Sujeto y Código.
El código existe desde antes de la escritura. Es un hecho consubstantivo a la organización espacial. Una comunidad compartiendo un espacio necesita de un código para relacionarse y aprovecharse mutuamente de sus recursos. El código se expresa en sonidos, tradiciones, hábitos e inercias. El código representa el imperio del otro sobre uno. Se expresa en forma de inercia tradicional, de fraseología hecha y de conceptos regulacionistas. Hay un código del honor, un código del comportamiento, un código para hablar. El código expresaría un método. Un colectivo sin código es impensable. Aquí la noción de colectivo empieza a partir de la conjunción numérica dos. Extremándolo, un individuo consigo mismo también se autorregula en función de criterios que hacen de código personal. Códigos hay muchos y remiten a las distintas realidades. El código representa lo otro y el grueso del mundo. Lo prevé todo: formas de hablar y d vestir, lugares de ubicación, velocidades y ritmos. Dentro de sus previsiones estaría el deseo para que todo fuera previsible, Los desajustes surgen porque el código ni está consensuado ni siempre puede ser respetado en tanto no sea respetable. El sujeto tiene una libertad relativa. Está condicionado por el código que lo envuelve según el lugar que habita. Cada relación que una persona establece con otra para el asunto que sea se remite a un código interiorizado o bien a la presunción de que lo está. La mayor parte de las cosas funcionan o se supone que han de funcionar sobre presupuestos. Una idea o acto presupuestos son supuestos no comentados ni clarados a priori. A la hora de encargar una consumición el comensal espera que se la sirvan antes de que le traigan la nota sin habérselo servida y por su parte quien la sirve no tiene que decir que es a cambio de quesea pagado su precio aunque eso quede demorado para el final. No siempre es así. Hay países que la predictibilidad de clientes que no pagan imponen el pronto pago en las comidas en el mismo momento en que son servidas. Los self service también lo instauran como requisito previo. En otras ocasiones un despiste lleva a incluir en el ticket el precio de algo pedido pero no servido. Estas excepciones no quitan la presunción de un código en todo momento y lugar según el país y el tipo de cultura. Para que haya coordenadas propiciatorias del encuentro social tiene que haber código. A escala individual para que un sujeto sepa a donde va y qué pretende necesita un código. Un código es algo más que una lista de credos y bastante menos que una filosofía. Tampoco es una ideología. Es una suma de principios éticos con criterios prácticos con los que desenvolverse. Un código personal establece referencias dignas para ser interiorizadas. No necesariamente tiene que coincidir con el código de afuera, con el código público que haga de nexo comunitario. Tener un código personal significa saber a qué atenerse y garantiza en cierta manera la propia dignidad. Carecer de él es ser abono de conflictos intra personales y de esterilidad en los sueños. Considerando a Jeanette Winterson indica que hay que acudir al traumatólogo por una agresión traumática al cuerpo y al poeta cuando se te rompe el corazón, el sujeto traumado o descorazonado necesita su propio código para sobrevivir en todas las situaciones. El código personal destila la llamada conciencia y una manera de funcionar para no estar tropezando siempre con la misma piedra, el mismo problema, eternamente perdido en el mismo laberinto. La diferencia entre las personas en los duetos clasificatorios tan conocidos ya no sirve tanto. Una persona tiene tanto más valor cuánto más cumple su palabra y cuanto más seguro sea el código con el que se maneje. Cuando Hannah Arendt anticipadamente comparó regímenes ideológicos tan distintos como el hitleriano y el estaliniano dentro de un totalitarismo común generando una perplejidad en la intelectualidad de izquierda no hacia sino valorar el hecho conductual por encima del amparo ideológico. Su tesis sobre la banalidad del mal hizo estragos en los medios intelectuales. Previno de la tragedia de una modernidad, que a pesar de todo, es la de todos. No hubo ni hay razones o fines que justifiquen los medios y tal como hemos visto en la esfera mundial los repartos de poder del territorio se han utilizado pretextos ideológicos para hacer prevalecer intereses inconfesables pero sustancialmente de la misma naturaleza. El valor de alguien se mide por su comportamiento y por su código. Un sujeto lo es en tanto que responsable de sí mismo por sus actos ante los demás y ante la historia y esos actos no son justificables por ningún código de coartada en aras a interés futuristas o supremos. Si bien por un lado el código hace al sujeto por otro le puede dar una cobertura para desmarcarse de todo débito social. Hay algo en su elaboración que puede pasar por el engaño. El cineasta Gonzalo Suárez afirma que en el cine juega a engañarse a si mismo. En la creación del código personal puede haber algo de eso. Cuando un individuo se erige en soberano de su universo particular, de sus sueños, de su familia, de los suyos, de lo más querido, en el fondo está creando un mundo privado ajustado a la carta de sus deseos ideales. El idealismo de un código de sujeto cualifica a este si no raya en la mediocridad o la estulticia. En cuanto se hace justificador de conductas anticomunitarias entonces no es más que un instrumento psicológico para minimizar el sentimiento de culpa, es decir el peso de la conciencia. El sujeto tiene la necesidad de crear su propio código personal de distinción pero al hacerlo se encuentra con posibilidades de crear uno que le exculpe de todo y le aleje de toda responsabilidad. No hay nada ni nadie que pueda estandarizar los códigos de sujeto ni hay sujeto que pueda hacer valer el suyo como leal a la vida si le da excusas para la agresión al planeta y a la existencia.

