FLUENCIA TRANSCULTURAL

La adopción

Escrito por jesusricartmorera 04-12-2008 en General. Comentarios (0)

 

Ir a los países del tercer mundo a adoptar criaturas de familias pobres no forma parte de ninguna alternativa de solidaridad a escala internacional con esas familias o esos países, otro asunto es que el referente solidario se esgrima dentro del pack general de argumentos personales por los que se hace tal cosa. En realidad de esta demanda creciente de pequeñajos a los que recolocar en los países de occidente integra un nuevo fenómeno. Eso no significa que ayude a disminuir el  crecimiento poblacional antes bien puede ser un factor para incrementarlo al ser un parámetro estimulativo para familias tercermundistas que ven en la adopción de sus hijos una fuente de divisas por la vía de su venta disfrazada. La adopción se ha puesto de moda por muchas razones. La primera, si se quiere, es la sensibilidad de los más pudientes ante miradas infantiles desprovistas de toda malicia que están solicitando ayuda desde sus silencios. Nadie puede permanecer impasible ante esas miradas de la inocencia que no dejan de ser materiales infográficos que convenientemente explotados transforman las lágrimas de los solicitantes en algunos miles o decenas de miles de euros que se desparraman por el camino para nutrir un proceso de intermediarios que facilitan el niño o niña buscados.

La adopción significa, antes que nada,  satisfacer el móvil privado, individualista y .sin lugar a dudas, egoísta de las parejas que se  la plantean. El egoísmo se ha convertido en una de las palabras del discurso lesivo cuyo sujeto afectado por él ha debido ser indemnizado con palabras atenuantes tales como individuación o individualidad para no decir directamente individualista. Desde la teoría del gen egoísta el problema de un ser humano no es que sea egoísta procurando para sí sino que disfrace sus conductas como las más cooperativas, altruistas o extraordinariamente sociales. La adopción era una forma valiente y solidaria para ayudar a los más necesitados. Además facilitaba la convivencia de razas y diferencias con criaturas de distintas procedencias en el seno de la misma unidad familiar. Mia Farrow convirtió esa elección en otra variante del colecciónismo, si duda muy elogioso pero extrañamente sospechoso. Padres modélicos en implicar sus capitales en adopciones olvidan alegremente que los niños hermanados con los suyos biológicos propios crecerán y van a pasar por las crisis propias de la edad particularmente complicadas por las diferencias fisiológicas. Llevar un bebé o un niño que no ha cumplido los 7 años de los Andes o de China a Europa no tiene porque significar que le toque la mejor lotería de su vida. Pero ese niño sucio, harapiento, abandonado, con trabajos superiores a sus fuerzas está ahí para enternecer a los occidentales bien cebados que deciden lo que es el mundo en función de los reportajes televisivos a los que se exponen.

Se dice que los procesos de adopción son rigurosos para evaluar la estabilidad psicológica de la pareja o de la persona que tome esta decisión. Parece que hacerlo es lo más prudente pero esto no evita el hecho de que una persona sea cuerda y honesta sin que por eso sepa porque hace exactamente una cosa. Sin duda los niños huérfanos o abandonados por sus padres naturales forman parte de uno de tantos fenómenos execrables de la humanidad. Mientras los estados de cada país no construyan alternativas para ellos y la educación popular en general, mas seria y estricta, no disminuya el creciente número de niños de la calle la adopción tiene su valor supervivencial. La discusión está en presentarla como si fuera una verdadera alternativa cuando no pasa de ser un tímido paliativo que genera toda clase de especulaciones y alteraciones en el mismo ritmo poblacional.

 La Europa de los blancos y los países ricos en general necesitan hacer ostentación de sus poderes y pagar de alguna forma su conciencia autoculpabilizadora por tener la suerte que los nacidos en otros muchos países no tienen, En el fondo del blanco solidario que apadrina, paga, ayuda a distancia o, como en el caso de la adopción, llevándose un niño para educarlo como hijo propio lo que hay es el pago de una exoneración. Ese mismo blanco hace muy poco, o no hace nada o ha dejado de presentar su lucha a favor de un mundo cambiado y redistribuido en el que no tendría porque haber todas esas calamidades de abandonos, orfandad, muertes o enfermedad. 

La actitud de la adopción se ha convertido en una de las modas de supuesta ayuda. Una vez el crio procedente de otro país en cas, cuyos padres biológicos –dato crucial a no olvidar- existen, da una nota de color exótico al ambiente. Sus nuevos padres lo querrán con toda el alma y no harán discriminaciones con sus otros hijos naturales si los tienen, lo malo es que olvidarán los estragos de la otra parte, el de los padres naturales, de los cuales les sobrará una información prestada no autentificada como que no podían ocuparse de ellos.

Viajando por África no son pocas las mujeres que ofrecen (regalan) sus hijos de pecho a blancas desconocidas que llegan con gafas de sol, pieles pálidas y dineros saliéndose de los bolsillos. Hasta donde sé esto no ha generado un mercado de adopción alternativo paralelo al de la vía institucional del que no pocos intermediarios sacan tajada pero representa toda una posición actitudinal de madres irresponsables. La cuestión no es tomárselos, aunque sea por esa vía oficial, mesurada, indirecta y verificada paso a paso, sino reeducarlas para que no tengan a hijos que no pueden mantener o que les dan la teta por inercia tradicional no porque los quieran o los hayan deseado. No hay que olvidar que en los países islámicos las mujeres tienen hijos porque son los descendientes de Mahoma, y ellas tan solo el instrumento para tenerlos para complacer su voluntad dictada en el Corán.

Tampoco hace falta tomar el avión para ir a por una criatura según las ventajas fiscales (en definitiva un niño dado en adopción es una mercancía cuya adquisición o compra pasa por el pago de unas tasas) se puede buscar por internet lo mismo que se pueden comprar coches o mascotas a distancia dentro de las pautas del comercio electrónico. Esperemos a ver que sesgos tomará este proceso. Con un poco más de avance tecno, futuros padres cansados de tener sus vidas vacías o de que su falta de semen fértil o de útero en condiciones les pueda proporcionar un hijo natural podrán conseguir un hijo enviado desde Colombia o desde donde sea sin mover los culos de sus asientos, previamente satisfecho el pago exigido, que para no herir sensibilidades se retitulará como tasas y gastos de envío. El crio legará perfectamente empaquetado con una botella de oxigeno y un gota a gota de plasma nutritivo para soportar los 10mil metros de altura y compartir la bodega de un avión con otros envíos: carne enlatada y cosas parecidas. Los padres serán muy felices, el niño tan pronto tenga uso de razón montará su plan personal y en secreto para suicidarse.

El autor en bruto.

Escrito por jesusricartmorera 01-12-2008 en General. Comentarios (0)

 

La escritura en grado de tentativa. El/la autor/a en bruto. 

Aparentemente la obra creativa es el producto del sujeto que la crea. Eso es lo que indican los sentidos. En el taller del pintor, hay paletas de colores y lienzos y modelos y finalmente el resultado de unos cuadros. En el del escultor un torno, bandejas con barro húmedo,  pseudo formas intentadas y finalmente unas porcelanas en el expositor. En  el escritorio del escritor hay títulos, legajos, una papelera con frases desechadas, una cantera de datos, archivos y, finalmente, artículos terminados, dosieres o libros. Se diría que hay alguien que crea y algo que queda como balance: es lo creado. Con esto estaríamos en el estilo interpretativo de los manuales de bachillerato que hablaban del autor y su obra como de dos cosas diferentes. Primero el uno, después lo otro. Concedamos cinco minutos a la hipótesis inversa que primero es la obra y después es el/la autor/a. Un imposible práctico desde luego. Para que haya un texto escrito,  alguien, antes, ha tenido que poner los dedos, los codos y la imaginación además de un esfuerzo de indagación (o más tecno-modernamente: ha tenido que poner el Mouse, el teclado, la pantalla, la butaca giratoria y -en algunos casos extremos de crisis de imaginación- el copia-pega a falta de otros recursos más originales). El caso es que escribir no surge de la nada ni tampoco es el resultado de una simple y puntual pulsión creativa (o -para quien se lo crea- de un don heredado de los dioses) sino de un acceso a una de las muchas y necesarias opciones de proyección que el ser humano necesita para salir de su cubículo o de su nimiedad.

El arte y el artista existen como resultado directo de déficits existenciales. Si lo tuviéramos todo no necesitaríamos hacer esa clase de proyección, la de salir del yo subsumido, para plantearnos como seres extraversos. Gracias a esta operación mental la historia de la literatura puede gozar de aportaciones grandiosas de personas y personalidades que tal vez no las hubiéramos aguantado en el tú a tú en vivo y en directísimo. Sigue siendo así: hay maravillosos trabajos de pedantes a los que no pararíamos en la calle para no tener que aguantarles una sesión de aburrimiento y de quienes sin embargo tomaremos notas de sus análisis fruto de la lucidez del mismo modo que hay enciclopedias que nunca tendremos como libros de cabecera y que sin embargo siempre nos acompañaran en un lugar presidencial en nuestros estanterías. 

La relación con el texto elaborado no es tan voluntaria ni intencional como pueda parecer. Tampoco lo es la relación con el lenguaje. La psique se forma en unas coordenadas simbólicas, se accede al lenguaje por esa condición de pertenencia a una comunidad lingüística. Salvo casos de patología extrema, los hablantes no pueden negarse a serlo. El hecho de nacer y crecer significa, por añadidura, ser. Mejor o peor, un hablante. Es el individuo el que llega a aquél y en este accésit lo que le transforma. Gracias al lenguaje evoluciona y su universo, en el sentido witgensteiniano, se expansiona. Una persona  es lo que alcanza de sí  su universo simbólico. Cuantas más palabras uno tiene, más mundo tiene. Cuantas más posibilidades tiene para mencionar, objetos que nombrar, situaciones que describir, conceptos que explicar; de más caudal de experiencias está gozando y está permitiendo que otros gocen con su escucha. El lenguaje es lo que proporciona la capacidad para la consciencia. En resumen, el lenguaje es lo que nos humaniza, es lo distintivo de la condición humana, es lo que permite expresar las genialidades o los fuegos internos, lo que nos hace ángeles o nos libera de nuestros infiernos.  Gracias a su legado podemos hacer un gran salto cualitativo que a la especie le costó cientos de miles de años: pasar del gruñido a la articulación sonora con poder de significación.

La retórica era (habrá que suponer que sigue siéndolo) el arte de hablar bien, un arte para deleitar, persuadir o conmover. Inevitablemente fracasa en ese propósito cuando la onda del discurso no tiene nada que ver con la del oyente –o lector- o la de  éste tropieza por error con la que no es de su apetencia y confundirá un libro de historiografía o una novela  con un legajo de 300 folios con la  misma palabra o frase escrita, una línea tras otra, tal como podría estar haciendo el personaje enloquecido de Jack Nicholson en Resplandor.  El discurso teórico de lo  uno será confundido con lo logorreico de lo otro cuando a la sucesión de frases tan solo verá signos gráficos sin sentido para su manera de entender la lógica. Hay  predisponientes  subjetivos que niegan estructuras, formulaciones, ideas y formas distintas a las que son esperadas. Antes, en el tiempo en que se escribía cartas, la cosa empezaba más o menos así: deseo que en el momento en que recibas la presente te encuentres bien de salud tú y tu familia, y terminaban con un atentamente, citando dioses y santos de encomienda. El receptor de una carta que no se ajustara a este cánon podía tener dificultades para entender su imperdonable falta de protocolo. El tema no está tan lejos de nuestra actualidad, -supertecnológica sí, pero arcaica en otras muchas cosas- en la que en toda parte se piden protocolos: a las sus señorías y a las  sus excelencias hay que llamarles por el honor de sus cargos, y cualquiera,  en su rol de jefatura, sea el que sea, esperará ciertas fórmulas verbales de sumisión en sus subordinados o inferiores.  El lenguaje hace a la gente. Dime como hablas y apostaré jugándome los cuartos  por tu perfil psicológico y cultural de personalidad.

En el texto periodístico también se espera una manera  característica de tratar la noticia  y en la novela se espera encontrar una narratividad que seguir. Meterse en una que no sigue una cronología explícita puede ser motivo de abandono o desprecio. La crónica encerrada en  Tiempo de silencio de Martín Santos  tuvo que ser demostrada una vez guionada para el cine mucho tiempo después de haber sido escrita y de haber sido contemplada como una de las bellezas de la literatura dentro de la época franquista. 

Escribir es un parámetro. Lo escrito es un producto. Escribir mueve o gesta una intencionalidad, ponerse a hacerlo marca una conducta y conseguir algún resultado en forma de libro o artículo o poema o cuento  deja  un producto matérico tras el que se ha vertebrado  ilusión, energía, trabajo, tiempo e incluso amor en el caso de los escritores que ponen intuiciones además de técnicas, osadías ingeniosas además de gramática, y su imaginario además de su imaginación. 

¿Quién crea a quien? ¿El escritor hace el texto  o el texto escrito hace al escritor? El largo camino de las letras es laberíntico. Hay autorías de todas clases y caben tantas respuestas como personas escriben y, por supuesto, las que no han concluido libros ni artículos también tienen las suyas. Entiendo que lo creado revierte en  el creador. Uno no es el mismo después de una experiencia interactiva con la obra en la que está trabajando. No ya solo por la experiencia enriquecedora –o perturbadora- de la indagación a la que dedique su trabajo concreto sino sobre todo por la expansión intelectual que le produce. Uno no sabe realmente en qué punto está su pensamiento hasta que lo expresa. Escribirlo es una manera de vincularse.  Cada persona con veleidades literarias y ensayísticas tiene su propia experiencia en la interacción que tiene con las letras, con las lecturas y citas de autores, con las ideas tomadas de otros y con las propias ideas que se atreve a expresar y las maneras formales de hacerlo. Evidentemente todo esto no cursará con  una placidez garantizada. Tendrá que contar con los predisponientes del mercado. “Veamos, -se preguntará el autor más astuto-,  ¿cuántas comas y oraciones subordinadas pueden acompañar una oración principal sin herir la sensibilidad lectora?¿cuánta cantidad de texto puede contener un artículo? ¿Cuántas frases una estrofa? ¿Cuantas palabras largas de más de cuatro sílabas son convenientes  situar en un artículo? ¿Cuantas referencias auxiliares pueden incluirse sin desbaratar la atención del tema central?¿Cuanta cantidad de discurso puede presentarse y cuanta otra tener que esperar a la siguiente oportunidad?”  Evidentemente podrá contestar a cada una de estas cosas y actuar en consecuencia. “Haré -se dirá-  párrafos de 4 o 5 líneas a lo sumo, con inter-espaciados entre ellos. No pasaré de los 5 párrafos para una columna narrativa y de diez para un artículo de análisis político”.O se ajustará a las normas que le marquen de una forma no negociable e impositiva en el espacio en el que escriba. Los periódicos encargan a sus periodistas unos temas que tienen que entregar dentro de una  determinada cantidad limitada. Es todo un arte expresivo explicar la historia del mundo –o la historia de lo que sea- en 250 palabras. Pero ¿por qué el prototipo de lector puede aguantar leer esas mismas 250 palabras años seguidos y no trata de profundizar en el tema con propuestas de ensayo  más completas? Hay un tipo de literatura periodística, noticiera que habitúa (deseduca, es el verbo apropiado) a un tipo de lecturas superficiales. El personal pide titulares. ¡Venga! ¡Tengamos franqueza! ¿Quien, por la razón de prisas que sea,  no lee por encima las cosas y luego hace su composición de lugar? Llegado el momento no pasará la prueba del algodón cuando le sea preguntado que resuma tal o cual tema que haya leído cinco minutos antes. El gesto de acudir al artículo o al libro por el que se es preguntado para refrescarlo lo he visto varias veces. Es algo  más que lo que sucede al preguntarle la hora que es  a alguien que acaba de mirar la diana de su reloj  de pulsera y que tiene el automatismo de volverlo a mirar para contestarnos. ¿En qué quedamos no se enteró de lo que había visto un segundo antes? Y si fuera así ¿a qué viene tanta inseguridad para tener que acudir de nuevo a una información que ya tiene, cerebralmente, capturada?

Volvamos a los predisponientes. Si el lector espera encontrar un tipo de literatura con una formato predeterminado, sin demasiados vocablos desconocidos y aún menos que sean neologismos o préstamos de otras lenguas; si espera una letra grande, supongamos que de cuerpo 14, con un papel del bueno y a lo mucho tirar con no más de 110 páginas, con frases cortas, párrafos muchos, márgenes a ambos lados de la página que sumen mas espacio que la parte impresa de la misma, se encontrará en que cualquier evento que no se ajuste a esta predisposición será rechazado y lo será instintivamente antes de serlo conscientemente. Instrumentos de evaluación psicopatológica indican la cronología ordenada de esas dos fases.  Está en su derecho como lector de rechazar lo que considere pesado, denso, largo, cargante o duro. Así como lo está en su condición de escritor de presentar el tema tal como le gustaría encontrarlo de buscarlo en una librería o kiosco para leerlo. Pero no todo el mundo habla igual, de hecho no hay dos personas con los mismos expectogramas, y tampoco hay dos personas que escriban igual a no ser que sean las normativas los que escriban por ellas. Otro asunto es que el imperio editorial marque formas. Proponga supresiones enteras de capítulos además de sustituir títulos originales por otros más comerciales. Un libro como un ladrillo es un objeto paralelepípedo que alcanza la categoría de cosa y mercancía cuando hace de puente para la circulación de un capital, y puesto que todo tiene un precio (las malas lenguas dirán que también los autores) el objeto es ajustado a las condiciones de mercado y no la realidad del afuera a la propuesta que contenga aquél. Pero la escritura contenida en un libro, o  en su proyecto, intenta decir lo que no ha sido dicho antes o decirlo de una manera renovada, con la frescura de  los nuevos tiempos y los nuevos dejes verbales cocidos en las calles y en las alcobas. La escritura es una pintura de simbolismos sobre un soporte que permita leerla. Es una propuesta para el entendimiento y esto lleva al juego a tres partes. El hablante, la cosa en si de la que se habla, y el escuchante  o la parte lectora. La cosa hablada puede adquirir distintas formas expresivas en distinta fase de desarrollo y según el género elegido y el campo temático del que traten. En cuanto al hablante, auto reconvertido en escribiente sabrá tanto más de su hablar (de si mismo) cuanto más lo estructure expositivamente. Por lo que hace a la mirada externa (escucha o lectura) aporta el contrapunto, el espejo de la verdad, pero no es lo que justifica el proceso anterior. Del mismo modo que el espejo del armario no es el que justifica la necesidad de vestirnos cada día.

La escritura puede tener un interés o un rechazo como todas las cosas, sea dicho al tiro. Puede cautivarnos en todas sus frases o en una parte de ellas. Desde que me inicié como lector, subrayo los libros y por los subrayados enseguida sé la cantidad de cosas nuevas que aprendo y que me vinculan.  A veces trato con autores/autorías como lector que me cuesta años terminar de leer y que les saco poca punta y otros que devoro en horas y de los que tomo frases para citar y entro en la vibración en la que se han movido y que han movilizado parte de mi energía. Escribir un texto es una propuesta de sintonía. Un baile. No es obligatorio bailar.  Hay gente que se queda en el palco mirando como otros lo hacen. Sabe que los demás bailan pero no experimenta las sensaciones que tienen. Algo parecido pasa en la lectura. Hay quien entra en la historia y quien se abruma ante formas expresivas que le son desconocidas. El modo más fácil  de pasar es rechazarlas en lugar de tratar de entenderlas y así queda libre de todo pecado. Claro que con este procedimiento la intercomunicación de las distintas sociedades entre humanos todavía estaría por hacer, no habría intérpretes ni traducciones ni gente capacitada que hiciera de puente entre distintas culturas e  idiomas. Podemos aplicar el cuento ante los distintos decires. Hay quien habla sin respirar (nada aconsejable para la caja torácica por cierto y uno de los síntomas de la hipercinesia) y quien no hace puntos y a parte. Este último criterio cuenta con la complicidad lectora o con ganar  el próximo premio Cervantes para que  le de suficiente capital para sobornar a todo el público potencial de su lectura a cambio de que afirme que es lo mejor que ha leído. La complicidad se puede concretar de muchas maneras. Hay lectores que con la técnica del copia-pega pueden llevarse un artículo  o texto de su interés, sea del tamaño que sea,  a un nuevo documento de word y  ahí ponerlo en el tamaño que le parezca e incluso con letras de colorines. También puede trocear los párrafos a su antojo e incluso hacer de cada tres frases uno. Tras el refrito, que no suele tardar más de un minuto, pasar a su lectura en cómodos plazos de sosiego en la hamaca del balcón. En cambio el tiempo mental de objeción del texto tal como viene le ocupará un tiempo superior. Finalmente el lector es un investigador. Lee por placer, por saber y con una hipótesis tácita de encontrar algo o alguien que exprese temas o cuestiones del campo de su o sus intereses. No está de más pedirle que ponga también algo de su parte haciendo la gestalt, la completación de las figuras esbozadas, insinuadas o semielaboradas por el libro que llega hasta sus manos y sus ojos. Evidentemente el autor se arriesga al silencio si lo que escribe no consigue admiración o,  cuando menos, un mínimo de expectación. Se arriesga a la exclusión y a los fetiches o tópicos sobre sus maneras si persiste en un estilo inusual. Incluso puede ser acusado de atentado a la salud pública si no pone las suficientes comas o puntos que son lo que indica pausas, es decir respiraciones. ¿Alguien ha oído de la posibilidad de que  un lector que demandara a un autor por no poner comas y conducirle al borde de una crisis cardiorrespiratoria? Todo se andará. Si un exfumador o su viuda (lo de ex estaría claro a que fue debido) ganó el pleito contra la Philips por el tumor de su marido al fumar sus productos, ¿por qué razón un juzgado de un building court no aceptaría a trámite la de un lector o la viuda de éste acusando a un autor por no servir el texto con los signos de puntuación requeridos? Cabría suponer que ese lector en curso de convertirse en cadáver, siguiendo una lectura atenta de un texto olvidaría de respirar por no encontrar la puntuación debida y moriría irreversiblemente en el intento de llegar hasta el final del capítulo. Lo lamentable sería que su fallecimiento se produciría antes de terminar el libro con lo cual cambiaría de barrio sin enterarse de todo el relato; un punto en contra, desde luego, para ganar una buena posición para toda la eternidad. Por lo que hace a los editores deberían pagar impresionantes pólizas a casas aseguradoras para prever los riesgos de muerte repentina ante lectores propensos al ataque fulminante al leer de corrido libracos con cien mil o más palabras todas una detrás de la otra. Los contratos con los escritores incluirían una cláusula para exonerarles en caso de peligro mortal. Llegado este punto ningún editor se atrevería a editar nada y ningún escritor a escribirlo y el mundo seguiría volvería a las cavernas oscurantistas (eso en el supuesto de que haya salido de ellas).

 La escritura sigue en grado de tentativa hasta que no se convierte en un producto asimilable y asimilado, de hecho, por la figura destinataria a la que ha ido dirigido. Tenemos pues una triade. A los dos parámetros de antes: la autoría y su texto hay que añadirle el de la recepción, a la figura lectora. Ésta completa el círculo. ¿Para qué escribe alguien si no es para ser leido? Está sobradamente contestada esta pregunta en capítulos precedentes de esta Teoría del Arte Escrito que como todo arte está en relación a la necesidad proyectiva del que lo crea por encima de la necesidad confirmativa del mismo. Escribir es una cosa y ser leído/a es otra distinta. No hace falta dedicarse a ello profesionalmente para experimentar la diferencia. Escribir una carta a alguien puede tener una primera intención, la de enviarla para que sea leída y una segunda resolución, la de ser eliminada o guardada. En ambas situaciones se cumplen funciones. Son distintas pero ambas se ajustan a necesidades precisas. La experiencia de escribirla existe tanto si es enviada como no. La interacción con lo que se dice en ella aclara ideas y  ayuda a tomar una posición sobre el asunto tratado. Hay una elaboración, es decir, una reconsideración en el modo de pensar y de estar en el mundo o una contribución a las interpretaciones reinantes del mismo. Lo que se hace con una carta que va dirigida a alguien en particular es esencialmente, desde el punto de vista creativo y de proyección psicológica, parecido a lo que se hace en un artículo o en un libro. Evidentemente aquí hay un gremio (puede haberlo) o un contrato que paga a tanto la palabra o la línea, si eso se obvia queda la necesidad del autor en decir lo que piensa, algo absolutamente básico en el vivir. Forma parte de los actos fundamentales del ser: su autoafirmación.

Hablamos, respiramos, escribimos...integrándonos en un circuito de creaciones y de razones para vivir. En el escribir hay un propósito de hacer; hacer en el sentido de hacer algo nuevo, crear. El deseo está instalado antes que el hacer real. El parámetro de la creación mueve al proceso.  La intención de organizar las ideas o inventar una historia empujan la militancia intelectual o la dinámica productiva del/a autor/a. La perspectiva del libro configura reversiva o inversamente al novelista. Una vez puesto en materia, es la trama la que lo lleva a él. Tiene, evidentemente, una cierta autonomía pero su poder con sus personajes no es absoluto, del mismo modo que el reportero, que hace una crónica bélica, enviado a uno de los fregados planetarios aunque no vaya a primera línea de fuego y redacte sus notaprens desde el hotel tendrá que decir algo de lo que sucede y no podrá inventar los datos. La ortodoxia del texto pide una honestidad sobre la verdad de lo que trata. El inventario de recursos imaginarios no suple la falta de una lógica expositiva.

Mientras encuentra su punto de conexión con aquello que indaga, escribe y trata de expresar se encuentra con que lo que va surgiendo le va enseñando y le va modificando en sus prosas y maneras. Escribir un libro es gestar una historia que no es solo de papel o digital. Es también una historia intrapersonal. Esa tesis es fácil de admitir cuando se trata de hacer novela histórica o cronicografía de acontecimientos y personalidades y pone en contacto la autoría con temas dramáticos. Pero en general ocurre con toda la experiencia creativa en su conjunto. ¿Un autor donde está, en sus decires verbales en los ratos de comunicación íntima o en el conjunto de su obra, si ésta también incluye cosas del orden de lo personal?

El autor en bruto, el intencional, el que empieza, o el que tras varios años intentándolo sigue en el fárrago de sus prosas sin  satisfacerle nada de lo que tiene hecho como algo definitivo, tiene una relación con la escritura en grado de tentativa. Técnicamente lo escrito es cualquier cosa legible que tenga un sentido. Es decir que aclare lo fundamental: de qué sujeto se trata, el encargado de la acción, con el tiempo verbal preciso de esta acción y para el asunto que es. Aparentemente es sencillo. Una historia por complicada que sea, por el número de personajes que salen o el volumen de referencias que haga es una construcción literaria si puede pasar por la lavadora de los aclarados y responder a las preguntas básicas: quién es quién y quién hace cada cosa. Tampoco es una condición indispensable.   El mercado literario tiene una cierta cantidad de producciones circulantes que no responden a esto en todo momento y que sin embargo satisfacen otros asuntos o demandas lectoras.  Hay muchas literaturas experimentales que tratan de crear sensaciones condicionando la lectura de una determinada manera. Tampoco hay que acudir a extremos complicados como la escritura inversa de espejo de Leonardo da Vinci para filtrar miradas indiscretas o lecturas inconvenientes pero cualquiera puede proponer sus modelos particulares de expresión. A lo más que se arriesga es a pasar por la incomprensión, que tampoco es un potro de tortura, claro que a veces pasa bajo la carpa de descalificativos lesivos, y con suerte puede  sentimentalizar y sintonizar quien le lea más allá de las palabras y conecte con lo que dice más allá de las formas.

La literatura antes que un acto formal es un acto de significado. Esa es su grandiosidad que la configura como una cantera de multitud de rostros y maneras. No  admitirla por sus proposiciones diferentes  no es en realidad un conflicto entre autor y lector sino entre texto y cultura. Conflicto del que no se han escapado distintos campos artísticos. En cada nueva forma artístico-expresiva, la de una pintura no figurista, la de una escena en un anti-plató, la de un mimo en la calle,  la de una escultura humana siempre se habrá tenido que contar con el factor-rechazo. No todos los implantes y trasplantes son asumibles por el organismo. Siempre habrá quien pontificará que el cuadro  que está viendo no es pintura, que el ejercicio escénico al que acude no es teatro o que el texto que lee no es admisible. Siguiendo del hilo de las negaciones, el lenguaje sería reservado para los que hubieran aprobado Selectividad y los demás serían (seríamos) condenados al silencio.  Por ahora estamos a salvo: la policía lingüística ni siquiera es pensable más allá de la ficción. Y quiénes saben que tienen un saber  se arriesgan a prodigarlo aún a costa de chocar con quienes teniendo otro no admiten ninguna opción para ampliar el espectro de su educación. Seamos educandos los que queramos ampliar horizontes y dejemos que sean sobrados quienes ya lo saben todo. La pregunta es dónde está el límite de las ambiciones de los unos y de los fortines de los otros. En todo caso a nadie le es dable decir quien vale o quien no vale para escribir. Los expertos en talentos pertenecen a una saga extinguida. Todo es enseñable y crear también lo es. Deploro más que a los calificativos y juicios valorativos a quienes hacen de maestros de ceremonias, en presentaciones de libros o en calidad de prologuistas, como si puntuaran un examen de curso obligado. La escasez de genialidad no da para tanto y es un tanto o plasta que alguien venga a decir si un texto es bueno o si es malo. Tales categorías genéricas y con tono de ultimátum no sirven de nada. Lo que sí sirve de verdad es la propuesta concreta de correcciones y el mismo criterio de corregir como una extensión de las necesidades creativas que contrae un manuscrito original.

En las cocinas intelectuales y en  las salsas palabreras toca dirimir entre lo retórico como  arte del bien decir y de la elocuencia,  en una perfecta adecuación entre expresión y contenido según Pérez de Ayala, y las retóricas -o rollazos- que llenan páginas y ocupan tiempo atencional sin vehicular mensaje alguno.  La una nacía al amparo de la democracia griega antigua  de una forma empírica creada en el –V por los sicilianos Corax y Tísias haciendo análisis de oratoria, desarrollada posteriormente por los sofistas Gorgias y Protágoras que tuvieron el deseo expreso de conseguir el máximo de eficacia práctica con el uso de cada palabra. Tuvo su salto al estatuto filosófico con Platón  en Fedro y con Aristóteles en su libro del mismo nombre Retórica y los logógrafos Iseo, Antifrón e  Isócrates trataron de que fuera un método concreto codificándola. Durante la época helenística la retórica mantuvo un florecimiento con Demetrios de Falera, Hegesias de Magnesia  y las escuelas de Rodas y Pérgamo. Fue a partir de ese momento en que el retórico se convertía en una de las figuras intelectuales más destacadas del mundo antiguo rigiendo en su grado superior la enseñanza del mundo antiguo. En el mundo romano, que es del que tenemos referencias más conocidas, no se desarrollo hasta el –I con la anónima Retórica de Herennios culminado en el +I con Séneca el retórico, Cicerón y Quintiliano. Posteriormente entres  los siglos +II al +IV perdería su importancia fenómeno vinculado a la caída de las formas democráticas griegas.

Lo retórico iba vinculado al arte de bien hablar y a la oratoria pública. Por extensión ha alcanzado el campo de lo escrito en la misma medida en que el ágora y los foros de la palabra hablada tienen una escenificación episódica y en marcos productivos infinitamente menores a los escritos. El proyecto elaborativo de algo pasa necesariamente por la escritura y su estado de desarrollo queda en grado de tentativa o en grado de consumación según las habilidades de la capacidad autora que haya detrás. Si los textos magnos lo hubieran aclarado todo no seguiría siendo necesario re-escribir sobre sus temas, sin embargo la literatura es una herida abierta o un manantial fluyente –según los estados emocionales con que se tome- del que no paran de surgir innovaciones y maneras ocurrentes. Lo que un texto dice es lo que su autoría no ha encontrado otra manera de decir. Es un hecho extraordinario asistir a la primicia en forma de lectura de ese combinado de sentir y decir de alguien que intenta expresarse. Al acercarnos a un original podemos hacer de espejos  lo mismo que a un libro reprografíado, lo que no le es dable a nadie es dictaminarlo como literario o no. Tampoco tiene mucho sentido prodigar en  las opiniones dualistas  del sí-no con respecto a una multitud de campos expresivos. Muchas polémicas en muchos temas se mantienen en la binariedad: es científico-no es científico, es arte-no es arte, es original-no es original, es académico-no es académico y así sucesivamente, cuando quizás la posición binaria ante cualquier estímulo, propuesta o acto ajeno es el de si te  proporciona un nuevo contenido atractivo con el que conectar o  te deja indiferente porque no tiene ninguna novedad.

La escritura en grado de tentativa es la fase indispensable para alcanzar el estatuto de madura: la de coherente, arquitectural, compensada y fluída. Del mismo modo que la autoría bruta y vasta forma parte del proceso formativo (y fundamentalmente autodidacta) del que se destile un nombre que pueda ser referencia de calidad, profundidad, rigor y pasión artística. En definitiva para hacer algo extraordinario hay que pasar por la persistencia de lo ordinario, para ser escritor hay que ejercer  antes como escribiente, para hacer literatura toca profundizar en la escritura.

La narración media.

Escrito por jesusricartmorera 01-12-2008 en General. Comentarios (0)

La categoría de la narración media.   

 

El relato medio deja de ser  una construcción breve y se con vierte en un espacio temporal considerable.  su constitución admite atenciones para cuartos de hora o más. Aparecen personajes y sus caracterizaciones y crean un entramado que podría dilatarse a gusto del autor. en realidad un relato medio podría ser una propuesta para una novela o para una continuación seriada de ellos a modo de entregas que hablaran sobre las triquiñuelas y aventuras mundanas de tales o cuales protagonistas. En todo caso la longitud de un itinerario literario medida en número de palabras o número de páginas admite muchas fluctuaciones. Por mucho que se quieran discretizar unas densidades en cortas, medias o largas no agotan todas las posibilidades porque dentro de cada una se podría hablar de las muy cortas, o de las muy largas, o de las medias fuertes o de las medias breves.En fin, un galimatías que no tendría mayor éxito que el de los  sociólogos definidores de las clases sociales intermedias, que con todo el aplomo de su seriedad parecen saber de lo que están hablando. Cuando menos el escritor es  lo opuesto a un clasificador de su producto.

Es antes un productor que un archivador de lo suyo. Pero en el peor y en el mejor de los casos, un mínimo de orden jerárquico de sus productos debe establecer un día u otro. En mi caso, la avalancha de textos de diferentes longitudes, contenidos y lenguas por las carpetas táctiles o digitales (no por los cajones, eso ya pasó a la historia)me ha obligado imperativamente a hacer una clasificación-base de la que ha surgido este dossier de textos intermedios o de longitud media que establezco por establecer un nivel numérico, a partir de las 7mil palabras o unos 10 folios. De hecho es un criterio escasamente riguroso porque pueden haber algunos con algunas palabras de menos y otros con algunos folios de más que pueden acercarse a la noción de novela corta. Al final lo menos importante es la cantidad de texto contenido en cada título y sí la posibilidad de ensamblar los unos al lado de los otros.

La narración de longitud media es una excusa metodológica para volcar pensamientos o escarnios y en definitiva análisis  ocultos o solapados sobre aspectos de la vida o imaginaciones derivadas de ellos. Son aperturas de ventas por las que mirar o pastillas que examinar por el microscopio, limitadas necesariamente a desarrollos que aunque tengan posibilidades de descripción, no les son concedidas por el momento. Son una aportación de ocurrencias para momentos que contribuyen a una segunda realidad  para un goce privado en el que lector y autor crean un binomio sutil y secreto que no puede ser declarado. Tanto el uno como el otro pueden sentirse por momentos incomodados al verse reflejados en situaciones descritas y por momentos superiores, al sentirse estar muy por encima de las majaderías que puedan ser retratadas.

Difícilmente en un relato medio se puede expresar todo lo que potencialmente contengan las situaciones y protagonistas abordados.Es pues la invitación  a una trampa.A la aceptación de un protocolo y a la exposición de un argumento incipiente necesariamente condenado a terminar pronto. Algo  interesante si el relato no es muy bueno y algo terrible si por el contrario excita la imaginación de tal manera para desarrollos ulteriores. En este caso la mejor propuesta  que se puede hacer es invitar a las imaginaciones libres a que continúen aquellos argumentos a su libre antojo o a las escrituras nuevas a que los  expositen con otros bríos. ¿porqué no? la vida está repleta de novelas empezadas y por acabar. ¿Porque razón una autoría debería quedarse  solo en el primer osado en abordar una construcción literaria?. Adelante pues con la imaginación:la madre de todo futuro y desde la lectura: un acto ya creativo de por sí, no os neguéis a saltar a la escritura: otro acto creativo más en la farándula  de los aventureros fronterizos entre lo real y lo irreal.

El sueño del escritor

Escrito por jesusricartmorera 01-12-2008 en General. Comentarios (0)

 

Incluso Fernando Pessoa, una  de las encarnaciones del desasosiego, no se abstuvo de expresar su voracidad creativa,   tras declararse no ser nadie ni ser nada, autoafirmándose detentar todos los sueños del universo.

Un autor son palabras. Quizás es quien sabe más que nadie que la vida pasa por el texto y la vida, en todos sus contextos, no es más que una justificación para esencializar sus pronunciamientos expresivos.  Un texto es un sueño disfrazado de proyecto, análisis, relato y tantas otras denominaciones de la cosa escrita. Un texto es el producto resultante de los trasiegos con las materias primas de las que se vale alguien que tiene por oficio la creación. Mucha gente ante la arcilla tan solo experimenta la masa informe, el alfarero sabe que contiene formas que concibe en su cabeza y construye con sus manos. El escritor que un dia muy lejano deseó serlo sin saber muy bien en qué se metía se encuentra abrazando una disciplina existencial de la que ya no puede escapar. Lo mismo que el cuerpo biológico carga con el sujeto, tenga o no definida su identidad, y lo empuja a ser vida aunque no tenga la total consciencia de eso, el ángel del escritor le empuja a pasarlo todo, o mucho, por la palabra escrita para dejar testimonio de sí y de sus encuentros con el saber y con la existencia.

 Posiblemente la definición profesional de escritor era más adecuada unas cuantas décadas atrás. Es un substantivo equívoco cuando no maldito en algunas apreciaciones. La tecno comunicación está permitiendo rescatar a la gente de su ostracismo y poniéndola a escribir. En principio con pequeños productos que no pasan de un saludo de encabezamiento, un párrafo de cuerpo y un saludo de despedida. Los tiempos de las misivas en tarjetas postales ha dado paso a emails más o menos descriptivos o más o menos reflexivos. La gente toma la palabra por la vía del teclado. Antes el uso del teclado de la máquina de escribir  era poco menos que impersonal o considerado como insultante ahora nadie exige un mensaje autógrafo por envío digital aunque posiblemente habrá soft para poderlo hacer.

Todo el mundo deviene escritor en alguna dosis aunque no se lo haya planteado, de la  misma manera todo el mundo es hablante en la dosis que sus ocurrencias y la escucha o paciencia ajenas se lo permitan. Pero un escritor de oficio, con o sin beneficio, busca algo más que el texto puntual o de encargo. Vertebra su expresión en un eje de ilusión: el de influenciar a sus lectores, y a partir de ahí formar  poco o mucho parte del pensamiento contemporáneo. Cada época tiene una cuanta gente singular que hace dar pasos de gigante a la especie entera por su capacidad de pensamiento. Escribir es una constatación, una crónica, una forma o manera de continuar con la existencia profesionalizando en un grado y otro este decir, formar parte del pensamiento es cuando lo escrito pasa de un lugar a otro como néctar sustancial del que puede libar toda una época. Evidentemente esto son palabras mayorías. La mayoría de escritores pasan a ser una referencia cifrada de su o sus títulos en un grueso libro –el ISBN más voluminoso que el de muchos volúmenes de páginas amarillas de circunscripciones provinciales.

Basta ir a una biblioteca surtida o a una librería para darse cuenta de que el ejercicio de escribir y, además, hacerlo con suficiente rigor como para que una editorial arriesgue una inversión en publicar una tirada de ejemplares, es una actividad profesional muy productiva y permanente. A veces me he sentido abrumado ante tantos libros seguramente por la intuición que jamás tendré tiempo suficiente para leer todos los que me interesan o necesito leer. Los libros contienen mucho mas que la circularidad de las conversaciones sostienen a pesar de lo cual muchas veces se quedan por años esperando primeras lecturas o ser mirados con detención página a página.

Antiguamente algunos médicos llegaron a prescribir la no-lectura para no inquietar el alma o salvar restos visuales de sus pacientes. Borges y Cortázar[1] pasaron por esa experiencia. En otros términos más caseros algunos padres autoritarios, maestros severos y terapéuticas proteccionistas han visto con malos ojos como sus hijos, alumnos o terapeutizados vagaban por lecturas que les ponían en contacto con otras opiniones distintas a las de aquellos. Finalmente el libro simboliza  dos funciones completamente distintas: un saber cuidadosamente conservado y una influencia perniciosa. Pertenecer a una categoría u otra depende de las censuras de cada época y de la capacidad creativa de cada autor en disgustar al reino de los hegemónicos. Sartre fue considerado como el diablo en persona por le Figaro por escribir como escribía. No siempre pues escribir y publicar sirve para ganar medallas y honores, ni siquiera reconocimientos intelectuales de un trabajo de investigación concluido, sino que puede ser la vía más directa y probada para hacerse enemigos.

El sueño del escritor está por encima de esas consecuencias. Se bate entre lo que necesita expresar y lo que sabe y no puede contener solo para si mismo. Se debate consigo mismo y con los demás a propósito de sus campos de interés y su dedicación metódica a escribir. Escribir, a pesar de ser tomado como un recurso cada vez más masivo, sigue siendo una actividad minoritaria y sospechosa. Sospechosa para quien no la practica y no entiende que la haga quien la hace. Eso puede alcanzar a la inmediatez de las personas con las que estás: tu propia familia o tú pareja. La sociedad es tan materialista que define la coherencia de las actividades en función de su justificación económica. Si se hacen cosas para el busness o para el salario o respondiendo a las exigencias de un contrato no hay nada que objetar. El razonamiento subsistencial es inferido por delante de todo lo demás. Tan pronto escribes para complacer tus propias preocupaciones y como instrumento de elaboración que te permite reflexionar sobre ellas te ves abocado a tenerte que defender episódicamente por elegirlo como tu campo de creatividad. Eres un obsesivo, un desconsiderado por pasarte más tiempo al ordenador que con personas tangibles, un descuidado con otras actividades cotidianas y, como remate, un idealista que quiere hacer con palabras lo que no hace con otras formas de acción.

Depende, claro está, de aquello en lo que se especialice y los motivos concretos para cada texto que construya pero en principio el sueño del escritor ambiciona alcanzar las calves de las cosas que no consigue, ni puede conseguir e incluso descarta, poderlo hacer con su cuerpo o con sus manos. Al poner o tratar de poner las cosas en su sitio el escritor pretende una forma de reparación histórico-biográfica. Es una forma de autodefensa ante el mundo y de lucha contra las injusticias que le tocan vivir. Menandro dijo que el hombre justo no es el que comete ninguna injusticia sino el que pudiendo ser injusto no quiere serlo. Evidentemente vivir es equivocarse o caer en multitud de equivocaciones. El escritor no se libra de hacerlo solo que al repensarlas mas tiene mas medios para sus rectificaciones. Escribir es en todo caso una plataforma desde la que oponerse a las afrentas del mundo. El que no castiga el mal manda que se haga, dijo Leonado da Vinci. En efecto esto nos acusa a todos: tan pronto dejas de intervenir en el mundo para hacerlo más habitable y mejor estás favoreciendo la perpetuación de sus problemas.

Las novelas y los relatos podrían ser definidos como formas implícitas de crónica o crónicas suficientemente desfiguradas o enmascaradas para denunciar situaciones temporales y comportamientos sociales. Gracias a los sueños de multitud de escritores, incluidos sus sueños de grandeza, la historia de la cultura dispone de una abundantísima documentación de lo que ha sido, es y espera ser la humanidad. Otro asunto es que las generaciones del futuro utilicen ese legado con suficiente destreza para poder vivir nuevas  prácticas de felicidad que han sido históricamente negadas.

 



[1] A los 9años de edad escribió su prmera novela.se instaló en Paris..Un medico le recetó de niño que no leyera en 4 o 5 meses.

 

Del dosier al libro

Escrito por jesusricartmorera 01-12-2008 en General. Comentarios (0)

 

Es bastante más difícil escribir un libro de ensayo  que  un artículo fragmentario sobre el mismo tema. Lo mismo se puede decir en cuanto ala narrativa: es más difícil construir una novela que no un relato o un cuento. Sin embargo la suma de unas docenas de  artículos, que pueden ser de alrededor de mil palabras cada uno, da lugar a un  dossier de una cierta envergadura que se puede convertir en libro con algunas intervenciones que coherenticen el enlace entre sus partes. También la suma de varios relatos puede llegar a tener una coherencia compactada por el estilo o con algún tipo de relato que haga de nexo de todos los demás.

Lo ideal para escribir un libro es centrarse en él y producir un continuum elaborativo sin apartarse del objetivo propuesto de una investigación, una línea de reflexión o una descripción. Eso hace que cada capítulo sea consecuente con el anterior y predetermine el posterior. En cambio la federación de artículos puede dar a lugar a una cierta desconexión. Hay muchos libros en circulación que son el resultado de ensamblar dos o más textos cortos que comparten un cierto campo temático. Pueden ser también el compendio de conferencias. Hay, además, libros que necesariamente sol ose pueden hacer de esta manera porque existen muchos productos breves que no por su menor extensión significa que formen parte de la literatura menor.

La ventaja de un libro con artículos de ensayo escritos independientemente los unos de los otros o de relatos que empiezan y terminan cada uno en él mismo, es que permite la lectura de algunas de sus partes sin tenerlo que terminar entero.

Es mucho mas sencillo escribir un articulo corto que no se auto obliga a decirlo  todo sobre algo que un ensayo que por su titulo y envergadura sí pretende un gran desarrollo elaborativo sobre lo que anuncia y se ocupa. A veces textos breves contribuyen de formas más decisivas que textos largos aunque no creo que se pueda hacer una predicción de ello. El tamaño no es lo que predetermina la función. La envergadura de una tesis no tiene porque ocupar mucho en su explicación y sin embargo ocupar siglos de atención en la historia del pensamiento humano.

Dada la facilidad y facticidad de un artículo se puede escribir en términos de completar a otros ya hechos o por hacer de tal manera que en su redacción ya se hace como capítulo. La diferencia fundamental de un articulo y un capitulo es que éste se hace sabiendo a priori que forma o va a formar parte de algo mayor mientras que aquel se hace completamente disociado de si se va a continuar en esa línea de elaboración. Basta adoptar el criterio afirmativo de que un articulo nunca agota aquello de lo que habla tanto por su extensión narrativa como por el tiempo en que es elaborado. Algo queda por decir y algo más se añadirá a las tesituras de su campo de reflexión. Lo interesante de un artículo es que puede ser elaborado y terminado en un corto periodo de tiempo y ponerlo en circulación por el mismo, un libro necesita mucho más tiempo y se espera más de éste. Hay libros sin embargo que no siendo gran cosa en tamaño pueden serlo en sus consideraciones. Ángel Pestaña escribió un pequeño e instructivo libro, Lo que aprendí de la vida, que pone al descubierto la diferencia entre el deseo revolucionario  y la realidad de lujos postrevolucionaria repleta de contradicciones que le costó de asumir al autor. Otros autores hemos hecho del relato de la vida una continua cantera de información, análisis y enseñanzas. Es posible que la literatura resultante no pase de una circularidad continuamente renovada en torno a los mismos temas eje una y otra vez. Prefiero la literatura perso-analista, un brido entre la crono-personalista y el análisis de entornos, coyunturas y temas externos. A fin de cuentas el privilegio del escritor es el de poderse tomar a si mismo como tema literaturizable. Si lo viene haciendo con otros personajes que encuentra en sus ires y devenires por el mundo ¿por qué motivo debe privarse de hacerlo consigo mismo?

El texto escrito sea en la forma expresiva que sea no se limita al estilo ni su valor formal es el vehicular con el que dice las cosas. Por encima de esto es su valor de mensaje. Finalmente es secundario si lo leído lo ha sido en un libro del tamaño equis o en un ensayo determinado, lo que importa es el qué al como, incluso el qué al quien. No se pueden leer las cosas en función de su marca de autor sino en función de su condición de verdad y de interés formativo. Hay una fidelidad del lado de la escritura en escribir aquello y solo aquello de lo que se está completamente seguro y una fidelidad del lado de la lectura en aceptar aquello y solo aquello que cuadra con una coherencia y una versatilidad. Demasiados lectores y demasiados autores se ponen de acuerdo en engañarse mutuamente leyendo unos lo que les impresiona (iluminismos de nueva era de toda clase de rarezas) y escribiendo los otros para el consumo de un público ávido de ideaciones cuanto más exageradas mejor. En tanto que un autor se rinde a una cuota de mercado deja de ser un escritor para ser un comerciante. Jeanne Moreau redefinió la moral de una forma muy peculiar: es lo que nos permite ser fieles a nosotros mismos. Escriba en los términos que sea ninguna cantidad ni tema textuado permite fallar al criterio esencial de la ética personal. Lamentablemente es posible la creación, como tantas otras actividades humanas, sin ética. Espero que el tiempo y la comprobación del o que es o fue cada cual vaya poniendo en el lugar al que pertenecen a cada cual: los unos a la postración y los otros al primer nivel de atención. Aunque no hay que hacer demasiado caso a esta clase de predicciones. Ni el ostracismo es sinónimo de malo ni la fama lo es de bueno, a menudo es al contrario por factores de fuerza que preferencian a unos por interés y recriminan a otros por miedo.