y entiende y puesto que no hay dos sujetos iguales, la propia observación puede enumerar y describir el contenido de ese algo de maneras diferentes. Eso se resuelve asignando múltiples observaciones a un mismo objeto observado y tratando de establecer cuál es la visión dominante o el promedio de las observaciones recogidas. El mundo y todo lo que contiene también contiene las observaciones de sus contenidos. Los observatorios humanos han dado lugar a cuantiosos opinatorios heterogéneos. Desde la subjetividad, cada observante entiende a su manera lo que ve, toca o estudia, pero las conclusiones de cada observación están obligadas o se auto obligan a referirse a unas interpretaciones vertebrantes o incuestionadas. Capturar la verdad solo no es posible cuando se vacía todo de la posibilidad de tener referencias estables pero las coordenadas situaciones se basan en ellas. El lenguaje se hace más y más precios a partir de describirlas, citarlas y acudir a ellas como salvoconductos que aseguren el proceso intelectual por el realismo.

El conjunto de propiedades de un objeto o de  una situación (una situación es un conjunto de objetos presentes) se viven de manera diferente por cada subjetividad, eso no quita el acuerdo consensuado de todas las sensibilidades en describir aquella situación o aquella cosa. Dos o más personas sentadas en una mesa hablando de los objetos que haya encima de esta mesa tendrán experiencias visuales diferentes de ellas. Los ángulos de mirada serán distintos y las experiencias previas tenidas con ellos, también; es por eso que las conversaciones pueden ser interminables en función de todos los subjetivismos lo que hace necesario renunciar a sensaciones particulares a favor de la subscrición de una teoría general de mutuo consenso. La llamada verdad podría ser redefinida como una convención acerca de lo que es y de lo que no es, de lo sido y lo no sido, de lo que tiene entidad y de lo que no la tiene. Esa aventura ontológica con la que el discurso filosófico se puede complacer las necesidades del encuentro cívico la recriminarán por necesitar referentes estables `para cada momento y para cada evento. El lenguaje ha sido un proverbial esfuerzo en llamar cada cosa por su nombre y cada atributo por el suyo tratando de poner las bases para llegar a interpretaciones comunes que consigan la sufriente fuerza para modificar las circunstancias. El acuerdo sobre lo que es una cosa es la condición sine qua non para cambiar otra o cambiar esta. Objetivamente seria secundario si ese acuerdo se corresponde con lo que es o con su ficción.

Eso nos lleva a un pantano de máxima indeterminación. Si el sujeto, dada su subjetividad, no puede estar completamente seguro de lo que ve y de lo que toca, ¿cómo puede demostrar autorías y responsabilidades de los hechos? Pues bien, eso se ha venido resolviendo por la fuerza de la mayoría en la confirmación fenoménica de los sucesos. El acuerdo tácito o explicito de estos ha permitido que las culturas se vayan regulando por unas pautas comunes. El problema de eso es obvio: la mayoría no siempre tiene la razón, más bien casi nunca la tiene pero la fuerza de la costumbre la aliena en arquetipos e inercias de los que no sabe salir, en cuanto aparecen nuevas perspectivas, generalmente minoritarias, se resiste a aceptarlas o tarda siglos en hacerlo.

Eso nos lleva a la siguiente consideración. Cada evento o hecho H tiene un quantum de verdad efectiva por la condensación que haya de ella en el momento de su ocurrencia y otro quantum de verdad presumible o potencial por otras líneas de interpretación y datos pendientes (propiedades asociadas) por descubrir. La realidad para funcionar se basa en el primer quantum haciendo caso omiso al otro o relegándolo a meras hipótesis por el hecho de no ser operativas y oponerse a la actualidad. Es así que la jurisprudencia dictamina la autoría criminal a partir de definir  para luego culpabilizar a quien de una responsabilidad o la ciencia define lo que estudia en función del modelo con que lo estudia. Eso lleva a interesantes paradojas: lo que es un acto criminal en un contexto es heroico en otro, según como lo viva la cultura; lo que es un ataque a la palabra eclesial y sagrada en un contexto es lo que permite liberarse del ostracismo y la superchería a la mente humana en otra. La historia de la ideas es también la historia de las mentiras.

Para dar con el camino de salida a este laberinto mental, las atribuciones que un sujeto le da a un objeto (incluyendo a todos los demás sujetos con los que se trate o de los que tenga noticias) tienen que ser negociadas con las que le de otro sujeto al mismo objeto, sin embargo no siempre es indispensable una puesta en común de la interpretación. El valor que yo le doy a un objeto lo inviste de ese valor aunque para otro observador no tenga la más mínima valoración. Lo único que nos une a las dos miradas es la certeza de que al hablar del objeto O nos estamos refiriendo a este y no a otro, el hecho de que al sujeto primero S1 le parezca fantástico y al sujeto dos S2 le parezca abominable es relativamente secundario. El valor de uso de las cosas es fundamentalmente subjetivo mientras que el valor de cambio tiene que ver con leyes de mercado o apreciación común de aquel valor. Cuando la valoración subjetiva no coincide con la valoración dominante de los demás (que no calificaré de objetiva sino, repito, de dominante) el S1 que la hace se puede enfrentar a dos posibilidades o a conseguir con muy buenas condiciones o gratis aquello que es despreciado por los demás o no poderlo vender jamás a buen precio porque aquellos no se lo valoran en absoluto.

Esas interdiferencias subjetivas en la valoración de los objetos, y, por extensión, de absolutamente toda la realidad y la extra realidad, es lo que lleva a diferentes maneras de gestionar las cosas y la inserción como sujeto en el mundo de todos. La soberanización individuada -a la que tanto apelo- como alternativa de  autonomía mental personal es lo que permite que cada persona humana viva la realidad que se construye sin tenerse que someter al imperio de una supuesta realidad única decidida por la voluntad ajena. Si la realidad es aquello que construyo mental y conceptualmente los vaivenes que sufra en ella no dependerán de los conceptos de los demás sino de los míos. Eso hace que cada objeto tenga otras lecturas, otros placeres y goces, aunque también otros peligros y riesgos. De cada cosa se puede encontrar una función en la que no se haya pensado antes y de cada hecho un escenario en el que reelaborar la conciencia. Es por esta multidiversidad que cuesta tanto que el colectivo humano se ponga de acurdo en los pasos a seguir. Multitud de foros de la palabra giran durante décadas por no decir siglos en torno a discursos caducos. Expresan sus voluntades de soluciones sin llegarlas a implementar ni siquiera cuando son capaces de nombrarlas y planearlas. De alguna manera, las tentativas de la voluntad humana como fuerza unificada chocan con el hecho de que nunca es la única; para empezar cada voluntad individual viene a heterogeneizar el abigarrado campo de observaciones, interpretaciones e intervenciones.

Como sociedad civilizada y como individuos sobreviviendo en un planeta moviéndose dentro de la galaxia por el cosmos se necesitan códigos con los que interpretar unitariamente formas de funcionar. Un hecho H es igual a sí mismo ahí donde suceda y cuando suceda. El interrogante filosófico es: ¿acaso H existe más allá de las coordenadas de si mismo tras exitencializarse? Estrictamente cada fenómeno, incluidos los de la misma naturaleza, es distinto cada vez que sucede. Un sujeto es también una sucesión de hechos a lo largo de su biografía  que se van diferenciando aunque traten de ser la misma replica del H inicial. El sujeto pensante y actuante con los demás, en sociedad pues, has de ponerse de acuerdo con cada H tratado aun sabiendo que hay un plus o un déficit del mismo que no queda expresado en ese acuerdo. De alguna manera n sujetos se ponen de acuerdo –convienen- en que una cosa es la que dicen ser a pesar de que cada uno a su manera la valore singularmente con otras propiedades que no aparecen en esa convención, consecuentemente la realidad es un pacto y quererla cambiar es otro. Aún en el caso ideal de que todas las propiedades p de un objeto O sean aceptadas sin ningun género de dudas por el conjunto de sujetos S, cada uno de estos en su condición de pensante podrá repensarlas y encontrar tanto desde su posición otras valoraciones a hacer (otras propiedades no incluidas en la primera valoración) y otros usos que le convengan y que sean rechazados por los demás. Lo que convierte un objeto en algo personalmente vinculado a un sujeto son esas propiedades extras en una relación biunívoca en la que no entran los demás aunque puedan aceptar que cada cosa tiene una carga subjetiva diferente (valor emocional, como elemento memorial o como energía especifica que unos receptores detectan y otros no). El panorama resultante es que en el universo particular de los enseres de cada sujeto, lo que es supravalorado por uno porque hayan sido objetos acompañantes a lo largo de su vida, puedan ser totalmente despreciados por otro que pueda considerarlos como feos o inútiles. Lo que para uno es un mueble de madera  estupendo para otro solo puede ser reconocido como leña. Si aceptamos esto también aceptaremos que lo que para un lector un texto escrito es un estupendo texto con el que copensar –espero que éste lo sea-  y disfrutar con un tema tan delicado como lo que es la realidad  para otro solo puede ser papel impreso –horror- que arrugar y tirarlo a la basura. Esa varianza de la subjetividad en su conjunto hace de la realidad un proceso abierto de disrupciones y desacuerdos.

 

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