FLUENCIA TRANSCULTURAL

La agenda de contactos.

Escrito por jesusricartmorera 10-12-2008 en General. Comentarios (0)

 

El potencial de una hipótesis.

Debería preguntarme por qué despues de tantos años de acumular  direcciones y teléfonos que representan miles de contactos humanos todavía no tengo una agenda en condiciones. Agendas sí tengo y de distintos tipos. Cada una representa épocas distintas con actividades y relaciones diferentes. Hemos llegado a la época digital, la de los contactos por email y por blogs o sites, sin que haya dejado totalmente organizadas las de la época anterior.  Ya es tarde para hacerlo. Los contactos actuales pasan más por el correo electrónico que por el teléfono y el envío postal es casi un arcaicismo aunque algunas inercias tradicionales insisten en seguirlo empleando.  Me he puesto a organizar la lista de emails donde concentrar todos los datos de localización de todo tipo de entornos, recursos, amistades y relaciones de toda clase que me ha traído y me sigue trayendo la vida. No es necesaria ninguna justificación para hacerlo. La misma espontaneidad trae los contactos. Las personas nos los ofrecemos para que la conversación que una urgencia obliga a interrumpir pueda ser continuada en el futuro, o para que un asunto de coincidencia y mutuo interés pueda seguir siendo tratado. Pedir u ofrecer el contacto es un gesto de hospitalidad y mantener la hipótesis de un potencial de relación a partir de ese contacto. La verdad estadística va por otros derroteros. Solo una minoría de contactos apuntados en la agenda va a ser reencontrados en el futuro a no ser que un planning de actividad lleve continuamente a la insistencia del encuentro o la renovación del contacto.

La masificación de contactos de una agenda privada la convierte en una especie de listín de recursos, antes era un listín telefónico ahora puede serlo de direcciones electrónicas además de los teléfonos. Actualmente cuando alguien ofrece su contacto a menudo declino el numero de teléfono y mucho mas la dirección postal. Por mi parte solo suelo dar mi email o a menudo uno de mis blogs personales donde también hay el email apuntado y la manera de conectar.

Con pocos contactos basta la agenda electrónica dentro de la memoria del teléfono celular, para una cantidad que supere el centenar se hace necesaria una lista bien organizada. Yo he construido la mía de la siguiente manera: una doble indexación de entrada por temas. La primera ordenada alfabética y la segunda por zonas sectoriales. Es así que en el campo de las Relaciones Personales están los flirts, los consanguíneos, los amigos, los epistolarios, el grupo de salida, los chats; en el campo de los Recursos están las agencias de viajes, los reciclajes, las compañías de vuelo; en el campo de lo Profesional están los clientes, los inquilinos, los busness o en el campo  de los Proyectos están enumerados los  distintos grupos de ellos. Hay otros muchos campos clasificatorios y cada usuario puede crear los suyos a conveniencia. En seguida son docenas de apartados los que van dividiendo los distintos contactos. Puesto que muchos de ellos, dentro de la masividad, no son recordados siempre por sus nombres  o éstos pueden ser olvidados, el modo de localizarlos es por sus ubicaciones geográficas o por sus especialidades.

El modo de clasificar en sub-listas a los demás no es un trabajo cualquiera. Pronto se presenta la dificultad taxonómica. Clasificar es categorizar y esto es evaluar. ¿Es amigo o conocido? ¿Ha sido un flirt o va para historia de amor? Hay personas más clasificables que otras. El grupo de compañeros de la banda musical o de senderismo o del  curso equis son fácilmente localizables. Es un modo técnico muy válido de localización sin tener que recategorizar a nadie en función de una virtud afectiva. Lo cierto es que cualquier clasificación solo obedece a una razón administrativa de localización no a un interés epistémico de valoración de nadie en tanto que persona. Si el objetivo de la agenda es localizar los datos de una persona lo más importante es que cumpla esa función y no la manera concreta de hacerla. Un mismo contacto puede estar por repetido en distintas secciones de acuerdo también con las diferentes maneras o motivos de contactar con ella.

Sabemos y reconocemos que hay una conexión directa entre el olvido de un nombre y el desinterés por su persona. El lapsus de olvido también tiene algo de castigo y venganza contra la persona nominalmente olvidada. Una agenda bien organizada puede subsanar  la inclinación a la desmemoriada que la saturación de estímulos está generalizando como síntoma endémico.

La inmensa mayoría de contactos son puntuales o efímeros. No tienen un bis con que  continuarlos pero quedan ahí apuntados. Crean la sensación de mucha recursividad aunque en la práctica es una minoría los contactos que se mantienen más allá de unas primeras veces. Depende de las dos partes si esa continuidad se va a producir y con ella se va a consolidar una amistad, un clientelismo, una frecuencia de trato o una colaboración mutua. Lo más habitual es que de ambas partes quede la presunción de ese recurso pero no tanto su utilización a no ser, claro está, que la actividad profesional obligue continuamente a tratar con personas de la lista que se tiene sin que eso lleve a ningún contacto presencial ni  necesidad de encuentro en lo personal.

En el mundo empresarial una persona tiene tanto más valor para su trabajo cuantos más contactos tenga. Tener contactos, he aquí la clave. Para tenerlos no solo hay que apuntarlos como modos de localización en una lista sino mimarlos, dedicarles tiempo y atención. Eso es toda una táctica-plan de trato humano no exento de especulación. Muchos de los contactos registrados que crean esa apariencia de mundanalidad cuando al paso del tiempo se intenta localizarlos es posible que te hayan olvidado o, en todo caso, una primera parte de la reconexión tiene que pasar por un acto de rememorización. Si el que contacta esta de suerte de dar con alguien que tiene buena memoria puede haber incluso una alegría si no es como tratar con un desconocido y se tiene que volver a empezar de cero.

Las listas generadas a partir de contactos de chat han caído en la trampa de acumular muchos nicks y tras un tiempo, a veces solo unos días o al dia siguiente, en la coincidencia posterior se vuelve a pasar por las mismas preguntas por el caos mental en el que se ha caído confundiendo las conversaciones de unos contactos con las de los otros.

Para el sujeto relacionario el reto es éste: saber quien es quien y con quien está. Tenerlo en memoria o tener la forma de consultar los datos de quien se trata. Para algunos contactos además de su ubicación geográfica y su ocupación apunto el contexto en que adquirimos nuestro contacto.

La agenda que los reúne puede ser un instrumento de actualidad o solo un memorándum, en el mejor de los casos que se sepa quien es quien, que quede como puro dosier testimonial.

No hay que hacer ningún esfuerzo especial para tener contactos. La sociedad masificada y las probabilidades de coincidencias los trae a diario.  Viajando no se para de recibir contactos y ofrecer el propio con el deseo, en principio, de una coincidencia posterior. La verdad es que cuando hay miles de quilómetros de distancia entre dos personas que coinciden en un punto, darse sus coordenadas  deja para una hipótesis remota un contacto posterior. Además para proponer el siguiente se ha de tener una base razonable para ello. Ideas comunes y proyectos donde coincidir lo facilitan. Intercambiarte el email con alguien en principio no significa tampoco grandes cosas, salvo intercambiar un par de saludos en un par de líneas para responder a alguna pregunta escueta. Toca aceptarlo la mayoría de gente no admite una relación de larga duración por correo desarrollativo que es lo que permite el contacto por email. Predominan las notas cortas aunque estemos en una época muy posterior a la del uso del telégrafo.

Es una verdadera lástima porque disponemos de la tecnología, disponemos del tiempo, disponemos del otro como contacto al otro lado, disponemos de los recursos comunicativos pero en cambio se carece de voluntad comunicativa y de deseo discursivo. Eso reduce la plataforma de emails para las relaciones epistolarias  a muy pocos, lo cual no es mas que un indicador estadístico de por donde anda la cultura sub-alfabética actual, lo que no deja de ser una ventaja porque esto permite dedicar mas tiempo a la comunicación escrito-digital a quien está por una cultura mas expansionista con criterios de profundis.

Las distintas secciones clasificadas indican cada contacto en cada para qué. Basta esto para que la agenda cumpla su función en cuanto procurar infos o encuentros para cada asunto. Tener contactos significa lo que significa, tenerlos; tener pues recursos y fuentes informativas, también plataformas de difusión y fuentes de obtenciones o posibilidades gestionales. Todo eso no significa ni tenerlo todo ni tener muchos amigos, parámetro éste cuantitativista que cuadra con el deseo acumulativo del consumidor de todo lo que sea con tal que sea consumible. Una agenda de contactos no tiene nada que ver con la visión esteticista del “quiero conocer chicos guapos y salir de fiesta”, que rezan algunos anuncios para subnos que se anuncian en algunas webs de contactos o de la llamada amistad. Es un instrumento de organización y de hecho de auto organización existencial.

Para terminar no hay que olvidar que el valor de cada contacto es bilateral. Tener un contacto valioso pero no serlo para el/ella es posiblemente una quimera. Si la bidireccionalidad no funciona lo mas probable es que la iniciativa fallida por una parte para reconectar no sea insistida y con ello solo quede un nombre en una agenda pero no la manera de conexión con una persona que esté a la altura de una demanda informativa o de una comunicación.

La lista de los deseos

Escrito por jesusricartmorera 10-12-2008 en General. Comentarios (0)

 

 

Las llamadas al realismo nos recortan los deseos fantásticos y los sueños atrevidos. El no realista es poco menos que un loco al que no se concede el valor de la racionalidad. El futuro psicosocial de una persona queda decidido a partir de su posición personal en relación al criterio de realismo. Cuanto más capaz sea un sujeto de desembarazarse de la realidad que le prohíbe dar un paso más allá de si misma, más virtuoso será en el campo de sus ideales y más podrá prosperar como innovador y revolucionario, siendo transgresor inevitablemente y rupturista con las formas antiguas. La transgresión ya empieza con el deseo. Recomiendo el siguiente ejercicio de aula (validable para cualquier otro contexto y momento): escribir una lista de deseos con una consigna muy concreta, la de  no pensar en su posibilidad o imposibilidad. Liberado el sujeto de su mar de hipótesis y de consideraciones impregnadas por la cultura en la que vive se convierte en una especie de solicitante ante la lámpara del genio. (Te concederé 3 os, piénsalo bien antes de decirlos.) Muy bien. Para nuestro ejercicio no hay límite numérico, tan solo la pauta clara de expresar los que sean, de todo tipo y de todos los ámbitos. Puede haber deseos de orden personal por lo que hace al aspecto físico-corporal, los puede haber de orden social, los puede haber de orden sentimental,… Cualquiera que sea la lista resultante será divisible entre deseos de sujeto y deseos objetivos. Los unos para conseguir como atributos o propiedades dentro de uno mismo, los otros para conseguirlos como cualidades dentro del mundo. Tan pronto una persona tenga elaborada la lista de sus deseos podrá vivir con más consciencia de lo que es, en las siguientes instancias:

1. Sabrá de lo que carece, tratándose de algo importante, por el solo hecho de anunciarlo como deseo aquello de lo que no dispone.

2. Medirá su propia ambición cuanto más alejado esté el deseo de sus condiciones subjetivas.

3. También advertirá la mayor distancia que guarda del llamado sentido común con su atrevimiento

4. Le quedará claramente expuestas las cosas que le impiden una completud personal.

 

¿Qué hay que hacer, una  vez la lista esté terminada? Nada. Recordar que esta lista existe. Evidentemente puede ser memorizada. Se puede vivir con ella. Cuando en el futuro, un día u otro, uno advierte determinadas novedades en su realidad personal sabrá que un deseo de su lista se ha cumplido. Un deseo no es un objetivo. Este vertebra una agenda, condiciona para una actividad. El otro es un producto imaginario, una entelequia virtual pero que sin embargo está ahí. Un objetivo razonado por el que se trabaja  no es más que una realidad en espera por la que se puede dar garantías a priori. De un deseo imaginado no se puede decir que sea una realidad y ni siquiera que lo pueda ser algún día pero ocupa un espacio de registro real en la psicología de quien lo alberga. Quienes desean los imposibles terminan por conseguir hacer otras cosas posibles, quienes los descartan ni siquiera están dotados de convicciones y energías para alcanzar objetivos posibles. Esa sería también una de las diferencias entre el talante pesimista y el optimista. Yo, que tiro más bien para catastrofista, soy un firme defensor de ese criterio que descubre que el mecanismo de la consecución de las cosas para su deseo de realización por idealista o romántico que pueda parecer ese deseo. En el esquema de las invenciones y grandes innovaciones, la metodología de una técnica y la elaboración rigurosa viene despues de un insight intuicional. 

En la lista de los deseos los más complicados -pero también los que ennoblecen más- son aquellos que dependen de concursos ajenos, de colaboraciones de otras personas. He aquí los deseos sociales de un mundo mejor que no depende tanto del sujeto que lo desea como de todos sus habitantes puestos a desearlo comunitariamente. Sin embargo todos los deseos sin excepción dependen de variables ajenas a pesar de su división intrínseca entre los deseos de ser una persona determinada y los deseos de conseguir un mundo determinado. En la lista de deseos cabe todo, desde adquirir más dominios lingüísticos a contribuir en un legado cultural. En realidad el único que mide el alcance de un deseo y que sabe hasta donde se le está cumpliendo es el propio interesado.

Muchos objetivos que acaban siendo sólidos empezaron siendo meros deseos. La diferencia entre alguien que ve cumplir sus deseos y quien no los cumple nunca es que en el segundo caso ni siquiera se atreve a tenerlos. Al menos esa es una diferencia crucial. Los deseos por imposibles que sean forman parte del bagaje psíquico de la necesidad. Es una instancia a  la que no se puede renunciar aunque pueda colisionar con las instancias científicas de la formación racionalista y estricta. Es tan importante como el sueño o la ideación fantástica. De hecho semánticamente al deseo se le llama también sueño y la fantasía es la proveeduría de los deseos.

El hablante moderno está dotado de palabrería y de un extenso vocabulario para citar más situaciones intrapsíquicas y subjetivas de las que está dispuesto a aceptar que contiene. No podemos olvidar que nuestros discursos están inmersos en una compleja realidad de realidades en las que cada enunciado temático pugna por ser  el único valido dentro de una teoría  para ese tema. Francisco Rico[1], sostiene que desde la tv se puede destrozar el idioma que luego  es muy difícil recomponerlo. Tal vez ya hemos llegado tarde para recomposiciones. Nos toca hablar y decir nuestros pensamientos (y deseos) en un mundo en que la multivocabularidad  (a no confundir con la realidad políglota) mantiene a los hablantes en permanente confusión. Entenderse con los demás es un reto de envergadura, pero entenderse cada cual consigo mismo no lo es menos. Reconocerse como instancia de deseo y anunciarlo en forma de predicados es un paso crucial en esa dirección.

 

 

 



[1] académico y filologo,participó en Hablando claro, uno de los pocos programas de la televisión (década de los 80) dedicados al lenguaje

Textos por terminar

Escrito por jesusricartmorera 10-12-2008 en General. Comentarios (0)

 

He pasado una buena parte de mi tiempo verbal confidencial hablando de lo que escribo y para qué escribo. He sentido como una especie de obligación de contarlo o justificarlo. No tengo la necesidad de hacerlo con respecto a porque respiro. Nadie me ha preguntado jamás porqué respiro o porqué sigo insistiendo en respirar, pero sí he recibido preguntas parecidas por lo que hace a escribir. Una y otra vez lo explico y me lo explico e inevitablemente se convierte en un tema -mi tema- con gente con la que he confiado. Me he propuesto no hablar más de ello. Solo yo sé el lugar de importancia que ocupa en mi esquema de vida. Escribo y punto. Eso sigue siendo una constante. Actualmente sé además cual es mi ritmo de creación y sus límites.

Sé que no paro de escribir pero al mismo tiempo no hago otra cosa que merodear. No estoy metido en ningún proyecto complejo de investigación. Hago crónica, epistolaria, novela, ensayo y de pronto me encuentro con cientos de títulos en mi haber. Hasta he llegado a pensar que  podrían llegar a ser más de 300 cuando haya digitalizado todo si es que eso llego a hacerlo alguna vez.[1]

No basta tener el criterio de dedicación diaria a escribir bajo la consigna de crear.  El tiempo ante el ordenador varía según la intensidad creativa. Nunca hay una correspondencia numérica estable entre tiempo de trabajo y producción real.  Depende del  tema, de la lucidez mental, y de la empatía del momento. Me sucede que deambulo por mis canteras de títulos de artículos encabezados y no acabo de situarme en ninguno porque me siento con los dedos torpes y la mente embotada, a veces incluso tengo la sensación de ser un impostor por atreverme a hablar de lo que tampoco conozco tanto  o quedo paralizado al presentir que ya me he extendido en ello en otros lugares. En esos momentos me siento como un vagabundo por mis documentos abiertos y aunque no me mueva de la butaca me siento perdido ante un desierto sin ningun trazo a seguir. De pronto, algo desencalla este impasse. Una frase escrita conecta con ideas de otras para escribir que están  ocultas en alguna  neurona perezosa y me pongo a andar. Cuando al fin, a través de un texto  apuntado pendiente por hacer, encuentro el feeling, siento que las palabras ya están ahí a punto de salir y ocupar la pantalla siendo yo simplemente una especie de canal. No me refiero a una canalización de un saber mistéricamente dictado, sino de un saber flotante que solo espera una performance gráfica adecuada.

He pasado por la experiencia de la máxima fluidez de escribir miles de palabras durante un dia o prácticamente de una tirada a otras veces en que construir unos pocos cientos me ha costado mucho si he elegido el formato poético para hacerlo. He decidido dedicar el resto de mi vida a terminar todo eso que he empezado aunque nadie me haya pedido que lo haga. Estoy buscando la cuadratura del círculo o el autotransporte por desmolecularización o cualquier otro objetivo de la física-ficción. Me puede más el deseo del rol en el que me he imbuido que el valor objetivo que se le pueda dar. Me bastaría terminar las novelas empezadas o el poco teatro que tengo para poner textos en circulación pero cuanto más escribo menos me interesa ser conocido por mis textos, o al menos serlo durante mi vida actual. No tengo la talla de ilustrísima, sigo prefiriendo el anonimato y el rincón de cualquier biblioteca donde cobijarme.

Sé de autores que han sido proscritos por lo que estaban escribiendo antes incluso de terminar sus libros o al terminarlos y recién editados antes de leerlo. La historia  del ostracismo (también hay una historia de lo que ocurre entre bastidores) está llena de gestos de envidiosos y resentidos y sobre todo de personalidades descubiertas in fraganti en ellas mismas y que no aceptan sus evidencias. Inexplicablemente uno si escribe es cuestionado en su inmediatez por el motivo de hacerlo. Hay algo de sospechoso en el escritor al declararse público como pensador. La condición de hablante no se la discutirá nadie, la de pensante sí. Los primeros en hacerlo  va a ser la gente mas próxima que ejerce una cierta autoridad sobre él/ella y que no quiere que “pierda el tiempo” en esas cosas en lugar de prepararse un futuro.  Es impugnación puede ser mas o menos episódica e ir cambiando de bocas cuando escribir no quede justificado por razones crematísticas. Incluso, en el colmo de las objeciones, puede llegar a serlo por gente  que habiendo hecho sus pruebas en el campo de las letras no comprenda  la necesidad de éstas a partir de un cierto volumen. Mucha gente ha escrito un relato o incluso a intentado una novela y sin embargo no ha conectado con la pasión escritora. Otra ha puesto final a sus sueños bohemios o ha puesto fin a su actividad creativa enviando sus  testimonios a la quema para doblegarse al rol de súbdito social que se espera de ella.

Mi experiencia psicológica con la vida creativa me ha llevado a pensar que la vida tiene sentido desde su recreación, por tanto sacándola de su sola fase de sensorialidad.  Algo muy difícil de transmitir a quien no ha sentido la llamada artística y prefiere ir sobre seguro por la llamada de la inversión en un proyecto materialista del tipo que sea. En el fondo implícito de la objeción a quien escribe está la de porque se atreve a pensar. Escribir es una metodología para hacerlo y una forma de archivar las ideas. ¿Pensar tú? Parece que te dicen ¿es que quieres emular a los filósofos y formar parte de los grandes nombres? Bueno, bueno, no hay que llevar las preguntas a la categoría fácil de la pretensión de ridiculizar y mucho menos contestar a todo leguleyo que quiere saberlo todo de ti.

Por extraño que aparezca el ser humano no es tan pensante como se dice que es. Una minoría de la humanidad a lo largo de los siglos ha dado muestra de que sí ha pensado, el resto se ha aprovechado de sus ocurrencias, invenciones e ideas para mejorar un poco la calidad de su vida. Todo el mundo pretende  dar indicaciones de cómo se tiene que comportar la gente incluidos los asintóticos en los que entra el campo de lo artístico generalmente minoritario, marginal y opuesto al resto de la curva normal. Oliver Wendell Holmes dijo que el joven conoce las reglas y el viejo las excepciones. Cada cual conoce las suyas por lo que hace a su vida y especialmente al proyecto creativo con el que –ante sí mismo- se ha comprometido.

Escribir o pensar por escrito lleva a suponer que quien lo hace ha de ser consecuente con lo que dice y ponerse a hacerlo. La elaboración escrita es una forma de concienciar cosas a distintos órdenes y registros. Al hacerlo uno comprende sus límites al mismo tiempo que puede comprender las condiciones para el fin de estos. El valor de la teoría tiene algo de profético en cuanto a anticipación a pesar de que sucumba a su inoperancia por el momento. Sea en el texto escrito o en el discurso oral al opinar uno se arriesga a tener que ponerse manos a la obra para que se lleve a cabo una de sus propuestas, si es el caso, para asegurar realmente que ha sido entendido.  Lo malo de hacer sugerencias inteligentes es que se le asigne a uno para que las lleve a cabo anónimo. No, no  volveré a pasar por militancias prácticas en las que perder el tiempo. La propuesta tiene un valor en si misma tarde lo que tarde la sociedad en recogerla y en llevarla a término, sea la de Mendel en relación a la genética o por lo que hace a los diseños con motores de agua o activados por baterías alimentadas por paneles solares.

El vínculo con la literatura ensayística o ficciosa es la de compromiso. Un predicado no solo dice que piensa y quien es quien lo ha enunciado sino que también permite inferir lo que se puede esperar de ese postulante. En el texto escrito, no en uno tan solo sino en su continuum productivo encontrando marcada una tendencia de pensamiento, hay un cierto ajuste de cuentas con la sociedad y con la historia a favor de una biografía que no quiere saldarse con los daños acumulados por estar ubicado en un tiempo histórico prematuro o envuelto por una mentalidad social de carencias. En ese ajuste de cuentas puede volcarse una cierta venganza sutil de la que no se sea totalmente consciente. Nada tan grave si la venganza es resituada en términos de dejar las cosas claras. Stendhal, que debió pasarlo bastante mal, dijo que desde el momento en que uno no puede esperar vengarse comienza a odiar.

En los textos por terminar espero encontrar claves que todavía no tengo en la elaboración teórica en la que estoy metido. Además de la crónica y de los análisis de lo personal seguiré investigando los límites humanos de la comunicación en el tipo de ser humano de entre siglos con el que he coexistido para, tal vez, tratar de arriesgar tesis conceptuales para remediar eso.

De todos los productos comunicativos el libro como objeto no deja de ser una parodia de la comunicación imposible. Un libro concentra una información o saber en forma de conserva para que este dispuesto en espera a quien quiera leerlo. El libro hace de intermediario entre un lector y un autor que tal vez en el contacto oral directo no se consentirían ni la escucha mutua ni el decir completo del autor. La comunicación oral, altamente controlada y protocolizada, falla; la escrita apuesta por una permanentización del mensaje en el futuro.

 



[1] En el momento de escribir estas líneas tengo 238 titulos,anque ,como siempre, casi todos siguen pendientes de rectificaciones. Tampoco me extrañaría llegar a los 370 si vivo lo suficiente para arreglar todos los que tengo en proceso.

Una Vida bohemia

Escrito por jesusricartmorera 10-12-2008 en General. Comentarios (0)

 

La palabra bohemia me ha acompañdo a lo largo de las décadas con mayor regularidad que otras del repertorio de la diferenciación con el mundo de los otros. He terminado por defender una vida bohemia, la mía, más que la vida bohemia de la que en realidad no sé si tiene un significado  unitario. Para mí la bohemia era la conexión con los colores, con la fiesta, con los placeres e incertidumbres creativas, con la falta de horarios, con la seducción continua. Había sido criticado por bohemia en una época en la que el comunismo obrerista lo que menso quería en sus filas era sujetos como yo, imprevisibles, críticos, distintos, prefiriendo la uniformidad de sus militancias para la propagación de consignas así mismo uniformes. Perdoné a mis críticos y demoré en demasía mí tiempo de permanencia en aquel submundo de conspiradores que en realidad no querían un mundo alternativo sino un traspaso del poder político. La vida bohemia está emparentada con la farándula, con los escenarios noctámbulos, con los cabarets, con las farras hasta altas horas, con los juegos de relaciones sensuales, con los amores muchos y con el arte, todo ello empaquetado dentro de vidas efímeras que no creen tanto en el futuro como en el presente, ni tanto en los demás como en el protagonismo de cada uno.

Hay algo de la vida bohemia que me gusta por lo que tiene de festivo y de imprevisible. Cada dia puede ser una novedad y la  cantera de nuevas anécdotas, algo que la vida obrera o la del empleado mustio de oficina o mostrador no pueden decir. El bohemio tiene la mala fama de ser un personaje de bares que va por las latitudes de la onírica con la misma facilidad que si saliera a dar un paseo por la calle de al lado. También se le emparenta con sus excesos de bebida, sus líos de faldas (curiosa denominación para desprestigiar el amor plural), su pobreza endémica o falta de recursos. En casos extremos el bohemio no tiene con qué encender su estufa ni un plato de sopa caliente con el que recobrar el tono corporal, sin embargo parece no faltarla la sonrisa en la cara o su talante de ironía permanente ante todo.

No soy un especialista en tomar criterios a favor o en contra de corrientes, escuelas, partidos o teorías. Hubo un tiempo en el que las contradicciones sociales estaban muy claras que no tomar partido era una atrocidad y que mantenerse neutral una forma de temor. Ahora es más bien al revés: tomar partido por determinados partidos es una atrocidad contra el sentido común. La única opción que me parece sensata es la más insensata de todos: tomar partido por la poesía, por la filosofía y por la exploración existencial. La bohemia es, bajo este criterio, una consecuencia, no una elección. Lo bonito de ella es la distinción diaria que procura, una falta de planning deliberada por lo que hace a objetivos existenciales muy marcados para no encorsetar la espontaneidad biográfica. Un dia puedes ser cliente de un espacio hotelero sosegado y elegante y otro día alojarte con tu tienda de camping junto a un río. Un dia puedes estar tratando de componer una canción y otro dia compartir una comida con gente que acabas de conocer.

La idea del bohemio ha dejado una especie de aureola de mala fama. No se ocupa de nada y por no ocuparse no se ocupa de sí mismo. Tal vez se entrampa con préstamos o necesita quien le invite a comer para llegar al día siguiente. En resumen puede ser un desastre por lo que hace a planificar su propio futuro.

Desde luego no todo el mundo puede ser bohemio. Se necesita una resolución: la de creer firmemente que sea la que sea la vida está garantizada y que lo más interesante del futuro no es enfrentarlo de tal manera que hipoteque el presente. Vivir el día a día se ha convertido en un eslogan universalmente famoso pero que sin embargo se emplea incorrectamente. De hecho, todos terminamos por planificar nuestras existencias y por tanto nuestros futuros. Incluso en la condición de viajero el que cambia continuamente de emplazamiento tiene en cuenta lso recursos, las ubicaciones y los condicionamientos individuales desde el primer día que aterriza en un lugar. La troupe de farándula que lleva su escenario, su mimo, improvisaciones o gags de localidad en localidad y vive de lo que recoge, con la convivencia colectiva permanente que supone es quizás lo más parecido a lo que se puede entender por bohemia. Una vida instalada en el juego permanente con la vida, eso es bohemia. Una vida sin lados ocursos, sin perversiones capciosas, sin instrumentalismos del otro, sin calamidades dolorosas de las que arrepentirse.

He idealizado la palabra y un concepto. Todo lo que he accedido a ver de la vida bohemia en grupos constituidos es que  no han estado exentos de conflictos internos, de monetarismos contradictorios, de pequeñas traiciones. Mi propia vida se ha visto envuelta con experiencias que me podía perfectamente evitar con gentes más que reprobables. Pero la vida es eso: pasar por sus inmundicias. Si a la bohemia no le pides grandes alternativas de recambio social todo va bien, tan pronto esperas que la gente cumpla lo que diga y que sus valores sean impecables los desalientos no tardan en surgir. Hay algo del sistema dominante de la sociedad que alcanza a todo el mundo incluyendo a sus bastardos y a sus hijos prófugos, también a las distintas clases de auto marginados, y es el interés por el dinero. Los artesanos que trabajan para ser autónomos y vivir por cuenta propia sin tener que pasar por la condición de supeditación del empleado asalariado terminan, no pocos, en verse corrompidos por el pvp final que ponen a sus productos o, lo que es peor, en darles sus trabajos a comerciantes profesionales que no los han trabajado y que toda gestión es la de dejar pasar los meses hasta que alguien acepta comprarlos eso sí a precios triplicados o decuplicados de los que los han pagado.

Un panorama bohemio de intercambios de todo basado en el principio del goce proporcionado por la colaboración mutua es algo que está muy lejos de la realidad. No tengo comprobaciones para afirmar si alguna vez ha existo más allá de los cuatro amigos que lo compartían todo. Es posible que la ideación de la vida barata, si no gratis, del día a dia alimentándose de letras y colores por encima de la obsesión por la seguridad de la comida o del confort, haya formado parte más de las maquinaciones de la fantasía que de las posibilidades reales. Por lo que hace a mi experiencia directa descubrí prematuramente un talismán: basta creer en ti y en tus posibilidades, también en tu perfil de existencialista para que todo se combine y se escenifique sin tener que hacer demasiados esfuerzos. Basta creer en qué siempre resolverás situaciones y seguir tu dinámica inercial de creativo para que esto se vaya dando y configurando biográficamente con naturalidad. Cuando la gente me decía –por mi edad y mis triunfos ya no me lo dice- que un dia u otro me arrepentiría de no asegurar mi futuro olvidaba que la peor manera de perder el futuro es hipotecándolo haciendo del presente una obediencia a los dictados de consumo, del trabajo obligatorio y del dinero. ¿Y qué pasaría si todo el mundo optara por una vida bohemia? Objeta un crítico de quienes nos hemos tomado esta clase de libertades. El mundo se hundiría, desparecería la producción y la economía –añade- De acuerdo la elección del bohemio cuenta en que la inmensa mayoría se dedica al trabajo asalariado, a las rutinas diarias de la producción de lo básico. Mientras haya quien sirva las cervezas en el restaurant y las comidas y trabaje los campos y mantenga las líneas de tren y las autopsitas todo va bien. Tan pronto el encadenado falla, el más poeta tiene que  dedicarse a los trabajos primarios. Como no ha llegado el caso pospondremos la respuesta para cuando llegue. El bohemio, con todas sus famas adversas, no deja de ser un trabajador en lo suyo. Probar una nueva clase de música, reescribir un texto, hacer una composición puede formar parte del cada día como algo más natural. Evidentemente estoy igualando la vida bohemia a la artística, pero la bohemia es mucho más que la dedicación sistemática –y disciplinada- al arte. Lleva consigo toda la aureola que la protege y la sigue. Tiene un aire de despreocupación sin necesidad de ningún compromiso con el futuro ni en lo personal ni en lo social. Eso tampoco es totalmente cierto. A la bohemia ligaríamos gente dedicada a la composición musical o a la pintura, raramente gente con preocupaciones sociales que dedicaron sus energías y biografías a la lucha revolucionaria. Nadie calificaría a Emiliano Zapata[1] de bohemio. Ni diría de un bohemio que alcanzará el cargo de un presidente de gobierno, aunque sí hubo algún poeta detentándolo o algún escritor pretendiéndolo (Leopold Shengor y Vargas Llosas por ejemplo). Sin embargo, hay algo de la bohemia en si misma revolucionaria por su condición rupturista con las formas tradicionales heredadas y lo es sin que tenga un planteamiento para eso ni desee una teoría política. Una vida bohemia, que no la vida bohemia, permite vivir la sociedad, soportarla, a caballo entre lo que no es ni nunca será demostrando de facto la posibilidad existencial de vivir del y por el arte trasladando la potencialidad biográfica de la misión por hacer grandes heroicidades al goce de vivir una sola: la de la felicidad.



revolucionario y jefe agrarista mexicano,fallecido en Chinameca en Cuernavaca en 1919.[1]

Los Objetivos Biográficos

Escrito por jesusricartmorera 10-12-2008 en General. Comentarios (0)

 

Si bien es irreprochable que una vida se viva sin objetivos en el sentido de sin retos o grandes metas pudiendo ser una vida con contenido y auto satisfactoria no lo es menos que una vida con ellos. Mi análisis autobiográfico puso en evidencia que haber vivido una larga etapa con objetivos colectivos, supuestos objetivos colectivos, se había traducido en no tener objetivos personales propios o en poner estos en función de aquellos. Aquellos: una sociedad justa, igualitaria e ideal, nunca se cumplirían y me fueron pasando las décadas sin poder volver a atrás, desandar el proceso y empezar de nuevo como si no hubiera pasado nada. En aquella  condición de militancia y de dedicación de entrega a los demás (los demás entendidos como masas amorfas o  como sociedad sufriente a la espera de vanguardistas que le iluminaran el camino de la liberación) sí había objetivos tácitos pero nunca explicitados del todo públicamente, los de alcanzar una categoría, un prestigio en la dirección del proceso histórico, un saber reconocido, un liderazgo. Pero todo eso era lo suficientemente vago como para que no supiera exactamente lo que quería decir. De alguna manera pensar en uno mismo estaba prohibido por el catecismo socialista y todo planteamiento de  individualidad era considerado individualismo. Cuanto más tiempo pasaba tras los presupuestos idealistas de una revolución que, supuestamente, engendraría sino un nuevo mundo sí un nuevo país, más evidente resultaba que tratábamos con una quimera que a diferencia de la imaginación literaria se traducía en una pérdida de sentido existencial. La revolución solo fue amortizada por quienes hicieron carrera con ella, los demás, la inmensa mayoría de revolucionarios nos quedamos para nutrir las filas de la desesperanza. Mientras tanto, el resto dela sociedad que ya no había creído en si misma, es decir en sus potenciales de un futuro alternativo, ni por supuesto en nosotros, sus supuestos representantes ideológicos vivió perfectamente integrada en la objetividad dada. Fue así que nuestras generaciones se espabilaron para ocupar los puestos de trabajo y de direcciones políticas. De todo ello quedaría algo positivo, toda experiencia proporciona la positividad de un saber por desalentadores que hayan sido los resultados.

Lo que diferencia a las personas en sus formas de restablecerse tras experiencias  compartidas de  finales deplorables, es lo que a priori esperaban de ellas. Siendo completamente distinta la relación de quienes la tomaban como juego a quienes la tomaban en serio. Las militancias dedicadas a las grandes ideas suelen dar enseñanzas muy frustrantes, todo lo contrario a las representaciones dedicadas a actuar desde la hipótesis permanente. Se pueden hacer cosas y vivir vidas dando por supuesta su certeza de predicados aunque no estén ni demostrados ni reconocidos. Es así que el triunfo de un revolucionario nunca estuvo tanto en llegar a un complicado objetivo social, arrebatando el poder político a otros como en vivir la revolución en sí mismo, en tanto que  sujeto concreto expulsando los amos impuestos de su cabeza.

Los objetivos biográficos suelen pasar más por las apariencias externas que no por los logros personales en el campo de los sentimientos y de los valores. Socialmente el significado de conseguir lo que se quería pasa por conseguir puestos relevantes, casas caras, cuentas de banco rebosantes… El triunfo pasa –bajo este punto de vista-  por el currículum dotado de reconocimientos sociales y de objetivos materiales muy medibles. Los triunfadores se muestran los unos a los otros el alcance de su poder y de sus logros por sus distintivos adquiridos: vehículos, joyas o empresas. También por el mundo de relaciones al que pertenecen.

La condición de desiguales permite que cada cual individue sus objetivos biográficos particulares sin que tengan que pasar por el reconocimiento de los demás. Lo que para unos es un gran objetivo (conseguir dinero) para otros no es más que un problema de estreñimiento simbólico. Cuanto antes una persona sepa los objetivos que quiere alcanzar en su vida antes los alcanzará. Cabe reconocer la estrecha relación entre objetivo planeado y objetivo conseguido con felicidad personal. Al ser preguntado Marcel Maréchal, actor y director de teatro en su tournée representando Moliére por el oeste de África, porque hacia de tal, respondió sencillamente que siempre quiso hacer esto. Quien sabe lo que quiere hacer con su vida, en que ocuparse, a qué dedicarse, a donde llegar, y tiene la mitad de su proyecto realizado. Un objetivo no es exactamente un deseo, pero sin duda no tener vergüenza por los propios deseos, por lejos e inalcanzables que parezcan, de alguna manera se van convirtiendo en objetivos con estrategias y metodologías.

Siempre quise ser escritor pero en realidad nunca empecé a serlo del todo hasta el dia –muchos años despues de estar escribiendo- que decidí que lo era. Ese serlo priorizó mi auto-reconocimiento saltando de un indeterminado lugar en la espera del hetero-reconocimiento. Nadie te dice que eres un ser vivientes para saber que lo eres. Ni nadie te autoriza a respirar para respirar. Pasa algo parecido con los objetivos de vida. Los consigues o no dependiendo de si tu dinámica está organizada tras ellos.

A diferencia de la lista de los deseos, la lista de los objetivos tiene que ser concebida con criterios sensatos y consecuentes, con valoraciones razonadas y con una estimación racional de sus posibilidades. Un deseo puede escapar de la racionalidad sabiendo que lo hace, un objetivo no. Sin embargo hay una concomitancia entre ambos: tener objetivos pasa también por el deseo de tenerlos sin convertir no conseguirlos en una hecatombe.

Sigo con mi rito anual cada enero de apuntar en mi agenda la lista de cosas que quiero alcanzar este año o en los posteriores. La lista suele ser más extensa de lo que podré conseguir y muchos de sus ítemes se repiten de año en año, pero eso no me desalienta. Lo primero es saber lo que quieres conseguir lo segundo es montarte en los ritmos para conseguirlo, si no lo alcanzas este año será el siguiente. Dentro de los objetivos cabe distinguir los de tipo concreto material (conseguir un determinado tipo de ordenador, o una mejor máquina de filmación, o un mejor sistema de grabación,…) a los de tipo personal, los de alcanzar nuevas atribuciones de sujeto, los que podemos definir como objetivos del ser. Las personas suelen ser confundidos con sus oficios. Es así que uno no hace de comediante sino que es un comediante, no ejerce de psicoanalista sino que es un psicoanalista, no trabaja como  empleado sino que es un empleado, y así sucesivamente. Es cierto, la función suplanta al ejecutante especialmente cuando la identificación de este con ella es total.