FLUENCIA TRANSCULTURAL

El conocimiento: pásalo

Escrito por jesusricartmorera 28-08-2009 en General. Comentarios (0)

 

El conocimiento y su modo de pasarlo.

Desde la época del teléfono, el de hilo y bacalita, el que estaba enganchado en la pared y no era inalámbrico; la idea del “pásalo” fue siendo instrumentada como forma de difusión. Cuanto más potenciada era una noticia que fuera correcta más se facilitaba la conciencia general. No había razón para sospechar que no todos los individuos facultados mentalmente  tenían porque estar dispuestos a aprender y hacerse correa de transmisión de aquella noticia recibida. Las actuales nuevas formas de hedonismo cultural están indicando que la selección del saber expresa ya una forma de saber y que no todos los ecos merecen ser reproducidos. Para quienes nos comprometimos con la creación y extensión de pequeñas y disminuidas ventanas culturales porque no había posibilidad de otra cosa en tiempos de rigideces institucionales y de oscurantismos ideológicos, heredamos una especie de hupervaloración de todo lo que era información útil o defensa de la denuncia social. Nos costaría tiempo entender que no todo lo que circula por pantallas y con grafías es indicativo de conocimiento.  David Hume,[1]tuvo aversión prematura por todo aquello que no fuera conocimiento lo que, en su caso.,  le llevó a no tener en gran estima la carrera de derecho para la que fue predeterminado por su familia. Efectivamente todo lo que pasa por texto escrito, tampoco como noticia, no lo es y todo lo que pasa por la escritura no es ni literatura ni tiene utilidad para la reflexión.

En una época de ecos y resonancias de toda clase de basuras informativas, la contra información y la calidad de la transmisión de los hechos lo está pasando mal. Para suerte de los marginales voluntariamente autoexcluidos de las patrañas de este mundo de filfas y operetas,  que no entramos en los entretenimientos pictográficos de una sociedad estética con superávit de implantes, ya no somos cuatro pringados que no tenemos otro remedio que aguantar la avalancha de insensateces sino que nos podemos encontrar por decenas de miles en otros ámbitos de cultura y de placeres intelectuales. Cuando llegas a la conclusión que la mayoría de ítems de entrada en tu vida (en tu buzón electrónico o en tu campo acústico) son unidades del gran basural llamado mundo, buscar a interlocutores válidos para la comunicación y para la complicidad con el conocimiento se parece a la antigua alegoría de ser agujas buscadas en un pajar. A fuerza de irnos buscando nos hemos ido encontrando y advirtiendo con reflexiones y criticas que aunque o somos todos los que estamos en las sintonías para un conocimiento en crecimiento sí estamos todos los que podemos para activarlo y aunque no andemos sobrados, a menudo lo que uno consigue pensar por su cuenta justifica a la humanidad para que otro millón sea incapaz de hacerlo.

El conocimiento pasa por el pensar y su transmisión pasa por la tecnología difusiva pero eso ya no es tan crucial. De siempre los mensajes más ordinarios son los que han llegado más lejos y el comercio se ha ocupado de idolatrar la vulgaridad. La creación de conocimiento es multifactorial y está repartida por las sedes de reflexión y los ámbitos que miman y cuidan el saber. El mundo está repartida en sus distintas esferas según los campos de intereses que tengan sus habitantes. La antigua interpretación de la sociedad en su división en clases sociales dejó de servir para entender las contradicciones mundanas. El mundo se divide según las tomas de posición ante la realidad de sus habitantes, En última instancia el conocimiento es el saber de orden objetivo al que se decide acceder o no. El más grotesco de los síntomas de los modelos democráticos es que han puesto en igualdad de condiciones y de derechos tanto a los ignorantes como a los sabios, como estos son minoría su sufrimiento está garantizado. La mayoría se nutre de titulares sensacionalistas y de antiguas bocinas dogmáticas. Todavía son muchos los que supeditan la comunicación o su tentativa a la imagen, la pregunta de la edad a la respuesta a un saludo.  Para la sensibilidad humana, la poca que va quedando, tiene categoría de crimen en contra de ella seguir encontrando humanos impostores que aunque llevan anatomías humanoides no tienen nada que ver con los valores humanistas reunidos en los últimos milenios. No nos engañemos: la evolución histórica de la especie como tal no existe. Hay quien evoluciona en sus laberintos y hay quien no evoluciona o mejor dicho quien decide emplear las cuatro reglas aprendidas para involucionar. De eso se infiere que personas de la antigüedad a miles de años vista estuvieron mucho mas evolucionadas que sus descendientes que siguen abundando en la actualidad. La impresión general es que hoy ya nadie tiene vergüenza en proclamar su no saber. Los espacios de relax o de flirteo son para tontear y demostrar el máximo de estulticia. Cuanto más ignorante sea uno más se identifica con el perfil promedio dominante. A rio revuelto ganancia de pescadores. En ese panorama de absortos de sensaciones (estéticas de mentiras y discursos caducos) el conocimiento o quien se haga su valedor lo tiene magro.

Hay que diferenciar entre tener un conocimiento y tener la necesidad de comunicarlo. Los esfuerzos por transmitir las lecciones de la historia van chocando con las paredes o los cerúmenes de quienes no se quieren enterar. De lo que se habla mayoritariamente es de aquello que  tiene poco interés para la exquisitez y para el saber. Es así que el conocimiento es no solo un caudal de saber sino un planteamiento de vida. Quien quiera conocer las leyes de la vida y la verdad del ser humano se colocará en la tesitura de encontrarlo. Quien no quiera conocer el árbol de la vida podrá seguir inyectándose petróleo en sus venas y hacer el panoli la temporada que arrastre su crisma por la tierra.

En principio el conocimiento divulgado va a favor de la liberación humana de sus lastres e ignorancias pero esa divulgación choca sistemáticamente con las chusmas no interesadas en el saber. En demasiados espacios las propuestas de seriedad o de indagación son ignoradas. Es observable el fenómeno de la vanidad de los que menos tienen que dar y enseñar a los demás.

Mientras el personal se sigue entreteniendo con sus fanfarrias, el conocimiento progresa en aquellos ámbitos que se especializan en hacerlo. No es extraño que el que sabe no pierda el tiempo en didácticas invertidas en el que no sabe, pero no porque no sepa sino porque decide continuar sin saber. Para fortuna de la observación quien vive de espaldas al conocimiento se detecta a corto plazo, a veces inmediatamente. La tesis de la divulgación sigue siendo importante (por eso escribimos y plataformamos argumentos) y es lo que va a reclutar nuevos pensantes a favor del saber con el que van a contribuir pero es más importante que cada cual en su aprendizaje no deje de seguir en su desiderátum a pesar de no ser entendido por el entorno. Esto ocasiona un incremento del decalage entre quien conecta con el conocimiento y quien no quiere conectar porque le aburre o le produce jaqueca.

Del conocimiento hay ideas distintas. No todo lo que entra en la cultura lo esencializa ni la sistemática del anecdotismo periodístico contribuye a su crecimiento. Puesto que sigue habiendo públicos para todo no hay problema. En u mismo espacio de palabra coexisten los argumentos del conocimiento y los trasncriptores de la mediocridad.  Lo que facilita o no la transmisión del saber es su recibo o no por parte de la sociedad, incluida su fracción más culta. La impresión es que la gente está menos interesada por la lectura, por la reflexión y por el debate prefiriendo seguir con fetichismos absolutos y cuadros maniacos supervivenciales.

Del otro ya no interesa que acuda a una cita manifestativa como carne de cañón o figura de protesta. En un momento dado el sistema de comunicaciones por hilo o por ondas puede reunir a un millón de personas en una cita dada para un tema dado, pero eso tampoco significa gran cosa si cada una de esas personas o se dedica a pensar sobre su vida y su destino. Del otro lo que interesa es que sea sede de pensamiento crítico, aval de lo más lucido de la humanidad.



[1] (Edimburgo 26 abril 1711-1776)

En la condición del acreedor

Escrito por jesusricartmorera 19-08-2009 en General. Comentarios (0)

En la condición de ser  acreedor.   

Nunca creí que la vida me regalara la experiencia de ser acreedor al recibir el compromiso de pagos no satisfechos. Se suponía que era lo bastante inteligente para no caer en la trampa de serlo. Me equivoqué y mucho, parece que sigo equivocándome porque cada año o cada dos años aumento la lista con algún otro nombre de alguien que no satisface su deuda. La experiencia en cuestión no es propiamente un regalo de recibo agradable sino una imposición a la fuerza por ser sometido a la morosidad del otro. No deja de ser una particular relación humana en la que se da una vuelta de tuerca más a las profundidades ruines de la psicología del personal.

 Seguramente cada una de las cantidades que dejé de cobrar no son de suficiente peso como para perder tiempo en pesquisas o en insistencias o mucho menos en denuncias pero sí de suficiente envergadura como para aprender del mundo comercial y por añadidura del mundo todo en el que los más espabilados  pueden darte el sablazo en cuanto menos lo esperes.  Seguramente todo parte de la presunción de palabra a cumplir y de la responsabilidad del otro al que le entregas tu confianza. Hay gente que deja de pagar lo que dijo que pagaría sea por un servicio o trabajo que le has hecho o por una cantidad dada para que resuelvan un mal momento y nunca más se supo ni de la cantidad en si ni de esa persona que presa por su vergüenza –cabe suponer- no es capaz de dar la cara y prefiere vender tu relación por una, generalmente, exigua cantidad económica. 

Una vieja leyenda hispana aconseja no prestar ya que es una fuente de líos y que arriesga a perder dos cosas: tanto lo prestado como la persona a quien se lo prestas. Es el néctar de una literatura social que dice mucho de la psicología generalizada según la cual no poca gente antepone el interés material al de la relación humana.

Potencialmente cualquier persona puede ser un acreedor impagado desde el momento en que contrae una relación de tipo comercial, también personal, con otra y no cobra aquello que ha sido pactado o lo pactado no ha quedado suficientemente claro como para que el uno se ampare en el umbral de confusión para no pagar al otro lo que le debe. En el mejor de los casos documentar un pacto contractual reduciría el margen de confusión aclarando las responsabilidades vinculantes de cada parte pero no garantizaría absolutamente la evitación de problemas si de una o ambas partes concurre una disposición al aprovechamiento fraudulento o manipulación de la otra. Esa complejidad conceptual no lo es tanto en la casuística concreta.  Dejé de cobrar clases particulares o sesiones psicoterapéuticas por la sencilla razón de que dejó de venir la otra persona y no satisfizo su deuda. Como digo eso son cantidades de poca monta pero que una vez, ya hace años. Las sumé y calculé  que podría vivir varios meses, casi un año, con su devolución.  Una relación comercial simple y clara  puede convertir a dos personas una en un deudor que no dejará de serlo y otra en un acreedor que tampoco dejará de serlo. El interregno entre ambos, la no coincidencia y la falta de tiempo para perseguir al incumplidor dejan un residual consolidado de reserva, es decir, de desconfianza por si no queda claro, para posteriores transacciones. Puestas así las cosas, la disposición posterior para dar confianza queda dañada. Está claro que no tienen que pagar justos por pecadores y que al principio una persona incumplidora es solo una, a la siguiente solo son 2 y a la otra son 3, pero cuando la historia se repite para un número mayor (docenas o cientos) y sobre todo se comprueba que está presente en distintas  latitudes, culturas, lenguas y calendarios se acaba infiriendo que es mejor prevenir situaciones a priori. Con el tiempo y con una caña de pescar anécdotas el más lerdo acaba espabilándose. Después de hacer el primo en algunas ocasiones opté por no caer en trampas del mismo tipo que anteriores veces. Hubo un punto de inflexión que demostró eso. Un amigo del oeste africano  me pidió una pequeña cantidad que le resultaba urgente para tomar un avión. Frente a mi extrañeza que pidiera ese dinero a tanta distancia me dijo que tenía a quien pedírselo en sus relaciones africanas pero que tal cosa estaba mal vista. Me quedé de piedra. No le envié lo pedido a pesar de estar dispuesto a hacerlo en un primer momento. De haberlo hecho lo más probable es que no la hubiera devuelto. En mi vida he dejado pequeñas cantidades a personas junto al número de mi cuenta bancaria para que las devolviera en cuanto pudiera. Muchos no lo hicieron. Comprendo que en situaciones difíciles uno necesite endeudarse para enfrentar un problema urgente (yo también me acogí a préstamos de gente conocida en algún momento) pero no deja de ser un indicador de una falta de cálculo y de previsiones.

En una época en que callejeaba más y era menos habitante doméstico salir a pasear por el cetro urbano me ponía en contacto con gente que pedía dinero. De tarde en tarde sigo encontrándome gente que me aborda en la calle para pedírmelo. Observo la situación de estos limosneros profesionales que van bien vestidos con ropa de marca que yo no uso y que fuman durante su tramite solicitante. A veces les comento la paradoja de pedir dinero con una argucia (el consabido no tener nada para comer) cuando lo que gastan en tabaco (por no citar otros consumos más caros) les daría de sobras para vivir. La mayoría de solicitados que no lo dan dicen no tenerlo. Si los limosneros les mienten sobre sus necesidades estos bien pueden mentirles sobre el hecho de que sí lo tienen pero no están dispuestos a dárselo. Raramente un limosnero es un tipo de necesidad real. Es alguien que se ha profesionalizado en eso. Los organismos de asistencia social no permiten actualmente e los países ricos que nadie muera de hambre, lo que es mas pagan además de la comida sus alojamientos. No consideraré si es por razones de solidaridad humana o por razones de estética urbana para que los más miserables no se vayan cayendo por las calles y se queden para ser destripados por los perros o para descomponerse, el caso es que hay un sistema que neutraliza los efectos más dramáticos de la indigencia.

Ese leve paseo referencial a ese mundo guarda una conexión con los préstamos directos o las deudas generadas por servicios no pagados (o no cumplidos). Una vez hice una lista de mis deudores y me maravilló su extensión. Personalmente prefiero donar, dar o regalar a prestar. El préstamo genera una deuda en reserva que incomoda a distintos grados a quien la tiene y a quien lo ha convertido en parte acreedora. Algunas veces, pocas, dediqué un email o una nota de correo para reclamar lo que se me debía, sin obtener respuesta, por supuesto. La psique humana tiene un gran arco de registros que puede camuflar sus perversiones y justificarlas. En un tiempo en que  creía en la gente, es decir, en su palabra dada, creía que la amistad y la cordialidad son suficientes para ayudar a alguien si lo necesita, lo que no sospechaba es que la gente fuera capaz de vender el afecto y desresponsabilizarse del compromiso por menos de 30 monedas.

La cultura se ha ido desarrollando con anécdotas sobre compromisos rotos. La cordialidad se abre paso contando que el otro (el amigo, el pariente, el vecino…) pueden fallar en un momento dado y de hecho falla. Eso pasa en todos los ámbitos. Ir a vivir a una zona residencial con casas de medio millón de euros no garantiza una seguridad con el vecino de la cerca medianera de al lado que por poco que pueda se escaqueará de pagar su cincuenta por ciento de esta cerca. Esto también es una deuda aunque la forma de préstamo directo haya sido pagando unilateralmente una instalación que es necesaria para las dos partes y pagable por ambas.

Se podría decir que solo estudiando el tipo de deudas que uno no cobra o que otro genera en su haber en números rojos se puede estimar su personalidad y prever lo que esperar de esa persona. Como que hay que dar un margen de confiabilidad no se puede ser tan estricto de entrada y contar con la buena voluntad de los demás (¿buena, qué?). La nueva cultura de la desconfianza mutua ya no permite colocarse en posición de pedir ni en la de prestar por lo que hace a cantidades económicas salvo quienes se dediquen a eso profesionalmente como inversores/especuladores.  Las transacciones materiales son a otro nivel concediendo la hospitalidad, pagando las invitaciones o regalado cosas.

En casa tenemos tres cajones inferiores,  de una de las estanterías de teca,  siempre llenos con cosas para dar. Son cosas que hemos comprado de nuestros viajes para regalar o cosas que nos sobran y que pesamos que pueden irles bien a algunos conocidos. No quiero hacer una apología del regalo (de hecho estoy en contra del regalo de efemérides, opto por el espontáneo) pero lo cito como una práctica de donación dentro de una homeostasis de repartos y desprendimiento de lo que sobra. En cambio reacciono muy mal ante ayudas económicas que se nos piden o damos a parentela y conocidos que luego no devuelven. Simplemente no devuelven. Suponen que nosotros somos ricos a perpetuidad y ellos son pobres también a perpetuidad.  La pregunta es ¿Por qué hay personas que se acostumbran toda la vida a pedir y otras que no saben superar su costumbre de dar? A veces el prestar hace un flaco servicio a quien pide ya que no  se esfuerza en superar su situación. Las pautas civiles frente a la indigencia es la de no aceptar sus demandas de limosna porque consolida el fenómeno en el que han caído. En cuanto al amigo jeta, al conocido que se pasa de la raya, al utilitarista que te ve con cara de tonto que aprovecha la segunda frase por no decir la primera en pedirte que le pagues la minuta de su día por el solo hecho de verte  hay que tener un no preparado con razonamientos para su irrupción.

En la condición de ser acreedor se aprende que lo mejor es no aumentar las posibilidades para incrementar la cuota de deudas impagadas. Claro que cada vez que alguien te pide algo te puede coger desprevenido, especialmente si lo hace alguien que sabes que tiene dinero y tan solo pretende aprovecharse de ti.

En mi experiencia biográfica he aprendido que se puede compartir el dinero, en su totalidad, con muy poca gente. En mi caso particular solo ha sido con mi compañera convivencial, ni siquiera con mi amante y con relaciones de intimidad importantes o con los hijos.  Esto no es una curiosidad banal: la familia que es una unidad empresarial y por tanto económica que administra sus recursos económicos y patrimoniales no de una forma autogestionaria sino privativa según las cuotas de poder que tienen sus distintos miembros en el organigrama compartido.

Si bien me han devuelto dinero prestado en algunas ocasiones, las menos, he olvidado y perdonado otras deudas con el criterio apuntado de no volver a prestar salvo a personas muy concretas y seguras. Por de pronto informar acerca de la cantidad de dinero del que se dispone es un tremendo error ya que el confidente puede aprovecharse de esa información para solicitarte un préstamo. Sé de casos que gente con dinero líquido pero sin propiedad alguna ha prestado cantidades que no le han sido devueltas por otras personas sin dinero líquido pero con propiedades importantes. El más pobre tanto en el momento del préstamo como años después es el de quien no tiene propiedad pero quien la tiene no tiene el menor sentido de vergüenza al o devolver al deuda contraída.

Vivimos en un mundo de desconfianzas mutuas en las que hay detalles que es mejor no comentar. Por eso de lo que se gana y de lo que se tiene como reversa económica no son los temas tocados fuera del ámbito privado mas intimo.

Preferiría que nadie me debiera nada así como prefiero no deber nadie a nada. Prefiero no pedir para no entrar en esa impredecible dinámica de obligaciones mutuas contraídas por favores concedidos. Eso lo llevo al extremo de objetos como libros. Había perdido tantos libros prestados que tuve que jurarme a mi mismo no volver a prestar ninguno mas, sin embargo sigo regalándolos.

Lo grave de ser acreedor de alguien que se sabe tu deudor, es que este se lleva para sus adentros una especie de rabia al conocer que su conducta no es perdonable. Se inventará cualquier cosa con tal de justificar su treta y su opinión adversa, pero en su interior no olvidará que se ha comportado como un sujeto sin honor y ruin. Como eso es muy generalizado en el mundo no pasa nada, los malos son los que pasan inadvertidos.

Herencia y legado

Escrito por jesusricartmorera 18-08-2009 en General. Comentarios (0)

Herencia y Legado. JesRicart

La herencia configura institucionalmente la posibilidad de trasmisión patrimonial de testamentarios a herederos. Para tratar el significado profundo de la herencia hay que reconsiderar el valor de la transferencialidad de la propiedad. Un repaso ligero del sentido y perpetuación de ésta recolocará la opción de transferirla bajo otro parámetro distinto del mantener su titularidad dentro de una familia. Una teoría de éxito explicó la propiedad privada como la consecuencia por la imposición de los dictados de los  más fuertes contra los más débiles arrebatándoles sus pertenencias. Eso habría dado  lugar a dos grandes clases sociales: la de los poseedores y la de los desposeídos. Con el desarrollo económico y la explotación de los recursos resultó ser que ni los poseedores los poseían todo ni los desposeídos no poseían nada. En la actualidad del siglo XXI en que en el mundo entero no se han superado los errores y tragedias acumulados por los siglos anteriores la propiedad privada es uno de los fenómenos más significativos de los regímenes económicos. Es tanto su causa como su consecuencia. No es concebible el sistema económico sin el interés creciente por la propiedad privada, tanto a escala de las grandes cifras como de las pequeñas.  Quien más y quien menos hace girar su vida en torno a sus pertenencias y concretamente a su propiedad patrimonial. Masivamente los consumidores caen como moscas en planes crediticios en forma de hipotecas que los mantienen por décadas vinculados a un estilo de vida y de producción para terminar por pagar su propiedad. Puestos a pagar alojamientos la muchachada prefiere pagar hipotecas que al menos dejará un saldo nominal en propiedad. La propiedad ha sido y es considerada como un atributo crucial del valor de las personas. Es la forma de tener más significativa que simboliza lo que es o ha querido hacer en su vida una persona. La condición de propiedad crea la ilusión de la soberanía. De la propia casa es del único lugar que uno no va a ser echado y que nadie de afuera le puede decir qué hacer o dejar de hacer, o al menos eso es así en apariencia.  La propiedad no es tan segura como se supone y si el esfuerzo por comprarla y mantenerla sabotea las opciones de disfrutarla dejando tiempo suficiente para disfrutar de la vida fuera de ella posiblemente su inversión no es tan estupenda como puede parecer al principio.

En la sociedad actual se ven continuamente casas recién estrenadas en urbanizaciones nuevas que se ponen en venta porque sus dueños han cambiado de idea y ha dejado de gustarles el lugar o han disuelto la sociedad matrimonial. Como que se supone que la propiedad, pase lo que pase, siempre es una inversión que se podrá rentabilizar, comprar una y tener que cambiar de domicilio al cabo de dos años tampoco es una tragedia mayor. No, no lo es pero mete a los propietarios en senderos de compra-ventas que les lleva a implicar una buena parte de su energía. Mientras uno se preocupa por la venda de su casa o la tiene en stand by sin usarla está gastando doblemente la energía de su vida: la de ir tras una zanahoria que no se ha podido comer y la de buscar a otro que se la coma. 

Además hay que contar con compradores que invierten en ampliar su propiedad patrimonial como fondo especulativo para ganar. Con lo cual cosas recién compradas las ponen inmediatamente e venta o en alquiler. El sistema económico de bienes lo permite y el lucro sigue siendo bien visto por la sociedad. Quien más dinero gana más reputación tiene entre su vecindario y quienes les conocen. Lo de menos es en qué lo ha ganado. Por supuesto, si su fortuna ha sido fraudulenta o no ética, el triunfador no lo explicará y dejará a los que sospechen de él de cejijuntos con el interrogante entre ojo y ojo.

En una sociedad de circulación de capitalistas y de inversiones continuas en las  que la preocupación principal es la de aumentarlos, su materialización en patrimonio es la consecuencia más lógica. Tener un espacio propio en forma de piso, y los más afortunados en forma de casa, es lo menos que se puede y debe tener para vivir. Hay un derecho a la vivienda digna que está escrito por ahí. El chabolismo lo desmiente, pero los mercedes (algunos)  aparcados junto a las chabolas también desmienten la tragedia de la no-vivienda en condiciones.  El caso es que todo el mundo trata de resolver lo del cobijo como imperativo.

 Cuando al fin, ya tiene algo totalmente a su nombre con todo lo que le ha costado llega un momento en qué se plantea la cuestión de la herencia, si es que tiene hijos o familiares herederos para esto.  Su turno también es posible que heredere algo de sus predecesores difuntos, aunque le llegue tarde o a destiempo. Ya ha sido discutido que la herencia, tal como está montada, de padres a hijos sirve de muy poco a no ser que el hijo sea el último de la saga y se lleve mucha diferencia de edad con los padres y estos fallezcan a una edad en que aquel pueda aprovechar la donación con tiempo o de vida suficiente. Las herencias que se hereda con los 60 o los 70 cumplidos tienen algo de burla biográfica. Mucho más cuando se las ha pretendido por décadas y eso ha generado un deseo del fallecimiento lo antes posible de los testamentarios.

La familia que funciona con el código de todo lo que hay  de patrimonial es para los herederos y esos están constituidas por la parentela  genera, aunque no sea la pretensión, un tipo de relación que se tiene que mimar para no enfadar al testamentario no sea que cambie de idea. Deploro los herederos potenciales que van detrás de los testamentarios no por razones sentimentales o de identificación sino por conveniencia. Hay cuantiosas experiencias de desheredados o de herederos discriminados negativamente que descubren, a veces tarde y mal, la autentica realidad psicológica y emocional de los testamentarios, generalmente sus padres. 

Los testamentarios por su parte juegan durante toda la vida con la idea de qué donaran lo que tienen a sus hijos y a la hora de la verdad hacen repartos lesivos por los cuales hay tensiones con peleas abiertas o no. Puesto que la propiedad privada simboliza y estructura como instancia capital los procesos internos de una sociedad ambiciosa la sola idea de su superación se hace casi inconcebible, mucho más cuando las experiencias de comunas de producción no fueron tan satisfactorias como se conjeturó al principio. Paralelamente la sola idea de que esa acumulación de la privada no tenga la opción a la herencia y pasea a manos de la sociedad a trabes de sus vías institucionales o de mecanismos de donación proyectivos para que sea el pueblo quien lo disfrute, tampoco encuentra el colchón de madurez en una mentalidad públicamente tan rematadamente egoísta.

Para el testamentario tener a quien donar todo lo que acumuló (su biblioteca, su colección de sellos, sus discos, su mobiliario selecto, sus álbumes de fotos, su correo o sus diarios personales) es quitarse, literalmente, un peso de encima, aunque desde su lugar postmortem no se entere de lo que se vaya a hacer con todo esto. La donación es una forma de concretar el gran amor que se tenía por el heredero. Pero no siempre es así la herencia que más llama la atención es la de alguien que está en cualquier parte del mundo y que a la hora de fallecer ha pensado en un nieto remoto el cual ni siquiera estaba al corriente de la existencia de aquél. Puestos a recibir herencias de tíos de América, lo mejor es recibirlas pronto, antes de cumplir los 18 años para poder funcionar en la vida del capital con un poder adquisitivo alto y por lo cual no se haya tenido que hacer esfuerzo alguno.

De hecho, esto es un acto de injusticia porque el que uno pueda recibirlo pro pertenecer a una familia de ricos y otro no por pertenecer a una de pobres, no hace sino perpetuar los divisionismos sociales, los enfrentamientos violentos de las personas entre si y las envidias y odios.

¿Qué pasaría en una sociedad en que prohibiera la transmisión patrimonial dentro de las familias por motivos de deceso? De una parte se pondría veto a la acumulación de las grandes fortunas ligados a las familias más poderosas del mundo, de otro plantearía el problema de qué hacer con las acumulaciones. Los finados podrían optar e vida por reconducir sus cosas como legado a entidades o representantes sociales que mostraran la escrupulosidad y honestidad para llevarlas de acuerdo con sus voluntades y dentro de la línea de proyecto en la que estaba en vida. No siempre los albaceas tienen esa honestidad y tergiversan la voluntad del muerto y no siempre el que va para muerto se asegura en vida que sus tesoros sean respetados postmortem.

Para el punto de vista del que va a morir tiene más valor el legado de lo que deje como mensaje y como enseñanza de su biografía que no las cosas en sí, para el punto de vista del que va a heredar suele interesarle mas lo contante y sonante que no los amores intelectuales o artísticos del finado, que puede que los interprete como rollos o historias complicadas. Ese no es un pequeño detalle que pase inadvertido ya que el heredero que toca por linaje puede ser el más palurdo e inadecuado para recibir la herencia  si solo está interesado en su crematística. Bajo esta consideración el testamentario puede buscar otros campos de donación para sus cosas. Raramente el que recibe la herencia la declina o la transfiere automáticamente al patrimonio artístico del país. En algunas situaciones es lo mejor que se puede hacer no solo  para el usufructo público de la ciudadanía de aquel patrimonio sino también porque su mantenimiento en manos privadas puede tener un coste considerable. Algunas de las colecciones artísticas que hoy son patrimonio cultural de la humanidad saltaron de manos privadas a gestiones públicas. Es una transacción razonable. El que dona a la institución del estado, sea la administración local del municipio o a otras instancias provinciales, departamentales, regionales o generales, no es suficiente con hacerlo sino en convenir el trato que desea que se le dé a lo donado. Lo mismo con las instituciones privadas. Hay bibliotecas que tienen problemas de acumulación con las donaciones de las bibliotecas privadas de ciudadanos que las legan por pensar, justamente, que es el mejor lugar donde pueden estar cumpliendo un servicio público, y que sin embargo no tienen dónde meterlas.

La verdad es que la donación como legado (las colecciones de las cosas) no tiene el camino allanado. La donación para convertir lo donado (sean muebles o inmuebles) en dinero contante lo tiene más fácil.  He tenido la suerte de la doble experiencia en un periodo de unos pocos años de ser desheredado (o ser discriminado negativamente en la herencia) y a la vez de no encontrar ninguna lógica e dar e herencia a mis descendientes de lo poco que he acumulado. Me gustaría, sin embargo, que las cosas de valor que tengo por lo que hace a libros cumulados  y creatividades que tuvieran un depósito de protección. Como que por ahora no tengo suficientes medios para   una casa o de una arquitectura excepcionales en las que ubicar un centro de lectura y de debate a la vez que espacio museo y plataforma de conferencias y asambleas tengo la idea estacionada sobre lo que va a pasar con mis propiedades. El estado no tiene resuelto esta cuestión y el mundo de lo privado  tampoco. Las cosas que pasan de padres a hijos sirven como decorativos o como demostraciones de estatus que, a veces, no tienen ninguna utilidad práctica salvo la decoración, eso incluye la bibliofilia de rarezas éditas.

En una situación hipotética en que la generación falleciente donara sus herencias para el usufructo público, solo este criterio haría de las ciudades lugares más abiertos y socializados, más recursivos para todos, más fáciles para vivir que revertiría a favor de todos liberándolos de tantos tiempos dedicados a obtener salarios y cumplir con sus ambiciones. A diferencia de la propiedad privada, la pública requiere de menos de todo para satisfacer las necesidades de los más.

Entiendo que lo que tiene de más valor una persona para donársela a otra que la sobreviva es el mensaje, el recuerdo y en todo caso el objeto concreto que fije eso otro. También entiendo que lo que tiene de menos valor o mas mezquino otra es urgir el fallecimiento del testamentario para disfrutar de sus bienes.

Sin una herencia en perspectiva muchos conflictos entre hermanos, que empiezan a apuntar prematuramente, con sus primeros vuelos de independencia del hogar familiar, se esfumarían y sanearían al descartar que  la relación filioparental  tuviera que  dejar un saldo de bienes. Eso la  autentificaría. Desgraciadamente, los intereses materiales vienen a complicar los campos de los afectos. La conflitividad de intereses es una cantera de enseñanzas de alto valor para averiguar la magnitud de la condición humana. Goethe se sobrepasó al afirmar que solo aprendemos de quienes amamos, también lo hacemos, no paramos de hacerlo, de los enfrentamientos producidos al margen del amor empañados por intereses materiales. Lo que es más, estos vienen a sustituir la espontaneidad sentimental en muchas ocasiones.

 

 

En el lugar del huésped

Escrito por jesusricartmorera 18-08-2009 en General. Comentarios (0)

En el lugar del huésped

En La anfitriona se describe  el retrato de una persona ligada a su feudo organizándolo todo: desde lo que se va a comer a lo que se va hablar, ejerciendo su poder de mando para gestionar las conductas de sus invitados y la relación que vayan a  tener entre ellas. Uno de los huéspedes convertido en personaje de la resistencia al dominio sutil en el campo de la gentileza enmascarada, a la postre autor del relato, se rebela graciosamente al no darle la mano a esa anfitriona a su grito de ¡chócala! por coincidir en un dato curricular menor.

Si el ejercicio del rol de anfitrión responde a otros muchos detalles y no solo al de la apertura de puertas para compartir la propia casa con el visitante, el de visitante no es menos complejo emplazado a adaptarse a las implícitas leyes que rigen en un espacio ajeno  en el que está de paso o ha sido llevado  un tanto condicionado.

En casa ajena toca hacer lo que está pautado en su ambiente. No hay ninguna casa, castillo, chabola, choza o carpa que tenga a la puerta la hoja de instrucciones de uso. La excepción son las habitaciones hoteleras o los bungalows, en los otros casos se infieren y en todo caso el dueño o el usuario habitual ya están ahí para ir explicando cada cosa. El buen estar recomienda que tanto quien invita como quien es invitado se sientan cómodos mutuamente y que cada cual tenga su espacio sin perder la noción en ningún momento de quien es quien. Para que el invitado no se sienta como un convidado de piedra haciendo de relleno ocupando un lugar en la mesa o en las estancias pero sin que se le haga el menor caso el anfitrión tiene que procurar  que la estancia le agrade. Como que no hay situaciones relacionales puras y en lugar de ser un trato de uno a uno la situación numérica dada es más de dos (una pareja que invita a otra, una familia que comparte el week end o las vacaciones con otra) la nueva constelación configurada apunta pronto a decir quién es quién y cuál es la danza de roles que coexiste.

Ocupar el lugar del huésped no tiene mas recomendación que el de dejarse llevar por las circunstancias. Es distinto estar invitado a una cena en una casa a estarlo varios días. Mientras el protocolo de una sola comida es bastante pronosticable con un número limitado de variables, la convivencia de varios días va a presentar tiempos muertos e individuados en los que cada cual  va a hacer sus cosas. Cuando voy a casa ajena trato de seguir con mis constantes diarias (seguir con mi dieta, un rato de ordenador diario, otro de lectura  o mi tabla de gym,) para reducir al mínimo mi pérdida de hábitos. No es fácil ya que las invitaciones a la gula ante los manjares o el cambio de horarios son factores de trastorno.

Renuncio a tipificar un prototipo de huésped. La condición de invitado varía según cada visitante y la gente visitada,  el comportamiento también es distinto si va solo o acompañado. La ventaja de compartir una visita con otros visitantes es que la atención anfitriona queda repartida y la carga de excesiva atención a uno solo queda repartida entre otros. El huésped que va a casa ajena tiene una serie de débitos no escritos que contrae desde el momento en que acepta protagonizar esa visita. Cuando alguien va a cena o es invitado a comer lleva el vino o los postres como presentes y exquisiteces para dalas e degustación o darlas a probar por primera vez. Trata de agasajar a sus invitadores con experiencias gustativas de las que están desconectados o que no han probado nunca. Si va para varios días se acomoda a las circunstancias de la casa de recibo. Donde se ven más las coincidencias y las diferencias es durante las conversaciones en las comidas. Es la cancha de juegos de sondeos y declaraciones. Como que no es un espacio neutro si no la casa de alguien las opiniones propias hay que llevarlas más lejos o más cerca según el peligro de confrontación que se sospeche. No está de más  preguntar a priori (al contrario, es muy recomendable) a dónde se va exactamente y qué clase de gente se va a conocer. Esto permite calcular qué temas será mejor no seguir si se sospechan posiciones opuestas sobre cuestiones a visceralizar.

Las arenas para la discusión política es mejor dejarlas en otra parte. La cuestión es que el huésped por su sola condición no es el amor del lugar que visita o en el que ha sido invitado. Su supervivencia como tal depende de la alianza empática funcional para esas coordenadas.  Se puede ser invitado sin ser amigo ni siquiera conocido por ir de paquete de otra persona que sí es amiga y conocida. El arte de la aproximación de cada cual solventará las diferencias o sospechas de las mismas. Una cierta cantidad de visitas (posiblemente la mayoría) no se repiten nunca más. Otras tienen una continuidad que permiten desarrollar una relación de cordialidad o amistad. El feeling de coincidencias no depende solo del tiempo dedicado a convivencialidad sino a la forma de transmitir la información de lo personal. Yo, .que sigo sin dedicarme demasiado a la oralidad verbal- sigo flipando con los pequeños egoísmos cotidianos de quienes están dispuestos a llevarte con sus temas informativos y no lo están en actuar cortésmente en su turno de escucha. No me gusta elevar el tono de voz para imponer la mía o hacer un solapamiento con mi voz a la de otro si insiste en seguir hablando en vez de escuchar con lo cual soy yo el que callo. Lo hacía en la adolescencia y lo sigo haciendo en la madurez. Lo he hecho toda la vida. He aprendido que contra los que necesitan hablar y hablar no se puede hacer otra cosa. Lo  mejor para este tipo de personas es hacerse acompañar por  alguien durante la visita con educación y paciencia suficiente para aguantar rollos ajenos.

Existe un tipo de verborreros/as que una vez ubicados son inofensivos si se les deja de escuchar. Por lo general, alguien que habla mucho al segundo día repite parte de lo que dijo el día anterior. Consecuentemente aunque te pierdas algo de su producción verbal en una vez la recuperas a la siguiente.

Hay visitas que se sostiene por razones no personales: el cambio de aires y de ambiente son suficientes como motivaciones poderosas para ir a una casa ajena. Pretexta un viaje corto o medio o largo y  por supuesto siempre está el interés de descubar a alguien en su mundo privado del que aprender cosas que no aprendiste en otras situaciones. La idea de cómo es el otro queda bastante esbozada en el primer encuentro, los días o veces siguientes suelen confirmar esa visión inicial. Las relaciones sociales son el arte de sostener relaciones ajenas que conocidas por otras vías no serian aceptadas o consideradas. En el lugar del huésped toca mantener una cierta deferencia y galantería. El anfitrión da más señales de su personalidad y de cómo es que el huésped, ya que aquel pone la casa  y todo lo que representa (un test proyectivo, con las fotos colgadas en la pared, la decoración, el mobiliario, la organización doméstica, los cacharros de cocina, lo que hay dentro de la vitrina, la licorera, el mueble especial con los libros heredaros de la familia, el tipo de relación con la/s teles y el/los ordenador/es que en conjunto indican el tipo de vida. El anfitrión cuando recibe a su visitante le hace de guía turístico por la casa enseñándole las dependencias. Esa primera incursión da mucha más información del anfitrión del que este sospecha estar dando. Las fotos y sobre todos los cuadros con pinturas originales de los antepasados de la familia así como los títulos y otros documentos gráficos enmarcados ayudará a completar el perfil. En los dos roles, el de visitante es más el de observador y el de visitado es más el observado. Hay gente que no acepta visitas por esta razón. Recuerdo de mi casa paterna que a pesar de tener siempre una habitación para huéspedes en todos los años que viví en ella solo vino una persona (mi abuela9 una vez por año un par de noches opacas más, nunca jamás fui tuve amiguitos que vinieran a casa y no recuerdo más de una vez de haber pasado una noche e casa ajena salvo en una ocasión en la de mi primo a 50 metros de la casa anterior y ni siquiera estoy seguro de que este dato fuera verdadero.

En la  forma de invitar y ser invitado tiene mucho que ver la tradición biográfica personal de cada cual, el tipo de familia en la que se ha tenido la suerte o disuerte de hacer, la ideología de los padres, su cultura y su propio cuadro de relacionabilidad. De mi infancia recuerdo que  lo que se me decía era que el mundo era lo extraño y duro que empezaba de puertas para fuera yo  experimenté las extrañezas mucho más cerca de mi mismidad, de mi cuerpo, para fuera. De alguna manera eso me marco para pasar por inadvertido y por no darme por interesado por muchas situaciones en las que me veía mezclado. Podría subscribir lo que afirma Elio Vittorini[1], “veía unos cuantos amigos por una hora, dos horas, estando con ellas sin decir una sola palabra” si no fuera porque pinta a su personaje como un tipo disminuido de si mismo incapaz de comunicación en todos los ámbitos. El caso del huésped degradado a convidado de piedra es que el tema en el que no acierta a participar o en el que no tiene cabida no le quita que sí tenga un papel en otros temas. De hecho su falta de performance en un habito lo puede contrarrestar en su participación en activo en otro. Eso no significa que haya una recurrencia del rol sea cual sea el ámbito. O hay que olvidar que un huéspedes o tiene oportunidad de ser también anfitrión con lo cual tiene la experiencia interiorizada de ambos roles. Se supone que el huésped que se siente fuera de lugar en el ámbito al que se ha sido llevado como tal tratará de no repetir lo mismo pero al revés en cuanto tenga invitados en su casa. Reconozco haberme sentido disgustado como anfitrión cuando he tenido huéspedes en casa que han hecho el mutis, que se han pasado más horas en la cama que con los demás o que no han mostrado interés por los temas que le he hablado pero también reconozco que en mi condición de invitado puedo hacer exactamente lo mismo o peor aún si el ámbito al que voy o soy llevado no me cuadra totalmente.

De hecho no hay ningún ambiente tan perfecto que pueda complacer en su totalidad al visitante. Eso tampoco es lo que se busca, basta que cuadre con la perspectiva mínima de una estancia agradable. Un encuentro puntual no tiene porque ser el comienzo de una gran historia, basta con que sea una historia que empieza y termina en sí misma como suficientemente divertida o agradable. Mis experiencias como visitante/huésped por varias casas de todas las condiciones y varias clases sociales ha formado parte de las exploraciones de campo (todas las coordenadas de relación humana son campos de exploración) de las que he aprendido mucho de los demás, de las psicologías en juego y de mi mismo, de mis inhibiciones y participaciones. Al segundo día de estar en un lugar doy muestras de que me puedo pasar más tiempo hablándole a un ordenador que a una persona si es que las condiciones para la comunicación con esta no son  correctas, no hace falta que sean excepcionalmente brillantes, basta que sean educadas. En cuato detecto  una persona interesada en hablar mucho y e escuchar poco un servoatuomatismo me pone en guardia para pasar de ella salvo los mínimos. La frase más genial de la cinematografía que vi cuando era niño era: “discúlpenme, tengo jaqueca”, o alguna parecida para excusar la presencia en la sobremesa y escapar a la habitación asignada. Creo que este tipo de frases son totalmente vigentes y hay que adecuarlas a situaciones actuales. El huésped siempre tiene la posibilidad de escapar a su habitación a siestear o a dormir o a hacer lo que le apetezca, pero eso es a determinadas horas.  Ahí se puede reunir con su pareja o con su libro de lectura o de notas si es que la convivencia no es lo suficientemente complaciente.

Como somos seres civilizados los protocolos para el agasajo está bien establecidos. El interés en que el huésped se quede atendido es un interés del anfitrión. Por el lado del huésped tiene que medir si va a pasar una velada o unos días si renunciar a sí mismo o va a tener que seguir ritos que no le apetezcan. Sin duda hay costumbres propias que no se puede imponer en casa ajena. Aunque soy nudista practicante uso el slip en la piscina de unos amigos que no les gusta el cuerpo desnudo ni siquiera el propio ni cuando esta solos. Aunque no soy fumador comparto la convivencia puntual con alguien que fuma en la mesa mientras estás desayunando. La vida se llena de pequeñas curiosidades pobladas de concesiones.

Si el huésped se siente fatal o incómodo por detalles de desatención  siempre puede optar por acortar el tiempo de estancia con cualquier pretexto. La sociedad moderna proporciona un extenso vocabulario para la discretividad de los sentimientos reales. El huésped que no esté seguro de sentirse cómodo al sitio que va por lo que hace a la comunicación verbal lo mejor es que vaya acompañado de otra persona que haga de persona-esponja de toda lo vertido de información o cháchara que vaya a recibir. Sin duda parte de  lo que se diga va a ser muy interesante pero no todos estamos dispuesto a hacer de filtros de toneladas de palabras. Quien no esté dispuesto pude pedirle a la persona esponja que le haga el resumen de lo interesante. Del lado del anfitrión que tiene espacio o recursos infrautilizados y que le gusta recibir visitas para tener público que le preste atención toca reconocerle tal necesidad. No deja de ser una transacción: una estancia a cambio de una confidencialidad. Suena a muy utilitarista. Sí, lo es, las relaciones humanas son más utilitaristas de lo que se reconocen. Es un detalle muy curioso que la misma palabra utilitarista se la considere peyorativa como una forma para no mencionarla y así de paso no reconocer las intenciones utilitaristas de no pocos contactos. El hecho de tener a un depositario de cháchara advenedizo o incondicional ya es una forma de utilitarismo elemental.

En las constelaciones los gestos y acciones de inclusión y escapada son continuos. Por lo que me toca sigo siendo un reservado por lo que hace a mis sentimientos y los entrego o confidencio a quien creo que es alguien que escucha. Un fenómeno cultural, muy extendió y muy latino por cierto, es el de la no-escucha. Existen grandes volúmenes de transacciones de palabras pero el que las da no siempre está dispuesto a recibirlas o auditarlas de otros. Esa no-escucha es un síntoma de infra-culturalidad que, afirmo, guarda una conexión con el trastorno atencional tan detectado en las escuelas y que está detrás del fracaso de los métodos de enseñanza actuales.

La atención es relativa, requiere el arousal y la percepción activa, también se supedita a la selectividad y el campo de interés. Hay temas en los que, sencillamente, no se entra por aburrimiento y eso no es patológico. Hay gente que habla de muchas cosas y s muy descriptiva y profundiza en muy pocas y al revés: hay gente que habla poco pero lo poco que dice es muy relevante y merece la pena no perdérselo. Lo esencial de la condición de huésped es lo que le es dado comunicar y lo que está dispuesto a comunicar de sí mismo y de su currículo, también lo que está dispuesto a recibir de su anfitrión. Puede avisar a priori de cómo es y cuáles son sus hábitos para evitar confusiones o roces posteriores, también para ayudar a interpretar las conductas por lo que son y no por lo que se suponen. Desde siempre he tenido un mundo particular al que retirarme (los libros que leía o los que escribía) y siempre ha quedado más o menos clara visualmente esa preferencia por esa soledad con el texto (que tampoco es tal ya que quien escribe no para de estar con figuras mentales que le rondan o convoca) que la verbalidad con hablantes del entorno que no complacen tanto. Expuesta la situación así ha sido, para mi propia extrañeza, un porcentaje minoritario de personas las que se han interesado por aquello que me dedicaba a escribir mientras ellas estaban de palique. Lo han integrado escénicamente como mi rareza (de la que tampoco reniego). Lo más curioso para quien no es muy dado a las letras escritas es que no trate de indagar como alguien puede preferirlas a las orales. Eso tampoco es tan exacto. El arte de la conversación oral puede superar a la literatura escrita pero para eso hay que dar con artistas del habla considerados y educados, que sepan hablar sí, pero también escuchar.

Como criterio supervivencial  -y no lo presento como modelo- e cuanto detecto que alguien no escucha, es decir no está dotado psíquicamente para la escucha sostenida, a no ser de que sea un cliente de pago que presenta este síntoma para corregirlo, lo abandono a su suerte y de paso me separo de todo posible apadrinamiento de su déficit. El huésped, en su posición de observador, puede medir si tiene que aguantar  y hasta donde su lugar secundario en un espacio o puede pasarse de la ralla y en qué cosas y en qué términos.  Si cada persona es un mundo, cada casa es una galaxia en la que cada detalle de la convivencialidad cuenta para acomodar posiciones. Es necesario tiempo y muchas charlas para destilar las suculencias de cada quién. El huésped  va viendo  lo que da de sí la relación y si concurre o no relación empática y para qué.

En las culturas más individualistas (la catalana, entre ellas) abrir las puertas al de afuera  va en detrimento de la comunicación general pero también a favor de la supuesta seguridad particular. Se dice que una vez se abren las puertas es para toda la vida. (una exageración). El huésped tácitamente contrae una deuda para que la visita que ha hecho se la devuelvan pero las condiciones varían, las inercias en la casa de cada cual son distintas, y las posibilidades de espacio y materiales también. Eso está detrás de la desigualdad de las experiencias, hay quien es más dado a ser anfitrión y menos huésped y al revés: hay  quien practica mucho como visitante y poco como visitado. He tenido visitantes en casa a los que nunca visitaré en la suya porque la relación ha pasado a otro registro y  he sido visitante de personas que no me visitarán nunca. Entiendo que son posiciones de sujeto que se adoptan según circunstancias y caracteres. El mejor anfitrión es el que deja que el huésped se sienta como en su casa y el mejor huésped es el que no trata de modificar las interioridades de la vida de nadie pudiendo librarse de los ratos abusivos de cháchara o de exigencia de atención escapando al espacio particular en el que uno ha sido alojado (el dormitorio). Al huésped que se siente invitado-acompañante puede compartir ratos de charla con los demás y devolverse a sus particulares o encontrar algún aliado del ambiente para hacer lo que le guste, una conversación fuera del campo de las dominantes o una partida de algún juego exótico.

El huésped para sobrevivir puede acudir  a distintas estrategias: llegar proveído de una cierta cantidad de historietas para contrarrestar su falta d carisma u ofrecerse a hacer una de las comidas con una receta exótica. Es una situación de grupo el juego verbal da, en principio, opciones a todos para participar. Otro asunto es que la inapetencia lleve a la retirada cautelar. Personalmente me cuesta mucho sostener la atención de los demás durante toda una convivencia. Invariablemente me refugio en mis dedicaciones personales (viajando llevando mi oficina conmigo) lo cual me convierte en un tipo raro. No tardo mucho en poner en evidencia mi rareza. Mis anfitriones podrían ponerse de acuerdo que estuve en sus casas compartiendo ratos de cháchara  (los mínimos) con mis propios ratos recluidos en mis meditaciones elaborativas.  Cuando hay una disposición para la entente la peculiaridad de cada cual queda integrada en la capacidad de aceptación reciproca.

 



[1] En Conversa a Sicilia. Eds 62 i la Caixa Barcelona 1990

Ante el momento F. F de fin.

Escrito por jesusricartmorera 06-08-2009 en General. Comentarios (0)

Ante el momento F. (F de fin).

Prevención ante las propias  exequias.

Es difícil citar otra ceremonia que no sea la de la despedida mortuoria en la que el protagonista principal sea el que menos decida los pormenores de la situación. Los que somos futuros cadáveres y nadie -hasta donde sé y estoy puesto por lo que hace a pócimas para la eterna juventud- absolutamente nadie pude evitar ser un fiambre un día u otro, no puede dejar de pesar en la cuestión aunque crea que le queda lejos. No tiene nada que temer, la industria de la carne humana no es legal y la probabilidad de ser parte del bocado de perros callejeros y hombres lobo es remota. La cuestión principal es que el protagonista de la efemérides, de cuerpo presente en el templo de turno, convenientemente maqueado por el tanatoarte, es el menos consultado para que la ceremonia se organice de acuerdo con sus deseos. Claro que la viuda o viudo u otros seres cercanos que se acercaran al féretro semiabierto para preguntarle al infrascrito mantenido a temperatura ambiente, ¿Qué te parece cariño, te ha gustado el evento? seria tomado como excesivo. Aunque el maestro de ceremonias hable de ángeles y pergeñe el perfil del muerto, por ateo que fuera, no está bien visto en sociedad que nadie vaya a hablar con el alma del muerto que se supone que seguirá en el acontecimiento para controlar quienes han venido o no a su entierro. El papel otorgado para los allegados es el de vestir de negro y el de lagrimear que buena falta le hace a los ojos para su lubricidad. Las lágrimas tienen un sabor combinado de dulce y salado y testiguan las dulzuras y amarguras de la vida. Llorar de vez en cuando no está tan mal. Para quien no sabe hacerlo existía la posibilidad de  las plañideras contratadas para tales ocasiones en una época en que los familiares directos ya no les quedaban lágrimas que soltar por el muerto esfumado que no movía a tales pasiones. Reivindico la reactualización de ese oficio. Una oficina de contratación podría ir a las salas de cinematógrafos con temas muy tiernos para ver quiénes del público van a soltar lagrimitas. El atrezo de vestidos de negro y matillas compondrían el resto. En el acontecimiento de despedida del cadáver,  el grupo de plañideras (también plañideros por eso de la igualdad de sexos, es decir de oportunidades de los sexos a ejecutar las mismas tareas) ocuparían su rincón, lo mismo que el coro ocuparía el suyo, los monaguillos y el de la casulla el altar y, público y curiosos en general la platea.

Aun definido en otras ocasiones la efemérides mortuoria como el acto social más real de todos, ante el que bautizos, bodas, despedidas de solteros y todo lo demás no pasan de la filfa de la falsación, toca redefinir con seriedad que todos los actos sociales forman parte de la sociedad del espectáculo, Ir a un entierro es una forma de relacionarse con quienes no se ve desde hace tiempo. También sirve para pasar el rato y reactualizarse con respecto al rito.

Se ha demostrado que el muerto por el que se mueven un pequeño montón de personas interesadas en su situación: desde el que lo viste al sepulturero, desde el ceremonioso al familiar que le pone la inscripción en una corona de flores, es no solo el más muerto de todos sino el que se le ningunea a la descarada. No se tiene en cuenta sus creencias o lo que fue y dijo en vida. Lo urgente es acondicionarlo por el rol que ha de cumplir. El muerto es la única figura humana que sigue cumpliendo un rol social a pesar de sus intereses y valores contrarios. Al menos cuando se está en vida el viviente puede oponerse con firmeza a las interpretaciones ajenas de lo que es o a los mandatos de amos que le exigen que cumpla aquello con lo que no está de acuerdo. Pero como muerto solo le puede esperar que le trasieguen a conveniencia de los profesionales de turno.

El alma flotante en el templo, en el supuesto de que exista y si existe le apetezca quedarse para la hipocratada parroquiana, podrá hacer balance de quien ha venido y quien no a su último adiós. Podrá hacer un inventario de los que  están reunidos, a los que trató y le trataron en vida, aunque maldita falta le haga. Las cosas mundanas son del mundo y las de los muertos ya no están para los trotes callejeros y los enfrentamientos por todo en una sociedad repleta de injusticias. Mientras esa alma bosteza ante el rito que se le concede al cuerpo que  acaba de abandonar, el personal que lo sobrevive tiene un pretexto para verse las caras, escaparse de la misa si no son eclesiásticos o mirar lo bien que quedan las señoras vestidas de luto. Si el alma es un alma que se precie a si misma  dejará pronto y rápido la situación para volar por el cosmos o reencarnarse en la punta de una sequoya para tener mejores vistas. Lo más probable es que esta alma no salga del cuerpo porque no la tiene ni la tuvo nunca y el cadáver con sus sentidos machacados, inerme e indefenso ante el rito haya iniciado su proceso de descomposición aunque la mueca sonriente contrarreste el rigor mortis.

Después de las oraciones correspondientes, el séquito de acompañamiento, el panteón o nicho que le esperen, cada cual se devolverá a sus asuntos y el muerto si ha preferido la compañía de los gusanos a la incineración se quedará en la más absoluta oscuridad. La vida seguirá fuera de su sarcófago o emparedamiento aunque bien mirado también dentro (los gusanos se pondrán las botas y es famoso el memorándum de que los cabellos y las uñas siguen creciendo). Esa vida postmortem es evidente sin necesidad de infierno al que ir ni alma que tenga que preguntar cómo se llega. El detalle no puede pasar desapercibido ya que la filosofía que cuestiona la finitud puede impugnar que esta exista desde el momento en que todo se transforma.

Expuesto hasta aquí un panorama más o menos estándar el vivo que sabe que le espera la función de muerto, muerto social por añadidura para las fauces de curas y parroquianos que decidan darle la ultima botadura, puede reflexionar hasta donde dispuesto a hacer de comparsa de lo que preparen para su cuerpo según la tradición y la capacidad de manipulación que a bien o mal tengan hacer los supervivientes con sus restos.

Deseo confidenciar los resultados de mi reflexión al respecto. A la vista de tanto hipócrita suelto en el mudo y tanta discontinuidad relacional, tantos intereses creados y tanta mentira circulante, me he declarado desadepto a tal adiós último. Reconozco que por algún tiempo tuve curiosidad por organizar mis propias exequias, una especie  de guión adjunto al testamento señalando exactamente lo que quería, Elegí una música para mí, la de Saint james nurserie,  la exclusión de toda perorata religiosa de la religión que fuera, mucho más de la católica, uno de los peores sectarismos de la historia internacional, un amigo con un clarinete tal vez y un refrigerio para los asistentes. Tal vez una contaduría de historias y anécdotas y punto. El decorado lo tuve interiorizado pero me faltaba llenarlo de caras. La verdad es que cuanta más gente voy conociendo y más voy profundizando con ella menos me apetecería que viniera a ese adiós último, en el supuesto de que me sobreviviera. Obviamente de todas las personas que uno conoce un vida, unas fallecen antes y otras después, o sea que indudablemente alguien de quien conozco me sobrevivirá´, especialmente desde que prefiero conocer gente de menos edad que la que yo tengo.  A esa falta de caras con la que rellenar la escena le tengo que añadir que no es una invitación agradable la de sacar a cualquiera de su vida diaria para que venga a meditar un rato mientras te facturan para el otro barrio. Especialmente si son familiares con los que no tienes nada que ver o personas con las que hace tiempo que no te tratas. Me gustaría proponer entre paréntesis un estudio sociológicos de la efemérides de los fallecimientos para ver quienes componen su asistencia, cuáles van para invertir en relaciones para que a su debida hora cuenten con presencias ajenas o porque otras razones van. Mientras este estudio se lo plantea alguno tesinando para su doctorado yo he empezado a sospechar que de todas las efemérides sociales en las que uno se ve envuelto, generalmente a la fuerza (el bautizado lo es sin consultarlo, pero el casado también esta forzado a serlo, el invitado va por condicionamientos sociales). Lo único verdadero en  un entierro es el muerto que va a ser enterrado/incinerado, es el único que se ajusta a la perfección a su papel, el único que no miente a nadie. No importa que fuera un gran mentiroso en vida, e la muerte la verdad más suprema lo engulle sin contemplaciones.

Si estando e vida uno se las ve y desea para hacer prevalecer el propio criterio sin conseguirlo, sufriendo por injurias y manipulaciones de sus circunstancias a conveniencia de toreros de todas clases, de muerto la perspectiva segurizante es mucho menor. Puesto que no soy nadie importante, un nombre desconocido en los anuarios, he considerado que nadie, salvo la/s persona/s más inmediatas (eso excluye a la mayoría de los familiares y de contactos sociales reunidos), le afectará mi desenlace fatal. Me anticipo a este pidiendo a mi compañera que en caso de ingreso hospitalario de urgencias por algo grave no lo comunique a nadie de mi heterogéneo y curioso mundo relacionario. Tampoco que avise a nadie por mi fallecimiento cuando suceda. Eso significa cargarle el muerto a esta persona y no repartir su pena y sus gestiones con otros. Ya somos adultos para gestionar la muerte de alguien como eso: una pequeña colección de trámites.

Pero como tampoco quiero cargar el muerto, cuando yo sea ese muerto, a la persona con la que comparta cama e intimidad biográfica hasta este día, recuerdo que tengo pendiente hacer la donación de mi cadáver a una universidad médica (el hospital clínico en Barcelona) para que se ocupen de todo: trocearlo y meterlo en una piscina de conservación para que los estudiantes aprendan como tratar los vivos con los despojos que dejan los muertes. Pueden jugar a wáter polo si lo prefieren. Lamentablemente parece que esa opción es contraria a la de donación de los órganos (cosa que he hecho con mis riñones, corazón y ojos) para reimplantarlos en otros cuerpos que quieran seguir experimentando la vida en el mundo de los vivos. Debe ser un problema de coordinación entre ambos intereses. Tengo pendiente averiguarlo. Al parecer de la donación de órganos dejan el resto del cuerpo para la/s personas allegadas para que se ocupen del resto y en el primer caso no, porque no hay efemérides última que se haga ni cadáver haciendo su actuación estelar de tal en ese encuentro para la retirada.

El que da su cadáver a la ciencia o como material didáctico para la enseñanza de la anatomía humana no es que se auto desprecie a sí mismo, sino que conciencia la cruda realidad de aquello en lo que se va a convertir (polvo y cenizas). En lo que no cree es en la necesidad del acto efemérico que lo despida. Ya sabemos que es muy bonita la escena de los más allegados leyendo un poema y una voz que diga devolved a la tierra lo que es de la tierra, pero no lo es menos el acto solitario de los conocidos repartidos que al enterarse de tu muerte te evoquen un rato o te lean –en mi caso al menos por todo lo que vengo escribiendo- repensándote. Al menos tendrán que reconocer la discreción de la partida sin prestarse a la ceremonia de bombos y platillas, esquelas y demás parafernalia al uso. Ya sé que la cultura humana tiene sus albores al detectar la deferencia por los muertos enterrándolos a veces con sus utensilios y con determinadas formas respetuosas. Tras la vida no necesitare mi cuerpo, todo lo que puedo desear es que la tierra me digiera sin estragos. Mi falta de presencia no supondrá ninguna crisis de ausencia. Sería capaz de resucitar para demostrar que ese sentimiento no vendría a cuento. Si paso en vida desapercibido no veo que de muerto tenga que tener una atención especial salvo para las mortisecciones y el wáter polo.

Con la donación postmortem el futuro cadáver quita muchos problemas de en medio: no es necesario avisar a nadie salvo al porteador de cadáveres para su conservación y su reciclaje para la pedagogía o ambivalentemente para rescatar sus materiales que puedan servir protésicamente a otros vivos. No es necesaria ninguna ceremonia. Creo que es un momento F del más alto romanticismo en especial para quien no cree en la sociedad y en sus mentiras de toda clase. Los demás problemas como buscar un féretro de cartón alternativo para no pagar las burradas de precios de las funerarias, discutirse con el párroco para que no monopolice el acto; desaparecen.

Hablar del tema de la muerte siempre genera una reapertura de la herida. Todoas tenemos muertos en nuestras vidas a los que recordar y morir no siempre es una tarea fácil. Hay muertes injustas y supervivientes que no consiguen superarlas nunca del todo. Sé, me consta y he sentido muchas muertes ajenas, también de quienes no he tenido el menor trato personal. Sin embargo soy un sentimental cuya sentimentalidad no me impide tomar distancia irónica de todo  el fenómeno de la mortalidad que no tiene porque  tomarse como un drama irreversible.