Plagiarios.

Escrito por jesusricartmorera 04-12-2007 en General. Comentarios (0)

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Los plagiarios. Entre el Tic y el Plagio. CdeV 2007 diciembre 3

Copy-Past culture. Balance de miserias y aciertos en la cultura del copia-y-pega.

Si bien la famosa ley de la oferta y la demanda, tan estudiada por la economía política ingresa del XIX,  no funciona como al principio para bienes raíces y matéricos (hay muchas viviendas vacías y sin embargo la demanda de ellas sigue pagando precios abusivos.) si cabe reconocerla en otros campos de la cultura. Toda idea en circulación puede ser tratada como una oferta que va a ser recogida por una demanda necesitada de ella sin –en este caso- la necesidad de mercado de pagar por ella. Se paga por los objetos que contienen palabras e ideas tales como los libros o los periódicos, aunque últimamente menos. Se paga por visionar cine o teatro -y otros tantos formatos escénicos- que vehiculan formas artísticas, textos, dejes verbales y maneras expresivas. Pero estrictamente no se paga por la idea. Cuando dos hablantes se ponen a hablar libremente y de tú a tú el uno no le dice a otro “deberás pagarme por el tiempo que te conceda” (a no ser de que se trate de un profesional consultado en su especialidad o de un profesor que instruya un tema a un estudiante que lo contrata). Las ideas circulan profusa y espontáneamente hasta donde los límites represivos lo permiten y los usuarios del lenguaje tomamos nota de ellas a conveniencia de ideologías y de deseos formativos.

En ese trasvase de significados y significantes  de pronto se puede advertir que aquella idea lanzada por alguien es recogida por otro receptario al extremo de esta especie de cadena trófica simbólica y se la apropia. No solo esto, la publica como propia. Es el momento en que el pleito por plagio proyecta una cierta magnitud de escándalo. Consideremos más en concreto lo que es plagio y el fácil salto que hay entre un tic semiconsciente en el habla adoptado por mimetismo a copiar conscientemente,  Plagiar algo o a alguien no requiere copiarle in extremis todo lo que dice, todo su poema o todo su discurso o todo su libro. Basta con birlarle la unión original de dos palabras que a nadie se le había ocurrido antes unir. Claro que la probabilidad matemática de unir dos palabras, por extrañas que puedan parecer al estar juntas pero que figuran dentro del diccionario, entra dentro de los posibles. Con tres ya es más complicado y con cuatro la probabilidad decrece enormemente. El plagio fáctico e implícito está mas a la orden del día de lo que en un primer momento se podría pensar. Si bien reviste carácter delictivo cuando pasa por la alevosía de copiar todo de alguien y firmarlo como propio la espontaneidad creativa lleva a sorprendentes coincidencias. En el campo de los neologismos todavía más. Muchos neologismos se forman a partir de dos palabras combinadas. Dentro de mi apología por un nuevo lenguaje que nos precise más en nuestros significados y actos de habla vengo proponiendo y arriesgando nuevas palabras a las que llegué inventivamente por separado y vengo tomando como propias: psiconáutica, psicorama, ciberconsciencia, internáutica, espirálica, plurália, políade, misionario, psico-onírica, entrevecinos, diasophia, transculturália, grafogagia, jijíjajases, letrapéutica, egofagia, cronoendogamia, socio pathos, espiritualística, diálica y otros muchos. De algunas de estas palabras sigo siendo el único usuario y de otras el Google proporciona otros sites en los cuales también son empleadas. Poco importa, en realidad es absolutamente irrelevante, quien llegó antes a crear una palabra, basta reconocer que distintos y distantes procesos mental-elaborativos sin conocerse entre sí han podido llegar a la misma invención neolingüística. En cuanto a si  unos autores han tomado prestados de otros autores palabras de la cosecha de aquellos tampoco es tan relevante. El lenguaje como el agua se toma para beber y es potestad del sediento y en función de si es preguntado si ha bebido de tal fuente u otra. El protocolo de la cortesía pide que a la hora de emplear una palabra prestada se cite a la vez la fuente de donde ha sido tomado y se haga así un reconocimiento tácito de su autor. Pero eso  es un imposible práctico. De hecho todas las palabras que utilizamos son prestadas en tanto son adquiridas dentro de una cultura que nos la delega. Si para cada substantivo tuviéramos que explicar su currículum las conversaciones se harían interminables (ya lo son muchas veces sin pasar por ese requisito). Otro asunto es una idea para cuya expresión se necesitan unas cuantas palabras en forma de frase. Cuando esta tiene el precedente de un autor que las ha combinado lo justo es mencionarlo, incluso cuando la frase no es literalmente citada y se le hace una aproximación. A menudo se conoce la frase pero no el autor porque aquella ha quedado más para la posteridad que el perfil de su autoría. Es el momento en que hay hablantes que tienen la costumbre de decir grandilocuencias del tipo: “…cómo decía el poeta”, o “…como dijo el filósofo”, sin citar nominalmente al uno y al otro. Tal forma cursi de expresión deja al oyente sumido en una perplejidad momentánea a la que se sobrepone inmediatamente si el resto del tema merece interés. Lo cierto es que la fraseología popular y la refranería se nutren de miles de formas expresivas y dejes populares ampliamente consensuados y consentidos sin saber el origen exacto de ellas. Difícilmente hay una conversación sin que se acuda a esas expresiones populares. Es una forma de buscar aliados en la escucha acudiendo a las frases pre-establecidas que todo el mundo ha usado alguna vez. Como ejercicio didáctico o como taller de letras de se pueden ejercitar conversaciones en las que se cumpla como condición de cada entrada verbal el uso de frases hechas. Ese requisito ciertamente coactivo no impide la conversación, al contrario la lleva sobre ruedas seguras, aunque difícilmente la lleva a objetivos elaborativos. Como usuarios de frases hechas somos, tácitamente, plagiarios. Nos estamos aprovechando de un lenguaje de otros que hemos hecho como propio y que luego lo personalizamos a conveniencia. No solo eso no sabemos ni nos ponemos a indagar, a no ser que queramos hacer un trabajo específico en este punto, sobre su autoría. En determinados momentos de su uso se hace el reconocimiento de la vía por la cual fue adquirida aquella palabra. “…Como decía mi padre…”,”… como me enseñó tal o cual persona,…”. Es cada usuario lingüístico en su verdad íntima quien sabe realmente su uso honesto o no de fonemas e ideas tomados de otras fuentes creativas e imaginarias. Sabemos que una idea se vehicula expresivamente  con vocablos y  frases, ¿pero qué es una frase? Una frase queda compuesta a partir de la mínima cantidad de palabras unidas que expresan un sentido teórico de un hecho. Dos palabras unidas pueden formar ya una frase y una palabra compuesta de dos o tres palabras base previas apuntan también a una idea. Vengo manejando algunos duetos de ellas: aldea-digital, selva-digital, territorio simbólico,… a las que la misma elaboración espontánea te conduce y hace ridícula toda idea de patente de las mismas. La vertiginosa circulación de nuevas formas lingüísticas nos hace candidatos a que las incorporemos con extrema rapidez a nuestros recursos orales y gráficos, tan pronto las evaluemos y elijamos como útiles. Un curioso sentimiento nos embarga: hay palabras que es como si nos pertenecieran aunque sean inventadas por otros. Lo que es más, hay ideas que al identificarnos con ellas hacen que creemos un lazo íntimo, personal  y hasta intransferible y que se mezclan con las otras de nuestro propio caudal argumentístico. Eso no es ninguna coartada, por supuesto, para ningún tipo de plagio en ninguna dosis, pero sí una explicación para caer en la cuenta que hay formas plagiarias sutiles de las que no siempre somos conscientes. Cada hablante tiene sus propios tics y cada escritor incurre en sus gazapos. El esfuerzo constante por su originalidad desde la elegancia no le evita tener que acudir a formas prestadas. Ni siquiera los entrecomillados de estas, un estilo posiblemente en extinción, le evita ser usuario de lo ajeno. Ni se lo evita ni es deseable que lo haga.  En última instancia hablamos y escribimos y nos comunicamos entre nosotros para dejar que las fluencias de las teorías sigan su curso y para permitirnos influirnos mutuamente en aquellas cuestiones deseables.

Otro aspecto completamente diferente es la cultura de copia/corta y pega con  que los estudiantes preparan sus trabajos de curso. Tienen la gran suerte de que hoy todo está en la red. Las clases impartidas en la facu están editadas  en un site u otro. En la época preinternáutica se podía afirmar con la boca pequeña que todo –en un sentido figurado-  estaba en los libros. El problema de los libros es que el coste de tiempo y trabajo bibliotecario para localizar los temas era elevado. La red proporciona fragmentos en abundancia sobre un tema acotado a la velocidad de la luz. Desde el punto de vista del didacta tiene que contar con que sus estudiantes acuden a una fuente global de saber superior  al suyo particular (superior también a los conocimientos vertidos de l´Enciclopedie francesa que marcaron el antes y el después del conocimiento humano hasta aquella fecha). Desde el punto de vista de los estudiantes es incocebible hacer una carrera o un programario de estudios sin acudir a la navegación por internet. Las prohibiciones totales de uso de internet que hacen tutores y padres al respecto a púberes por el mal uso que hacen (exceso de chats, grabaciones de música o porno) tendría el equivalente a prohibirles comer o deber porque puntualmente hubieran cogido gastroenteritis o hubieran derramado agua en el suelo.

Si el estudiante indaga en el saber que le falta consultando un articulo y otro, unos autores y otros, unas páginas y otras, y de todo ello va sacando algo en claro y destilando su propio texto, solo podemos ser aliados de este criterio. Otro asunto es que al mezclar prosa ajena con la de propio cuño haga pasar aquella como suya original. Pero eso es un problema del plagiario con su honestidad no del internauta con lo que consulta.

Tras repasar los roles del didacta por un lado y del consultante de internet por otro nos falta medir el del autor que inserta algo en la red para disposición pública. Ese solo acto permite que los demás sean usufructuarios de sus ideas y sus expresiones y hagan con ellas lo que mejor les parezca. A diferencia del libro publicado y promocionado, el texto en la red puede ser multiutilizado sin, a veces, deparar en quien lo ha escrito. Ya viene pasando en el periodismo escrito que muchas informaciones son leídas sin ni siquiera leer el nombre del informador. (otro asunto son los columnistas a los que sí se tiene más en cuenta su nombre). En la internáutica se socializan los recursos desde el primer instante que un/a autor/a o un/a creador/a de un diseño, un gag, una performance lo pone en circulación. Eso es lo bonito. La velocidad de inserción de textos o creaciones varias puede ser superior a la que se tenga –para quien la tenga- de acudir al registro de autoría en la SGAE o donde sea como productos creados made by me.

Otros priorizamos la divulgación de criterios y de metodología de pensamiento, infos y relatos, discursividad y oratorias varias al sello personal de autor. Eso da sorpresas, encontrar en otros soportes eslóganes (no digo ya palabras) inventados por uno sin que el autor que los tomó prestados o los reconfiguró a partir de los tuyos te pidiera permiso o te diga que lo ha hecho. Eso es algo que ya me había pasado en la época preinternáutica con folletos de mano anunciando talleres de psicodinámica.

Cuando niños en clase nos decían en los exámenes aquello de “no vale copiar”, sin embargo, presiento que una mayoría cursamos estudios copiando poco o mucho. La cultura de la chuleta bajo manga entonces nos salvo del cero absoluto. A pesar de eso, el después, como bachilleres, licenciados o doctores, resulta que no nos ha ido tan mal. Lo que de verdad no se puede copiar en la vida y para lo que no hay ningún recurso de plagio es dar respuestas al día a día a las encrucijadas personales con las que nos encontramos. Si alguien –para sus estudios- necesita componer su trabajo de investigación tomando trozos de aquí y allá, simplemente que lo haga. Es un asunto de ética personal suyo que cite la fuente o no. Para la autoría no citada y copiada si está más por la causa de la elaboración que no de la autopromoción nominal le dará relativamente lo mismo ser víctima de plagio con tal que sus ideas no sean tergiversadas. 

En el orden clásico de la edición, un autor que cobra por un articulo o por un libro entregados a soportes editorialistas, también pacta una contractualidad para dar los derechos de uso de su original a quien se lo ha comprado. Esa es una forma de oficializar el plagio.

Mientras internet -y todo lo que contiene en cuanto a nuevas ideas- se va reconfigurando como la nueva caja de pandora ultradimensionalizada; quienes escribimos a diario e insertamos nuestros textos en webs de control propio o en webs-foros de control ajeno estamos admitiendo tácitamente ser recursos vivos, abiertos y permanentes en circulación sin que podamos –ni tengamos que querer- controlar el debido uso de nuestros contenidos.