El texto breve.
La fama del texto breve frente al texto largo.
Cuanto más breve sea una cosa mejor. “Lo bueno, si breve, dos veces bueno” es una cantinela que todavía se dice y se oye de tanto en tanto. Las webs y las noticias acuden a formatos breves para colocar lo antes posible con la menor cantidad de grafía la mayor cantidad de información. Lo mismo hacen los procedimientos audio-visuales. Esto choca con los volúmenes de cientos de –o incluso más de mil- páginas concebidos para entretener durante bastantes horas de lecturas. Los tiempos de dedicación a lo informativo se acortan y los temas de los que se necesita saber algo aumentan. La producción de noticias de todo tipo va en crecimiento mientras la capacidad para estar al día tiene sus dificultades. No es extraño que las propuestas sean lo más breves posibles. El perfil moderno es el del lector de titulares. La cosa puede llegar al colmo cuando ni siquiera se puede contar con la deferencia de que alguien te lea alegando que ya sabe cual es tu pensamiento y no necesita hacerlo. Al menos eso me ha sucedido una vez. Ya no se trata de una falta de delicadeza sino de un nuevo síntoma. La saturación y el aburrimiento forman parte de las características de la persona postmoderna. Ya nadie esta dispuesto a aguantar las filigranas y elucubraciones de los demás, aunque las etiquetas lo exijan. ¡Cuántas sobremesas tostón, cuántas celebraciones-bodrio, cuántas conferencias sombrías, cuántos artículos estandarizados, cuántos poemas malos, cuanta gente pesada! Lo bueno si breve más bueno y lo malo si breve más soportable. Hay notas que se pueden ventilar con cuatro líneas y otras incluso con un slogan que no pasa de una. ¿Porqué necesito usar un párrafo de características no precisamente escuetas para decir algo tan evidente? Tras el título texto breve podría añadir: infiérase contenido vía telepática y darlo por terminado. Quizás el género humano llegue a poseer un cerebro un día que le evite pasar por tantas grafías y tantas escuchas o hablas y acceda al pensamiento sin necesidad de lenguaje. Por ahora seguimos acudiendo a él y me refiero al lenguaje articulado y ortográfico. Todos los demás, el musical, el pictórico, el gestual, el escénico, terminan por acudir al texto definicional, el vocabular, para complementar sus mensajes o realmente para aclararlos.
Puesto que necesitamos decir más cosas y contenidos complejos en el lugar de las noticias escuetas, seguimos escribiendo libros o produciendo largometrajes o grandes obras, Los unos a veces son seleccionados en función de sus reseñas por lo que está escrito en sus solapas y los otros por lo que comentan sus sinopsis. Al hacerlo se acude a un criterio de selección precario. El resumen de algo sirve para elegir o rechazar este algo. Eso significa que un resumen – y por tanto un modo de resumir algo por alguien- ocupa un lugar de presentación tomándolo por el todo que representa para decidir si tomarlo o dejarlo. Obviamente el texto breve dice menos cantidad de cosas que el texto largo. El texto largo tiene más oportunidades de decir lo que desee su autor. Necesita una condición: decirlas de tal manera que atrape la atención. Es el caso del monologuista que no consigue atrapar la escucha por el valor y elocuencia con la que habla. Hay los casos opuestos: los de los plastas que nada más empezar a hablar se hacen aburridos y nada más encadenar las primeras frases resultan un pelmazo. No es extraño que predomine el texto breve. Se colocan entradas de frases cortas en los ratos verbales y también entradas miniaturizadas más o menos ocurrentes en los foros digitales. Sin embargo, el texto largo se sigue repitiendo si se quiere narrar una estructura complicada de un tema que no hay manera de sintetizarlo. Sus desventajas con el breve son evidentes: comporta más tiempo atencional, mas esfuerzo reflexivo, mayor contribución intelectual. Todo eso choca con el cansancio y la falta de tiempo de las personalidades modernas estresadas cuya psicología prefiere hacer sus inferencias en el aire que documentarse atentamente sobre aquello de lo que habla. Si bien todos los textos largos pueden en principio aportar más que los breves hay que reconocer excepciones técnicas.: un texto en que se fuera repitiendo las mismas frases en cada página de un modo mimético, (el flash de la secuencia en que el papel del loco que hace Jack Nicholson en Resplandor es elocuente) o el estilo de hacernos escribir a los escolares díscolos en las pizarras la misma frase de “no hablaré en clase o no diré tal o cual cosa” que como castigo nos imponían los curas de escuelas de viejo cuño no podría superar nunca un texto corto con objetivo. La duda de los textos largos también se puede extender a aquellas novelas que mantienen una intriga en torno a unos cuantos datos antropológicos o basados en certezas que a la hora de transcribirlos no pasaran de una centésima parte del volumen final. Aunque lo que valoramos en las novelas no es tanto lo qué dicen como la manera de hacerlo. Posiblemente un artículo ensayístico de bajo nivel del tema que sea con unos miles de palabras puede arrojar más ciencia que un libro de narrativa de altas dimensiones.
Pero el texto breve no es una entidad en si misma, tampoco lo es el largo. El texto se valora y es referido por su contenido no por su extensión lo mismo que no por el idioma original en el que fuera escrito. Al referirlo o contarlo lo que va a quedar es lo que dice no la longitud que emplea. Juan Rulfo participa un lugar preeminente en la literatura latinoamericana aunque ante Pedro Páramo (1955) su generación tuvo problemas para entenderlo. Él mismo las tuvo para escribirlo da su trama donde el tiempo y el espacio están rotos ya que trabajó con muertos en el lugar de los personajes. Es una novela de fantasmas que cobran vida para volverla a perder. A pesar de este primer impacto de no acogida suficiente en 1977 ya se habían vendido cerca de 1millon de ejemplares sumando su otro libro El llano en llamas (1953). Aquí cree en la tesis de que al escritor hay que dejarle en el mundo de los sueños ya que no puede encargarse del mundo real. Analógicamente para la cuestión de tamaños habría que decir que la forma de la síntesis o el reduccionismo expresivo aun siendo parte de las competencias de la elaboración no es propiamente lo elaborativo. A quien filosofa habría/hay que dejarle en su disertación tan lejos como le lleve despreocupándose por si va a ser seguida o no. Lo interesante, tarde o temprano, alguien lo desentierra y crea las vías necesarias para acceder a su cantera, sea para traducirlo, para reinterpretarlo, para divulgarlo o para rescribirlo.
La máscara del texto breve es que crea un momento específico, da un informe, señala un dato o una sensación pero no se puede extender sobre ello por temor a agotar o por otro temor más sutil: el de incurrir en contradicciones. Si uno tiene boca se equivoca. Si uno escribe termina por contradecirse. Optar por el texto breve es una medida cautelar. Desde el punto de vista de la lectura su interés por ser elegido frente a otros largos no quita el hecho de que muchos textos breves componen partes de uno largo.
Un dossier de pequeñas notas o artículos breves de 200 palabras pueden componer un volumen. Tal vez tenga la apariencia de libro sin ninguna pretensión de preguntarse el porqué de las cosas limitándose a referirlas o por el contrario sea una concatenación de partes cuya ensambladura proporciona una coherencia final. Un slogan es el texto más breve conocido, sea de carácter reivindicativo o comercial. Es difícil que un slogan además de la función inductora que pretende no sea un desencadenante de preguntas para precisar su intención de significado. Las contestaciones a este abanico de preguntas engendrarían un texto largo. Los ensayos sobre textos cortos como los referidos de Rulfo también dan lugar a textos largos.