FLUENCIA TRANSCULTURAL

de las preguntas y las resuestas

De las preguntas concretas y de las respuestas incompletas. JesRICART Sevilla20dic2009

Además de las grandes preguntas que la filosofía viene haciéndose desde que un pensante pensó temas más allá de su inmediatez, las pequeñas preguntas de todo tipo forman parte de la cotidianeidad. La necesidad de ubicar al otro en sus coordenadas y cada cosa en sus coordenadas es propio de la comunicación humana. Es natural preguntar por todo: por la procedencia y por el envase y los conservantes de un producto alimentario antes de elegir comprarlo. Lo mismo con todas las demás cosas de las que nos abastezcamos: desde juguetería a coches al apartamento de compra. Quien pregunta y está atento a las respuestas tiene más oportunidades de aprender que quien no pregunta y no le interesan las explicaciones. Claro que las cosas no son tan fáciles de explicar cómo esa definición tan categorial permite hacer pensar en un primer momento.

Ni todas las preguntas tienen el mismo valor ni todas merecen ser contestadas. La filosofía ha enseñado que a unas preguntas le suceden otras y la ciencia ha abierto nuevos interrogantes en la medida que ha ido respondiendo los anteriores. Lo que tenemos a gran escala y en todas partes son discursos gigantescos que siguen creciendo en un trasiego continuo de frases de un lado a otro pasando por teorías sólidas que proporcionan la sensación de la seguridad al tener (o mejor dicho, pretender tener) respuestas para todo. Lo cierto es que no las tenemos y que la cultura de la incerteza es la que predomina por encima de las conclusiones inamovibles. Éstas corren el riesgo de convertirse en dogmas a corto plazo si no están por debajo de un principio de flexibilidad y de autocorrección tan pronto dejen de ser útiles. Entre el error del dogma y la falta de respuesta in extremis hay toda una gama de explicaciones y razonamientos para enterarnos de las circunstancias en las que estamos y lo que hacemos y dejamos de hacer sus circunstantes.

No hay nadie que no sea protagonista de algo, aunque ese algo sea su anonimato en su particularidad doméstica. No hay nadie que no tenga una biografía (sea o no escrita). En las interacciones hay una tendencia a la clasificación ajena. Antes incluso de que las personas intercambien frases ya están siendo señaladas (señales que en ocasiones se convierten en estigmas) por sus características físicas. Muchos antiguos apellidos evolucionaron a partir de motes y actualmente los alias siguen acompañando y a menudo precediendo los nombres de las personas. Cuando no se tienen los nombres se utilizan los sobrenombres y cuando no se tienen las explicaciones por falta de información se hacen inferencias que se constituyen en referentes incluso en el caso de injustas. El lenguaje no es siempre claro ni exacto, tampoco adecuado y deferencial. Prácticamente nadie, a no ser que se auto reeduque (es decir se deseduque de viejas formulas verbales) deja de incurrir en hacer discurso lesivo con respecto a los demás. Las formas de preguntar pueden reproducirlo incluso sin que haya una voluntad expresa para hacerlo.

En el mundo del habla (y de todos sus submundos con argots varios, idiomas muchos y formas coloquiales muy distintas) sin duda hay preguntas y respuestas las unas insinuadas o bien muy concretas, y .las otras precisas o elusivas. Los protocolos explícitos o tácitos se ocupan de gestionar las evitaciones para concordias generales o aparentes. Las relaciones humanas son en la mayoría de eventos y situaciones relaciones diplomáticas, solo en unas pocas son total y radicalmente sinceras. No es que concurran engaños intencionales siempre, sino formas de hablar en los que predominan los implícitos. No es necesario tampoco explicitarlo todo. Del otro hablante interesan unas cuantas cosas, tirando a pocas, para pasar veladas jugosas sin tener que saberlo todo ni quererlo. La sinceridad total no tiene los ases de triunfos. Por otra parte la ciencia de la comunicación avanza rompiendo limites, prejuicios y condicionantes desde la sinceridad total por rotunda y lesiva que pueda llegar a ser.

Cada hablante se encuentra ante una doble tesitura: de un lado la pulsión de comunicarse, la de decir su esencialidad, la de entregarse; de otra no estar a merced de cada escrutinio y control. Es así que una misma pregunta puede ser respondida o no según el interlocutor que la haga y según el momento en que la esgrima. Por otro lado para iniciar conversaciones, actos de comunicación fértiles, lo que se necesita del otro es que sea un interlocutor válido, un hablante vivaz y rápido, no un control curricular de su origen, trayectoria y destino. De hecho, en las conversaciones espontaneas en las que nos envuelve la cotidianeidad: gente que se nos presenta o a la que somos presentados, podemos participar de conversaciones sin ni siquiera retener el nombre mucho menos sin necesitar saber lo que hacen o lo que dejan de hacer. Si en la vida presencial, por coincidencias con amigos de amigos o conocidos de conocidos, o nuevos contactos que puedan surgir en la misma calle o en espacios de relación surgen conversaciones temáticas sin necesidad de preguntar por orígenes y destinos de los demás ¿por qué tratar de hacerlo en otros espacios como los digitales en los que la fluencia del contacto es mucho más sencilla y la oportunidad para compartir opiniones y debates necesita de menos protocolos? Esa pulsión de saber quien está al otro lado del hilo es extraña en un tiempo tecnológico como el actual en el que pronto no quedará nadie en que sea una terminal informática en sí misma. ¿Realmente tiene tanta importancia saber la nacionalidad, de donde procede o cual ha sido la vía de conexión de alguien para que forme parte de una conversación? Hay ya una larga experiencia de conversaciones chateras en las que la falta de delicadeza -por no decir de cultura- ha venido montando conversaciones sobre la base de preguntas tipo ficha. Ya se ha demostrado que la mayoría de esos interrogatorios no sirve de mucho por no decir de nada. Las preguntas absurdas se pueden contrarrestar con observaciones irónicas o con intervenciones que coloquen otros temas de interés. Las conversaciones inteligentes las hacen seres inteligentes que tratan de entender y entenderse extralimitando el entretenimiento y el prurito coyuntural.

Dadas las corazas y los miedos,  y los peligros por ofrecer determinadas informaciones no todas las preguntas van a ser contestadas no porque no se sepan las respuestas sino porque no se desea confiarlas. Todo ello está tambien detrás de los estados de no respuesta o de respuestas incompletas.

 

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