FLUENCIA TRANSCULTURAL

Visita sin avisar

Escrito por jesusricartmorera 03-07-2009 en General. Comentarios (0)

Visita sin avisar.

Quiso sorprender a Aurora y fue directamente a su apartamento con la intención de preparar una cena y pasar  otro rato con ella antes de seguir con su programa de adquisiciones, contactos y preparación del viaje de retorno a Lesbos Iland. Llegó a la casa a una hora en que suponía que ella todavía estaría en la librería. No obstante no fe así, estaba acompañada y lo estaba por  tres hombres, por los cuales  se estaba haciendo follar. El disponía de un juego de llaves y tenía toda la libertad de ir cuando le apeteciera para usarlo para lo que fuera. Entre los dos, había establecida  mucha confianza. El ruido de cama y los jadeos lo llevaron hasta el dormitorio y asistió en silenció por unos minutos a la escena. Aurora se lo estaba pasando en grande y Jonath se limitó a ser un espectador para no interrumpir. Cuando la mirada de uno de los amantes se cruzó con la suya, le hizo señas de que callara y no se interrumpiera y siguiera hasta el final, cosa que sucedió pronto llenando la boca de ella de una pasta blanca. Cuando hubieron terminado y  aurora se incorporó Jonath la saludó calurosamente.

-No quería interrumpiros.Hola.Veo que estás superbien.

Aurora se mostró algo cohibida y buscó  una bata china con la que taparse. Los tres hombres jóvenes saludaron al saludo de Jonath y todos se vistieron. A continuación ella los acompañó a la puerta  y les entregó algo, aparentemente un sobre con dinero.

-Hasta la próxima le dijeron. Y Aurora eludió la mirada de Jonath por bastante rato.

-Bien se supone que toca preguntar ¿desde cuándo vienes haciéndolo? y ¿por qué?-dijo Jonath- pero no voy a hacerlo. Vine dispuesto a darte una sorpresa preparando la cena y es lo que voy a hacer, preparar la cena, la sorpresa creo que ya te la he dado. Cuenta conmigo, ya lo sabes. Dime lo que quieras, cuando quieras, mientras tanto seamos felices juntos.

-Quiero decírtelo ahora-le dijo  ella con tono de avergonzada- Pienso que desde que me dejo influir por ti, por tu literatura y por tu experiencia en la isla, me ha despertado una furia pasional que nunca he experimentado antes. Tú  estás lejos y no puedes satisfacerme en lo cotidiano y en mis necesidades. Me he ido haciendo perversa y deseante de lo que un solo hombre ya no puede otorgarme. Así están las cosas. Me he degenerado tanto que pago para que los hombres me follen por todos los agujeros, se derramen en mi boca y hasta me peguen cuando necesito ser castigada. Soy una viciosa y estoy en un círculo del que no puedo salir.

-Cálmate, ¿un circulo del que no puedes salir? Esto es una definición autopunitiva. Estás en un círculo que tú mantienes. Saldrás de él cuando no lo desees. Ahora tu deseo pasa por estas escenas. Cúmplelas. Ya llegarás a otras. No seas tan implacable contigo misma. Permítete vivir en paz contigo misma aunque los demás no lo entiendan.

-¿tú lo entiendes?

-La verdad es que estoy más acostumbrado visualmente a escenas sexuales de grupo de lesbianas entre ellas, que no de una mayoría de hombres con una mujer, pero la verdad es que quedabas muy bien para la foto y  eres muy excitante.

-¿Harías el amor todavía conmigo después de lo que has visto?

 -por supuesto, cariño mío, sigues siendo más deseable que antes.

-Dame tu esperma en la boca después de follarme ¿de acuerdo? La cena puede esperar.

Y Jonath siguió con su balance de cópulas para el récord personal, sin poder usar el continente como descanso de su actividad sexual desmesurada en la isla.

Aurora y Jonath consolidaron aun más su amistad después de esa confidencia. Ella se sentía a salvo de sus contradicciones hablándolas con él.

-¡Contigo todo es tan sencillo! Basta pedir una cosa para que se cumpla, eres dios, eres el genio de la lámpara, eres un mago.

-No me tengas tan encumbrado. Solo sigo mis deseos y al hacerlo he comprobado que mis deseos se cumplen en mí sin demasiado esfuerzo.

-Yo no estoy a tu altura. Me he pasado toda la vida entre libros, es ahora que experimento en directo lo que tantas veces he leído en los relatos de otros. El sexo libre es la puerta grande a un universo completamente nuevo para mí. Tal vez creas que no te he sido fiel –dijo Aurora casi a punto de hacer pucheritos-

-No tenemos ningún pacto de fidelidad. Nadie lo tiene. No hay ceremonia que lo pueda certificar ni juez que lo pueda fallar.  La libertad pasa por la experimentación de las sensaciones cuando sea posible con quien sea posible. No te exijo ninguna fidelidad Aurora. Cuantos más penes y bocas pasen por tu vagina más sabia serás y por tanto más me podré beneficiar de tu saber y más te querré.

-¿De veras que la escena de antes no te ha descolocado ni siquiera un poquito?

-No. creo que desde antes de vivir el isla, cuando vivía en la civilización de la gran urbe, en los distintos apartamentos que tuve, siempre me auto instruí acerca de esta posibilidad con mis parejas al abrir la puerta viniendo desde la calle. Lo mismo que ellas yo también había hecho el amor en el lecho conyugal con terceras que ellas no conocían. El deseo del placer siempre nos pone en aprietos con los compromisos establecidos más que con los pactos explícitos. A menudo es mucho peor un sentido del rol implícito que no el mismo ejercicio de la transgresión. Yo te quiero como amigo no como una pareja sometida a mi control. Me gusta haber contribuido a sacarte de tu bunker profesional y dedicar tiempo a las experiencias directas de placer. No le pido a nadie su fidelidad. Nadie es quien para exigírsela a otra persona. En cuanto a tu lealtad sentimental para mí no está en duda por mucho que folles y te hagas follar por quienes desees.

-Tal vez hablas así porque tienes cientos de mujeres que te esperan y estas en un hotel con más de una docena con la que practicar sexo cada día. Me pregunto si no estarías furioso en ese momento en el supuesto de que yo fuera el único cuerpo de mujer donde calmar tus erecciones.

-prefiero no entrar en el terreno de los hipótesis y disfrutar este momento contigo. Cena y amor.

-de acuerdo.

Aurora y Jonath pasaron aquella noche juntos en la que ella se hizo amar más veces que en otras ocasiones para estar seguro que él no la rechazaba ni le asqueaba su promiscuidad y que no se había bloqueado por la escena con la que la había encontrado al llegar.

 

 

Una novela sobre el Edén

Escrito por jesusricartmorera 03-07-2009 en General. Comentarios (0)

Una novela sobre el Edén. JesRICART

El Edén es un cuento de las culturas para tener a sus súbditos enganchados  tras la idea de una realidad remota a la que puedan escapar de los infortunios de sus anodinas existencias. Según cada  tradición es pintado de una u otra forma. Muchas coinciden en describirlo como el lugar de las ausencias de problemas. Por lo general un problema es lo que se define a aquello que implica un conflicto con algún otro con el que se está en pelea. El Edén es también el nombre del paraíso perdido, el de la tierra maravillosa de frutos regalados por la naturaleza perdida de un día para otro a causa de la insubordinación humana y de su mala cabeza por no seguir haciéndole la pelota al todopoderoso que se lo regaló. El edén, finalmente, es una palabra que sobrevive en la selva de otras muchas para pedir un s.o.s de emergencia en situaciones en las que a uno le  gustaría estar muy lejos disfrutando de la desnudez, los rayos acariciantes del sol, la comida frugal, la no necesidad de esfuerzos y trabajos y la inexistencia de trampas en la iniquidad y la mentida. En algún tiempo podía haber sido un lugar físico, un lugar del mundo, tal vez en los Mares del sur, aun no descubierto por los exploradores y fuera de las rutas navieras. Un lugar en el que la gente fuera amable y la naturaleza benigna.  Desde que la geografía ya no guarda misterios para la modernidad, los libros de aventuras de la literatura cordial del siglo XX constituyen un ring cerrado en el que se adivinan todas las figuras en juego dándose puñetazos. Ya no hay expediciones en pos de esa latitud de la felicidad. Y por no haber tampoco hay una literatura que exacerbe  esa perspectiva tan increíble como escasamente imaginativa. Intuitivamente el paraíso no se lleva bien con las costumbres del consumismo que convierte a los consumidores, por extensión, en partes del engranaje siendo consumidos a su turno por la vorágine de la industria. Un paraíso es un lugar en el que no se trabaja, no se corre, no se tiene prisas, no se tiene necesidades. De hecho esa sería su definición; el país donde no hay necesidades, donde el placer viene dado por espontaneidad y donde los odios y las rivalidades son desconocidos. Eso de buscarlo habría que hacerlo en cualquier otra parte lejana de lo conocido. Pretender hallarlo en reuniones confabularias de amigos que discuten los fines de semana lo que hacen el resto de ellas o en reuniones conspirativas en que los alternaturos (esos alternativos testarudos) no se paran de especular sobre el futuro sin cambiar sus presentes, es un mal consejo. El Edén sólo tiene un refugio, el de la imaginación. Ninguna clase de poder puede privar que alguien en sus juegos solitarios piense en ese mundo deseado o en un lugar perdido que las brújulas no señalan y ninguna clase de transporte de turismo en masa contamine. Su encuentro en la realidad parece un imposible perdido. A lo sumo las empresas de animación y de inversión en ocios crearán sitios, supuestamente idílicos y desbordantes de sensualidad, robando impunemente el nombre para embrujar clientelas.

Para quien tuvo muy claro lo que era  un paraíso terrenal no le valdrá ningún sucedáneo y cansado de no encontrarlo en parte alguna de la civilización conocida se verá convocado a crear el suyo propio para satisfacción de su ego herido.

El mundo de Edenia es la hipérbole del paraíso robado a los humanos pero va mucho más allá del retrato de dos seres bellos perdidos en medio de la ignorancia y burlados por una serpiente más lista. Es un mundo fantástico de mujeres que viven por y para el placer y que no necesitan nada para vivir cómodamente en sus existencias de lujo. Nada salvo la posibilidad genética para perpetuarse como pueblo singular ubicado en una isla ajena al resto del globo terráqueo. Lo cual tampoco representaba un drama, tan solo una predicción: la desaparición de esa raza humana particular y con ella de su leyenda y sus virtudes.

La situación cambia de improviso cuando aparece un varón portador de semen al que salvan de morir  y dulcifican con todo lo necesario convirtiéndolo en un ser doblemente significado dentro del grupo: por ser el compañero de juegos con el que ampliar la dimensión erótica y por ser el portador de semen, de vida. El náufrago  es elevado a la categoría de dios en vida y encarna una arcaica pasión masculina: la de poseer innumerables compañeras. Una novela sobre el Edén tenía que explorar esa posibilidad, la del goce sin tabúes y la del hombre sin rivales. Pero sólo temporalmente. Los hijos de las mujeres también serian hombres y el gran reto de la cultura de todos sería poner a prueba si entre ellos volverían a pelear por la exclusiva de las vaginas, y por extensión, por la propiedad de las cosas.

La tesitura del náufrago

Escrito por jesusricartmorera 03-07-2009 en General. Comentarios (0)

La tesitura del náufrago JesRICART

En el secreto recóndito del náufrago o del accidentado, junto a  la extinción de su último esfuerzo por vivir, queda revelado el deseo potente de vida. Pero no de la misma vida de antes, de la que entre túneles de luz blanca se deslastra la conciencia cansada de abusos, sino de otra vida adornada de guirnaldas esplendorosas. Y si eso no es dable ¿para qué resucitar de nuevo, citado por los asuntos pendientes o por los protocolos de la agenda? En el sumario oculto de una navegante atrevido y algo desmedido, emergía  desde su delirio de moribundo el deseo de una llegada a un paraíso, de los que le habían contado de niño, para aprender una nueva organización social, para hablar con las plantas y los animales, para crear una generación de hijos sanos y felices, para viajar por las aguas y por sus profundidades, para viajar por las almas  y por los cielos. Una impresionante cantidad de imágenes asaeteaban el cráneo contusionado del náufrago. Allí tirado por las olas, devuelto por Neptuno para otorgarle otra oportunidad y de respirar y de ser. Extenuado sobre la arena de una playa desconocida y en la última hora de su vida. De esa vida, que está contada por unas matemáticas y que siempre, para todas sin excepción tiene una hora final, un instante mayor y preceptivo, donde ya no cabe un hálito de energía para un saludo cinematográfico o para una palabra que inscribir. Notaba levemente como sus pies flotaban en el agua a cada arremetida pero sin advertir que se trataban de los suyos. Su cuerpo. Víctima de mareas y posiblemente de sí mismo esperaba la expiración. Su cabeza estaba hundida parcialmente en la arena. Apenas si conseguía introducir aire por un solo orificio nasal. Su cabeza estaba quieta, sus párpado pegados, sus labios lacerados, pero los dedos de sus manos estaban clavados en la arena, forcejeando sutilmente, amarrando su cuerpo inerte a un suelo, tan inseguro como él mismo. Quizás sus leves movimientos fueron lo que le salvaron.

 Su vida pertenecía al mar y a la nada, lo mismo que sus compañeros de navegación, posiblemente troceados por tiburones y dentelleados por otros peces. Su vida ya no era de él, ya no era, a no ser por la magia de suerte que vino en forma de unas manos salvadoras. No reconocía los rasgos de la muerte ni los distinguía de los de la vida y entre sueños de delirio y alucinaciones desordenadas por su borrachera de agua salado, sintió y notó como alguien, varias nos, recogían su cuerpo maltrecho y trastornado y como lo transportaban hacía el interior de una jungla. Los ruidos de las olas fueron sustituidos por los de las cacatúas y tucamanes. Se trataba de una senda larga y difícil, o así se lo pareció. Balanceado en su desvanecimiento, pudo advertir en segundos intermitentes de lucidez que era transportado  por un grupo de numeroso de indígenas, sobre dos cañas de bambú a modo de camilla. Aunque se esforzaba por despertar, cada intento no superaba más allá de un minuto. Si había algo parecido a la muerte, aquello era la muerte. Se sabía a merced de gentes que lo transportaban: quizás al infierno de las hogueras o a los descensos del mismo centro de la tierra. En lo poco que advirtió, pudo advertir que  las caras de sus porteadores eran gregarias, rígidas y mirando en el sentido de su marcha. Aparentemente había muchos brazos transportándolo sobre las cañas, por el ruido de los pasos, y todavía más acompañándolo. No quiso razonar con sigo mismo y apenas se insinuó preguntas de donde estaba o quienes eran aquellas personas. Alguna de las caras que le devolvió la mirada, no emitió ninguna voz ni ninguna señal. Era una cara de gravedad. Probablemente la lividez de él presagiaba el desenlace final. ¿Y si era así qué sentido tenía  aquél ajetreo por un camino inhóspito? en realidad, no sabía si estaba vivo o muerto. Pero si era lo segundo, ¿no había oído en alguna parte, que la muerte es liviana y crea una sensación de paz? Lo poco de razón que le quedaba, le decía que ningún náufrago puede contar un naufragio como el que había sufrido, posiblemente dos días antes ¿o quizás habían sido tres? en medio de una tormenta oceánica y sin tierra conocida a  menos de 300 millas a la redonda. Pero el resto de la sensibilidad que le quedaba informaba a su cerebro que era transportado con bastante prisa por gente que sabía a dónde iba. En su posición apenas si podía avistar el techo de verdores bajo el que discurrían y apenas unos vocablos con voces agitadas en una lengua que desconocía, pero que se le antojaba llena de preocupación. Estuviera donde estuviera, no sentía ningún pánico. Si aquella era la antesala de la diosa de la guadaña, bien venida fuera. Un resto de pudor le asaltó: la cuidada del cuerpo. La imagen última, la del rigor mortis. El había sido un aventurero y lo lógico era morir como tal: con la ropa puesta, con las botas sin sacar, con la memoria sacrificada.

En comparación a las horas precedentes en el mar, con las olas embravecidas y luchando a brazo partido contra lenguas de agua que fueron arrebatando uno a uno a sus compañeros de tripulación, ahora se estaba sintiendo mecido y atendido como un bebé. Llevado al corazón de una tierra fuera de las cartas náuticas, se encontraba dispuesto a todo. Aunque ya no supiera si le quedaba cuerpo para tal disposición. Estaba bastante seguro de haber conocido la muerte, de haber trascendido el cuerpo u de estar visitando el más allá. Pero si así fuera ¿qué sentido tenía esa imposibilidad del menor esfuerzo? Ya no existían secretos ni angustias. Tan solo se disponía a recibir con gozo lo que su destino le deparara.

No tuvo la menor noción del tiempo, pero le pareció una eternidad la incursión por la selva. También le pareció que el viaje fue continuo y que en ningún momento paró la marcha, aunque  intuyera unos relevos en los brazos que lo porteaban. Partes de su vida, como al parecer suele pasarles  a los candidatos  a abandonar la existencia en breves momentos, desfilaron por su memoria embotada, y las imágenes de quienes más quería de sus hijos, de su mujer, fueron las que más se prodigaron. Una sensación de dolor muy íntimo le hizo brotar una sola lágrima desconsolada, por no tener en ese momento tan decisivo a quienes más quería en el mundo. Quizás ese instante precioso del adiós final, puede ser la clave de todas las palabras dichas en toda una vida. Reo de un final trataba de asumir su papel para ese acto. ¿Pero cómo hacerlo siendo balanceado, casi zarandeado y en un momento en  que a nadie se le ocurría parar aquella prisa, a donde fuera que marcharan? Para morir-se dijo-hay que estar detenido. No se puede morir en movimiento. Necesitaba la solemnidad. El sosiego de la quietud, y tal vez con suerte, las miradas conmiserativas de quienes fueran. La muerte siempre es un fenómeno respetable. Siempre ha sido algo sagrado, por lo que sé, que  devociona en todos los pueblos. Aquél no podía ser una excepción.

Vertiginoso en su delirio, prefería apostar mas por el fin, que no por la posibilidad de renacer. De pronto algo le hizo pensar que no tenía por qué darse por muerto, que se debía a la vida, que tendría que rescatar a sus amigos de travesía, que habría que contar lo que pasó a  alguien, que no podía dejar esperando a los suyos en el continente. Un repentino exceso de fervor, le hizo pedir que pararan aquel recorrido: ¡deteneos, deteneos! dijo apenas con un hálito de voz, pero siguieron caminando a toda prisa. Inmediatamente el cansancio y la inconsciencia lo sumieron en una oscuridad profunda y en un sueño poblado de imágenes de todos los sueños soñados en su vida: de capitanes y jabatos, de islas perdidas, de tesoros rescatados, de sirenas, de piratas, de globos, de mujeres  y de edenes.

Se encontraba estaba en todos los argumentos: unas veces mandando en las situaciones y otras recibiendo los golpes de la vida. Aquellos sueños le sumieron en operetas y cálculos de toda especie: envuelto en peleas imaginarias y en luchas fratricidas contra sí mismo y contra sus demonios, que lo convulsionaban mientras su temperatura febril aumentaba peligrosamente. Quienes le rescataron lo sujetaron firmemente a las cañas para que no se cayera al suelo y  una vez llegado al lugar donde iban, empezaron el tratamiento con rituales, llenos de cánticos, ungüentos por  la piel, inciensos y escoriaciones. Fue sometido  a un encuentro con los ancestros y con los dioses de tribu, que serían quienes decidirían sin ninguna posibilidad de réplica, si debía vivir o debía salvarse. Fue la agonía y al mismo tiempo el diálogo con los espíritus. En sus sueños, Jonath se veía a sí mismo, dentro de la ballena tan pronto como flotando en el espacio sideral platicando con uno y luego platicando con otro, ajeno a cualquier sensación corporal, más liviano que nunca y librado de todo dolor. Ecos de voces provenientes de varios planos lo invocaban a todas las propuestas posibles, repartidas entre las del ser, y las del no ser, las de volver a la respiración o las de detenerla para dejar el cuerpo al ritual de las llamas. Como hijo desnudo del universo giraba sobre sí mismo sin poder asir ninguna estrella, ni distinguir que voces pertenecían a que personas. En su delirio el emitía todas las voces en las lenguas que había aprendido.