FLUENCIA TRANSCULTURAL

Poner la escucha a los secretos

Escrito por jesusricartmorera 20-11-2011 en General. Comentarios (0)

Poner la escucha a los secretos.JesRICART Niederhofen/Leutkirch9ago2011

Una de las polémicas de los últimos tiempos ha sido el de las grabaciones ilegales con las que  poder armar sumarios desde los que proporcionar pruebas inculpatorias de personas espiadas. El asunto tiene su gracia aunque solo sea porque una dilatada filmografía sobre espionaje y agentes secretos sería impensable sin acudir a escuchar conversaciones privadas sin el consentimiento –claro- de los hablantes implicados. La sofisticación tecnológica ha alcanzado tal punto que se pueden,  oir conversaciones privadas en medio de un barullo de otras con antenas y sensores que capten aquellas y solo aquellas o   hacerlo desde satélites.  Actualmente, cualquier usuario de algún tipo de tecnología transportadora de su voz o de sus mensajes escritos puede ser espiado por terceros. Si no quieres que nadie intercepte lo que dices utiliza  la telepatía y como eso es una hipótesis tampoco es tan seguro que el pensamiento no pudiera ser leído por otros que no fueran sus destinatarios.

  Antes de eso había ya expertos capaces en leer los labios y entender lo que se decía a distancia visual superior a la distancia acústica. Parece que siempre ha habido gente interesada en lo que decía otra gente para utilizar la información proporcionada en su contra o para sacar partido de ella.  Los centros de inteligencia -asi llamados- que utilizan los estados consideran por  “inteligencia” la capacidad de previsión de lo que van a hacer sus enemigos es decir de todos los demás (ya que todo ciudadano es en potencia el enemigo de estado). Esa capacidad de previsión se sustenta en la información reunida. Según ese esquema la mayor inteligencia es aquella que ha reunido mayor información sobre todo y sobre los demás. El esquema falla desde el momento en que mucha información reunida pero cruzada erróneamente no ha servido para evitar uno de los atentados más sonoros con los que se estrenó el tercer milenio. De momento el principio de control o de control mutuo pasa por reunir el máximo de información sobre el otro obtenida como sea aún ilícitamente.

Sigo pensando que todo lo que uno dice (o escribe) se le puede volver en contra porque lo hace vulnerable ante el otro. No es solo que se deba tener cuidado con no dar datos personales relevantes (tales como dirección postal o número de tarjeta de crédito) también hay que cuidar las ideas que se expresan y las maneras con qué se dicen. Aunque tras la suma de todos los cuidados tomados y todas las medidas el resultado final puede ser el mismo: el disgusto por parte de quien no acepte aquello que se haya dicho de él o ella. 

Entiendo que se puede (y debe) vivir prescindiendo de  lo que los demás puedan decir de ti, en particular cuando estos no pasan de ser individuos en la sombra que ni siquiera conoces o no recuerdas. También se puede y se debería hablar sin temor a lo que otros puedan opinar de lo que estás diciendo. Hay espacios públicos en los que las conversaciones entran en el espacio acústico de los demás (dentro del metro en una hora que está repleto de pasajeros, en el tren o en un restaurant con las mesas separadas pero solo distanciadas por unos pocos centímetros) y que lógicamente los demás oyen pudiéndolas escuchar más o menos aunque aparenten generalmente no enterarse de nada. Obviamente, estas situaciones no son actos de espionaje. Alguien te espia cuando mira como te desnudas a través del ojo de una cerradura o cuando oye tu conversación con otra persona tras una puerta o cuando toma el otro el terminal telefónico para oir lo que estás diciendo, o cuando te abre el correo particular sin permiso. Es probable que alguna  de estas cuatro situaciones la hayamos podido protagonizar en algún momento como espiados o tal vez como espías. Por espionaje se entiende algo a lo grande, en lo que hay implicados grandes intereses y cuyas practicas no andan lejos de lo criminal, pero en lo esencial es una conducta muy primaria que se da en el orden doméstico o en las correlaciones personales.  Hay individuos que no preguntan o no esperan a que se les informe y se aprovechan del descuido de su pareja para hurgarle en sus bolsillos, abrirle su agenda, leerle su diario o indagar en su ordenadores una experiencia sumamente desagradable que la persona a la que quieres te escrute y veas cómo cambia de actitud emocional ante ti por una nota que lee o por un preservativo que  te encuentra en tu cartera y tú tienes de reserva. Actos tan simples como estos pueden acabar con toda una historia personal y sentimental.

 Lo peor de todo es tener el teléfono intervenido por una orden judicial o por un dispositivo policíaco de iniciativa extrajudicial o por un grupo que te quiera controlar. La experiencia en clandestinidad educa para no decirlo todo o hablar en clave en las conversaciones telefónicas. No comprendo que tanta gente en tantos distintos períodos haya sido controlada por las informaciones que dan a través de ellas. Alguna vez he pensado que una manera de hacer películas incluyendo esos errores que transgredieran un manual básico de cuidados es para maleducar a la gente. Lo mismo que en una cobertura de wifi publico advierte al hacer la conexión que la conexión a la red no es segura porque terceros pueden controlarla también cualquiera que usa un teléfono de línea o móvil debería saber que todo lo que diga puede ser oído por  terceros oídos inconvenientes. Según sea lo que se diga  no debería ser escuchado por nadie que quisiera controlarlo o por el contrario debería ser  escuchado y publicado por todo el mundo para poner en evidencia el alcance de compromiso con la corrupción o el crimen de sus conversadores. Políticamente, el estado puede controlar todo lo que se le antoje aunque por suerte los sistema pseudodemocráticos pusieron límites al despotismo. Esto no quita que utilice sus organizaciones extraoficiales o acuda a formas extralegales para conseguir resultados en contra de sus enemigos. El tema de las escuchas ilegales (una escucha ilegal seria aquella no autorizada por un juez basada en sospechas razonables para estar tras la pista de una autoría criminal) como tema-estrella entra dentro de la ilógica si a lo que dieron lugar fue a inculpar los autores de un crimen. Desestimar un proceso de denuncia contra alguien porque aquello de lo que se le acusa se ha obtenido de una manera irregular o no aceptable legalmente es un tanto absurdo, tanto como dejar de usar una información útil aunque uno sea el destinatario de ella. La pregunta es si siempre la investigación criminal lleva a transgredir los límites legales para reunir pruebas contra un sospechoso. Lo cierto es que en la historia del crimen la existencia  de criminales reconocidos que no fueron condenados por sus crímenes a pesar de ser reconocidos como sus autores e incluso de enorgullecerse de ellos por estos ha puesto en evidencia las dificultades policiales y judiciales para neutralizarlos.

  A nadie le gusta ser espiado, mucho menos en los temas  mas íntimos y privados que se conversan, pero si uno vive dentro de la ética y no se dedica a hacer daño a nadie es muy poco lo que un enemigo en potencia pueda hacer con la información que proporcione. Otra cosa es que uno esté implicado en asuntos criminales o esté preparando el gran golpe en la sucursal bancaria de al lado. Si es lo suficientemente tonto como para decirlo todo por una vía comunicativa interceptable también lo será para equivocarse en los proyectos que se empeñe, con lo cual está muy bien que alguien lo investigue en esas conversaciones con hilos o sin hilos en las que imprudentemente cree estar seguro. Otro asunto es que en los estados bajo severos regímenes dictatoriales quienes asumen posiciones de disidencia tengan conversaciones en las que se den o se impliquen nombres y formas de localización. Cualquier dictadura y todo su aparato de seguridad del estado (eufemismo para denominar la organización de profesionales de la represión legalizados en contra de otras propuestas de sociedad) saben que el máximo de su poder reside en el máximo de información que tenga de todo y especialmente de sus disidentes. Por la parte que les toca a estos hablar o decir más de la cuenta por las vías mas transparentables es uno de los peores errores que se pueden cometer. No se entiende que disidentes de varios países proporcionen sus datos personales y sus fotos para ser capturados en cuanto el estado decide neutralizarlos pero hay algo por encima del hecho nominal, la disidencia misma prevalece en tanto que la injusticia la regenera por muchos que sean los disidentes destruidos.

Tal como está el mundo, con todas sus divisiones, no hay manera de vivir sin el ocultamiento de una parte de lo que se es, se hace, se tiene o se quiere ante el otro. Lo hacen los estados como aparatos y lo hacemos los individuos  en cualquiera de nuestros roles de ciudadanía. La afirmación de no tener ningun secreto es más poética y demagógica que real. No es posible vivir en la total transparencia, o al menos esta es la conclusión a la que se llega dentro de este sistema y dentro de este tiempo histriónico. Es además una afirmación totalmente honesta que entra en contradicción con el propio deseo de quien la haga. Mi deseo seria vivir en la absoluta evidencia de quién soy y lo que hago, pero una parte de mis cosas es ocultada a una parte de la otra gente. La lucha más dura de un individuo consigo mismo para vivir una vida digna es poder expresarse tal como es en todas partes y lugares. Los protocolos sociales lo impiden y su propio temor o cobardía de los demás lo disuaden.

Depende de la posición en la  vida y del puesto ocupado en el correlacionario de cada momento si uno está en la tesitura de querer revelar todo lo que es no entrando en la dinámica de guardar secretos o entra en una etapa en la que ya no lo dice todo y lo que dice lo hace con sumo esmero a quien se lo merezca. Lo primero remite a una etapa de formación y lo segundo a una de madurez con lo cual queda contradicha una pedagogía básica de apología de la verdad durante la infancia cuando se sabe o sabe el didacta que es algo que no se puede llevar a término durante la adultez. Claro que de cada dato a exponer o transparentar hay que valorar el impato que puede hacer incluida la herida que pueda ocasionar en quien no sepa manejarlo. Hay un tipo de transparencia exigible y otra no. El pudor a decirlo todo es algo que tiene que ver con dificultades de gestión de los asuntos personales viviendo en una permanente frontera entre lo mio y lo ajeno.La relación con el secreto es ambivalente. De un parte te proteges del espia que use información personal tuya en tu contra, para mofarse de ti o ningunearte; de otra necesitas acceder a secretos de correlacionados de tu vida que estén preparando un atentado en tu contra (no todos los atentados son terroristas y la mayoría de ellos pasan por trampas y traicioners ordinarias). Tener una vida plena y no tener secretos, sin tener necesidad de guardar nada, forma parte de la utopía social, algo mas lejos ahora de lo que lo estaba en el siglo XVII.

 

El lenguaje mimoso

Escrito por jesusricartmorera 20-11-2011 en General. Comentarios (0)

El lenguaje mimoso. Una ojeada a las formas de reconocimiento de contenidos escasos. JesRIART CdV18junio2011

Se ha dicho  ya pero vale  la pena volverlo a repetir: las, generalmente, pequeñas notas insertadas en los espacios de consumo on line suponen la eclosión de una rica mensajería que da cuenta a diario de las opiniones, sensibilidades e ideologías de un elevado número de personas que las escriben para compartir sus ideas u ocurrencias. El ciberespacio (nos) está proporcionando el más gigantesco laboratorio para observaciones de la psicología humana y de la continua cascada de ideas. Quienes dejan (o vamos dejando) sus/nuestras notas de reflexión, informaciones de interés general y de propuestas prácticas comparativamente somos los menos en relación a todo el volumen de quienes dedican más grafía al uso del lenguaje mimoso que al lenguaje de debate. Previsiblemente las entradas de brevísimos diciéndole a la nota anterior lo guapa que es o si han quedado para ir a la pelu juntas irán quedando a un lado por sus particularismos insubstanciosos y su escaso sentido para decirlo en un espacio de información que llega a terceras que pueden perfectamente vivir prescindiendo de estos detalles.

 Las notas de mimos son todo un fenómeno en el que vale la pena detenerse para repensarlo como uno de los indicadores que ocultan la falta de contenidos. Por supuesto, existe la libertad de palabra y cada cual llega más lejos o muy poco lejos con la suya. La palabra emitida (escrita u oral) es el resultado de una necesidad comunicativa y de una autoafirmación del yo hablante que intenta una doble misión: informar de un sentimiento o de un dato y persuadir e influir a quien se le dirige para que lo incorpore a su background y a su conducta.  El lenguaje además de testimoniar una situación instrumenta una energía para hacer impacto en el otro. El lenguaje mimoso no es una excepción a esta ley psicolingüística general, lo que es más es posible que sea el lenguaje más pretenciosamente sugerente para caer bien y para ganar aliados.

El lenguaje mimoso es una parte del lenguaje general y una constante episódica  más o menos regular extendida a todos los hablantes. ¿A quién no le gusta ser  querido y por consiguiente mimado? Los mimos forman parte de las expresiones y gestos cariñosos: la prosodia se acomoda a esos gestos, se cambia la voz, se aniña o infantiliza sin ningún rubor y se dicen cosas extraordinariamente fantásticas que crean el encanto de esa fantasía por el hecho de decirlas. Como todo lenguaje puede vaciarse de contenido cuando es excesivamente repetitivo y monótono: es el caso de personas con la lengua floja y la inercia mecánica que no paran de decir “cariño” en cada encabezamiento de sus frases o inmediatamente saludan al recién conocido como “amigo” sin que haya habido tiempo suficiente para desear ni siquiera, no ya para construir una amistad. El cerebro, órgano con circuitos de información y almacenes de palabras, proporciona unos datos u otros según un cálculo no siempre voluntario ni controlado de las necesidades que el sujeto tenga en cada momento. Hay momentos psicológicos de mayor debilidad es que gusta escuchar o leer frases dedicadas a ser remontado por otro que te quieren. No existen los supermanes,  ni existen los individuos tan blindados que rechacen carantoñas y piropos. Hay quien se ha propuesto firmemente no querer afectuosamente  a nadie y duda de ser querido (como corresponde a todo mármol raso) por alguien. Eso hace la suma de una decisión voluntaria en firme y de una presunción sentimental determinada por una biografía con experiencias de traición mal elaboradas. La persona que no confía en la dedicación que le presten otras como objeto de cariño puede estar teniendo un grave problema de percepción aunque, ciertamente, hay biografías tan maltratadas que no han recibido el menor cariño desde el principio de su vida (el caso de niños abandonados, expoliados o incluso torturados físicamente).

Es fácil adivinar quién está instalado en la vida de una manera blindada, solo tienes que observar que no llegas a su campo acústico y apenas a su totalidad perceptiva. Si alguien no quiere saber nada con lo que se le dice o informa u ofrece no tiene más que no parar de hablar y no contestar a lo que se le pregunta o comenta. Por el lado de quien porta este comentario si es listo no intentará una tercera vez, ni siquiera una segunda insistir en lo que al otro no le interesa en absoluto o da pruebas elocuentes de no interesarle.

El lenguaje mimoso es una estrategia de supervivencia en los correlacionarios que expresa un particular peaje para intercambios verbales. Se convierte en una literatura plasta por no decir casposa cuando se queda en ella misma sin actuar como complemento de otra más interesante. Quienes no tienen contenidos que ofreces ni andan con ganas de pensarlos para ofrecerlos se diluyen en una fraseología mayoritariamente formalista. Se llenan y llenan los ambientes de frasecitas cariñosas (qué guapa eres, qué bonita estas, tú sí que eres una gran persona, contigo estoy en el cielo, me pasaría toda la vida enganchado a ti,…) que tienen el común denominador de reconocer figuras, looks, performances, escenas, superficies sin averiguar ni tratar de ninguna clase de contenidos y es que la cita para la paella, la victoria futbolística, el atuendo que se lleva o la peluquería son temas con los que se puede trasegar toda la vida sin decir absolutamente nada substancioso. Pero ¿qué es lo substancial? La respuesta filosófica a esto es diametralmente opuesta a la que pueda proponer un estilista.

De lo que sí se puede levantar acta es que el lenguaje mimoso expresa una forma dominante de reconocimiento del otro (se le detecta, se le saluda, se le piropea,…) sin apenas conocerlo y sin (máxima curiosidad) pretender conocerlo. Esa paradoja entre reconocer sin conocer se da en otros ámbitos de la comunicación hablada, tales como presentaciones de nombres públicos y reprógrafos.

Es conocida la táctica seductora de algún tipo de personas en sus formas de hablar (cariño por aquí, cariño por allá). Clienteo en un bar con cobertura wifi que últimamente hace de extensión de mi oficina en que la chica sexy en el andar, vestir y peinado me dice cariño, claro se lo dice a todo el mundo, con lo cual infiero que no soy en absoluto objeto de su cariño, es un vocablo-tic, un deje, un gesto de engatusamiento. Las/los  amantes de un/a pluriamante también se quejan que la misma palabra (la de cariño) sea usada a todas/todos los demás. Y es que si de amor gramatical se trata cuando un hablante no es capaz de crear un lenguaje seductivo específico para cada relación de intimidad sentimental que tenga es que está demostrando su incapacidad creativa y su fracaso como persona rica en recursos imaginativos.

En rápidas ojeadas por  los sites on line y en los diálogos mensajeros se observa pronto quien anda enramado con fraseología insípida en estas frases retoricas y escasamente originales del mimo y quien hace aportaciones útiles a compartir con los demás que sirvan como materiales de reflexión. Es la diferencia entre pensantes y rimbombantes. El rimbomborio de palabras pensadas para caer bien o para ganar aliados afectuosos pone en evidencia la poca agudeza de quien se instala en ese podio y no es capaz de abandonarlo nunca. Son quienes supeditan la sintonía a la creación de ondas intelectuales para la comprensión de fondo de lo qué somos, lo qué sentimos y hacia dónde vamos.

Hay que admitir que a mucha gente le va perfectamente bien, o así lo cree, manteniéndose en la superficialidad de todo sin querer hablar de lo que consideran, y es cierto, más trascendente. Es así que el dial de la realidad arroja multitud de conversaciones temáticas simultáneamente cuya mayor parte se escapan de lo más político de la realidad misma para poner la originalidad concursante al servicio de la estulticia.

El lenguaje mimoso -como el predominante apoyándose con la fraseología rutinaria y no-original- que puebla los circuitos de mensajería no deja de ser un indicativo de las necesidades relacionales y sentimentales concurrentes en el ciberespacio y de la capacidad disminuida para ofrecer o proponer contenidos mejores. No es necesario apoyar las opiniones y las ideas con carantoñas o con saludos mimosos continuamente. Es como si se supeditara el valor del opinatorio al peaje de enmarcar una opinión solicitando el favor de ser leída. Una idea útil a compartir se comparte por si misma sea cual sea el formato en qué sea expresada. De hecho, son totalmente prescindibles muchos gestos de mecánica y diseño  formalistas. Los tiempos tecno comunicativos actuales vienen excluyendo el consejo que nos diera Shakespeare hay que prestar oídos a todo el mundo pero dar opiniones a unos pocos”. Si bien se comprende que en el orbe presencial haya razones para seguir esta pauta, dadas las lenguas bífidas y la utilización fraudulenta de los comentarios dados por depositarios perversos de nuestras sinceridades, en el orbe virtual las opiniones dadas, menos poli interpretables por su referencialidad escrita, circulan a pesar de aquellos que no estén de acuerdo con ellas y traten de tergiversarlas.

Rascando en todas las conductas y opiniones siempre se encuentran vectores emocionales que están en el fondo de las estructuras de personalidad. Las personalidades no se hacen en laboratorios de planificación intelectual sino en los trasiegos con las experiencias de vida desde el pre-nacimiento. En el cuadro emocional uno nunca está solo por solo que esté. En tu vida siempre hay alguien más, dice Luis Magrinyà. Si no se tiene en el contexto inmediato a quien se esperaba se trata de encontrar espacios con gente cariñosa. Un estudio de la fiabilidad sentimental de cada acto cariñoso descubrirá que en muchas partes y en muchos individuos hay poses y ejercicios de técnicas de seducción pero no desbancará la teoría de la necesidad cariñosa misma. Es otra discusión de más envergadura ver hasta qué punto el lenguaje mimoso hace de sucedáneo de una praxis amorosa real y duradera haciéndole incluso de barrera para mantener encajonada toda sentimentalidad a un simple teatrito de varietés formales.

 

Crónica del sujeto impuro

Escrito por jesusricartmorera 20-11-2011 en General. Comentarios (0)

Odio y Venganza. Cronica del sujeto impuro.JesRICART Cáceres7mayo2011

En un ensayo sobre odio, coordinado por Carlos Castilla del Pino[1], todos los autores[2] trabajaron su ensayo dando por supuesta la premisa de que el odio es connatural al ser humano. Así como se ama y se tienen afectos también se desama y se odia. Cuando lo leí, a pesar de entender la trama psíquica que lleva al odio, me reconocí interiormente no identificado  con posturas activas de odio. Odiar siempre me pareció un verbo demasiado complicado y como acción no tengo conciencia de haberla asumido. Sin embargo, honestamente debo decir que he acudido a ese verbo, conjugado para la ocasión, para señalar la carga de dolor que he experimentado en situaciones de enfrentamientos emocionales muy graves. Efectivamente hay personas odiosas que tienen todo el derecho a saber que lo son. A menudo la mentira instalada se convierte en un fenómeno creciente hasta convertirlo en casi el único fenómeno porque la gente en su trato directo muy constante no se dice lo que piensa. El sujeto culturizado y cortés puede llegar a estar tan protocolizado que termina por comportarse de maneras casi automáticas. La autoinhibición -no por vergüenza ni falta de opiniones sino por evitarse contratiempos y enfrentamientos- se ha convertido en una constante mundana. Lo que no se dice en la cara se escribe en los diarios personales o se comenta a espaldas de los mencionados y posiblemente interesados. La falta de fluidez comunicativa o, diciéndolo más inequívocamente, la falta de comunicación es el factor responsable del desencuentro humano. El odio se instala como resultante de muchos factores combinados siendo la desinformación uno de ellos, la falta de empatía continuada puede ser otro, pero sobre todo el decisivo es el dolor por una afrenta no perdonada.  Entiendo que no se puede hablar del odio como un absoluto que rige por un igual en todas partes y personas, lo mismo se puede decir del amor que sería su contrario. 

En el universo sentimental las cosas se pueden complicar de tal modo que una misma persona puede recibir de otra, sentimientos contradictorios de odio y de amor. Depende de contextos y de la mayor o menor estabilidad psíquica de las personalidades en interacción. La estabilidad psicológica pasa por estar libre de emociones preñadas de rabias por una cuestión de eficacia y economía mental: odiar hace perder mucho tiempo además de colocar en una vía sin salida al sujeto que odia a otro. Distingamos entre una reacción puntual que promueve un odio instantáneo y un estado caracterial de odio permanente contra alguien o algo. En el primer caso el odio puntual es el resultado de una presión en un momento determinado, en el segundo tiene que darse toda una organización de la personalidad en torno a este sentimiento negativo. Es la diferencia entre el cuerdo y el loco para abreviar o entre quien es capaz de razonar una situación no quedándose pegado a ella por dolorosa que haya sido y quien queda pegado a perpetuidad en una, por eventual que fuera, siendo incapacidad de vivir su posteridad de una forma razonablemente equilibrada y tranquila.

A lo largo de la biografía pueden sucederse una cierta cantidad de tipos odiosos que además remiten a prototipos humanos perfectamente descritos por las literaturas analíticas, denunciados en multitud de situaciones y hasta juzgados con exactitud en judicaturas en tiempos de bonanza y con jueces éticos. Obviamente  pasan como figuras del paisaje y dejan de recordarse en su mayor parte a cortísimos plazos. Es probable que todo lo que dejaran de ellos fueran ejemplos de cómo no ser o no seguir en absoluto. El individuo a odiar contribuye a desarrollar la indiferencia y no sufrir por él en cuanto sea posible. Es un mecanismo básico de administración de la energía mental. Puedes vivir 5 minutos de tensión y odiar la prepotencia de alguien que quiere tratarte como a su siervo, pero la mejor lección que puedes dar al prepotente es ignorarlo a continuación. Mantener un rato de odio mas allá de ese odio es una energía malgastada. Pero al conocer ese mecanismo ya se evita entrar en esa emocionalidad desagradable. Lo mejor es tomar al malhechor, al agresor, al injurioso y al traidor por citar cuatro substantivos de tipos con los que la disuerte te lleva a tratar aunque sea puntualmente como episodios desagradables ante los que hay que tomar medidas para no volverlos a tener. Las muchas veces que he tenido que sufrir como víctima el impacto de malhechores que robaron mis cosas no experimenté sentimientos de odio, mi malestar fue por otras conexiones: experimenté una vez más el desengaño con el ser humano, la autocrítica por no haberlo previsto, el desprecio a tipos que sobrevivan engañando o robando a los demás. El desprecio ha sido definido como el hermano menor del odio. Debo pensar si tiene conexión con el odio o es algo extra sentimental. Hay comportamientos despreciables (es decir, que literalmente no son valorados, no se aprecian) por los que emocionalmente no se siente un malestar especial. El odio sí produce malestar, se sufre al odiar. El lenguaje coloquial utiliza como suele pasar tantas veces con otras palabras el verbo odiar y su conjugación de maneras un tanto gratuitas sin sentir realimente lo que se dice ni  creerlo.

El odio inequívoco se diría que va acompañado de la venganza pero son dos cosas completamente diferentes. Odiar a alguien no implica vengarse de este alguien. La venganza a su vez no tiene porque ser siempre la consecuencia del odio. Un sicario puede ser el instrumento ejecutor  de un plan de venganza y no sentir nada personal por la víctima que asesina. A ésta seguramente  le dará absolutamente igual si es odiada o no por su ejecutor, siendo simplemente un intermediario entre el odio y la venganza, si no puede cambiar la suerte de su destino.  No es que sea lo mismo el enfrentamiento directo con quien te odia a hacerlo con el encargado de darte la noticia de que te va a matar, con este siempre puedes intentar recomprarla porque es un profesional del crimen, con la otra no.

La venganza organizada desde el punto de vista de quien se venga requiere de un plan organizado, de un sosiego del espíritu, por tanto, y de condiciones intelectuales para llevarlo a cabo. Eso pasa por un tiempo considerable o incluso por una parte de la vida. Si es el modo de concretar el odio, se separa de este, ya que lo que activa el odio es la escena directa de una injusticia o la información de una crueldad.

Entiendo que la mejor forma de vivir es desde la calma interior y la paz de espíritu. Odiar es un verbo que se vuelve en contra de quien odia porque deja de vivir su vida para tener por centro atencional al individuo objeto de su odio. Habrá que distinguir entre organizar la venganza: el proceso para hacer justicia no deja de ser esto (pensemos en los supervivientes de los campos nazis que dedicaron en muchas ocasiones años a documentar sumarios e investigaciones en contra de sus antiguos verdugos y torturadores) y el odio durante un periodo. Odiar significa dedicar una energía a hacerlo, no olvidar las afrentas y los actores que las hicieron es un ejercicio de memoria biografía y sentimental, un trabajo archivístico y mental.

En la venganza como  una actuación directa contra alguien por lo que te hiciera o hiciera otros puede concurrir o no el odio. El odio-ya se ha dicho- no es una condición indispensable para la venganza, aunque la venganza suele ser justificada porque en alguna parte del proceso una persona ha odiado a otra y/o no puede perdonarla por lo que le hizo.

El reto del sujeto revolucionario, el que quiere superar a su enemigo interno avanzando en la deontología de su comportamiento no puede vivir con el odio instalado en sus registros y  centrando su vida en venganzas. No sale a cuenta, significa vivir por y para el otro aunque sea para devolverle los daños recibidos. El odio activo no deja lugar para el amor reconstructivo. El odio es un lastre que impide vivir una vida limpia. Lo mejor que se puede hacer con la gente justificadamente odiable es sacársela de encima, cuanto menos contacto haya con ella es mejor. Eso despejará el terreno de malezas y de factores de malestar. Tipificar a ese tipo de gente no es fácil. Lo que para un punto de vista puede ser alguien odioso para otro es un líder de calidad[3]. El podio también pasa por la percepción del objeto odioso y sobre todo por el sentimiento de victimidad o no en relación a lo que te/nos haya hecho. La liberación de los lastres del pasado incluye sin duda dejar de pensar en aquellos que más daño nos hicieron y en reciclarlos como datos  biográficos y referencias obligadas para citar sí pero sin caer en la animadversión emocional que embriague el resto del pensamiento sin permitirle ocuparse de temas más interesantes.

La crónica del sujeto impuro nos lleva directamente a la mayor parte de almas vivas y lo mismo se puede decir de las que vivieron, hasta tal punto que la pureza es un parámetro de la ficción más quimérica. Es prácticamente imposible vivir en entornos de error y de presiones y no caer en la reproducción de los errores y de conductas presionadas o muy condicionadas.  La santidad sería el concepto magistral de una vida intachable, con una ética integral y pura en el sentido de irreprochable. Para disuerte de la especie la práctica totalidad de sus miembros es (somos) impugnables y deberíamos ser superables. La cosa está en ver quién y en qué se supera si es que toma la superación de sus límites y equivocaciones habituales en un reto a conseguir.

Mientras el odio siga siendo uno de los atributos del ser humano, expresado civilizada o salvajemente, desde la argumentación jurídica o la advertencia militar, la perspectiva de un hombre nuevo rehecho se aleja algo más del noble deseo de la utopía. Si las relaciones entre los individuos son las combinaciones o juegos en conflicto de ataques y autodefensas, acusaciones y venganzas, la perspectiva de evolución humana sigue siendo limitada.

La venganza implica una organización de la vida en torno a ella como eje y no estar dispuesto a perder el tiempo para vengarse de los enemigos inequívocos que hicieron daños irreparables, es tanto como permitirles que sigan extendiéndolo a otros. Hay algo del orden de obligación de parar la actividad lesiva contra los demás de los enfermos violentos. El estado se justifica a sí mismo como instrumento para repartir la justicia y defender a quienes han recibido ultrajes sin poderlo hacer por sí mismos. El ser humano es demasiado enano todavía como para suponer que dejándolo a su libre albedrio evolucionaria en la automoderación individual. Más bien la automoderación deficitaria necesita el complemento de la moderación impositiva en aquellos asuntos en los que hay individuos que se destacan como agresores, beligerantes o negligentes.

En las conversaciones sobre odiar/no odiar se corre el riesgo de tratar de teorizar un concepto unitario desde empirias muy distintas. ¿Cómo pedirle a alguien que ha sufrido amputaciones y torturas con secuelas irreversibles que perdone a sus torturadores? ¿Cómo hacerlo ante los que fueron engañados, desahuciados, excluidos, vendidos como carnaza de explotación ante mercaderes que traficaron con sus confianzas y sus seños? Depende de la envergadura del crimen del que se haya sido objeto el resentimiento durará más o menos tiempo. Sin duda hay cosas que no se olvidan o que empujan a enloquecer por la insoportabilidad de su recuerdo.

Es posible conjeturar un ser humano lavado de injurias por muchas que haya sufrido y limpio de sentimentalidad adversa pero no desmemoriado e ignorante de los sucesos pasados y presentes. Mientras haya ataques contra la dignidad humana habrá personas libres que sabrán no perdonarlos sin caer en dialécticas belicistas y pérdidas de tiempo contra los que menos derecho tiene a prestarles atención intelectual. Si bien el sujeto objetivamente acreedor de rechazo y superación no se le puede tomar como una diana que concentre tu atención malgastado un tiempo precioso de tu vida, dejarlo en paz perdonándolo totalmente sin hacerle pagar por los daños ocasionados es tanto como retroalimentarlo e incentivarlo para que siga instalado en su misma postura malévola. De alguna manera una ley de enjuiciamiento criminal debería no dejar pasar por alto los daños ocasionados de criminales demostrados, reconocidos y confesos. Eso es tanto como aceptar un sistema institucional de venganza para librar a cada individuo de su rol empantanado en ella. La conciencia personal está muy directamente relacionada con la memoria biográfica que permite colocar a cada cual en su lugar por lo que ha sido y es y no por lo que gustaría que hubiera sido o fuera. Es importante no ignorar los actores de quienes hicieron daño intencional para impedirles que sigan haciéndolo y no caer en sus enredos. Por lo general el individuo objeto de odio por alguien en un tema puede correlacionarse con serlo por otros temas.  Leonard Boff[4] sostiene que la misma lógica que explota a las personas, a las clases desposeídas, a los países más pobres, explota también irracionalmente la naturaleza y el planeta. Hay castas y perfiles profesionales protoacreedores del desprecio por sus acciones injustificables e imperdonables.

 



[1] Tusquets, Bacelona 2002

[2] Carmen Gallano, Túa Blesa, Ignacio Echevaqrria, Carlos Gómez Sánchez, Teresa del Valle y Carlos García Gual

[3] Ha pasado y está pasando con los homicidas  serbios  de multitudes. Las  Celdas para  Ratko Mladic y Radovan Karadzik durante su proceso judicial son de 5 estrellas y parte de sus conciudadanos consideran que hicieron lo que debieron. Tambien parte de la cultura del siglo XX y aubn de ahora no faltan neonazis que consideran a Hitler que hizo lo adecuado con los judíos a pesar de toda la evidencia y elocuencia videográfica de las atrpocidades de su estado.

 

[4] (Concòrdia Brazil 1938 doctorado en teologia y filosofia por la universidad de Múnich)

Las diferencias con el otro

Escrito por jesusricartmorera 20-11-2011 en General. Comentarios (0)

Las diferencias con el otro  JesRICART Badajoz21abril2011. cAntonioMachado

El principio de la desigualdad natural vive en clara oposición a la cultura igualitarista. La construcción de la teoría sobre igualdad de oportunidades coexiste en conflicto con las diferencias interindividuales demostradas. No hay un solo ser natural (planta o animal) que sea totalmente idéntico a uno semejante de su especie. La insistencia en este hecho crucial, por lo demás evidente, prepara para entender un encuentro con las diferencias de los demás. La mayor parte de contactos que nos van a ser dados durante toda una biografía van a ser contactos con la diferencia. Gracias a esto el flujo de informaciones de lo distinto no cesa y el estimulo por el encuentro con la innovación hace de la existencia una aventura extraordinaria.  No viene a cuento afirmar en los momentos de beligerancia interpersonal la sentencia “somos distintos” o “somos muy distintos”. Es una afirmación de la evidencia que huelga hacerla. Su constatación es tan innecesaria como afirmar que somos grávidos, mortales o necesitamos energía para  vivir. Las diferencias con el otro, con cualquier otro, vale la pena seguir insistiendo, es una constante tan universal que apelar a ella para justificar beligerancias que llegan al antagonismo por no decir a las armas equivale a hacer una acción contra la inteligencia. Cuando en un concurso de diferencias un interlocutor le dice a otro que no está de acuerdo con sus ideas tratando de separar ideologías está cometiendo un gran acto de injusticia metodológica. “No estoy de acuerdo con tus ideas” se ha convertido en un nuevo tic nervioso para quienes tienen prisa en alejarse del compromiso de un debate y de una exposición de distintos puntos de vista. Para empezar, el mismo sujeto no tiene una sola clase de ideas y su heterogeneidad hace difícil que todas ellas sean inaceptables. Aceptemos que ese predicado de separación es una medida de cautela para indicar que no se está de acuerdo con aquellas ideas especialmente caracterizadoras de quien las dice o por lo que se refiere a temas cruciales, sin embargo ambas cosas no quedan precisadas. Lo cierto es como principio metodológico nadie puede estar de acuerdo con nadie en absolutamente todo y esto reza para los duetos relacionales mas próximas: padres-hijos, partners, amantes, hermanos…El lenguaje avanza un poco si sigue el itinerario de los temas hablados y explica las diferencias ahí donde están. No sirve para avanzar con el uso de esas frases lapidarias. Cuanto más se conoce a los otros más se conciencian las diferencias por las que nos separamos todos de todos. La posición consecuente ha de ser o es la de admitir al otro en sus peculiaridades y diferencias pero esto, como todo, tiene un límite. La apología de la tolerancia tiene la excepción de no integrar la intolerancia y la de la aceptación al otro, de cualquier otro, pasa por una compleja tabla implícita de asignaciones de valor y de referencialidad a cada uno de estos otros. Estrictamente hablando nadie pasa la ITP (la inspección técnica de persona, puestos a bromear, un equivalente a la itv o a la ite de edificios). De todas las personas que acaban en tu  lista de contactos, de las mas amigas a las menos, hay cosas que no cuadran, características que no se comprenden, ideas que no se aceptan, contradicciones que resultan bochornosas y que, sin embargo, a pesar de todo ello no se lleva a excluir al otro aceptándole aunque sea desde la tangencialidad episódica. Lo peor que se le puede hacer a alguien es no querer tener ningun trato con esa persona tras conocerlo y tratarlo y llegar a la conclusión que no hay nada que hacer con ese individuo relegándolo al total desprecio. La colección de individuos en esa lista puede ir en crecimiento cuanto más interacción social en profundidad uno viva pero si aumenta o no depende de la posición de tolerancia de cada sujeto. La amistad –uno de los conceptos más ensalzados-. Es algo que se consagra a la entente pasando por alto multitud de detalles antisociales y curiosidades anti ecológicas del otro (fumar en público sabiendo que molesta,  no hacer separación de basuras o aprovechar una invitación para hacer comentarios hirientes) Debe ser que en el fondo perdonamos para que nos perdonen.  En todo caso, una actitud estricta ante otra persona y en general ante el comportamiento humano es una actitud que hace o pretende hacer de justiciera. El rigor significa poner categorías a los eventos y retitular cada acto por lo que es y no por lo que pretende ser. La función analista del intelectual debería ser esta sin doblegar sus criterios y conclusiones a pactos o intereses con resultados de amordazamiento. Un intelectual -dice Julio María Sanguineti[1]-  es cualquier creante en actitud de opinador, es decir de juez universal y lo es  desde su categoría por el caso Dreyfus. Lo más característico del intelectual es la renovación de su rol interviniente en el debate público. Si se pasa flotando por los acontecimientos sin tratarlos como una materia a criticar no se incide de manera alguna en ellos. Como mínimo hay que remarcar de lo que se trata aunque fuerzas mayores que la mera exposición de la verdad no las cambie, Sanguineti dice que “todo es triste, pero no por ello ha de dejarse pasar sin algún subrayado”. 

Las diferencias fundamentales con el otro no lo son tanto por los aspectos físicos y por las rutinas diarias en las que cada cual cae sino por lo que piensa. Es el pensamiento el verdadero factor de desigualación. Ni la pertenencia a clases sociales muy distintas con poderes adquisitivos diferentes ni las condiciones físicas de partida (no solo del color de la piel sino de la mayor o menor salud corporal) son diferenciadores tan poderosos como la sensibilidad sentimental y el pensamiento. La condición de pensante es lo que más individúa al ser humano dándole accésit a una conciencia desde la que comprende su intersectorialidad con los demás (sus campos de coincidencias y sus campos de no coincidencias). Un autor cuando escribe expresa esta pulsión de individuo distinto que necesita expresar sus cosas distintas. En esencia proyecta su pensamiento y al hacerlo se proyecta a sí mismo. Saramago dice (o dejó dicho) que en sustancia es la materia de lo que escribe. En sustancia la vida personal es el proyecto singular y único de uno mismo, sus valores pueden ser transpersonales y universales pero en quien le toca ponerlos a prueba es en su propio ser.

Las diferencias con el otro no son tan graves, lo es mucho mas la desconfianza con el otro desconocido `por el hecho de ser desconocido o las reservas ante el extranjero o recién llegado. De hecho, reconocerlas y examinarlas es un gran paso adelante. Es incomparablemente peor la exclusión y el rechazo a lo distinto por el solo hecho de no ajustarse al patrón de las formas conocidas. Al convertir las diferencias en un motivo de exclusión todos pierden, tanto el excluyente como el excluido por no dar una oportunidad a los intercambios mutuamente creativos y regenerativos. Pero lo cierto es que cuando las diferencias son admitidas, estudiadas y comprendidas y construidas las oportunidades para las conversaciones y los diálogos, en la práctica no apetecen siempre  estar de trasiegos verbales con quienes tienen una visión sectarizada para abordar los temas de la realidad. El reto queda expuesto como una tentativa de acercamiento a lo diferente para aprender sin renunciar a lo que uno es y tiene más asumido en su sentir y en su pensar. Si esto se pudiera resumir en un eslogan diría: que lo distinto no anule lo propio y que lo propio no margine a lo distinto.



[1] expresidente de Uruguay,

El juego de miradas

Escrito por jesusricartmorera 20-11-2011 en General. Comentarios (0)

El juego de miradas. Análisis del contacto visual y de la evitación.JesRICART CdV24feb20

Tomando por imbatible la tesis de que el primer contacto interhumano es sensorial y que este condiciona profundamente su racionalización  desde  un contacto posterior -si lo hay-  más sosegado, el juego de miradas está dentro de aquel. Llevo toda mi vida observando gente, eso son bastantes décadas, suficientes para saber que hay una regularidad  inter-épocas por  lo que se refiere a los usos superficiales de la mirada. Semánticamente, mirar significa acomodar la vista a los objetos que entran dentro del campo visual. Fisiológicamente el globo ocular no puede apartar aquello de lo que se impregna la retina pero la atención y la voluntad sí pueden eliminarlo. La mirada activa lleva al ver las cosas tal como son, en sus detalles, en su precisión. Se puede mirar sin ver, por eso la mirada activa solo se da cuando además de entrar objetos en el campo perceptivo hay una aprehensión fijada de ellos. El ojo que mira ve si hay una voluntad detrás que lo haga. A fuerza de mirar rostros de todas las latitudes y encontrarme con miradas indiferentes que pasan de largo y no ven, o miradas huidizas que se perturban al cruzarse con otras y se inhiben automáticamente, he llegado a la conclusión que hay un temor latente del observador al ser descubierto en su observación.

A las personalidades poco atentas se les objeta que miran pero no ven, oyen pero no escuchan, tocan pero no sienten, se desplazan pero no pasean, comen pero no se alimentan…así como a las poco comunicativas se les increpe que hablen pero no digan nada, que interaccionen sin enterarse, que se muevan sin ir a ninguna parte o que actúen sin hacer nada.  El uso superficial de la mirada lleva asociado un uso discriminativo del trato. Está comprobado que antes de la boca y de la palabra  la comunicación se está dando en los registros sensoriales, la forma de mirada es crucial para sentirse acogido o no. Déjame ver cómo me miras y sabré lo que puedo esperar de ti. Claro que las formas de mirar asi como toda la gestualística tiene una performance que no siempre es unívoca. Se sabe que hay gestos iguales con significaciones diferentes según las culturas y las tradiciones.  También puede haber gestos que se contradigan entre sí. Cuando uno da un traspié o decodifica mal una señal perceptiva es el equivalente al lapsus lingue o la confusión de palabras.

Mirar es una necesidad para ver lo que hay en el entorno y protegerse de él. Es una medida natural y básica de supervivencia. Al principio la mirada se interesa por todo, luego, según se vaya instalando el síndrome de saturación de estímulos, irá siendo discriminativa. Esa discriminación llega a tal extremo que hay sujetos perceptivos que nunca se enteran de parte de las cosas que miran o no retienen parte de las cosas que oyen. La retención de las cosas depende directamente de si son interesantes o no y resulta que muchas cosas pasan a dejar de serlo. Pero ¿dónde está el mecanismo que elige a un tema (cosa o persona) como interesante o lo rechaza por no serlo? Hay una estela de micro razones por las que una persona repara en otro y en cambio no lo hace en la siguiente, parte de ellas no tienen por qué estar concienciadas por el sujeto si no lo analiza convenientemente. En general la gente anda por las calles y se mueve por los espacios públicos concediéndose el mínimo de atención necesaria para no chocar. El trato de deferencia se reduce al mínimo: el de reconocerse como objetos móviles que en caso de no ser esquivados pueden dar lugar a una colisión física indeseable. Fuera de esto la intención decrece.

Se llega a un local abarrotado y antes de 1 segundo los recién llegados detectan la única mesa libre donde instalarse haciendo un cálculo mental rápido de todas las demás ocupadas. Desde esta mesa si su desocupación se lo permite o su interés antropológico les activa pueden darse cuenta que la práctica totalidad de las demás mesas están habitadas por ocupantes que solo se centran en sí mismos o en sus lecturas, raramente nadie mira a los demás. Eso sucede una y otra vez y cientos y miles de veces en tantos otros lugares públicos de todas clases. Episódicamente alguien sonríe a un desconocido o responde a una sonrisa o a una mirada. Raramente le interrumpe para preguntarle algo, como qué hora tiene o si hay cobertura wifi o si puede prestarle el periódico, fuera de eso es raro que se establezca una conversación. En los metros y en los autobuses de línea, otros recintos públicos aunque sean medios de transporte, dados a la observación de miradas, predominan las burbujas de aislamiento, nadie se mira y si lo hace esquiva la mirada. Se está más preocupado de la evitación que del dialogo visual. Subyace un miedo, pero que da su intensidad tiene trazas de terror, en que quien recibe la mirada puede mal interpretarla. La verdad es que solo los más atrevidos se atreven a mirar a desconocidos al cruzarse con ellos en pasos peatonales o en pasadizos del subterráneo.

Esa observación referida en otras ocasiones que ya dio por resultado incuestionable el ejercicio de la indiferencia funcional, sigue siendo así. Eso no significa que la indiferencia sea tan absoluta que en caso de necesidad el extremo cualquiera de los que caminaba como un zombi más se ponga las pilas de la solidaridad e intervenga para auxiliar a alguien que lo requiera, sea porque haya caído desvanecido o porque pregunta algo. Si no existe ese rango de excepcionalidad lo que predomina es la mirada ausente. A veces se observan algunas miradas que parecen estar posicionadas en ti pero en realidad no te ven, cuando te acercas a ellas te das cuenta que tú solo estabas como algo en medio de su línea mirada hacia algún punto indeterminado.

Toda la falta de miradas entre sí de los intervinientes en un espacio público por razones comerciales, deportivas o culturales parece que sean reservadas  para prestarlas a espacios donde la mirada no solo es lo consentido sino que a veces incluso es tratada como el sentido principal. Los espectáculos que pasan por la escena en vivo o en diferido (en el teatro o en la danza, o en el cine o delante de otras pantallas). Ahí sí uno se siente en pleno derecho de mirar, remirar, ver y escrutar los detalles de actores y actrices o actuantes en general, sean o no divos. O sea, de lo que no es capaz de hacer el ciudadano autómata a lo largo del dia o del mes recorriendo multitud de espacios públicos, lo va a hacer cuando el motivo de la asistencia sea alguien con un rol espectacular. Ese lugar puede ser tan público y anónimo como los demás pero hay una imagen a consumir: la del showman o la del profesional escénico. Se diría que el espectador se resarce ahí adoptando un rol para el que no se atreve en sus horas ordinarias.

Es cierto que la calle está repleta de estímulos sensoriales, miles de ellos en un lapso de unas pocas horas y que ante tanta avalancha estimularia el percibiente tiene que tomar una cierta distancia cautelar para no verse bombardeado por ellos. Con eso, en principio, se pone a salvo pero si aplica un criterio mecánico para todas las situaciones además de protegerse de los estímulos indeseables también lo hace de los deseables. La discriminación de lo interesante de lo no interesante es necesaria y necesariamente subjetiva, a cada cual le toca hacer la suya. Por eso nadie puede seguir consignas de nadie con respecto a lo qué ha de percibir del mundo ajeno y con que se ha de quedar y qué ha de rechazar.  Pero es sospechosa la conducta generalizada del desinterés manifiesto como pose antes los demás cuando todo el mundo consensua en la sinceridad intima que le gustaría encontrar personas fantásticas (¿cómo vas a encontrarlas cuando ni siquiera te dignas mirar a quien está cuando entras en un espacio compartido y mucho menos devolver la mirada a quien te mira?). Esa desidia inercial que se ha llegado a naturalizar tanto en los hábitos hace que, entre otras cosas, coincidencias con viejos conocidos que se dan en espacios públicos ni siquiera justifiquen saludos, no sea que la persona que evita la mirada no quiera saludar ni ser reconocida no sea que tenga un ataque de descomposición fulminante.

Eso me hace recordar a una antigua conocida que en una ciudad pequeña donde el cálculo de probabilidades de coincidencias es mayor vi que cambiaba de paso peatonal en una ocasión que íbamos a cruzarnos en uno. Otros detalles de este tipo la confirmaron como una escapista nata. No hubo ningun problema con ella, salvo tal vez una falta de entente sensorial en la horizontalidad íntima que quedaría en ambos registros como una experiencia desacertada, pero nada más. Hay casos que estandarizan la tendencia a escapar ante algo que prefieren eludir, sea porque temen al contacto comunicativo-verbal o incluso al sensorial.

No creo que no haya nadie por solidario e internacionalista que sea que no se vea obligado a recurrir a la evitación. Es un fenómeno que existe en el reino humano con sus particularidades adaptadas de lo que ya existe en el resto de la fauna animal. Dentro de los motivos de evitación del otro, por indeseable o peligroso, están los de que aceptar el contacto puede ser interpretado como una contribución a confirmarlo en su rol o en su manera de ser. Como que no todo ni todos son aceptables en una vida social-colectiva la evitación forma parte de las medidas autodefensivas y también de una actitud honorable o ética. Se ha propuesto que de aquel de quien no puedas hablar bien mejor no hablar. Esto es prácticamente imposible puesto que los responsables de las calamidades hay que desenmascararlos por poco que nos guste y por muy agazapados que estén. Lo que sí se puede hacer es eludirlas para no tener que compartir sus roles de mal gusto. Por mucho que se tenga por presupuesto luchar por la integración social de los más inadaptados, extendiendo ese principio a los vocacionales de la criminalidad, eso pasa por una gestión severa.  José Vidal-Beneytto habla de que la tolerancia de lo intolerable tiene sus límites.

En cualquier espacio de concurrencia la observación insistente puede ser tomada como un agravio, tal como lo es también en muchos sitios la toma de fotos o de video. Lo primero que hace un gobierno para que no se sepa la verdad dentro de sus fronteras cuando hay conflictos con intervenciones ilegales y terroristas de estado es impedir la mirada internacional prohibiendo las filmaciones de los reporteros enviados allá. ¿Puedo atreverme a proponer un símil entre ese macro comportamiento social a lo que hace un individuo consigo mismo auto inhibiéndose para no mirar y asi no tener que contestar facialmente a miradas ajenas?  Es un planteamiento por ahora demasiado exagerado. He de reconocer que concurren otros aspectos: la saturación ante el mundo y el utilitarismo puntual y practico de entrar en un espacio solo para lo que se entrar: tomar un café o tener una cita con alguien con quien se ha quedado y todo lo demás queda afuera de eso, por otra parte todo eso llamado lo demás a menudo es intuible y rechazable por intuición. Robin M.Hogarth vincula la intuición a como algo adquirido mediante la interacción con el medio. Es cierto, a fuerza de acudir a determinados ambientes y no encontrar nada en especial (Buah! ¡el mundo es tan predecible!) se descarta, que se pueda encontrar en las siguientes citas.

Las formas de andar con orejeras para no distraerse con elementos del resto del campo visual en el que se prefiere no entretenerse y la selección del oído para unos y no para todos termina por ser la actitud dominante. Eso lleva a la siguiente curiosidad: aquella persona muy observadora de los demás pero no correspondida por las observaciones de estos llega a una etapa que pasará a ser como estos, mas visto por otros de los que no se entere, sumido ya en sus hartazgos de la insustancialidad pública.

En caso de recibirlas, tampoco todas las miradas ajenas de desconocidos son de admiración, pueden serlo de desprecio y hasta andar acompañadas de comentarios en los que se te ridiculiza por los que hablan. Hay miradas odiosas de carga agresiva a las que no se contesta para manifestar ostensiblemente un desinterés por quien así mira.

Si ni siquiera hay un feeling en la mirada ¿cómo esperar el paso a una verbalidad mínima con intercambio de significados e infos útiles para las partes? La mirada hace de criba mayor para preseleccionar quienes van a ser los interlocutores. La primera vez que vi en directo la escena según la que un conocido eludió directamente a otros conocido, ambos colegas míos de aspiraciones militantes, me pareció bochornoso y poco honrado. Con la excusa de la seguridad personal y de la discreción hubo un rechazo en toda regla. Me temo que me costó un tiempo entender que esto se hace siempre solo que no de un modo evidente. Yo mismo, ahora de encontrarme con uno o con otro dudo del interés que me suscitaran para hacer una conversación cordial recordando los viejos tiempos.

Las maneras de miradas estresadas, discriminativas y rápidas, sirve para hacer grandes clasificaciones de los demás sin tener que pasar por el engorro de tratarlos. Es una lástima que la imagen esté por encima de las palabras (no porque valga más que ellas que no es cierto, sino porque desconecta la opción para llegar a estas).

A favor de quien no mira y no ve o de que mira y sigue sin ver hay que decir que la saturación perceptiva (relacionada con el síndrome de saturación) y la falta de atención relacionada con uno de los déficits contemporáneos más graves: la falta de fijación de la escucha y de la mirada de los detalles sin interferencias alucinatorias pero saber  eso no ayuda ni a des bloquear las relaciones ni a mejorar la cuota de comunicación general. De todos modos lo percibido con la mirada no es más que una premisa apoyada por otras premisas sensoriales o a falta de aquella por estas, para bucear en situaciones encontradas. El hecho de que la mirada se fije en algo o en alguien tampoco es una garantía de aproximación, pero sin ella todavía lo es menos.  Milton se preguntó no sin ironía “¿qué importa la vista para ver los colores de las superficies de las cosas?” Sea cual sea la posición perceptiva del otro, si atiende o no, si mira o no mira, si alcanza a ver o no, el hecho de posicionarte en una actitud observante aunque no sea participante tiene sus goces extensivos fuera de la sala de voyeurs, la de los espectadores de sala mucho mejor definidos por la palabra de mirones autorizados o publico autorizado a mirar. Lo que Javier Marías reivindica: la diversión en la literatura[1], se puede reivindicar para la mirada, que a menudo es a lo único que quedar relegado el contacto. 

No siempre nos es dado hablar ni tener con quien hacerlo. El acceso a la palabra pública pide un interlocutor, al menos uno que acepte escucharla. En muchas situaciones dirigir la palabra a un desconocido es considerado como una intrusión. El contexto y los protocolos exigen el silencio el cual hace de auxiliar a la observación más atenta de los otros silencios compartiendo espacio. Todo el mundo pasa por la experiencia del callar desde el que se puede teorizar la necesidad de un silencio interiorizado para percibir con mayor atención el contexto asi como el propio cuerpo.  Blas de Otero se refiere a sí mismo cuando estaba posicionado en el silencio verbal “Del hombre aquél que fui cuando callaba”.

El panorama público, ausente de interacciones, a no ser de que la etiqueta lo permita (se habla con el/la camarero/a pero no con el parroquiano de la mesa de al lado), coloca a cada cual en su puesto de observación mas participante o menos según los límites impuestos por los demás  y por sus propias inhibiciones.  Ernesto Sábato, escritor, decía que cada día luchaba por el siguiente en sus 90 años cumplidos, dejó una frase magistral quejándose del otro no corresponsivo ”Es difícil vivir en medio de tanta ausencia”  aunque para eso recitó la fórmula obligada del débito sentimental con el futuro  “Debemos recuperarnos como raza, el ser humano tiene el deber de resistir, de ser cómplice de la vida, aun en su suciedad y su miseria”. La ausencia se puede sentir y experimentar en todos los espacios multiconcurridos por multitudes o por heterogéneos grupos humanos que deben quejarse en silencio con la misma queja del observante: vivir sus vidas a medias entre otras razones por haber disminuido sus flujos de interactividad con los demás.  “Lo más importante de la vida –dice Sábato- ocurre en un instante compartido con un ser querido”. Los fugaces cruces de miradas entre desconocidos podrían bien ser esos conatos de esos instantes que no van a mas o por los miedos recíprocos o por temor a que la mirada sostenida se tome como una provocación por aquel que la recibe.” ¿Y tú que miras?” –pregunta quien siempre está dispuesto a reconvenir o reprimir un tipo mirado  a quien se interesa por el fragmento de la realidad en el que aquel está incluido y que teme a ser descubierto en sus secretos por la mirada que lo observa-.

Vivimos tiempos de máxima atención cultural y psicológica a la comunicación no verbal y sin embargo no hay el menor entreno educacional en naturalizar la mirada y en saber interpretar adecuadamente sus múltiples significados sin tener que sentirse desnudado por la de alguien que se atreva a hacerla. Aprender a mirar para ver es otra asignatura pendiente. Se debería escribir un tratado de cómo mirar a los demás que junto con otros que hablaran de la gestión de los sentidos podrían reconfigurar un ser humano más sensorial y menos díscolo. 



[1] Demostró que la palabra puede ser espectauclo al hacer la primera entrega de su nueva novela anmte unas 44 personas.en el circulo de Bellas Artes novelas: tu rostro mañana.