Escatologías Privadas
Charles Bukowski es un autor de estilo inconfundible. Música de cañerías[1] es un agrupamiento de 34 relatos independientes entre sí pero que conservan el aspecto de una continuidad argumental: la de un superviviente urbano cuyo campo de atenciones se circunscribe a los actos sexuales, la ingesta considerable de alcohol, el desprecio a los compromisos sentimentales, las asquerosidades cotidianas y en medio de todo el estertor literario de un interés discutible por la poesía. A través de sus distintos personajes y heterónimos (Henry Chinaski) Bukowski hace posible lo imposible para el lector más fino: sumergirlo en un panorama de escatologías privadas de las que todo el mundo está al corriente pero que poca gente se atreve a elevar a rango de género expresivo. Al leerlo nos mete en su nómina de vicios y en una visión estrictamente materialista y vulgar de la existencia, incluidas la bohemia y la marginal. Están tan por encima de hallarle sentido a las cosas que cuando relata que alguien toma un vaso de agua te sorprende porqué parece increíble que en su mundo haya alguien que haga tal acción en lugar de estar maltratando su cuerpo con una forma u otra. Los ruidos de cañerías son propios de los edificios que socializan las expresiones sonoras de la intimidad aunque haya un total desconocimiento y también falta de saludos entre vecinos. Lo horarios del baño de los demás son conocidos y en un acto de sinceridad brutal también son dados a conocer los propios.
Lo fascinante de Bukowski es que no tiene ningún obstáculo en dar a conocer su debilidad y su vacuidad. Todo el sentido existencial lo encuentro en el fondo de una botella y en el trato con un clítoris. Casi es secundario la marca de whisky o la personalidad de la propietaria de una vagina. Su libro podría ser una introducción a un catálogo de perversiones. No hay tal pretensión. Nos habla de pises, de olores, de pedos, de cópulas rápidas, de contactos humanos carentes de todo respeto y con tal amasijo anecdótico no pretende ninguna conclusión, y es difícil conseguir una frase superinteresante que subrayar con que llevarnos a la memoria salvo la idea recurrente de que el hombre es la cloaca del universo, o la condición humana es el insulto a la naturaleza. Desde luego, él hace de vil ejemplar de esta verdad. Se diría que se reconcilia y mimetiza con tal idea y de un modo tan fundido que no se le puede culpar por no estar al lado de los luchadores infatigables por transformar las efervescencias sulfúricas del underground donde se mueven sus relatos y sus personajes y él mismo.
La literatura de Bukowski tiende a la desmistificación de todo, incluida la literatura y el mundo editorial en el que califica a los editores de amos y a los escritores de siervos que deben ir de culo tras aquellos. No me imagino una conversación seria con el autor. Estaría continuamente interrumpida por sus necesidades más vulgares y fisiológicas. Me resultaría sorprendente que extendiera sus frases más allá de media docena de tacos nombre las tristezas humanas y las imposibilidades de una vida social digna. En tanto que superviviente urbano no está ligado a nada salvo a su estilo y adicciones. Un hombre sin raíces a pesar de estar arraigado en los mismos temas. Un autor con un discurso sin futuro a pesar de alcanzar un espacio y un público y una potencia de dictado y una forma que te atrapa fácilmente. Un referente del submundo del que poco o mucho tenemos noticia que está ahí y al que incluso nos hemos podido acercar a temporadas como experimentación biográfica. Un individuo sin etiqueta, sin forma, sin atractivo, sin pasión sobresaliente pero con el carisma desbordante suficiente del perdedor que se resiste a quitarse de enmedio aunque se diría que todo apunta a esto como clave lógica de una existencia corrupta y rota.
Autor de una literatura recomendable para quien se balancea con los pajaritos de primavera y no se entera de las crueldades invernales, en particular las de los bajos fondos. Es el autor-guía con el que nos podemos sentir cómodamente acompañados por esos lares, repletos de tragedias malolientes y de retratos psicológicos deleznables aunque finalmente tiernos que no cautivan en su tragedia y desde el fondo de sus vacíos.