FLUENCIA TRANSCULTURAL

21 de diciembre de 2012

21 de diciembre del 2012.JesRICART

 Es  media mañana del 21 de diciembre del 2012,  informo que el mundo no se ha terminado (presumo que ningún otro corresponsal informará de lo contrario en algún momento del resto del día). Los agoreros propagaron que el hecho de que la previsión del calendario maya alcanzara hasta hoy habría que entenderlo como el del fin del mundo. En realidad no nos lo creímos y casi todos seguimos con nuestros ritmos habituales cotidianos sin dejarnos  perturbar por la perspectiva de un cataclismo mundial. No todos ya que dentro de un mundo de tantas variedades los preparacionistas hacen acopio de comida para aguantar por años en sus casas-fortines y llevan a sus críos a entrenarse tirando a siluetas humanas como dianas convencidos que las ferocidades de huestes de asaltantes terminarán por atacarlos.

El mundo habitado por gentes multiculturales no terminará por el momento tal como lo conocemos pero se habla de un nuevo paradigma (desde la década de los 80 se nos está anunciando la era acuariana) lo que no es seguro es que sea el paradigma de la concordia y de la felicidad social colectiva. Más bien el fin del humanismo y los procesos de solidaridad como aliados indirectos de los estados deficitarios hacen temer que los voluntariados y las criticas antisistema formen parte de otras propulsiones para regenerarlo. Lejos de las intrigas políticas y de una realidad preparada por los señoríos del mal, en otros lugares mas calmos y menos paranoicos del planeta (es decir todo el planeta menos el territorio-USA) nos disponemos a hacer un cambio de año más como tantas otras veces se ha hecho en el pasado. No necesitamos consultar horóscopos, posos de café o vísceras de animales. Los menos supersticiosos no necesitamos predoctores (salvo para detectar bombos incipientes) ni predicciones futuristas. Viviremos o seguiremos viviendo lo que nos sea dado como margen biológico de nuestras existencialidades y nos lo pasaremos todo lo pipa que nos sea posible sin faltar a nadie ni fallarle.

Son fiestas que se huele a fiesta, las gentes van de compras, todo se prepara para las celebraciones incluso los homeless y los mas necesitados son reclutados para fiestas efeméricas, a los que no tienen familia y viven deteriorándose en los calles frente a la indiferencia pública, también se les proporciona simulacros de comilonas. ¡que no falte el turrón de yema y el champán aunque sea Dubois! Todo lo que las cabezas no llenan con ideas lo llenan los estómagos con las viandas abundantísimos y excepcionales. Algunos millones de pavos y de animales sin que hayan firmado ninguna autorización habrán sido sacrificados para complacer a las comilonas de tantas fauces devoradoras.

Festejar y tragar se han convertido en dos verbos sinónimos y desear que los demás lo celebren lo mejor posible se ha convertido en un tic más de la sociedad de las mentiras. Incluso los que no quieren/queremos mentir terminan/terminamos por hacerlo participando de la tontería en cuestión.

Los deseos de prosperidad y felicidad, también los mas prosaicos de pasar buenas fiestas y buen cambio de año, religiosamente puntuales enviados a partir de mediados de todos los diciembres deben estar propulsados por mecanismos-remotos que desde el inconsciente nos llevan a hacer el paripé de los protocolos recíprocos.   Te dicen “buenas tardes” y contestas “buenas tardes”, te dicen “buenas fiestas” y contestas “buenas fiestas”. Si tratas de ser algo más que un loro bien educado y piensas un rato sobre esos trasiegos de fraseología hecha a cada efemérides que toque, adviertes que no eres más que un agente comercial implícito que ignoras serlo, al servicio de toda una industria del comercio y de la cultura de la hipocresía. El hecho de que eso venga dado en clave de cómic no quita la afirmación anterior. Claro, hay que formar parte de los ritos automáticos si no quieres quedar fuera de juego social. Las reglas de juego son las que son. Sí, lo entiendo y hasta confieso haber sido cómplice de tal fechoría. Si alguien, por muy trolero que sea, te  desea felicidad y próspero año nuevo aunque eso solo lo diga  en determinadas fechas del año (guión pre-decidido por el costumbrismo social) tú te sientes condicionado y dices: igualmente o repites miméticamente la misma frase recibida, y es que como lingüistas no damos la talla y como palabreros no pasamos de fraseoautómatas muy lejos de ser fraseólogos.

 Bueno, es solo una frase, una costumbre, es incluso una deferencia, no hay que buscarle mas detalles al asunto. La pregunta es ¿de dónde nos sigue viniendo esta necesidad de desearnos lo mejor cuando en el resto del año no solo no ha habido el menor contacto sino incluso ha habido motivos de enfado con quien te lo desea?

En la estrategia general  para consolidar beatitudes y buenas disposiciones de los unos con los otros en una sociedad tan problemática ya está bien que unos días por año sirvan para festejar reconciliaciones. Antes se paraban las guerras en esos días pactados de paz por la tradición hebraica. Los de las trincheras contrarias se podían gritar de un lado a otro que dejaban descansar las armas por algunos días y que ya se reencontraría en enero para volverlas a emplear y matarse. Todo un detalle, judaísmo en estado puro.

Las objeciones al tradicionalismo festejero de esos decembrismos obsoletos han sido constantes. Posiblemente se ha dicho todo desde actitudes muy críticas y muy razonadas, pero cada año vuelven las mismas papeletas. Gente con la que no has tratado nunca (no solo de una manera directa y personal sino tampoco indirecta ni de ningún tipo) te envía la postalita o te desea lo mejor. Uno sospecha que las viñas de la hipocresía son infinitas. ¿Me deseas lo mejor y cuando esperaba una respuesta a mi nota personal no la contestaste en su momento? ¿Me deseas felicidad y no cumples con tus compromisos o al menos no con  los que estableciste conmigo?  

Admitamos que vivimos en el mundo no solo de las incomprensiones sino en el de las incomunicaciones consolidadas (estas explican aquellas) y eso no lo arregla ni la postalita de fin de año ni la frasecita puntual. El reconocimiento del mea culpa un minuto antes de palmarla no te lava de todos tus pecados existenciales por mucho que alguna religión para ganar adeptos con la cháchara de esa exculpación lo diga. La frasecita puntualística anual de desear felicidad a toda la clientela o franja de contactividad que uno tenga no sirve para absolutamente nada y mucho menos procura o instrumenta lo que dice desear. La felicidad se construye, desearla es uno de esos tics neuroideológicos que las inercias llevan a repetir.  Pero bueno, como palabra queda bien, algo hay que decir ¿no?

Mas bien los análisis de realidad y de historia y las contribuciones con datos y denuncias al conocimiento de los hechos en si mismos y de los individuos en sus conductas verdaderas llevan a la aflicción, a los motivos de malestar sentimental, a la ira, al reconocimiento de la impotencia por falta de alternativas. Resumiendo: el deseo de verdad y el deseo de felicidad son un tanto antitéticos. Si quieres que alguien sea completamente feliz llénale la cabeza de pajaritos y haz que su demora en enterarse de las cosas sea la máxima posible. Cuanto antes te enteres de las verdades del mundo y de la condición humana antes tendrás motivos de preocupación no pudiendo colgarte de futuribles que no sucederán o de alianzas que terminarán por traicionarte.

A pesar de la crisis las ciudades y orbes se han engalanado con las lucecitas y los arbolitos navideños. Incluso gentes de espíritu ácrata y que se creen muy alternativos socialmente no se abstienen de poner un arbolito de navidad  y hasta un pesebre, eso sí el uno de plástico para no cargarse naturaleza real aunque no se comente que ese plástico propulsa el sistema energético petrolero y el otro ocupando apenas un alfeizar de ventana. Los comercios más sensatos han sustituido los arbolitos por palmeras de luces intermitentes de varios colores. Toda una masa de adultos regurgita sus experiencias de otras ocasiones para practicar la cohesión familiar. Consanguíneos procedentes de todas las latitudes se reúnen en la casa madre o en un espacio a elegir y ahí comen y beben, beben y comen, ríen y se ríen, claro, se ponen los unos a los otros al día de lo que hacen y lo que deshacen. Unos vuelven sin pareja de la que se han separado desde la última ocasión, otros con una gorra en el pelo porque están recibiendo quicio, otros sin empleo o con su pyme cerrada. Es época de vacas no ya flacas sino escuálidas, al menos que quede la figura.

En el teatro de operaciones de la cohesión familiar brotan algunos disgustos, cosas que no se dijeron antes y que saltan ahora. Los excesos de comida también sobrecargan abdómenes que deciden petar esos días. ¡que fastidio un muerto nada menos que ahora! Y es que uno para morirse tiene que pedir cita en la agenda de los demás.

En el solsticio de invierno y bajo la cúpula estelada que aun sigue siendo una visión sosegante para quien no haya perdido la costumbre de mirar hacia arriba por muy abajo que haya caído, las chorradas humanas al respecto de esos ritos y frasecitas no son materiales que sirvan de gran cosa. Como que la libertad incluye la libertad de todas las representaciones las gentes necesitan encontrarse para disfrutar y sentirse acompañadas, es  decir sentimentalmente acompañadas aunque se trate en no pocas ocasiones de una farsa patológica. Pero es la farsa patológica de la mayoría, el dejá vu tantas veces visto y al que sin embargo se sigue acudiendo como monaguillos con campanitas y bonete.

Las fiestitas de finales de diciembre y de principios de enero han dejado de tener sentido por completo, son los intereses comerciales las que mas presionan para que prevalezcan. Se han convertido en actos de injuria de facto cuando gentes que no se dicen nada el resto del año tienen la necesidad de hacer el “papelito” esos días. ¿Por qué no admitir que las distancias interhumanas son mayores de lo que se estiman y que cada cual pringue con las suyas con honestidad y dignidad?  Las navidades no nos unen en absoluto, nos reúnen a lo sumo.

Tratar de crear un contenido alternativo a esos falsos contenidos filocomerciales a pesar de rotundo reclamo y la gran belleza actualizada del texto clásico de la celebración (paz en el mundo y entre las gentes de buena voluntad) pasa por no festejar nada ¿Qué se puede festejar? ¿Hambrunas, traiciones, miserias, desfalcos, corrupciones, enfermedades,…? ¿Donde están los éxitos sociales que celebrar? ¿Donde las conclusiones internacionales hacia esa paz mundial que la hayan avanzado? La mejor opción es tomar esos días tan señalados como días de trabajo lo mismo que hay celebraciones a no cumplir (como las de los 12 de octubre por todo lo que significa del colonialismo hispano) ante las que una nueva forma de política ya no celebra (Bildu en Euskalerria lo señaló como día laborable y axial lo cumplió y el MH –molt honorable: muy honorable- de la Generalitat catalana no fue a Madrid a cumplir con el rito de sumisión y de pleitesía ante el desfile de carros y hombres armados).

¿Queremos proporcionarnos felicidad mutua? Sigamos luchando desde los análisis y deseémonos capacidad intelectual para asumirlos e integridad psíquica para cargar con sus resultados sin aparcar nuestro humor para sufrir solo lo justo y necesario pero ni un gramo más y sin descolgar  jamás la sonrisa irónica de nuestros labios.

 

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