FLUENCIA TRANSCULTURAL

de las preguntas y las resuestas

Escrito por jesusricartmorera 20-11-2011 en General. Comentarios (0)

De las preguntas concretas y de las respuestas incompletas. JesRICART Sevilla20dic2009

Además de las grandes preguntas que la filosofía viene haciéndose desde que un pensante pensó temas más allá de su inmediatez, las pequeñas preguntas de todo tipo forman parte de la cotidianeidad. La necesidad de ubicar al otro en sus coordenadas y cada cosa en sus coordenadas es propio de la comunicación humana. Es natural preguntar por todo: por la procedencia y por el envase y los conservantes de un producto alimentario antes de elegir comprarlo. Lo mismo con todas las demás cosas de las que nos abastezcamos: desde juguetería a coches al apartamento de compra. Quien pregunta y está atento a las respuestas tiene más oportunidades de aprender que quien no pregunta y no le interesan las explicaciones. Claro que las cosas no son tan fáciles de explicar cómo esa definición tan categorial permite hacer pensar en un primer momento.

Ni todas las preguntas tienen el mismo valor ni todas merecen ser contestadas. La filosofía ha enseñado que a unas preguntas le suceden otras y la ciencia ha abierto nuevos interrogantes en la medida que ha ido respondiendo los anteriores. Lo que tenemos a gran escala y en todas partes son discursos gigantescos que siguen creciendo en un trasiego continuo de frases de un lado a otro pasando por teorías sólidas que proporcionan la sensación de la seguridad al tener (o mejor dicho, pretender tener) respuestas para todo. Lo cierto es que no las tenemos y que la cultura de la incerteza es la que predomina por encima de las conclusiones inamovibles. Éstas corren el riesgo de convertirse en dogmas a corto plazo si no están por debajo de un principio de flexibilidad y de autocorrección tan pronto dejen de ser útiles. Entre el error del dogma y la falta de respuesta in extremis hay toda una gama de explicaciones y razonamientos para enterarnos de las circunstancias en las que estamos y lo que hacemos y dejamos de hacer sus circunstantes.

No hay nadie que no sea protagonista de algo, aunque ese algo sea su anonimato en su particularidad doméstica. No hay nadie que no tenga una biografía (sea o no escrita). En las interacciones hay una tendencia a la clasificación ajena. Antes incluso de que las personas intercambien frases ya están siendo señaladas (señales que en ocasiones se convierten en estigmas) por sus características físicas. Muchos antiguos apellidos evolucionaron a partir de motes y actualmente los alias siguen acompañando y a menudo precediendo los nombres de las personas. Cuando no se tienen los nombres se utilizan los sobrenombres y cuando no se tienen las explicaciones por falta de información se hacen inferencias que se constituyen en referentes incluso en el caso de injustas. El lenguaje no es siempre claro ni exacto, tampoco adecuado y deferencial. Prácticamente nadie, a no ser que se auto reeduque (es decir se deseduque de viejas formulas verbales) deja de incurrir en hacer discurso lesivo con respecto a los demás. Las formas de preguntar pueden reproducirlo incluso sin que haya una voluntad expresa para hacerlo.

En el mundo del habla (y de todos sus submundos con argots varios, idiomas muchos y formas coloquiales muy distintas) sin duda hay preguntas y respuestas las unas insinuadas o bien muy concretas, y .las otras precisas o elusivas. Los protocolos explícitos o tácitos se ocupan de gestionar las evitaciones para concordias generales o aparentes. Las relaciones humanas son en la mayoría de eventos y situaciones relaciones diplomáticas, solo en unas pocas son total y radicalmente sinceras. No es que concurran engaños intencionales siempre, sino formas de hablar en los que predominan los implícitos. No es necesario tampoco explicitarlo todo. Del otro hablante interesan unas cuantas cosas, tirando a pocas, para pasar veladas jugosas sin tener que saberlo todo ni quererlo. La sinceridad total no tiene los ases de triunfos. Por otra parte la ciencia de la comunicación avanza rompiendo limites, prejuicios y condicionantes desde la sinceridad total por rotunda y lesiva que pueda llegar a ser.

Cada hablante se encuentra ante una doble tesitura: de un lado la pulsión de comunicarse, la de decir su esencialidad, la de entregarse; de otra no estar a merced de cada escrutinio y control. Es así que una misma pregunta puede ser respondida o no según el interlocutor que la haga y según el momento en que la esgrima. Por otro lado para iniciar conversaciones, actos de comunicación fértiles, lo que se necesita del otro es que sea un interlocutor válido, un hablante vivaz y rápido, no un control curricular de su origen, trayectoria y destino. De hecho, en las conversaciones espontaneas en las que nos envuelve la cotidianeidad: gente que se nos presenta o a la que somos presentados, podemos participar de conversaciones sin ni siquiera retener el nombre mucho menos sin necesitar saber lo que hacen o lo que dejan de hacer. Si en la vida presencial, por coincidencias con amigos de amigos o conocidos de conocidos, o nuevos contactos que puedan surgir en la misma calle o en espacios de relación surgen conversaciones temáticas sin necesidad de preguntar por orígenes y destinos de los demás ¿por qué tratar de hacerlo en otros espacios como los digitales en los que la fluencia del contacto es mucho más sencilla y la oportunidad para compartir opiniones y debates necesita de menos protocolos? Esa pulsión de saber quien está al otro lado del hilo es extraña en un tiempo tecnológico como el actual en el que pronto no quedará nadie en que sea una terminal informática en sí misma. ¿Realmente tiene tanta importancia saber la nacionalidad, de donde procede o cual ha sido la vía de conexión de alguien para que forme parte de una conversación? Hay ya una larga experiencia de conversaciones chateras en las que la falta de delicadeza -por no decir de cultura- ha venido montando conversaciones sobre la base de preguntas tipo ficha. Ya se ha demostrado que la mayoría de esos interrogatorios no sirve de mucho por no decir de nada. Las preguntas absurdas se pueden contrarrestar con observaciones irónicas o con intervenciones que coloquen otros temas de interés. Las conversaciones inteligentes las hacen seres inteligentes que tratan de entender y entenderse extralimitando el entretenimiento y el prurito coyuntural.

Dadas las corazas y los miedos,  y los peligros por ofrecer determinadas informaciones no todas las preguntas van a ser contestadas no porque no se sepan las respuestas sino porque no se desea confiarlas. Todo ello está tambien detrás de los estados de no respuesta o de respuestas incompletas.

 

La educación o condicionamiento social

Escrito por jesusricartmorera 20-11-2011 en General. Comentarios (0)

 La educación o el condicionamiento social. Walkiria SUMIONDA Niederhofen09ago2011

La educación, que  es o debería ser sobre todo  educación en valores, es básicamente un condicionamiento. Toda educación lo es. La formación instrumental para aprender a manejar herramientas con los que transformar la materia es también un condicionamiento. Si tengo en mi mente la imagen de un útil ya la o las funciones que puede cumplir acudiré en su búsqueda en el panel de herramientas en cuanto sea la más apropiada para un problema técnico dado. Si no la tengo en mi registro mental porque desconozco su existencia o porque no he sido informado de ella ante el problema concreto me quedaré en blanco o acudiré a otra inadecuada que no podrá resolver el tema. Con las cosas sucede lo mismo que con el lenguaje: cuantas más palabras puedas tener en tu haber logístico, en tu vocabulario, más facilidades tendrás para la expresión y para la comunicación de lo que desees. Si careces de palabras suficientes tendrás dificultades para componer las frases que te permitan comunicarte con éxito. Si careces de herramientas (las de taller) para enfrentar una situación planteada o un reto, tendrás dificultades en construir o en arreglar lo que te surja. La educación viene a poner remedio a esta situación: nos dota de información teórica y práctica por lo que hace al manejo instrumental de recursos con los que enfrentar necesidades y situaciones existenciales. Dentro de estos recursos también están los lingüísticos.

El educando es un sujeto virginal, en principio esponjoso y receptivo, de todo lo que reciba, que lo irá moldeando. Esto no es exactamente así ya que nada ni nadie parte de cero sin precedentes que lo hayan configurado ya. El neonato viene con una dote psíquica y unas determinantes genéticas y el alumno antes de ir una primera vez a un espacio con una influencia de un educador ya ha recibido influencias de su entorno. Los procesos de educación que en sí mismos son programas de condicionamiento (llamados de habituación o de pautas formativas) se combinan con otras influencias acondicionadoras previas o paralelas en otros contextos. La educación desde la transmisión de los valores más elementales a los constructos teóricos más complejas se ajustaría a un complejo gradiente de condicionamientos. Si eso es cierto, el ser humano culto no sería más que la resultante de un complejo proceso de condicionamiento. Se diferenciaría del famoso perro pavloviano por tener un mayor repertorio de respuestas precondicionadas además del de la saliva babeante frente al aviso acústico de la comida. Si la educación en sus distintas variantes, grados y niveles es un proceso de condicionamiento es posible también pensar que todo, absolutamente todo sea condicionante, tenga o no tenga una intención expresa para condicionar. De hecho, entre dos hablantes que se ponen a hablar cuando parte de la conversación es para predefinir a lo que se refieren con las palabras que están usando están ya estableciendo unas condiciones mutuas con las que se van a condicionar respectivamente el resto de la conversación. A diferencia de un dogma cerrado con unas definiciones inmodificables la conversación abierta es una constante renegociación de las condiciones de significa de los temas o subtemas que van encadenándose. Es lo que estamos haciendo al tratar de entendernos en lo que estamos diciendo y al hacerlo, en lo que estamos tratando de influirnos mutuamente. Pero lo más importante no es quien tiene más poder de persuasión o más carisma conversacional en un campo temático sino quien hace de canal o puente para conectar con puntos de vista, infos concretas y enfoques no expuestos antes. La diferencia entre alguien que habla resumiendo o exponiendo la lección aprendida o la doctrina que sigue, y alguien que no teniendo doctrina alguna aplica una metodología expositiva es que en el primer caso todo lo que se nos pueda decir se puede consultar en libros fundamentales de su doctrina mientras que en el segundo caso hay un constante estado de genialidad porque no queda otro remedio que improvisar nueva argumentación. Es como la diferencia entre  ir con la videocámara a filmar una estatua o estar filmando un proceso vivo de la naturaleza espontánea.

El educando en tanto que proceso predetermina al educador como concluso lo cual crea un dilema irresoluble al poner la ciencia de un lado como acabada y de otro como su aprendizaje. En realidad todo sigue siendo proceso en distintas fases de su expresión. El educando que se va condicionando y dejando condicionar a su vez reproducirá las pautas recibidas en otros que todavía andan algo a la zaga de ellos. Los mayores enseñan a los pequeños y los sabios a los ignorantes. En la educación como condicionante hay determinados valores mimados y protegidos por la sociedad; entre ellos: la colaboración, la suma de energías para causas comunes y la solidaridad, el respeto a los demás y en particular a los mayores. Pero no todos los valores tienen el mismo valor, valga la redundancia, en cada lugar. Tchejov refiere un pueblo[1] a punto de extinguirse a causa de la rusificación donde los mayores no solo no eran respetados sino que incluso eran violentamente maltratados por los hijos.

Tener un valor de vida es como tener un talismán, pero hay valores que pueden llegar a volverse en contra de su enfoque originario. El de la solidaridad como principio activo tiene connotaciones que se vuelven en contra tanto de la persona solidaria como de la persona objeto de la solidaridad, cuando la una la utiliza como una forma de cambalache para encontrar su sentido existencial o  tener garantizado su cielo y la otra se aprovecha de ese regalo para seguir en su inmovilismo y en su cronicidad de la dependencia permanente. Atender las razones por las cuales los altruistas practican su altruismo da cuenta de una estructura argumental sumamente ególatra convirtiendo su dedicación en una paradoja.  La gran varianza de valores  es lo que hace tan difícil poder definir en frases escuetas una lista de valores que sirvan para todo momento, toda persona y toda situación.

Lo que consideran la belleza del saludo unos para otros es tomado como una cantinela hipócrita, lo que para unos es dar para otros es tomado como una inversión o un tipo de favor que genera deuda, lo que puede ser entendido desde un punto de vista como apoyo desde otro puede ser interpretado como manipulación. A veces dan ganas de decir: no me ayudes, no intervengas, olvídame cuando una excesiva omnipresencia del otro en su calidad de solidario, de suegra o de tutor coarta la  elección de libertad de quien es tomado como pretexto de intervención.

Las pautas educativas de los educandos más vulnerables (por su edad y su no-producción aun de ideas propias) es una enorme responsabilidad pedagógica y social. La sociedad adulta transmite sus formas de ver las cosas, tanto expresamente como sutilmente. Es posible que sea la información sutil, la que se da con los gestos y con las inercias verbales, las que más marcan a los demás. La sociedad organiza estamos de enseñanza y delega en los enseñantes esa ingente tarea de ser transmisores de información y formativos además de educadores en valores, pero no siempre los filtros de acceso a esa profesión neutralizan a terribles ideologistas que pueden hacer más daño del que se  puede estimar en su momento.

Tradicionalmente la capacidad organizativa de algunos establecimientos (especialmente religiosos)  para proporcionar datos bancarios y formación técnica instrumental ha pasado por alto su poder de manipulación ideológico mental convirtiendo los establecimientos en centros de lavado cerebral.

Hay pues un concepto de reconocimiento evidente que la educación lleva en sí misma  manipulación por el moldeamiento que quiere conseguir en las conductas infantiles y una interpretación de unas manipulaciones añadidas para dejar marcas neuronales indelebles de una ideología dada. La pedagogía correcta es la que separa las creencias del tutor o pedagogo de su función de canal de las ideas de sociedad, la historiografía y la ciencia. La falta de filtros ha hecho que profesionales no vocacionales ni preparados psicológicamente para la enseñanza estén ejerciéndola. Los impactos de ellos nunca han sido evaluados del todo, pero algo tienen que ver en ese 30% de fracaso escolar que se ha cronificado.

A pesar de la ridiculización de un tipo de enseñanza ideologista (ha saltado a la cinematografía y al teatro) sigue persistiendo como actividad pública. La verificación de la calidad de la enseñanza por AMPAs no garantiza totalmente la transmisión pedagógica de valores. El problema de fondo es definir lo que es un valor y hasta donde se tiene que implicar el docente en su defensa. La educación se mueve entre dos parámetros: el de la instrucción y precondicionamiento para que el alumnando actúe de acuerdo a las expectativas de la sociedad  y el de proporcionar formación y metodología para que por sí mismo pueda elegir correctamente las acciones a hacer y en definitiva el circuito de su vida.

Al hablar de transmisión de valores se tiende a considerar que los valores son los mismos para todos y que hay una sola manera de transmitirlos. No es tan fácil: los valores pueden entrar en contradicción entre sí (solo los dogmas no lo hacen) y lo que los decide es la capacidad de elegir lo correcto en cada momento. Es así que principios fundamentales como los de honestidad, dignidad y verdad se combinan con variables en cada situación dada empujando a unas actitudes u otras. Eso es lo que hace tan complicado transmitir unas pautas de existencialidad basada en la nobleza y la integridad.



[1] Los shikiliaks en la isla de Sakhalín

Atrezo en público

Escrito por jesusricartmorera 20-11-2011 en General. Comentarios (0)

Algo más sobre el atrezo en publico.Walkiria SUMIONDA

 

La estética es una de esas palabras (entre miles de ellas) que ha ido siendo deteriorada por un uso perverso de su significado inicial, llegando hasta tal punto que se la hace equivalente a un tipo de medidas, de cuerpazos, de look y de estilo en el vestir olvidando  que no hay nadie ni nada que no  tenga su propia estética por el solo hecho que todo volumen pasa por una forma y evidentemente cada anatomía, desnuda o envuelta, tiene la suya. Ciertamente, la sociedad del consumo ha hipervalorado unas formas en detrimento de otras y las consignas lanzadas de temporada para cada nueva forma en el vestir, en el peinado y en las poses han servido a una sola causa: al adoctrinamiento de las conductas al servicio del espectáculo social previo paso por boutiques y tiendas para pagar su pedido. Eso puede llegar a extremos demenciales: sujetos incapaces de salir a la calle sin pasar por largas sesiones de acicalamiento ante su espejo o sin tener algo nuevo que ponerse.

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La historia del vestido –y del vestir- como demuestran los museos textiles y de esa parte de la performance que consiste en tapar y, de paso, decorar el cuerpo ha ido estrechamente relacionada con la historia de las clases sociales y obviamente de los recursos de las personas en sus atuendos. Estos atuendos nunca han dejado de ser atrezos para presentarse en público, en el teatro social. La fuerza de la costumbre y la dureza del paño han aconsejado unos y otros y ciertamente hubo una época en que por la forma de vestir se prejuzgaba el tipo de origen social de una persona. El sistema no ha parado de producir nuevas modalidades. Es conocida la ecuación de que a menor centimetraje cuadrado de tela para vestir más cara es. La industria que ha explotado la relación de equilibrio/provocación entre el cuerpo a cubrir y la ostentación de las formas no se puede decir que sea la más importante de los sectores capitalistas, aunque desde luego mueve enormes capitales. Hay gente que sueña en vestir de marca y de determinadas marcas, de no hacerlo no es feliz. Otra, pasa de hacerlo y le resultaría demencial gastarse el salario de un año (o varios años) para comprar un vestido. En el otro lado de la balanza hay quien paga más de 2millones de euros por un traje, como el que llevaba nuestra querida y desafortunada Marylin en La tentación vive arriba, el vestido insuflado por una racha de aire en vertical saliendo de una reja del suelo. Que el sistema permita este tipo de transacciones comerciales en un mundo en el que todavía se muere por enfermedades curables y por inanición sigue siendo una vergüenza. Pero de qué lado está más la vergüenza del comprador que le sobra la pasta o del código legal que permite estos precios. Como que la llamada  sociedad de libre mercado hace posibles todas las transacciones, seguiremos asistiendo a este tipo de indignaciones.

La cuestión de la estética no queda limitada a una sola. De hecho en la actualidad de la diversidad no se puede hablar de una sola estética dominante. El glamour de las pasarelas de las famosas colecciones de temporada, no tiene una traducción en una avalancha en masa de toda la ciudadanía para su compra. Además los conjuntos más caros son expresamente para quienes pueden pagarlos. La mayoría de la gente puede/podemos vivir sin hacer grandes gastos en ropa y no pasando de hacerlos en grandes almacenes sin pisar casi nunca las boutiques chic. Hay quien encarga  su primer traje a medida para ir a su propia defunción (el personaje de Clint Eastwood en Gran Torino), hubo quienes nos hicimos varios en las edades de estreno para ir de monos en una época en que hacerse trajes no era exclusivo del poder adquisitivo de la clase alta. El imperio del pret a porter nos uniformó a todos mucho antes de ser obligados a vestir la estética caqui de los soldados del supuesto ardor guerrero por la patria. La estandarización de la forma estética sin embargo nunca, en ninguna época conocida, ha sido total, ya que cada vestido informaba visualmente de los atributos de su portador. Desde la segunda parte del siglo veinte, distintas modalidades han ido coexistiendo las unas con las otras: desde personajes con chistera y puro a tipos con los pantalones troceados. No olvidamos que los lewis jeans que empezaron como prenda dura para trabajadores que se exponían a las durezas de sus trabajos se convertirían con el tiempo en una prenda emblemática de la rebeldía. Ahora en un dia ordinario de oteos urbanos se puede ver como coinciden en un mismo establecimiento o calle neurálgica  distintas estéticas: góticos, punks, despantaloneados filigranescos que superan a funámbulos de acuerdo manteniéndose en equilibrio en su vertical para no tropezarse con sus pantalones en caída libre, tipos clásicos con jeans y suéter, y formulas de elegancia mirando el mundo desde las atalayas de sus tacones. El sistema capitalista se distingue mas como productor de formas variadas que mantengan abiertas las distintas opciones de consumo que no como impositor de un solo tipo de estética, algo que sí se ha notado mas en el pasado (el tipo de corte de pelo de los césares y cortesanos del imperio romano, o el traje Mao en la China de la revolución cultural) pero ciertamente el manejo conceptual de la estética en el sentido de una determinada forma estética viene siendo priorizada por una sociedad de la forma hipervalorada por encima de los contenidos de naturalidad, sinceridad y belleza sentimental.

La estética es anterior y posterior a la industria de sus atrezos, anterior pues al hecho mismo de vestir la forma corporal. En unas condiciones climáticas benignas nadie debería acudir a vestir su cuerpo y a destacarse del de los demás en la forma de decorarlo. El nudismo ya expresa el orgullo de una estética natural. Sin embargo hay razones higiénicas y de comodidad que piden determinados cubrimientos. Los ensayos de practicar la estética natural nudista en los espacios públicos, no pasan de hacerlo en el espacio viario. Tratar de llevarlo al interior de restaurantes o dentro de autobuses y metros suele no llegar muy lejos a no ser que se vaya a hoteles o recintos o campings que ya tienen una infraestructura pensada para su ejercicio.

La cuestión es que todo el mundo se apunta a una estética y no siempre es la suya personal sino la de su clase, la de su grupo, la de su momento, haciendo que haya varios niveles de uniformización. Es así que las rastas son indicativas de un tipo de adhesión religiosa en África y de otra en Jamaica, los cabellos largos masculinos lo fueron de un hipismo originario y la ralla del cabello perfectamente marcada de un tipo de señoritismo. En la actualidad la eclosión de formas permiten la coexistencia de rasurados de cabezas  (rehabilitando de paso la imagen de  los alopécicos) con tipos con cabellos encolados. Ya no se puede hablar de una estética burguesa contra una proletaria o al revés. Los week end son el espacio temporal de dilución en que todos pueden coincidir con unas mismas formas de vestir.

A la filmografía no le fue difícil desmerecer un tipo de vestidos y de quienes los llevaban puestos haciéndolos pasar por pobres. Ninotska es uno de esos films emblemáticos que tiene dos lecturas distintas: una cuando fue editado como film y otro tras 1989.En la primera lectura se podía traducir como una intencionalidad desacreditar de la zona soviética con tipos que se les caía la baba al cruzar el telón de acero, en la segunda lectura no pasaba de ser una comedia perfectamente representativa aunque desde luego exagerada.

Las conversaciones sobre lo qué llevar puesto no son pocas y las miradas y juicios de los demás según como visten y lo qué visten siguen formando parte de uno de los tests mas inmediatistas que existen. Tan pronto alguien te mira primero a los zapatos antes que a los ojos lo puedes tachar de la lista de tus prosélitos. Lo importante es que cada cual se sienta cómodo dentro de sí, es decir con su cuerpo y con aquello que se vista, sea lo que sea. Si la seguridad personal pasa por el atrezo esta seguridad debe tratarse de una anécdota puntual poco fiable. Pero lo cierto y esa es una comprobación continuada tanto por hecha por  las confidencias ajenas como por experiencia propia la forma de vestir influye en la personalidad. El mismo actor que encarna un personaje en escena se lo cree más cuando se inviste con el atrezo del mismo que cuando lo hace en chándal, y esa variación también es percibida por el público. Lo que pasa en el teatro de tarima pasa en el resto del teatro de la vida. En la mayoría de espacios en los que participamos todo lo que sabemos de los demás que ocupan las otras mesas sumidos en sus conversaciones de parejas o de pequeños grupos, no es lo que nos dicen o aquello que no les oímos, sino la información que nos dan sus atuendos, su gestualística, el tipo de consumiciones que están haciendo. La estética, sea la que sea, incluida la autogestionada o decidida por diseños propios,  o la tomada de  diseños incorporados de otros países (pantalones abombachados o los de máxima aireación en la zona genital importados desde Pakistán y otras zonas) informa de la psicología de quien la lleva puesta.

Hay ideologías que una vez en el poder trataron de terminar con toda clase de singularización de look y uniformaron a sus poblaciones lo mismo que también se uniformaban a sus bastiones armados. Lo que no ha conseguido todavía ningun poder es estandarizar de tal manera a su sociedad para conseguir que todos los rostros y rictus y tonos de voz, además de las opiniones sean iguales. (En una sociedad de ficción abordada por la literatura más imaginativa un poder malévolo conseguiría tal cosa, pero a costa de sacrificarse a sí mismo sin poder disfrutar de las diferencias). La estética más excelsa es la estética de la ética haciendo de esta el substrato de aquella. La figura más fea puede ser la más ética y las bella la menos. Si bien la estética en su esplendor `puede ser el primer atractivo de una figura cualquiera es la ética la que la convierte en habitante repetido de tu mundo o no. No hay estética por maravillosa que sea que justifique la falta de ética, mientras que la ética termina por justificar cualquier clase de estética.

En la forma de andar y de vestir se ha dicho sobradamente que se está haciendo propaganda no solo de uno mismo sino de un tipo de visión del hacer y del vivir. Hay multitud de formas visuales que no son compartidas por otros y que son estigmatizadas como asi lo son quienes las adoptan. En el fondo, cuestionar a alguien que use rastas no está tan lejos de cuestionarlo por ser de etnia gitana o tener el color de la piel negro. Cualquier discusión de la forma y/o del look que no pase a centrarse en los contenidos de las personas es una material verbal de relleno que no pasa de ruido acústico no contributivo en nada ante el que solo cabe la evitación, la escapada o la negación frontal. ¿Quiere decir eso que  caben todas las formas visuales posibles? Esa pregunta se responde con otra: ¿acaso no hay ya una profusión de formas de atrezo callejeras en crecimiento independientemente de las modas de pasarela? En esa eclosión no todo vale y llevamos mal quienes ocultan sus caras (sean mujeres con burka o policías especiales con escafandras y cascos, pero incluso en estos dos casos quienes las emplean dan mucha información de lo que son aun sin mostrar sus carahttp://jesusricartmorera.blogdiario.com/img/cactuspatio.jpg

 

 

Definición de problema

Escrito por jesusricartmorera 20-11-2011 en General. Comentarios (0)

Definición de problema.JesRICART

Problema real y problema ficticio. La angustia como uno de los problemas principales. Wiessensteig 11ago2011

El problema ha sido concebido como algo que ha contribuido al desarrollo de la ciencia y del conocimiento. Las matemáticas sirven para resolver problemas aunque sin problemas de cálculo no se hubieran desarrollado las matemáticas. Una definición axiomática de lo que es un problema que sirva para toda clase de problemas, de momentos y de lugares se nos hace difícil. En el vocabulario ordinario la palabra es usada para referir una dificultad que afecta a la libertad de hacer algo. El problema impide el paso fluido de un evento. El problema es la adversidad que barra el proceso de algo que necesita seguir en curso para llegar a su meta o estadio subsiguiente. Un problema es una adversidad que impide la expresión natural de un hecho. El problema de definir lo que es un problema es que al intentarlo, la casuística de la que nos valgamos puede poner en la evidencia del ridículo aquello que haya sido definido como tal. Eso no significa que no haya problemas pero sí que todo lo que sea considerado como problema lo sea realmente. Mencionar los factores objetivos que definan exactamente lo qué es un problema es más complicado que localizar a quienes se erigen como los categorizadores de ellos. Portavoces de la sensibilidad general o de los intereses particulares de un grupo periódica o puntualmente van recitando definiciones exactas de problemas precisos. La sociedad entera es una timba de palabras en torno a los calificativos de problemáticas en curso. ¿Es que no es posible concebir una sociedad desdramatizada sin problemas?  En todo caso, la concurrencia de contradicciones (el factor opuesto es inherente a cada factor activo) no tiene porque vivirse desde la problemática incapacitante. Claro que depende de qué contradicciones se traten.

Si hiciéramos un esfuerzo desde la auto observación lingüística de cada vez que manejamos la palabra “problema” es posible que advirtiéramos el sobreabuso gratuito de la misma pero que al practicarlo efectivamente se crea una carga problemática a aquello que es mencionado como tal. ¿Es problema todo aquello que crea una preocupación por no conocerse su posible solución o resultado o es un gesto pre-obsesivo?

El relativismo de todo lleva siempre a decir que lo que es un problema para uno es tomado como una ventaja para otro. El cazador puede ver un problema en las ramas secas que no puede evitar pisar y poner en fuga a su posible presa, para ésta el problema es el cazador que va a quitarle la vida. El problema es uno u otro según del lado del observante y sobre todo del impacto que ocasione en la vida propia y/o ajena.

En épocas de crisis económicas la pérdida de puestos de empleo y la  minimización del poder adquisitivo es valorado como un gran problema: menor circulación de capital, menor cantidad de beneficios para quienes están acostumbrados a unos altos niveles de ellos y menor cantidad de posibilidades de compra para quien se ven reducidos a los mínimos para acceder a lo perentorio, es decir la comida, la energía y el techo. Pero el hecho de la menor producción también significa la de darle un respiro al planeta con menor emisión de anhídrido carbónico, lo cual es una solución a un problema anterior de contaminación atmosférica. Es posible que al capturar un problema concreto que inequívocamente lo sea se tenga que aceptar metodológicamente que el hecho de serlo en un registro no significa que lo sea en todos.

No tener dinero que es considerado como un tópico dentro del tener problemas (de hecho la sola mención de tenerlos ya es traducida por no tener solvencia) lleva a excitar la imaginación para buscar otros recursos con que sustituir la conducta anterior de comprarlo todo de trinca o primera mano. Psicológicamente, lo que realiza a la persona no es tanto su condición de compradora de todo lo que necesita o crea necesitar como su habilidad recursiva para obtenerlo por vías ingeniosas sin crear un desequilibrio en su entorno. Como ya fuimos advertidos desde una sensibilidad ecologista clásica el dinero como objeto (las monedas, los pagarés, los billetes de banco) no se puede comer ni sirve para vivir cuando deja de servir para comprar algo útil. Lo mismo se puede decir de los patrones oro o de otros metales o piedras muy valoradas.

Lo que es o no es un problema depende de la interpretación que se haga del mismo. Tener dinero también representa un problema si al tenerlo se ve condicionada la vida y la libertad de elegibilidad de las experiencias. O pero aun, si al tenerlo es empleado para negocios fraudulentos y no éticos de inversores que te convierten en  el cómplice pasivo de sus especulaciones.

No tener comida es uno de los principales problemas. Se sigue hablando de mil millones de hambrientos en el planeta, pero también es un problema la pandemia de la obesidad y de la sobrealimentación. Clínicamente la comida excesiva es considerado  como una adicción. No está nada claro que la cultura hiperconsumista de tener tanto de todo que también pasa por tragar tantas cosas sea necesaria para vivir. Llenar el estomago guarda una estrecha relación con la demanda psicológica de llenar un vacío corporal a falta de poder llenarlo como sentido existencial. A pesar de saberlo comemos más de lo cuenta y seguimos haciendo pasar por la boca y el tubo digestivo cantidad de proteínas y grasas que nos sobran.

Lo que para alguien puede ser un problema, por no tener con que alimentar a su hijo, a unos quilómetros de allá el problema está en no saberse contener y cerrar la boca ante los estímulos que excitan las papilas gustativas nada más ser vistos u olidos.

Un problema -escribía líneas atrás- es lo que te impide el desarrollo libre de una acción pero también toca reconocer que  hay barreras que al negarte el paso te salvan la vida. ¿Dónde está el problema? ¿En un lugar que no puedes franquear por haber nieve en la carretera, por la nueve misma, porque no te dejan pasar si no llevas las cadenas de seguridad? Según se defina cual es el factor del problema en cada encuentro problemático se puede esperar una cosa u otra de quien lo defina.

En los conflictos y desórdenes de personalidad, una parte importante de los problemas o que así son vividos por quienes así los definen, tienen más que ver con la posición subjetivista que con una entidad problemática real. La angustia que es uno de los grandes males de estos siglos lo problematiza todo, logrando un cuadro de la realidad mucho más patético de lo que en principio es. Si de cada 10 problemas con los que uno se encuentra 9 lo son por su fijación angustiosa y 1 es solamente el real el sujeto queda inhabilitado para poner todos sus esfuerzos en este 1 relativizando la importancia de los demás. Pero ¿qué es lo real para el sujeto propenso al drama? El concepto de realidad es multivariado y para definirla se necesita referir siempre un modelo que la pontifique como tal. Eso es sumamente complicado y la ciencia tiene sus propios conflictos para establecerlo. No es extraño que los individuos sufran mas la realidad o menos no solo según las posiciones de inserción en ella sino también según la interpreten.  La realidad como un cuadro victoriano y repleto de patetismos por los que sufrir es una percepción variable y por consiguiente la cuota de angustia es una u otra.

Los buenos consejos hablan de tomárselo todo con calma, de no perder la sonrisa en ningún momento, de ordenar cualquier caos y enlistar los problemas uno a uno para solventarlos con firmeza. No faltan consejeros que van de magos por los escenarios diciéndonos cómo se debe vivir y al hacerlo haciéndonos suponer que ellos tienen las claves del éxito y del bienestar personal.  Como que la cosa no termina en cada función, ni en cada mensaje, ni en cada sugerencia (tampoco en cada artículo ni en cada libro ni en cada congreso) si uno tiene oportunidad para ver lo que hay debajo o detrás de lo que se dice se suele llevar sorpresas. Quienes tienen las claves de la felicidad, si es que las tienen, saben que no pueden comunicar con tanta frivolidad el supuesto de darlas  y que las fórmulas del vivir son personales y prácticamente intransferibles. Para quien no ha padecido ningun episodio nunca jamás (eso ya es difícil) de trastorno de personalidad, de obcecación, de delirio paranoide, de crisis nerviosa puede hacer gala de una estabilidad emocional y de un autocontrol mental total. Incluso en esas situaciones es difícil que quien esté muy bien no esté al tanto de las partes no resueltas que arrastra de sí mismo. Vivir la vida y vivirla ante los demás tiene bastante de escénico y de apariencia. La ansiedad copa ese espacio poniendo de manifiesto toda la inestabilidad personal y todo el temor ante el mundo y ante la pérdida de la vida. ¿Qué se puede hacer ante un perfil muy ansioso que se cree al borde del cataclismo? No seguirle en su discurso insegurizante poblado de interpretaciones exagerados de datos hipervalorados. El riesgo de esa pauta es el silencio, pero lo contrario –seguírselo- significa colocarle sus miedos como centro temático apartándolo aun mas de unos referentes de la realidad que pueda tomar como alternativos.

En cuanto un individuo es detectado como sumamente ansioso, en lo personal conviene tomar distancia para no co-sufrir a su lado lo que puede y debe sufrir en exclusiva en tanto que lo elige aunque sea inconsciente como autopunición, y en lo terapéutico conviene destaparla la caja de sus miedos para que mida la autentico dimensión de lo que hay dentro. Un exceso anómalo de ansiedad sabotea los resultados de los trabajos y de los proyectos y por añadidura agota a los demás del entorno. La angustia en tanto vacio de la existencia o del sinsentido permanente del hacer de muchas cosas en lugar de dar a cuadros de ansiedad puede ser un material interesante para la reflexión filosófica que configure cuadros de vida hedónicos y bohemios apartados de todo fatalismo.

 

Propiedades de objeto y sus atribuciones

Escrito por jesusricartmorera 20-11-2011 en General. Comentarios (0)

Las propiedades del objeto y sus atribuciones por el sujeto.JesRICART Badalona/Can Ruti 9noviembre2010

Berkeley con su simple observación sobre el sabor de la fruta cuestionó la objetividad como una realidad totalmente independiente del observante (en este caso, del degustante). ¿Dónde está el sabor en la manzana o en el paladar? La variedad de apreciaciones en el sabor no se extiende por un igual a todas las bocas. Saborear es una de las atribuciones del sentido del gusto pero el sabor concreto de algo no queda demostrado hasta que no es probado. Ese objeto gustoso tiene propiedades químicas que lo hacen que lo sea pero que no constituyen el gusto mismo. ¿Esto pasa con todos los objetos o solamente con los que implican la sensibilidad de su usuario? Sigámoslo: un nuevo diseño dentro de la aparatología que tanto nos deslumbra a los tecnoutilitaristas sale al mercado con un conjunto de prestaciones. Aceptado que cada objeto no se limita a ser su apariencia sino lo que contiene -sobre todo, lo que contiene- siendo este contenido de una amplitud tal que depende de la habilidad de su usuario el alcance de su uso crea la paradoja siguiente: un objeto no es todo lo que es mientras no sea empleado en su totalidad. La definición de objeto retrotrae a una imagen estática del mismo: un microondas , un placa con una señal, una silla de ruedas, una puerta, un jarro, un jersey, un iPOD, un cenicero,... dentro de -una vez más- una lista interminable de enumerables. Por pocos vocablos que contenga esta lista aleatoria pronto se advierte que cada objeto mencionado tomado al azar es un continente de otros objetos (las bisagras y cerraduras de la puerta, el cenicero vacio o recargado de esas pavas malolientes, las ruedas y el cojón de la silla, la agenda, la cámara o la frecuencia modulada del iPOD...). Cuanto más sencillo sea un objeto y cuanto más singularizada sea su función el objeto presentado queda reducido a si mismo. Pero esto tampoco es tan exacto: el jarrón que está pensado como florero es una vasija o un continente en espera si queda limitado a sí mismo. ¿Es el mismo objeto el jarrón que contiene las flores que sin contenerlas? De una interminable colección de objetos simples (llamarlos elementales sería un error porque nos llevaría a la tabla de elementos periódicos o se confundiría con estos) no hay uno solo que no sirva además de para lo que fue concebido para otras funciones. El vaso que habitualmente se usa puede terminar sus días como cazoleta para el aguarrás donde dejar el pincel de pintura, las antiguas camisas se reciclan como fragmentos de telas diversas para montar un pachwork, los libros alineados en la estantería sirven como alzapiés a falta de otro recurso más sensato, el platito del café sirve de cenicero (una guarrada más añadida a la del hecho de fumar en la mesa de comida). De cada cosa enlistada o pensable (incluso desde la imaginación de lo que todavía no existe o está por fabricar pero que sí puede ser fantaseado) se puede afirmar que hay que diferenciar entre los atributos que la definen como tal: sus características y prestaciones, sus cualidades y las atribuciones que el sujeto le pueda sacar. Hay algo del objeto que no está en el objeto mismo sino en el sujeto a partir de que establece una interacción con aquél. La dificultad de esta discusión se extiende a partir de la complicación de las variedades de atribuciones por un lado (determinadas por las variables de sujeto, tanto porque uno no siempre es el mismo en su condición de usuario, como porque no hay una persona idéntica a otro). La observación de Berkeley desbanca el principio inamovible de lo que es cada cosa como si se tratara de algo absolutamente independiente de su evaluador. Lo que hace que un objeto sea el que es y no otro es porque el conjunto de sus propiedades (p1, p2, p3,...pn) no se repite con las de otro. La velocidad y potencia que desarrolla un automóvil a motor no es la misma que se desarrolla en una bicicleta, aunque ambos son instrumentos para la movilidad. La gama de objetos distintivos es lo que puebla el mundo de decorados diferentes. Sin embargo, si el análisis se extiende a los componentes orgánicos de cada objeto se entra en un campo de equivalencias. A nivel atómico y de ondas todos los objetos comparten registros muy parecidos. Para no confundirnos -con el ambicioso campo semántico- al llamar a todo lo pensable y nombrable como objeto, hay que diferenciar de alguna manera el objeto que cumple una función de uso (la realidad doméstica y cotidiana nos rodea con miles de ellos) del que cumple una función intelectiva (las palabras, los sueños, los conceptos,...). Al diferenciarlos nos encontramos que en ambos tipos además de sus atributos de contenido ni alcanzan la totalidad de su funcionalidad hasta que reciben las atribuciones de uso. La experiencia personal lo demuestra a cada momento. Salvo las cosas más ordinarias y simplificadas cuya función se confirma cada vez que son empleadas, como la taza de té, las otras más complejas y más propias de una sociedad tecnológicamente sofisticada, pueden ser utilizadas fragmentariamente de una manera sistemática. Hay aparatos que se les da por obsoletos y se desechan sin haberles usado todas sus prestaciones. ¿Qué decir de un receptor de radio simple? La radio es un objeto de objetos. El receptor es un instrumento de audición de un conjunto de emisoras a las que se llega fácilmente con el dial y cada una de estas con un conjunto de programas y cada uno de estos con un perfil referencial que aborda distintos temas. ¿Cuántos objetos hay aquí? El receptor, cada emisora, cada programa, cada tema...Un radioyente puede usar su receptor y jamás sintonizar la emisora de Radio Amistad o la COPE. ¿Qué significa eso? ¿Qué clase de atribución se le da al receptor? sin duda es selectiva. ¿Pero es lo mismo emisoras sintonizables   que  atributos? Mientras la capacidad de sintonía del receptor es un atributo, la emisora es un objeto alcanzado por aquella condición. Todo eso se hace sumamente ilimitado a partir del concepto universal de objeto. Si la idea objeto universaliza todo cuanto tratamos el propio sujeto y la noción que tenemos del mismo se diluye en aquella universalidad.

Para poder delimitar la verdad de algo, cualquier tipo de fenómeno, cosa tridimensional o evento dado, habrá que enumerar las propiedades o características de ese algo. Puesto que quien se pone a hacer esto es el sujeto que le asigna esas atribuciones tal como las percibe y entiende y puesto que no hay dos sujetos iguales, la propia observación puede enumerar y describir el contenido de ese algo de maneras diferentes. Eso se resuelve asignando múltiples observaciones a un mismo objeto observado y tratando de establecer cuál es la visión dominante o el promedio de las observaciones recogidas. El mundo y todo lo que contiene también contiene las observaciones de sus contenidos. Los observatorios humanos han dado lugar a cuantiosos opinatorios heterogéneos. Desde la subjetividad, cada observante entiende a su manera lo que ve, toca o estudia, pero las conclusiones de cada observación están obligadas o se auto obligan a referirse a unas interpretaciones vertebrantes o incuestionadas. Capturar la verdad solo no es posible cuando se vacía todo de la posibilidad de tener referencias estables pero las coordenadas situaciones se basan en ellas. El lenguaje se hace más y más precios a partir de describirlas, citarlas y acudir a ellas como salvoconductos que aseguren el proceso intelectual por el realismo.

El conjunto de propiedades de un objeto o de  una situación (una situación es un conjunto de objetos presentes) se viven de manera diferente por cada subjetividad, eso no quita el acuerdo consensuado de todas las sensibilidades en describir aquella situación o aquella cosa. Dos o más personas sentadas en una mesa hablando de los objetos que haya encima de esta mesa tendrán experiencias visuales diferentes de ellas. Los ángulos de mirada serán distintos y las experiencias previas tenidas con ellos, también; es por eso que las conversaciones pueden ser interminables en función de todos los subjetivismos lo que hace necesario renunciar a sensaciones particulares a favor de la subscrición de una teoría general de mutuo consenso. La llamada verdad podría ser redefinida como una convención acerca de lo que es y de lo que no es, de lo sido y lo no sido, de lo que tiene entidad y de lo que no la tiene. Esa aventura ontológica con la que el discurso filosófico se puede complacer las necesidades del encuentro cívico la recriminarán por necesitar referentes estables `para cada momento y para cada evento. El lenguaje ha sido un proverbial esfuerzo en llamar cada cosa por su nombre y cada atributo por el suyo tratando de poner las bases para llegar a interpretaciones comunes que consigan la sufriente fuerza para modificar las circunstancias. El acuerdo sobre lo que es una cosa es la condición sine qua non para cambiar otra o cambiar esta. Objetivamente seria secundario si ese acuerdo se corresponde con lo que es o con su ficción.

Eso nos lleva a un pantano de máxima indeterminación. Si el sujeto, dada su subjetividad, no puede estar completamente seguro de lo que ve y de lo que toca, ¿cómo puede demostrar autorías y responsabilidades de los hechos? Pues bien, eso se ha venido resolviendo por la fuerza de la mayoría en la confirmación fenoménica de los sucesos. El acuerdo tácito o explicito de estos ha permitido que las culturas se vayan regulando por unas pautas comunes. El problema de eso es obvio: la mayoría no siempre tiene la razón, más bien casi nunca la tiene pero la fuerza de la costumbre la aliena en arquetipos e inercias de los que no sabe salir, en cuanto aparecen nuevas perspectivas, generalmente minoritarias, se resiste a aceptarlas o tarda siglos en hacerlo.

Eso nos lleva a la siguiente consideración. Cada evento o hecho H tiene un quantum de verdad efectiva por la condensación que haya de ella en el momento de su ocurrencia y otro quantum de verdad presumible o potencial por otras líneas de interpretación y datos pendientes (propiedades asociadas) por descubrir. La realidad para funcionar se basa en el primer quantum haciendo caso omiso al otro o relegándolo a meras hipótesis por el hecho de no ser operativas y oponerse a la actualidad. Es así que la jurisprudencia dictamina la autoría criminal a partir de definir  para luego culpabilizar a quien de una responsabilidad o la ciencia define lo que estudia en función del modelo con que lo estudia. Eso lleva a interesantes paradojas: lo que es un acto criminal en un contexto es heroico en otro, según como lo viva la cultura; lo que es un ataque a la palabra eclesial y sagrada en un contexto es lo que permite liberarse del ostracismo y la superchería a la mente humana en otra. La historia de la ideas es también la historia de las mentiras.

Para dar con el camino de salida a este laberinto mental, las atribuciones que un sujeto le da a un objeto (incluyendo a todos los demás sujetos con los que se trate o de los que tenga noticias) tienen que ser negociadas con las que le de otro sujeto al mismo objeto, sin embargo no siempre es indispensable una puesta en común de la interpretación. El valor que yo le doy a un objeto lo inviste de ese valor aunque para otro observador no tenga la más mínima valoración. Lo único que nos une a las dos miradas es la certeza de que al hablar del objeto O nos estamos refiriendo a este y no a otro, el hecho de que al sujeto primero S1 le parezca fantástico y al sujeto dos S2 le parezca abominable es relativamente secundario. El valor de uso de las cosas es fundamentalmente subjetivo mientras que el valor de cambio tiene que ver con leyes de mercado o apreciación común de aquel valor. Cuando la valoración subjetiva no coincide con la valoración dominante de los demás (que no calificaré de objetiva sino, repito, de dominante) el S1 que la hace se puede enfrentar a dos posibilidades o a conseguir con muy buenas condiciones o gratis aquello que es despreciado por los demás o no poderlo vender jamás a buen precio porque aquellos no se lo valoran en absoluto.

Esas interdiferencias subjetivas en la valoración de los objetos, y, por extensión, de absolutamente toda la realidad y la extra realidad, es lo que lleva a diferentes maneras de gestionar las cosas y la inserción como sujeto en el mundo de todos. La soberanización individuada -a la que tanto apelo- como alternativa de  autonomía mental personal es lo que permite que cada persona humana viva la realidad que se construye sin tenerse que someter al imperio de una supuesta realidad única decidida por la voluntad ajena. Si la realidad es aquello que construyo mental y conceptualmente los vaivenes que sufra en ella no dependerán de los conceptos de los demás sino de los míos. Eso hace que cada objeto tenga otras lecturas, otros placeres y goces, aunque también otros peligros y riesgos. De cada cosa se puede encontrar una función en la que no se haya pensado antes y de cada hecho un escenario en el que reelaborar la conciencia. Es por esta multidiversidad que cuesta tanto que el colectivo humano se ponga de acurdo en los pasos a seguir. Multitud de foros de la palabra giran durante décadas por no decir siglos en torno a discursos caducos. Expresan sus voluntades de soluciones sin llegarlas a implementar ni siquiera cuando son capaces de nombrarlas y planearlas. De alguna manera, las tentativas de la voluntad humana como fuerza unificada chocan con el hecho de que nunca es la única; para empezar cada voluntad individual viene a heterogeneizar el abigarrado campo de observaciones, interpretaciones e intervenciones.

Como sociedad civilizada y como individuos sobreviviendo en un planeta moviéndose dentro de la galaxia por el cosmos se necesitan códigos con los que interpretar unitariamente formas de funcionar. Un hecho H es igual a sí mismo ahí donde suceda y cuando suceda. El interrogante filosófico es: ¿acaso H existe más allá de las coordenadas de si mismo tras exitencializarse? Estrictamente cada fenómeno, incluidos los de la misma naturaleza, es distinto cada vez que sucede. Un sujeto es también una sucesión de hechos a lo largo de su biografía  que se van diferenciando aunque traten de ser la misma replica del H inicial. El sujeto pensante y actuante con los demás, en sociedad pues, has de ponerse de acuerdo con cada H tratado aun sabiendo que hay un plus o un déficit del mismo que no queda expresado en ese acuerdo. De alguna manera n sujetos se ponen de acuerdo –convienen- en que una cosa es la que dicen ser a pesar de que cada uno a su manera la valore singularmente con otras propiedades que no aparecen en esa convención, consecuentemente la realidad es un pacto y quererla cambiar es otro. Aún en el caso ideal de que todas las propiedades p de un objeto O sean aceptadas sin ningun género de dudas por el conjunto de sujetos S, cada uno de estos en su condición de pensante podrá repensarlas y encontrar tanto desde su posición otras valoraciones a hacer (otras propiedades no incluidas en la primera valoración) y otros usos que le convengan y que sean rechazados por los demás. Lo que convierte un objeto en algo personalmente vinculado a un sujeto son esas propiedades extras en una relación biunívoca en la que no entran los demás aunque puedan aceptar que cada cosa tiene una carga subjetiva diferente (valor emocional, como elemento memorial o como energía especifica que unos receptores detectan y otros no). El panorama resultante es que en el universo particular de los enseres de cada sujeto, lo que es supravalorado por uno porque hayan sido objetos acompañantes a lo largo de su vida, puedan ser totalmente despreciados por otro que pueda considerarlos como feos o inútiles. Lo que para uno es un mueble de madera  estupendo para otro solo puede ser reconocido como leña. Si aceptamos esto también aceptaremos que lo que para un lector un texto escrito es un estupendo texto con el que copensar –espero que éste lo sea-  y disfrutar con un tema tan delicado como lo que es la realidad  para otro solo puede ser papel impreso –horror- que arrugar y tirarlo a la basura. Esa varianza de la subjetividad en su conjunto hace de la realidad un proceso abierto de disrupciones y desacuerdos.