De la Crítica al Hipercriticismo
¿Qué hacer ante las conversaciones en negativa?
Si los derechos de opinión y de libre expresión forman parte de las columnas vertebrales de las constituciones magnas de los países que pivotan en torno a la democracia, el ejercicio de la crítica es su concreción más seria. La crítica es, recordémoslo una vez más, el método teórico de decir las máximas verdades avaladas por los análisis mejor estructurados. Contra la banalización de esa palabra que se la ha dado la equivalencia de negativo, lo mismo que por la de discutir hay quien entiende buscar lo peor de cada cosa, la crítica no es o no debería ser mas que la expresión coherente del pensamiento al voltaje de su máxima profundidad. No tiene nada que ver con el ataque a las personas sino con la comprensión de las causas de sus comportamientos.
Deberíamos analizar paso por paso las conductas de los portavoces de gobiernos, partidos, instituciones e individuos para poner el descubierto cuando sus declaraciones forman parte de la critica y cuando se trata de campañas que instrumentalizan datos y afirmaciones para que reine la confusión o la tensión. Hay un momento de un enfoque crítico que pierde uno de sus atributos principales -el del respeto- para convertirse en hostigamiento. Hay otro momento en que no tiene nada que ver con ella cuando se convierte en difamación o propagación de falsedades.
La crítica no seria más que un instrumento de mejora de lo criticado si quedaba al descubierto en sus déficits o errores y predominara la voluntad de superación. En lugar de eso, un tipo de críticas apartadas insistentemente de los protocolos elementales del diálogo se convierten en un hipercriticismo permanente que agota la paciencia. Puede formar parte de tácticas perversas en la intoxicación de la palabra pública pero también puede ser consecuencia, incluso espontánea, de una clase de caracteres en el trato personal.
Concurre un tipo de personalidades que ven lo negativo de todo y jamás reconocen datos en positivo de nada. No saben interpretar procesos y ven continuamente realidades estancas, en las que al sentirse atrapados, no saben gozarlas de ninguna de las maneras. Son individuos propensos a la amargura, a las medias botellas vacías, a lo mal que está todo y terminan por ser esclavos de su mal privándose el placer de las alternativas, Antes de que se den cuenta pasan al hipercriticismo con resultados de esterilidad patética. Sea el tema que sea del que se hable lo hablarán en negativo. Raramente aparecerá un nombre en sus conversaciones ante las que rendir tributo o juzgaran una de las circunstancias del país desde el punto de vista del progresismo. Sus conversaciones serán un continuo repaso de lo mal que está todo, de lo triste que es la gente, de la fatalidad del mundo, de las catástrofes que nos avecinan, de lo mal que está el país o la región frente a otras en las que se puede vivir mejor o en comparación a antes que se vivía estupendamente (son quienes están a un centímetro de decir “con Franco vivíamos mejor”, o incluso lo dicen sin sonrojo en la cara, confundiendo la mentira de una época dictatorial con la bonanza de una época histórica). No pasarán su visto bueno a la juventud, a la política autonómica, a la estatal, al partido ganador, a la empresa en la que trabajan, al ayuntamiento al que pagan los impuestos, a la parentela que tienen y cuando tienen oportunidad pondrán bajo la picota a sus propios partners.
Su potencial de verlo todo de una manera tan desfavorable hartará pronto a visitantes y polemistas que tratarán en vano de reconducir los temas hacia la cordura. Una vez fracasadas esas tentativas los hipercríticos se quedarán con su convicción dogmática de su decir y se nutrirán de puntos de vista discrepantes de los que rasquen algo no tanto para aprender otras visiones como para copiar argumentos o datos que usaran para su propia visión dolorosa de la totalidad. Indirectamente quien polemice con el hipercriticismo negativista lo puede retroalimentar involuntariamente ya que puede haber coincidencias a fragmentos. En un primer momento la hipercrítica se camuflará de radicalidad. No será hasta un tiempo después tras el recorrido por varios temas que se comprobará un criterio común de desprecio subyacente en todos ellos. Nada ni nadie satisfacerá las exigencias del hipercrítico. Sólo sus opiniones merecerán ser dichas. De ser presidente gubernamental viviríamos en el país perfecto. Curiosamente el hipercrítico a la hora de hablar de su hacer callará o no aportará anécdotas sobre sus trabajos a favor de cambiar las cosas.
El perfil del hipercrítico es el que se nutre de datos tomados de la prensa, de los libros o de Internet. Es el teoricista por antonomasia deliberadamente irrentable y totalmente mezquino. Su cinismo enmascarado a veces de ironía no le librará de una escucha crítica y distanciada de lo que es. No se trata de un tonto que lo cree todo sin rechistar. De hecho es el resultado de una degeneración intelectual. Partió de la critica, inicialmente correcta, para llegar a conclusiones fatídicas sobre todo. En su repaso de todos los eventos coincide en parte con la crítica que busca los porques de los errores circunstanciales o históricos pero llega a conclusiones diametralmente distintas, generalmente apoyando soluciones conservadoras o retrógradas.
¿Qué se puede hacer ante personas posicionadas en la negatividad permanente? Los protocolos de la conversación piden a menudo aguantar opiniones demenciales sin poderlas confrontar. Por lo general quien no escucha argumentos que le desfavorecen no es un candidato a la conversación sino más bien al meeting o al púlpito. Una vez ubicado su perfil y ubicada como persona no-cantera de la que sacar informaciones interesantes y aún menos una muestra de racionalismo funcional cabe la retirada, o autoexclusión, discreta y elegante para no seguir perdiendo el tiempo ante quien pone su inteligencia, por no decir argucias, al servicio de su voluntad de no querer saber.
Las conversaciones, desde las más elementales en el ámbito doméstico a las más complejas en las cumbres políticas o científicas, funcionan si el repaso de la realidad incluye informaciones de todo, de sus catástrofes y de sus aciertos. El habla excesiva en que todo lo ve absurdo termina por generar un clima de malestar comunicacional.
Si los temas y personas que se van repasando van creando distancias en las opiniones y esto progresa hacia cuestiones de principios lo más probable es que haya un impacto severo en la sensibilidad personal y en el futuro de la relación. La personalidad hipercrítica termina por cavar su propia fosa. Resultado poco útil aguantar a personas que convierten sus visiones en malestar y sus hipercríticas en el sustrato de una ideología que prefiere el atraso.
Llegar a esa conclusión no es fácil puesto que la posición crítica y la hipercrítica pueden coincidir en partes de las cosas que se dicen aunque la intencionalidad por el uso de las verdades sea en un caso para superar límites y en el otro para responsabilizar de éstos a los demás, a cualquiera de los demás que se les ponga a tiro.
Cuando me veo envuelto en conversaciones de hipercrítica (de sobremesa o en reuniones de idealistas,..) experimento vergüenza ajena. Las palabras, a pesar de su descrédito, son importantes pero no colman las necesidades. Hay que hacer cosas y la función de la crítica es justamente para señalar cuales tras apostar por alternativas. Una crítica es útil cuando conduce a una alternativa y esta es posible en tanto convenga un componente predominantemente positivo.
El peligro de un ambiente hipercrítico es que lleva a la pérdida de oremus, a la desorientación sobre los valores principales y a la confusión de quien es quien en las arenas mezcladas de la política y de la cultura. Lleva a juzgar a la gente por su aspecto y no por su discurso, por su falta de empatía y no por su capacidad de verdad. El hipercriticismo lleva en los casos extremos a una fanatismo contaminante confundiendo la radicalidad de un slogan con la radicalidad de un análisis coherente que en realidad no hubo. Herman García[1], en su testimonio de participación en la guerra de Vietnam, hizo mención del virus psicótico de guerra y de la condición deshumanizada en la que cayó permitiéndole asesinar a sangre fría. En las polémicas hay maneras sutiles de disparar contra las ideas, maneras verbales y datos que no le convienen al hipercrítico que no está dispuesto a desmontar su paradita conceptual y prejuiciosa. En la obra magna de León Tolstoy, Guerra y Paz, una de las curiosidades que permite reflexionar en la época de principios del XIX, es las relaciones humanas en el campo de batalla ante el avance napoleónico por Europa y las tropas del zar por una parte, y las iniquidades, insidias y sutilezas de la violencia verbal en los salones distinguidos de Rusia por otro lado. La guerra y la paz no estarían tan distantes cuando los mecanismos de violencia se reproducen en el psiquismo de los seres humanos tanto en un registro como en otro. Elementos característicos de la neurosis obsesiva por no hablar de factores de psicoticidad no están tan ausentes de los encuentros verbales donde la producción de actos verbales cargados de negatividad agotan a la escucha y sabotean el debate y el deseo de continuarlo. Este tipo de experiencias de fanatismo o casi fanatismo verbal conduce a dos clases de situaciones: a la confrontación tan radical que termina en enemistad o a la autoexclusión tras concluir que no es posible la nacionalización con la otra parte. El silencio resultante es la continuación de la polémica por otros medios puesto que quien tiene algo que decir lo dice en forma de exposiciones, artículos o argumentos escénicos de una u otra manera. Esa sería la pauta opcional con la que librarse del poder lesivo de la negatividad hipercrítica. Tener la mala suerte de conocer o tratar con hipercríticos te lleva a la tesitura de tomar distancia de sus actitudes. Sabes que lo mismo que les parece todo mal cuando hablan contigo, te meterán en el saco de sus malas energías tan pronto estés fuera de su presencia también te pasarán por el potro de sus desprecios. Los que disparan por la espalda son un gremio en alza. Si la autodefensa al hipercriticismo es tomar distancia no cayendo en su trampa en la que mezclan visceralidad con ideas en la misma olla a presión, la alternativa a plantearle, como ante toda exageración parcial de las actitudes es potenciando los argumentos para la verdad que es lo que a largo plazo, aunque sea a muy largo plazo, crea las condiciones para la concordia y para el enriquecimiento de los debates.